Tantos locos como permita la Luna.
Esteban Millán.
Antes de sorberme los sesos estudiando día y noche, no comiendo, caminando mucho, viendo mucho, pensando mucho, de repente pensaba en la locura. No estaba loco pero ya la veía venir, allá a lo lejos, como una polvadera con buen aroma. Lo sospechaba en ocasiones varias. Por ejemplo un día, estudiando en una biblioteca le veía los calzones a una joven que estaba sentada adelante de mi. No todos los calzones, es decir, no la totalidad de sus calzones; sino solamente el resorte superior. Eran negros y con ese encajito que provoca tantas delicias. Pensé si el ver los calzones era un pecado y en si estaba prohibido en uno de esos libros como la Biblia o cosas así. Pero, -y no sé si me estoy explicando- lo pensé seriamente, no era una ironía ni una de esas pequeñas y secretas bromas que acostumbraba hacerme en ese entonces. Aunque ahora que escribo esto pienso si esas bromas que me hacía a mi mismo no eran ya la locura agazapada tras el sarcasmo (y ahora me estoy acordando, pero muy vagamente de un tango de Gardel). Puede ser, pero en todo caso ya no importa para nada. Estoy loco. ¿Estará pues, escrito en alguna parte: "No verás los calzones negros de las mujeres"?. Y de ser asi ¿deberemos pensar en esta prohibición como si nos la dijera Dios, es decir, imaginar que nos lo prohibe hablándonos directamente, con la voz grave y bien templada? ¿Y sobre todo, deberemos pensar en él como en un ser de piel blanca? No son preguntas ociosas. De eso, -aun ahora que estoy loco- estoy seguro. Y ese era sólo el primer pensamiento, pues de él se desprendían cuestiones más urgentes, cuestiones como si los calzones negros sólo están permitidos a las mujeres guapas. ¡O si no!. ¿Deben ser de cabello castaño, de preferencia un poco enmarañado, y sobre todo abundante?. ¡¿Que pensar, qué hacer!? A nadie parece importarle estas cuestiones, y eso es por completo incomprensible para mi. ¿Cómo es que pueden vivir asi?. Me refiero a todos, por supuesto. Cuando hablo en plural lo hago para todos los abarcables en ese plural, es decir, para todos. ¿Todos cuáles?. Todos he dicho, todos. Son muchos, un chingo, y de esos muchos, algunos mueren diariamente, mejor dicho, muchos mueren diariamente. La otra vez, sin ir más lejos, vi caer a un hombre de una escalera, y pensé en él. Pensé que él no era un hombre sino algunas palabras, un hombre que no era hombre, sino que se había transformado después de caer de la escalera, y había pasado de ser un hombre a ser algunas palabras como éstas: Frágil, llanto, pena, dolor, hombros dislocados, vergüenza, chimpancés ayudando a otro chimpancé, manadas de hombres, "las mujeres son tiernas", ganas de hablarle a mis seres queridos, (que risa, que curiosas palabras: mis seres queridos), lagos de accidentes, charcos de sangre, frentes abiertas, los hijos y su angustia. ¡Que fuerte!: La angustía de un hijo que ve a su padre caer de una escalera, o la de un hijo que ve a unos policias pegarle a su padre, y luego los ve llevárselo. Cosas asi pensaba. Y desde entonces y también ahora pienso que lo más probable es que estemos solos aqui, en este mundo. Alguien nos arrojó aqui el muy culero, a alguien le valimos soberanamente madres, y huyó como si hubiera hecho una travesura. ¿Será Dios eso, un escuincle travieso? Por eso ahora cuando un hombre cae de una escalera a nosotros nos sale un poco de pelo, nos convertimos en changuitos y nos acercamos a él, casi gritando, lo tocamos, lo olemos, y no lo tocamos con un palito porque alguien nos dijo que eso estaba mal. ¿Pero no será que lo que queremos hacer en ese momento es huir, como el Dios que huyó de nosotros? A su imagen y semejanza ¿no? Se me hace claro que no sabemos mucho, más bien, que no sabemos casi nada. ¿O nada? Y a nuestro no saber le llamamos dolor, y a nuestro miedo también. Pero eso no lo sabe casi nadie. Tengo un amigo loco y no me sé su nombre, pero no importa, pues si no sabemos nada ahora puedo contar esto sin el menor reparo. Mi amigo está loco y una noche me dijo un secreto. Yo dormía profundamente pero de repente me dió sed y me levanté a la cocina y lo ví dentro del horno de la estufa, ¡el muy cabrón loco se había salido de sus sueños y se había ido a meter a una estufa!. Me espantó el cabrón. Uno no se espera a un loco, por muy loco que esté, que se te aparezca a media noche adentro del horno, como queriendo ser parido de nuevo (que pinche loco está ese buey). Cuando me descubrió salió del horno y me confesó su secreto: los locos no existen. ¡Ah chinga!, le dije yo, ¿entonces que carajo hacemos aqui? Y ya no me respondió. Pero estoy aqui, en medio de los locos, y de uno que dice que no existimos. Y decir que los locos son los de afuera, que los locos son los que nos encerraron ya esta muy visto, es poco original. Y no mas de pensar en eso, en lo que es poco original, de repente me pongo a pensar en Claudia, mi esposa. Pobre Claudia, el marido se le volvió loco. Que chistoso. Era hermosa, y me encantaba cuando era joven. Ya después ya no. Engordó, aunque yo también engordé; y a veces olía mal, y bueno, evidentemente yo también. Yo me desesperaba, queria irme, queria no verla, no escucharla, olvidarla. Tal vez por eso me volví loco. Puede ser que haya sido por eso. En mi juventud, de mis amigos aprendí que las mujeres son capaces de todo, incluso de volverlo a uno loco. Cuando nos hicimos novios me fascinaba que me besara y sobre todo, que su boca me supiera a café con leche, y sentir su lengua espesa y su saliva olorosa a café con leche y a pan de dulce. Ella era asi, muy dulce. Me gustaba clavarle las uñas en su espalda, y que las marcas formaran una marca redonda, como si fuera la cara redonda de un osito. Esas cosas hacíamos, pero ahora ya no.Creía en el amor, pero ahora creo en la realidad, y por eso estoy loco. ¿Estoy loco? Ya ni me acuerdo de ella, es decir, no puedo recordarla con claridad, por más que quiera. Sólo sé que los cafés con leche me la recuerdan, y que los osos pequeños también. Raras son las espaldas que me hacen recordar su nombre. No acostumbro relacionarme con muchas espaldas que digamos. Creo que ella fue la espalda de mi vida. Dicho asi, no sé si suena trágico o si suena cómico, porque la espalda de mi vida es -como todo el mundo sabe- la mía.
¿Y si muriera en unas horas?
Yo, me refiero a mi, es decir, ¿y si yo muriera?. Puede ser. De la vida aprendí que de la vida se puede uno esperar cualquier cosa, y que como dice una pelicula mexicana que vi cuando aún no estaba loco: Vivir mata. Pero asi como ciertas espaldas vivifican, ciertas mujeres matan. Pero no de amor, ni de heridas de amor, ni del dolor de no saber donde nos duele cuando vemos a una que nos gusta. No, hay mujeres que matan de lo feas que están, de lo repugnantes que parecen. Claro, también algunos hombres, pero ahora estoy recordando a una mujer en especial. Era un verdadero esperpento. No objetivamente fea, es decir, no era fea en absoluto, y de hecho a un amigo le pareció ridiculamente encamable. Pero a mi no, para nada, yo sólo me la imaginaba dueña de una pendejez de proporciones homéricas (¿Qué proporciones serán más grandes, las homéricas o las bíblicas?...de vez en cuando me surgen esas preguntas, y yo me siento orgulloso de que me surjan , pero no sé por qué debo sentirme así, y cuando pienso eso el orgullo se va y solo queda el sonido del viento del desierto que nunca pude visitar), tanto así que la imaginaba incapaz de controlar sus esfínteres, y que de un momento a otro iba a cagar una montaña de caca. El ruido de sus tripas comenzaría suave, pero en crescendo, un crecendo monumental. De repente, truenos, truenos del olimpo; y temblores, y ella con cara de perdónenme, no sé como controlarlo, y asi, todo acabaría abruptamente, como si hubiera habido un gran preámbulo para un pequeño evento. Pero pequeño no era. La prueba estaba alli, al alcance de las narices y de los ojos de todos. Y todas las moscas del mundo se daban cita al festín inconcebible, de una mujer dueña de una estupidez olímpica, que se cagó de repente y que ahora reina sobre el mundo en un enorme trono de caca, de forma irregular, y del color de siempre. El mundo ungido de caca. Que risa. Ahora que me acuerdo, antes de volverme loco de vez en cuando practicaba el bonito arte de la blasfemia. Con Claudia, mi mujer, cuando juguetéabamos en la cama le decia que la iba yo a ungir con un aceitito que me salía de por allí, y que quería que fuera mi mesias. Pero ella se molestaba un poco pero no mucho, de hecho se reía también, y me decia: Cállate, no digas esas cosas, no sea que nos caiga un rayo, no seas loquito. Y yo me reía pero de todos modos lo hacíamos. Me daba mucha risa. Puede ser que Dios -aunque nunca le rezaba a ningún Dios- me haya vuelto loco. Ahora a veces pienso en él. No sé si sea un loco, o ese niño que huye, o que. No sé nada, pero eso no me duele, me duelen otras cosas, otros dolores que se acumulan como si fueran un monte formado piedra por piedra. Un monte llamado Popo y no Sión, para que ninguna nación quiera venir a peregrinar a él. ¡Carajo!, en verdad estamos solos. No estaríamos tan solo si me hubiera llamado Asurbanipal. Esto lo sé con toda certeza, pero no sé porqué. No estaría solo si hubiera sido mujer, pero con la condición de haberme llamado Usumacinta. Pero los lamentos de la soledad no le importan a nadie. Los lamentos son nuestra verdadera naturaleza.
Según Isaac Luria, Dios es un inepto. Y yo ahora digo: ¡Llorar!, llorar para ver. Digo esto para el que tenga entendimiento, como dice el buen San Juan. Aquél que pueda que vaya a llorar como los rabinos de antaño, exáctamente como ellos.
¡Pero antaño no había manicomios!
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