CRÓNICAS DEL ACANTILADO ROJO
El título de este texto fué escogido por dos razones. La primera y más simple es porque resulta agradable al oido, resulta poético. Aunque decir que una frase resulta poética anula todo logro en ese sentido para ella misma, tal vez esa sea la intención de decirla. Un poco de escepticismo aqui no está fuera de lugar ni resulta inconveniente. La segunda razón es aún más extraña: Existe una colección de koanes del Budismo Zen titulada Herikanroku, o traducido, Las crónicas del acantilado azul.
Historias de amor y koanes no son algo que de primera vista sean demasiado compatibles. Un maestro Zen diría sin embargo, que desde determinada posición nada, absolutamente nada resulta incompatible con un koan, cúanto menos algo como el amor y el enamoramiento, que como todo el mundo sabe es algo que sucede en todas partes, o casi todas. Además en estas cuestiones casi nadie habla de oidas. Casi todo el mundo ha experimentado el aguijón del amor, la angustía de algunos momentos, la inquietud por las noches, el infierno de los celos, la imposibilidad del control, la propensión a la violencia y por qué no, los destellos de felicidad que trae consigo este evento que a falta de una mejor palabra, o tal vez por un inmenso cansancio y para evitar mayores problemas llamamos asi, simplemente amor.
Asi pues estas historias están contadas sin una finalidad específica, pero tal vez sí con una antifinalidad; la de mostrar con cuánta facilidad somos presa, somos carne y alma de un sin fin de lugares comunes, y que muy probablemente nuestra condición de entes mortales y llenos de miedo, siga dando material para muchas novelas, tragedias, obras de teatro, películas y hasta para óperas, por mucho tiempo más, o al menos por el tiempo que el calentamiento global lo permita. Asi que amor, el fin del mundo -y de misteriosa manera los koanes, que no por nada son koanes- se mezclan en estas historias que no hacen más que decirnos -y aqui viene el primer lugar común- : que en esto de amor, en verdad como supongo alguien ya habrá dicho en algún momento; no hay todavía nada escrito.
La rueda de la fortuna
La situación es esta: el niño llega al paseo bravo, un parque grande con árboles muy antiguos, inmensas fuentes, payasos, organillos, dulces típicos y familias humildes que llegan alli a pasar un rato mientras los niños pequeños juegan en el pasto y en los juegos mecánicos. Todos los juegos mecanicos son para niños. Bueno, casi todos, pues hay dos o tres que son para adolescentes y adultos, como el travan o el martillo. El niño quiere hot cakes y los obtiene. Es un niño mimado, consentido, le tiene miedo a lo oscuro, le tiene miedo a la soledad, le tiene miedo a las arañas y le tiene miedo al abandono. Por las noches cuando su madre trabaja se queda dormido apretándole la mano, asi que alguien tiene que suplirla para que el niño no despierte y llore, y para que no se llene de nostalgia al ver la luz del foco de 60 watts. Pero esta tarde es feliz. Lleva un pequeño abrigo, y sus padres están juntos y contentos, platican de algunas cosas que el niño no entiende pero siente y sabe que sus padres están bien, y esto le gusta, le gusta mucho, porque no siempre es asi. Hot Cakes con cajeta, siempre con cajeta. No le gusta experimentar una vez que ya ha decidido lo que le gusta, y en general este proceso es muy rápido. Probó alguna vez los Hot Cakes con miel de maple y con leche nestlé, pero cuando probó la cajeta supo que eso era lo que queria en la vida para sus hot cakes de siempre. Y nunca derramaba una gota de cajeta sobre sus ropas. El niño termina sus Hot cakes y entonces decide aprovechar la felicidad y quiere subir a una pequeña rueda de la fortuna que atiende un viejo con aspecto sucio. La rueda de la fortuna está vacía, y aunque le tiene miedo a la soledad también le gustan los lugares solos, o tal vez para decirlo de otra forma, no le teme a la soledad del cuerpo, sino a la otra soledad, a la soledad total, a la que no tiene nombre. En esos momentos si hubiera podido pensarlo no hubiera podido encontrar mejor definición de la dicha. Los padres acceden con gusto y con igual entusiasmo. El viejo le abre uno de los pequeños vagones para que suba y en eso sucede. Del otro lado del pequeño vagón, una señora con aspecto antiguo pero elegante, llevando de la mano a una niña de la misma edad que el niño solicita también el servicio que la niña también deseaba con fervor. El niño la ve y algo comienza a dolerle. Le gusta: vestido blanco, cabello negro, piel clara, ojos grandes y mirada triste, nariz pequeña. Perfecta para acompañarlo en esa sensación que el niño vive cuando por las tardes su madre duerme, su padre trabaja, y el deambula solo por el patio, alzando el ser al cielo mirando las nubes de lluvia y sintiendo algo que luego sabrá que llaman "inmensidad". Pero la niña aparentemente no siente lo mismo. Pero en ese entonces el niño no conoce el significado de la palabra "aparentemente", ni sabe distinguir entre apariencia y realidad. Observa que la niña al verlo a él, se arrepiente y toda la alegría de subirse a la máquina se esfuma y deja tras de si una mueca de disgusto. El niño queda herido en su orgullo e intenta hacer la misma mueca. Años después, si la niña hubiera podido recordar esa mueca hubiera dicho pobre hombre. Los padres, insensibles ante esas sutilezas tempranas de la niñez, sutilezas poderosas, en estado bruto, obligan a ambos niños a subirse a la máquina y no sólo eso, sino que los obligan a subirse en el mismo carrito. El más fuerte recuerdo que el niño guardará de todo el asunto es estar frente a una niña roja de la rabia, sentada frente a él, con la mirada puesta absolutamente en otro lado. El enojo que el niño sintió fue tal vez su primera emoción violenta. La herida tardaría mucho en sanar completamente. También él miraba hacia otro lado.
Sunday, August 19, 2007
Friday, August 17, 2007
fulgor que no termina
mujer acabada en los páramos
de lo improbable
ausencia de mal
venido a perder
a tus pupilas
tu dolor es mi dolor
-te digo-
y que esa confusión
fecunde el mundo
la angustia termina allí
donde tus dedos trazan
mi silueta en las sombras
una cascada de algo enorme
planea esta noche
sobre esa respiración tuya
que me enmudece
que me conduce
a un pasmo
en el que no acabas nunca
mujer acabada en los páramos
de lo improbable
ausencia de mal
venido a perder
a tus pupilas
tu dolor es mi dolor
-te digo-
y que esa confusión
fecunde el mundo
la angustia termina allí
donde tus dedos trazan
mi silueta en las sombras
una cascada de algo enorme
planea esta noche
sobre esa respiración tuya
que me enmudece
que me conduce
a un pasmo
en el que no acabas nunca
Wednesday, August 15, 2007
Hoy terminé de leer la novela póstuma de Roberto Bolaño: 2666. He leido en diez meses, cuatro veces Los Detectives Salvajes. He leído ya varios de sus cuentos. Bueno, algunos , no todos. La verdad es que ahora que hago memoria, sólo he leído completo uno de sus cuentos, El Ojo Silva. Para que quiere uno más. He leído Estrella Distante. He leído Nocturno de Chile. Ya me puedo retirar a una Isla Desierta.
Bolaño es un extraterrestre. O bueno, era, porque murió en 2003. Concuerdo plenamente con los críticos cuando exclamaron después de leer 2666: ¡¿ Cómo le hizo!?. Aunque fue sólo un crítico el que lo exclamó, el que lo dijo, el que lo pensó y luego lo escribió y luego yo lo leí. O tal vez se lo oí decir a alguien. O tal vez lo soñé nomás. En 2666 Bolaño escribe de noche siempre, uno tiene permanentemente esa impresión, que Bolaño escribió esa novela de noche, contra el tiempo, contra reloj, y tal y como era Bolaño, siempre llorando ( o como nos ha hecho creer que era, o como uno deduce que era, que tal vez sean la misma cosa).
Bien podría uno suponer o imaginar, que una tarde cualquiera, estando en la playa Bolaño conjuró a la muerte, la llamó y la pinche muerte le obedeció y se presentó ante él, dulce y dominante, como una buena mujer y le dijo qué quieres, y Bolaño le dijo, mientras un cigarro, su eterno cigarro le colgaba por la boca, por el alma, por el recuerdo; que cuánto tiempo le quedada. Te quedan 4 años. Que sean 5, dame uno más, tengo que escribir una novelota, tengo que asegurarme que Lautaro no pase nunca hambre. Lautaro es su hijo, y una vez en una entrevista Bolaño recordó un poema de su amigo Mario que decía más o menos asi: Si he de vivir, que sea sin timón, y en el delirio. Y después dijo que tenía un hijo, habló del tiempo y habló del cuerpo; y dijo que era una frase muy bonita y que asi vivió Mario, pero que no quería que su hijo leyera esa frase, quería que esa frase se enterrara para que nunca la leyera Lautaro porque dijo que nadie quiere ver sufrir a un ser querido. Asi que uno se imagina que la muerte le dijo a Bolaño órale ya vas, tienes 5 años pero ni uno más. En realidad el cabrón de Bolaño había calculado que el finalizar la novela no le llevaría más de 3, pero pidió ese tiempo extra para escribir otra novela, una novela del estilo de los Detectives Salvajes, corta, cotorra, profunda, que hablara de la pureza y que hablara de la amistad, y de las tormentas en el DF, y que hablara del DF, y de la juventud y de los hombres inmaduros, hombres que se anclan en la juventud -cosa que todo el mundo quisiera- pero que luego son criticados por eso, y mueren sin haber conocido las mieles de la angustia y de la amargura, los terribles paraísos de la responsabilidad, de la seriedad, de la mamonería y del sabio arte -ya lo dice el bolero, o el tango- de fingir para vivir decentemente y que mueren tristes por eso, sin saber que han sido de los pocos hombres dichosos sobre esta tierra, sobre este valle, meseta, desierto seguramente, naufragio interminable en todo caso. Haría pasar esa novela como obra de su amigo Mario, la regalaría a su memoria y la publicaría y lo haría famoso y de paso haría la vida más llevadera para su viuda, punketa a quien nunca conoció y con la que pensándolo bien no tenía ninguna obligación.
Pero ahora bien, hablando de obligaciones cabe preguntarse por qué Bolaño haría algo asi. Por venganza, dirían algunos. Por amor, dirían otros. Venganza por esa amistad tan grande que le dió fuerzas para vivir 25 años más, para luego morir de abandono, de tristeza, derrotado, siempre derrotado por el tiempo que no se deja siquiera cortejar, y que es ciego y enorme, y que hace un estruendo de pesadilla y que permite que descansemos un poco por las noches, durmiendo y soñando, pero sobre todo eso, soñando. Por amor dirán algunos, en recuerdo de esa amistad enorme y atronadora, pero también susurrante, pública y velada, secreta. ¿quién sabe a donde están ahora tantas y tantas palabras que ambos se pronunciaron en voz baja, mirándose a los ojos, pensando en lejanías y en el amor?. Mario y su voz que se convertía en ciertas palabras, y que eran a veces para Bolaño, motivo suficiente para pensar en abolir el dolor del mundo, todo el dolor del mundo. O al menos para imaginarlo. Entonces Bolaño sonreía y decía pinche Mario. Y luego Bolaño hablaba de poesía y entonces sus palabras venían desde sitios remotísimos y habían pasado por Chile y que entonces estaban en México atrapados, o tal vez dando vida a un alma que no creía en nada, -la suya- salvo en la belleza, en cualquier tipo de belleza. Un alma que creía que todo puede ser bello, siempre y cuando sea bien dicho, bien escrito, bien mirado, bien sufrido.
Bolaño era un santo, un santo de esos laicos, un hombre avatar del dolor, una tripa que se negó a arrepentirse, un pellejo con huevos. Pero Bolaño estaba triste. Bolaño quería tal vez la fama. Si, posiblemente sea como la mayoría de nosotros, tan solo un impulso vulgar, alguien que no quería más redenciones que las que están al alcance de todos, es decir, del vulgo y de los miserables: el sexo, el amor, la belleza o peor aún, el poder y la fama. O tal vez no. Tal vez Bolaño era un alma de Gigante (¿pero en qué consistirán las redenciones de los Gigantes?) y tal vez había leído mucho los evangelios, tal vez por las noches, cuando escribía su novela, -que la escribía de noche para que su esposa no la viera, pues le daba vergüenza-, leía los evangelios canónicos y los apócrifos, y últimamente hasta los gnósticos, y haya decidido bajar a degustar esas redenciones del hombre común por puro amor, no se sabe, nadie lo sabe, si a los hombres, a Lautaro, a Mario, a su hígado, o a Lisa. Tal vez todo haya sido simplemente por Lisa. En todo caso podría uno especular que Bolaño murió antes de publicar 2666 porque sabía que a partir de entonces la gente lo adoraría como a un Dios con cirrosis, y se venderían más los cigarros que fumaba, y la gente comenzaría a hablar con más frecuencia sobre la felicidad y quién sabe, puede que hasta algunos chilenos organizados en batallones o en hordas, da lo mismo, quisieran irse de pronto a vivir a México, a ver sus atardeceres, y a saber hasta la saciedad todo lo que se puede saber de sus peores poetas, a conocer la calle de las putas, aprender a alburear, remojar sus conchas en café con leche y a quién sabe cuántas cosas más. Todo el mundo se lanzaría a escribir sus biografías, y mejor no decir aqui lo que opinaba Bolaño de las autobiografias.
Bolaño era un tipo sin imaginación, pero era un gran observador y su vida y su escritura y su visión del mundo estan aqui:
El señor Bubis respondió que si, que era la cifra correcta, o incorrecta, qué más daba, una cifra, pensó cuando volvió a quedarse solo, siempre es aproximativa, no existe la cifra correcta, sólo los nazis creían en la cifra correcta y los profesores de matemática elemental, sólo los sectarios, y los locos de las pirámides, los recaudadores de impuestos (Dios acabe con ellos), los numerólogos que leían el destino por cuatro perras creían en las cifra correcta. Los científicos, por el contrario, sabían que toda cifra es sólo aproximativa. Los grandes físicos, los grandes matemáticos, los grandes químicos y los editores sabían que uno siempre transita por la oscuridad.
Este párrafo de 2666 nos dice o nos susurra (pero fuerte), algo: Bolaño sirve en todo caso, para no importando el régimen político en el que uno viva, la situación sentimental, nuestros gustos en cine o en música, o la frecuencia de nuestros enamoramientos; si uno es nazi o no, si uno tiene madera de nazi o no, (sospecha que puede matar o dar vida, depende), si uno es o cree en la cifra correcta, o si nos gustaría soñar al menos, con ella.
Bolaño es un extraterrestre. O bueno, era, porque murió en 2003. Concuerdo plenamente con los críticos cuando exclamaron después de leer 2666: ¡¿ Cómo le hizo!?. Aunque fue sólo un crítico el que lo exclamó, el que lo dijo, el que lo pensó y luego lo escribió y luego yo lo leí. O tal vez se lo oí decir a alguien. O tal vez lo soñé nomás. En 2666 Bolaño escribe de noche siempre, uno tiene permanentemente esa impresión, que Bolaño escribió esa novela de noche, contra el tiempo, contra reloj, y tal y como era Bolaño, siempre llorando ( o como nos ha hecho creer que era, o como uno deduce que era, que tal vez sean la misma cosa).
Bien podría uno suponer o imaginar, que una tarde cualquiera, estando en la playa Bolaño conjuró a la muerte, la llamó y la pinche muerte le obedeció y se presentó ante él, dulce y dominante, como una buena mujer y le dijo qué quieres, y Bolaño le dijo, mientras un cigarro, su eterno cigarro le colgaba por la boca, por el alma, por el recuerdo; que cuánto tiempo le quedada. Te quedan 4 años. Que sean 5, dame uno más, tengo que escribir una novelota, tengo que asegurarme que Lautaro no pase nunca hambre. Lautaro es su hijo, y una vez en una entrevista Bolaño recordó un poema de su amigo Mario que decía más o menos asi: Si he de vivir, que sea sin timón, y en el delirio. Y después dijo que tenía un hijo, habló del tiempo y habló del cuerpo; y dijo que era una frase muy bonita y que asi vivió Mario, pero que no quería que su hijo leyera esa frase, quería que esa frase se enterrara para que nunca la leyera Lautaro porque dijo que nadie quiere ver sufrir a un ser querido. Asi que uno se imagina que la muerte le dijo a Bolaño órale ya vas, tienes 5 años pero ni uno más. En realidad el cabrón de Bolaño había calculado que el finalizar la novela no le llevaría más de 3, pero pidió ese tiempo extra para escribir otra novela, una novela del estilo de los Detectives Salvajes, corta, cotorra, profunda, que hablara de la pureza y que hablara de la amistad, y de las tormentas en el DF, y que hablara del DF, y de la juventud y de los hombres inmaduros, hombres que se anclan en la juventud -cosa que todo el mundo quisiera- pero que luego son criticados por eso, y mueren sin haber conocido las mieles de la angustia y de la amargura, los terribles paraísos de la responsabilidad, de la seriedad, de la mamonería y del sabio arte -ya lo dice el bolero, o el tango- de fingir para vivir decentemente y que mueren tristes por eso, sin saber que han sido de los pocos hombres dichosos sobre esta tierra, sobre este valle, meseta, desierto seguramente, naufragio interminable en todo caso. Haría pasar esa novela como obra de su amigo Mario, la regalaría a su memoria y la publicaría y lo haría famoso y de paso haría la vida más llevadera para su viuda, punketa a quien nunca conoció y con la que pensándolo bien no tenía ninguna obligación.
Pero ahora bien, hablando de obligaciones cabe preguntarse por qué Bolaño haría algo asi. Por venganza, dirían algunos. Por amor, dirían otros. Venganza por esa amistad tan grande que le dió fuerzas para vivir 25 años más, para luego morir de abandono, de tristeza, derrotado, siempre derrotado por el tiempo que no se deja siquiera cortejar, y que es ciego y enorme, y que hace un estruendo de pesadilla y que permite que descansemos un poco por las noches, durmiendo y soñando, pero sobre todo eso, soñando. Por amor dirán algunos, en recuerdo de esa amistad enorme y atronadora, pero también susurrante, pública y velada, secreta. ¿quién sabe a donde están ahora tantas y tantas palabras que ambos se pronunciaron en voz baja, mirándose a los ojos, pensando en lejanías y en el amor?. Mario y su voz que se convertía en ciertas palabras, y que eran a veces para Bolaño, motivo suficiente para pensar en abolir el dolor del mundo, todo el dolor del mundo. O al menos para imaginarlo. Entonces Bolaño sonreía y decía pinche Mario. Y luego Bolaño hablaba de poesía y entonces sus palabras venían desde sitios remotísimos y habían pasado por Chile y que entonces estaban en México atrapados, o tal vez dando vida a un alma que no creía en nada, -la suya- salvo en la belleza, en cualquier tipo de belleza. Un alma que creía que todo puede ser bello, siempre y cuando sea bien dicho, bien escrito, bien mirado, bien sufrido.
Bolaño era un santo, un santo de esos laicos, un hombre avatar del dolor, una tripa que se negó a arrepentirse, un pellejo con huevos. Pero Bolaño estaba triste. Bolaño quería tal vez la fama. Si, posiblemente sea como la mayoría de nosotros, tan solo un impulso vulgar, alguien que no quería más redenciones que las que están al alcance de todos, es decir, del vulgo y de los miserables: el sexo, el amor, la belleza o peor aún, el poder y la fama. O tal vez no. Tal vez Bolaño era un alma de Gigante (¿pero en qué consistirán las redenciones de los Gigantes?) y tal vez había leído mucho los evangelios, tal vez por las noches, cuando escribía su novela, -que la escribía de noche para que su esposa no la viera, pues le daba vergüenza-, leía los evangelios canónicos y los apócrifos, y últimamente hasta los gnósticos, y haya decidido bajar a degustar esas redenciones del hombre común por puro amor, no se sabe, nadie lo sabe, si a los hombres, a Lautaro, a Mario, a su hígado, o a Lisa. Tal vez todo haya sido simplemente por Lisa. En todo caso podría uno especular que Bolaño murió antes de publicar 2666 porque sabía que a partir de entonces la gente lo adoraría como a un Dios con cirrosis, y se venderían más los cigarros que fumaba, y la gente comenzaría a hablar con más frecuencia sobre la felicidad y quién sabe, puede que hasta algunos chilenos organizados en batallones o en hordas, da lo mismo, quisieran irse de pronto a vivir a México, a ver sus atardeceres, y a saber hasta la saciedad todo lo que se puede saber de sus peores poetas, a conocer la calle de las putas, aprender a alburear, remojar sus conchas en café con leche y a quién sabe cuántas cosas más. Todo el mundo se lanzaría a escribir sus biografías, y mejor no decir aqui lo que opinaba Bolaño de las autobiografias.
Bolaño era un tipo sin imaginación, pero era un gran observador y su vida y su escritura y su visión del mundo estan aqui:
El señor Bubis respondió que si, que era la cifra correcta, o incorrecta, qué más daba, una cifra, pensó cuando volvió a quedarse solo, siempre es aproximativa, no existe la cifra correcta, sólo los nazis creían en la cifra correcta y los profesores de matemática elemental, sólo los sectarios, y los locos de las pirámides, los recaudadores de impuestos (Dios acabe con ellos), los numerólogos que leían el destino por cuatro perras creían en las cifra correcta. Los científicos, por el contrario, sabían que toda cifra es sólo aproximativa. Los grandes físicos, los grandes matemáticos, los grandes químicos y los editores sabían que uno siempre transita por la oscuridad.
Este párrafo de 2666 nos dice o nos susurra (pero fuerte), algo: Bolaño sirve en todo caso, para no importando el régimen político en el que uno viva, la situación sentimental, nuestros gustos en cine o en música, o la frecuencia de nuestros enamoramientos; si uno es nazi o no, si uno tiene madera de nazi o no, (sospecha que puede matar o dar vida, depende), si uno es o cree en la cifra correcta, o si nos gustaría soñar al menos, con ella.
Monday, August 13, 2007
Ocho y media de la mañana es un crimen, pensé después; son horas casi de madrugada para el español promedio aún en días laborables. Pero no me dijiste que no, ni sugeriste cambio alguno de lugar. Yo cogí el metro con más prudencia de lo habitual y el resultado fué que llegué media hora temprano. Vi movimiento en el café Van Gogh y me acerqué: "No estamos abiertos, favor de ver el horario". Carajo, abren a las nueve. Yo sé que tu también eres muy puntual y no fue la excepción ese día. Mientras estaba sentado cruzando la calle, en la única banca disponible por ese sitio, una que habia sido usada para fines poco decorosos por algún borrachito esa misma noche, te vi llegar poco después. Chingados, mi corazón latió, dio un salto y pensé, este latir no me conviene para nada. ¿Te he dicho que eres la mujer más hermosa que he conocido en persona?. Llegaste con los ojitos un poco hinchados y yo, fiel a mi diplomacia y romanticismo legendarios, estuve a punto de hacértelo notar. Afortunadamente un ángel, o el destino, o, ya que estamos en España, tal vez un duende, me hicieron callar. Te dí un beso, dos besos, te olí, reímos. No sé todavía descifrar desde dónde viene tu risa. Gusto y alegria hay, por supuesto. Simpatía, diríamos en el peor de los casos, pero ¿en el mejor?. No me atrevo a asegurar nada. Con ustedes las españolas nunca se sabe. Cuando me dijiste que te encantaba desayunar tu café con leche y un croissant a la plancha en ese café me reí sinceramente. Te dije que los primeros dias de mi llegada a España había pasado varias veces por allí y siempre había querido entrar, pero nunca lo hice, siempre iba a otra cosa, llevaba prisa, o había quedado de llegar a un sitio distinto, la terraza del intercambiador de Moncloa, la plaza de los cubos, la OEX, etc. Asi que te lo propuse de inmediato, vamos a desayunar un día de estos, un domingo, el domingo después de que vuelva de Alcossebre, y de alli nos venimos a mi casa para el zazén de las 10:30. Y tu dijiste que si de inmediato. Pero carajo, estaba cerrado y aún no eran ni las 8:30, asi que comenzamos a caminar por la calle princesa, a esas horas casi vacía, y te conté lo de mi viaje, te hablé de la amistad y del mediterráneo, te hablé de la alegría y de la nostalgia, te dije que no había estado asi de negro, asi de quemado por el sol desde el 2001, en Casitas Veracrúz, a donde llegué un 15 de abril a pasar un fin de semana con mis amigos. Tu me escuchabas y luego me veías y te reías con la lengua entre los dientes y yo pensaba cómo es que los hombres no caen de inmediato a tus órdenes cuando caminas asi por la calle, con tu blusa azul y tus pantalones de mezclilla y tus tenis marca Van y tu cabello recogido; tan rubia, azules tus ojos, tu nariz tan recta y tu risa tan franca. Chingaos, me da por estar de cursi. Caminamos por unas calles y yo comencé a sentirme responsable de arrastarte a un café que todavía no abría y a una caminata sin sentido, pero entonces al fin encontramos una cafetería abierta y nos sentamos, y pediste un vaso con agua mientras yo miraba de cerca tu perfil, mientras notabas que yo te estaba mirando. No dijiste ni hiciste nada. Dos cafés con leche y dos croissants a la plancha, le dije al camarero, un chico que nos sonrió, como se sonríe a los enamorados cuando uno amanece con ganas de celebrar el amor ajeno. Yo no pedí vaso con agua y nos sentamos en una pequeña mesa circular, sacaste tus cigarros, me ofreciste uno, lo tomé, me lo prendiste y comenzaste a contarme que habías pasado unos días malos, un fin de semana triste, con angustia en el pecho. Hacías gestos con la cara que denotaban un gran esfuerzo, un gran dolor, uno de esos dolores que ya conozco, que vienen de otras vidas y que están enterrados bien profundo, o tal vez enterrados o mejor aún, que están aferrados a su propia vida en nuestro cerebro o tal vez en el alma si es que existe. Dolores parásitos. Mientras hablabas yo te queria abrazar, como te abracé en ese sueño que tuve anoche contigo. Ibamos caminando por el Mediterraneo, en un pueblo como el que yo había visitado. Era de mañana y la calle principal estaba quieta y estaba vacía. Caminábamos mirándonos nuestros dedos de los pies, esquivando plantas que crecían en los bordes de la acera. En eso tu te paraste y me dijiste Toño, tengo miedo, estoy triste, y yo, inflado de amor te abracé tan fuerte como pude, te acaricié tu cabello, tu cuello, quise que me sintieras y yo también te sentí, y en eso desperté. Me ofreciste entonces otro cigarro, -fumo demasiado cuando estoy contigo, pero, ¿cómo negarte nada?- y en tus ojos azules vi claramente tu dolor y te tomé de la mano, o al menos quise tomarte de la mano y decirte no tengas miedo hermosa, no tengas miedo bonita, no tengas miedo mujer. Te conté entonces historias de otros dolores, historias que sirven, a veces para mucho, y a veces para nada, pero te las conté de todos modos. Creo que te hice bien. Tu me escuchabas y en eso te paraste con entusiasmo y me pediste otro café con leche, -para que te lo tomes mientras me sigues contando-. Yo me puse feliz, pero no te lo dije, y no lo demostré. Y luego nos fuimos, y en el metro, mientras hablábamos tan juntitos en los pequeños asientos te di mi libro de historias de viejos maestros para que leyeras un párrafo, y cuando basaste la mirada vi nuestro reflejo en el vidrio del vagón vacío y vi a dos personas que no tenían ningún motivo para no estar juntos.
Saturday, August 11, 2007
Llegamos a la playa a eso de las cuatro de la tarde y de inmediato nos fuimos a meter al mar. Sin protector solar, sin toallas, con total inocencia, como si fuéramos niños. Terminamos ese día sentados en la arena con tres botellas de cava. Sus efectos sólo fueron vistos con claridad al día siguiente. Cada uno de nosotros contó chistes que habían sido escuchados hacía décadas. Nos acostamos en la arena a contar las estrellas, y a poner en las estrellas fugaces nuestros destinos en el amor. Si veo una estrella, entonces me quiere, decía uno. Y entonces Gabriel decía si señor. Y yo entonces decía que si pasa otra entonces ella también me quiere, pero David decia no, que no pase, por que entonces yo valgo madres. Y yo decía no mames, y David decía chale pinche Toño, y Gabriel decía si señor, el amor, cómo no. Gabriel entonces pensaba lo mismo que yo y entonces eramos dos contra uno. Pero no volvió a pasar ninguna estrella. La conciencia es una anomalía en el cosmos, en un cosmos que es cosmos por la emergencia abrupta e inesperada de esta anomalía, como si hubiera sido una falla de la matrix, dijo David. Y dije no pinche David, no es asi, al contrario; verás, según yo, la conciencia es algo tan total que de hecho no deja lugar a clasificarla ni como destino ni como anomalía. Gabriel volvió a decir si señor, y yo continué: esta anomalía que mencionas es de hecho tan anómala, por asi decirlo, que es como un pinche hoyo negro que no deja posibilidad de que no haya sido asi. Y en eso David recordó la historia de algún matemático que no se bien cómo ni cuando ni dónde, había demostrado que de un universo salido de una singularidad esquiva, se desarrollaría tarde o temprano -y en el tiempo, por supuesto- un ser tan complejo cuya propia complejidad lo compelería a su vez, a crear el mismo universo donde él mismo nació, vivió y se extinguirá eventualmente. Que cosas, dije yo. Si, dijo Gabriel, está cabrón. No mames pinche Toño, ¿te imaginas? dijo David. Dije yo que si me imaginaba, pues no me era posible imaginar que alguien pudiera pensar que algo sea imposible, si estaba a la vista todas las noches el espéctaculo cabronsísimo del Universo y sus millones de estrellas lejanísimas. Gabriel pensó en la palabra lejanísimas y se rió. Pero se rió pensando en lo pinche lejanísimo que estaba la mujer que quería y que -pensó- he querido desde que ese tal ser hizo el universo en el que ya estaba viviendo y siendo y tal vez, hasta pensando. Y entonces los tres, mirando el cielo estrellado se pusieron a pensar en variadas cosas. A uno le salieron los versos de Neruda: "y titilan azules, los astros a lo lejos", y se rió en silencio. Otro pensó en si la sustancia última de los cangrejos y las sabrosas sepias sería al fin y al cabo la misma de la que están hechas las estrellas. Otro derramó una lágrima sin pensar en nada en concreto, y por supuesto no dijo nada. Al cabo de unos momentos todos comenzaron a pensar en su niñez, en sus padres, en lejanos atardeceres nublados y en las mujeres, y entonces comenzó a hacer frio. Toño recordó la primera vez que conoció el mar, Gabriel pensó en el amor y David se acordó de un chiste sobre los caracoles que Gabriel había contado esa tarde. Sin que viniera a cuento de pronto Gabriel volvió a decir sí señor y los tres se revolcaron de las carcajadas.
Se fueron a dormir con el alma en paz, Gabriel en la cama de su padre, Toño en la cama de Gabriel, y David en el sillón. Las paredes son demasiado estrechas, pensó Toño, cuando oyó a alguien discutir a gritos por teléfono en una lengua que tardó en descifrar como el Valenciá, por supuesto, que pendejo, es lo más lógico, pensó, y entonces pensó en los viajes que había hecho hasta entonces en España. Recordó con risa y con horror ese viaje desde Barcelona hasta la localidad vecina de Sitges. Fue con David y con su casera en un pequeño auto que sorteó las curvas con gran dificultad por parte de su conductora. Toño dijo después, -sin medir las consecuencias- que a esas curvas había entrado siendo Budista y habia salido convertido en un fervoroso Guadalupano. David se rió pero a su casera no le hizo demasiada gracia, pero no pasó nada. También pensó en los 3 dias en casa de Polo, durmiendo tres personas en dos colchones, soportando mutuos ronquidos y volteretas. Pensó en el 24 de diciembre del año pasado, cuando en casa de un amigo se había enamorado de una de sus sobrinas, ¡ah, que vértigo de ganas!, qué sin fin de novelas condensadas en una mirada, en su olor que lo llamaba a un hogar eterno. Chaparrita cuerpo de uva, pensó, mientras intentaba verla en el otro extremo de la ruidosa mesa llena de españoles, pues había quedado en la peor posición para observarla. No obstante en algún momento ella lo miró cuando la veía literalmente con la boca abierta y el corazón -ah, ese pinche corazón- en suspenso. Nunca la volvió a ver, pero es de esas mujeres que uno recuerda secretamente hasta el dia en que moriremos. Pénsó en algunas cosas más, pero no muchas, y luego se dedicó a no pensar en nada durante unos minutos, oyendo su respiración acostado boca abajo, sintiendo su pecho inflarse y desinflarse como su fuera un mecanismo ajeno a él. Y luego se quedó dormido.
David, convencido de la inminencia del fin del mundo, pensó en las señales que lo acompañaban y que él era capaz de descifrar, junto con una reducida camarilla de videntes o elegidos, de locos o de seres auténticos. La primera y enorme señal era la existencia de la mujer más hermosa del mundo, existente en alguna parte de europa, pero de ancestros asiáticos. Lo había soñado, un ángel se lo había susurrado en sueños, aunque eso de que fuera un ángel era una suposición que él, a fuerza de tanto repetir ya no dudaba. Lo cierto es que una voz se lo susurró, y no recuerda bien si era de hombre o de mujer, o de ángel, pero asi fué. Y la voz también le mostró en brumas la silueta de esa mujer, y le dijo que no la conocería nunca. Se la mostró mientras acomodaba mercancía subida a una escalera, en una ferretería, en la sección de menajes para el hogar. Belleza, silencio, potencia. Tenía el cabello negro y un poco rizado, un poco largo. De lejos uno podría pensar que bien podría ser catalana, pero lo mismo china o japonesa. En todo caso la vió envuelta en una bruma y con el tiempo dejado a un lado, es decir, la contempló en la eternidad, y eso lo asustó. En ese momento dentro de su propio sueño suspiró y ese suspiro de anhelo inacabable lo despertó. De esa hacía ya unos meses, y acostado en el sillón, pensando en ello, le dieron de repente ganas de fumar, lo cual le extraño muchísimo, pues no fuma, asi que lo interpretó como una señal más del fin de los tiempos. También estaba convencido de que Roberto Bolaño era la última encarnación de un ánonimo ser divino, que bajó y vivió una vida triste, y que no se proclamó profeta ni nada por el estilo, sino poeta tan solo -lo cual es algo que si es del estilo-, y que engendró dos o tres libros que bien mirados, contenían una sola palabra, o un solo sentimiento y ese sentimiento era que el mundo esta vivo, y que todo lo que está vivo no tiene remedio. Creía, como los sikhs, que su libro 2666, era una de sus emanaciones y que sería lo único que sobreviviría después de la aniquilación -que él llamaba purificación por fuego- sucediera, un día de diciembre dentro de muy poco tiempo. Luego pensó en el mal de ojo, en los brujos de Catemaco, en la laguna de Chacagua, en el gobernador de Oaxaca, en el peso de su propio cerebro. Últimamente estaba convencido de la absoluta inutilidad del amor y de que la compañía de una mujer no lleva a nadie a ninguna parte más que al sufrimiento, pero casi de inmediato descartó esa idea y luego también se quedó dormido.
Gabriel se sintió de pronto el único habitante de un lugar llamado "la soledad interminable" y tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Se sintió dueño de ese lugar, y hubo incluso un momento en que él era ese lugar, esa sensación. Recordó su niñez y recordó Nueva York, recordó los años de estudio y las enciclopedias que tuvo que leerse de principio a fin y de las cuales hoy recuerda poca cosa, y le dió risa el comprobar cuán lejos estamos de nosotros mismos. Le dió por pensar en Buda y en el Hinduismo, en la Ilusión que nos atrapa y nos cobija y a la que estamos tan acostumbrados y a la que evidentemente y dolorosamente ama tanto. A la que amo tanto, pensó. Amo. Conjugó el verbo amar y comprobó que no decía nada, que no le decía nada a nadie pero que ese no decir era inmenso e incontenible; patrimonio del mundo. Entonces quiso llorar pero no pudo. Quiso ver el cielo y la noche pero no pudo. Quería dormir y no podía y en eso vió o sintió venir desde muy lejos en su interior un alarido al final del cual estaba también un silencio interminable. Y en el silencio estaba él. Pero el alarido no llegó y al fin logró soñar algo que no recordó al dia siguiente.
Se fueron a dormir con el alma en paz, Gabriel en la cama de su padre, Toño en la cama de Gabriel, y David en el sillón. Las paredes son demasiado estrechas, pensó Toño, cuando oyó a alguien discutir a gritos por teléfono en una lengua que tardó en descifrar como el Valenciá, por supuesto, que pendejo, es lo más lógico, pensó, y entonces pensó en los viajes que había hecho hasta entonces en España. Recordó con risa y con horror ese viaje desde Barcelona hasta la localidad vecina de Sitges. Fue con David y con su casera en un pequeño auto que sorteó las curvas con gran dificultad por parte de su conductora. Toño dijo después, -sin medir las consecuencias- que a esas curvas había entrado siendo Budista y habia salido convertido en un fervoroso Guadalupano. David se rió pero a su casera no le hizo demasiada gracia, pero no pasó nada. También pensó en los 3 dias en casa de Polo, durmiendo tres personas en dos colchones, soportando mutuos ronquidos y volteretas. Pensó en el 24 de diciembre del año pasado, cuando en casa de un amigo se había enamorado de una de sus sobrinas, ¡ah, que vértigo de ganas!, qué sin fin de novelas condensadas en una mirada, en su olor que lo llamaba a un hogar eterno. Chaparrita cuerpo de uva, pensó, mientras intentaba verla en el otro extremo de la ruidosa mesa llena de españoles, pues había quedado en la peor posición para observarla. No obstante en algún momento ella lo miró cuando la veía literalmente con la boca abierta y el corazón -ah, ese pinche corazón- en suspenso. Nunca la volvió a ver, pero es de esas mujeres que uno recuerda secretamente hasta el dia en que moriremos. Pénsó en algunas cosas más, pero no muchas, y luego se dedicó a no pensar en nada durante unos minutos, oyendo su respiración acostado boca abajo, sintiendo su pecho inflarse y desinflarse como su fuera un mecanismo ajeno a él. Y luego se quedó dormido.
David, convencido de la inminencia del fin del mundo, pensó en las señales que lo acompañaban y que él era capaz de descifrar, junto con una reducida camarilla de videntes o elegidos, de locos o de seres auténticos. La primera y enorme señal era la existencia de la mujer más hermosa del mundo, existente en alguna parte de europa, pero de ancestros asiáticos. Lo había soñado, un ángel se lo había susurrado en sueños, aunque eso de que fuera un ángel era una suposición que él, a fuerza de tanto repetir ya no dudaba. Lo cierto es que una voz se lo susurró, y no recuerda bien si era de hombre o de mujer, o de ángel, pero asi fué. Y la voz también le mostró en brumas la silueta de esa mujer, y le dijo que no la conocería nunca. Se la mostró mientras acomodaba mercancía subida a una escalera, en una ferretería, en la sección de menajes para el hogar. Belleza, silencio, potencia. Tenía el cabello negro y un poco rizado, un poco largo. De lejos uno podría pensar que bien podría ser catalana, pero lo mismo china o japonesa. En todo caso la vió envuelta en una bruma y con el tiempo dejado a un lado, es decir, la contempló en la eternidad, y eso lo asustó. En ese momento dentro de su propio sueño suspiró y ese suspiro de anhelo inacabable lo despertó. De esa hacía ya unos meses, y acostado en el sillón, pensando en ello, le dieron de repente ganas de fumar, lo cual le extraño muchísimo, pues no fuma, asi que lo interpretó como una señal más del fin de los tiempos. También estaba convencido de que Roberto Bolaño era la última encarnación de un ánonimo ser divino, que bajó y vivió una vida triste, y que no se proclamó profeta ni nada por el estilo, sino poeta tan solo -lo cual es algo que si es del estilo-, y que engendró dos o tres libros que bien mirados, contenían una sola palabra, o un solo sentimiento y ese sentimiento era que el mundo esta vivo, y que todo lo que está vivo no tiene remedio. Creía, como los sikhs, que su libro 2666, era una de sus emanaciones y que sería lo único que sobreviviría después de la aniquilación -que él llamaba purificación por fuego- sucediera, un día de diciembre dentro de muy poco tiempo. Luego pensó en el mal de ojo, en los brujos de Catemaco, en la laguna de Chacagua, en el gobernador de Oaxaca, en el peso de su propio cerebro. Últimamente estaba convencido de la absoluta inutilidad del amor y de que la compañía de una mujer no lleva a nadie a ninguna parte más que al sufrimiento, pero casi de inmediato descartó esa idea y luego también se quedó dormido.
Gabriel se sintió de pronto el único habitante de un lugar llamado "la soledad interminable" y tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Se sintió dueño de ese lugar, y hubo incluso un momento en que él era ese lugar, esa sensación. Recordó su niñez y recordó Nueva York, recordó los años de estudio y las enciclopedias que tuvo que leerse de principio a fin y de las cuales hoy recuerda poca cosa, y le dió risa el comprobar cuán lejos estamos de nosotros mismos. Le dió por pensar en Buda y en el Hinduismo, en la Ilusión que nos atrapa y nos cobija y a la que estamos tan acostumbrados y a la que evidentemente y dolorosamente ama tanto. A la que amo tanto, pensó. Amo. Conjugó el verbo amar y comprobó que no decía nada, que no le decía nada a nadie pero que ese no decir era inmenso e incontenible; patrimonio del mundo. Entonces quiso llorar pero no pudo. Quiso ver el cielo y la noche pero no pudo. Quería dormir y no podía y en eso vió o sintió venir desde muy lejos en su interior un alarido al final del cual estaba también un silencio interminable. Y en el silencio estaba él. Pero el alarido no llegó y al fin logró soñar algo que no recordó al dia siguiente.
Thursday, August 02, 2007
Estuvo muchas horas sentado en aquella terraza. La mesera que lo atendió, una uruguaya nada bonita, terminó contándole su vida, una vida como de estropajo. Asi se le figuró. En las mesas de los lados y por alguna extraña casualidad, se sentaron siempre parejas de franceses. Unos jóvenes, otros viejos, unos homosexuales. También intentaron sentarse dos gitanas con sus hijos, pero no se les permitió. La mesera uruguaya, por órdenes de su jefa española, las corrió amablemente, con la promesa de llamar a los policias, algo que ni siquiera con los más pobres y hambrientos subsaharianos pasa nunca, o casi nunca.
Cuando pidió la segunda infusión de poleo menta con leche, cuando se la sirvieron y que pagó de inmediato llevaba ya bastantes hojas leídas de su novela, un enorme ladrillo de más de 1200 páginas que hablaban de una sola cosa que podríamos traducir asi: "Como ha dicho siempre la buena parca, a todo se lo está llevando la chingada". Vació el sobre de azúcar en la jarra de la infusión, la revolvió con la cuchara, y luego comenzó a vaciar el líquido a cucharaditas dentro del vaso con la leche, de manera pausada, ceremonial, hasta sentir la mirada de extrañeza de una mujer francesa y su hija, que lo miraban como si estuvieran viendo un documental del un hombre que acostumbraba hacer eso en las terrazas, para luego desaparecer como quien es visto desde lejos adentrarse en un bosque de matorrales, para ya no ser visto nunca más, por nadie.
O, pensando en la mujer de sus sueños, que había conocido hacía poco, algo asi:
"Nunca quedamos en nada concreto. Si queremos, alguno le habla al otro y nos vemos ese día o al siguiente, aunque en ocasiones nos vemos hasta pasados tres o cuatro. A veces nos vemos de inmediato. Le marco, le digo que quiero pasar la noche con ella y en menos de una hora estoy en su departamento, con vino y bocadillos. Ella me recibe bañada, en shorts, todavía la piel humeante, y con esa mirada que sin decirlo dice: "gracias, estoy feliz, qué bueno que viniste, te quiero dentro de mi, nos haremos viejos juntos, poquito a poco". Hacemos el amor y luego nos ponemos a cenar, platicando en la terraza en esta época de calores, a veces tomados de la mano a veces abrazados, a veces separados, pero siempre con el corazón henchido. Platicamos de todo, pero también nos quedamos callados, no intentando saber del otro más que lo indispensable. Nos queremos, y asi fué desde un principio. Podríamos mantener esta forma de querernos hasta la muerte, pero no nos imaginamos contruyendo juntos esas grandes historias de amor de los libros y las leyendas. Aunque esto que hacemos juntos puede ser todavía más grande, pero más incomprensible. Desde un principio me costó reconocer qué es lo que teníamos entre nosotros. Durante mucho tiempo la mayor parte de la mente y la vida del otro fue un misterio. Las primeras veces me enteré de lo indispensable, su edad, cuántos hermanos tiene, sus padres. Nunca quisé saber más de lo que me decía su rostro, -ese rostro que es mi medicina definitiva contra el abismo, contra la vorágine, contra la total desesperanza-, y esto me llenó de asombro, pues aunque todo iba de lo mejor, nunca me preocupó saber mucho más de su pasado. La primera vez que nos vimos supongo, ambos supimos que eso podría ser interesante. Apenas nos metimos en el elevador, reímos al vernos a los ojos y sin saber por qué, y de inmediato comenzamos a caminar tan cómodos como si fueramos pareja de mucho tiempo. Desde entonces no hemos dejado de mirarnos a los ojos, y esto tampoco deja de asombrarnos, ya lo hemos hablado. Es como sentirnos, cómo decirlo, verdaderos, cuando estamos juntos..."
Pero la verdad era una y simple, visitaba a diario esa terraza para poder ver a su dark lady, una prostituta de europa del este que lo condenó a sufrir por ella desde que la vió. Nunca ha tenido amigas con las que no haya deseado con fiereza irse a la cama. Nunca. Ninguna. Esta situación, platicada con amigos de vario cuño, a veces lo hace sentirse como un canalla, y otras veces como un iluminado, uno de aquellos que no tienen miedo a la felicidad y a los que no les importa limpiarse el culo con una o dos de esas virtudes que tanto destestaba Nietszche. Pero no podía decirse que esta dark lady fuera su amiga, de hecho nunca le había hablado, ni la conocía pues, más que de vista. El hecho era simple: iba a la terraza, se sentaba siempre en la misma mesa, -a esas horas vacia-, pedía "lo de siempre" a la uruguaya, con la que había comenzado a simpatizar; todo, por tener la posibilidad de verla pasar con su minivestido azul de verano, con sus cabellos color zanahoria, lacios y contundentes. No iba a verla a donde sabía que se paraba a cazar a sus clientes, no; su valor todavía no alcanzaba para tanto. Se sentaba porque por ese lugar pasaba de vez en cuando, y porque estaba juntando valor para acercársele y sentido común para pagar por ella, como cualquier mortal, para no sucumbir a los deseos de cortejarla como si fuera la más codiciada de las princesas del mundo; con lentitud y respeto, con temor reverencial. Sus amigos le hubieran dicho "te gusta que te digan pendejo".
No era su amiga pues, pero según su nada mala memoria, nunca había experimentado un deseo tan intenso por nadie. Ella lo había buscado con la mirada en tres ocasiones, las primeras veces que pasaba por alli, cuando la descubrió. Fue un miercoles por la tarde, en compañia de un amigo catalán, quien también se dió cuenta de su manera extraordinaria de invitar al sexo. Te regaló una mirada, le dijo. Desde entonces su corazón se ha ido carcomiendo por este nuevo deseo, deseo que lo coloca en una cuerda floja y que lo lleva a lugares inexplorados y de plano indeseables.
Pudieramos ser sólo amigos, pensaba. Pudiera acercarme un día de poco tráfico sólo a charlar con ella. Un día la vi platicar con unos policias, y su español es bastante aceptable. Pudiera un día caluroso, ponerme mi mejor ropa, y acercarme a ella con el pretexto del calor. Ella olería de inmediato mi miedo pero se compadecería de mi. Olería y se compadecería de mi condición de extranjero, y asi honraría la razón por las que todos los poetas han adorado siempre a las de su clase. La invitaría, no, mejor aún, le llevaría un cono doble de helado stracciatella. O una botella de agua. Le hablaría de mi país y le haría preguntas del suyo. La miraría con ternura y con deseo, y sería imposible que ella no se sintiera halagada por mi trato. La visitaría en los mismos términos dos o tres veces más y luego la invitaría a desayunar. No quiero que se espante haciendo demasiado obvio que quiero acostarme con ella, asi que un desayuno es mejor que una cena. Es casi inofensivo. Ella comienza a trabajar a eso de las once de la mañana, asi que la citaría en este mismo café, a eso de las nueve, y le pediría que trajera su minivestido superentallado color azul. Iría a la barra y le llevaría a la mesa como si yo fuera el mesero, su café con leche, sus churros, y un croissant, y para mi lo mismo. A estas alturas ya sería muy dificil y muy intenso el contenerme las ganas de decirle que quisiera ser su primer, no, su único cliente de ese día, y que después de eso, seguramente estaría seguro de querer ser su último cliente de toda la vida, secuestrarla, robármela, llevármela a una montaña en mi país, a cazar, a sembrar, a salir de madrugada a pescar y que ella me esperase con ese mismo vestido, agradecida del secuestro, limpia y perfumada pero sudorosa, meterme a la ducha, sentir que ella entra, tirarnos al piso, explorar por enésima vez su cuerpo, el territorio propio, pasar mis dedos por sus muslos y ser juntos una sola marea de carne en un planeta privado.
Claro que a esas alturas sería muy probable también que la clientela habitual se molestara por estar presenciando el espectáculo bochornoso de ver a un "sudaca" cortejando a una rumana, y para colmo, puta. Pero toda esta escena tendría lugar después de haberme decidido acercarme a ella. La escena se desarrollaría asi: Ella estaría parada en su lugar o en su árbol de siempre, junto a sus amigas de oficio y yo me acercaría a inquirir sobre el costo del servicio. Esta pregunta saldría después de mucho pensar en la mejor manera de hacerla. Preguntarle ¿cuanto?, me parecia insultante a su dignidad de cortesana bellísima, asi que buscaría la mejor manera de hacerlo y mientras lo pensaba también me estaría riendo de mi mismo, de mi barroquismo y solemnidad incurable contrastada con la sencillez del hombre normal que simplemente le diría cuánto cobras, mamacita. Yo pensaría en frases como ¿"cuál es el precio de tu amor" o "cuánto por amarme"?. Lo deseable sería una frase que fuera firme, respetuosa y decidida, pero sobre todo que fuera una que no dejara adivinar mi amor, pues a estas alturas, después de tantas veces de arrepentirme cuando estaba a punto de hablarle supe que en verdad sentía algo por ella, algo semejante al amor y al miedo. Estaría lleno de fantasias que contra el sentido común imaginaba posibles: me presentaría ante ella y después de hacerle la pregunta ella notaría el nerviosismo en mi cara, me miraría de arriba a abajo con desdén, masticando su chicle con atrevimiento y violencia, miraría a sus amigas con lo que a mi me parecería una de esas miradas entre mujeres llenas de significados inconcebibles para uno, y al fin me diría: "sigueme de lejos". Caminaría con vergüenza y emoción a plena luz del día por calles en donde más de uno me conoce de vista. Tal vez yo sonreiría con complicidad con uno o dos meseros y me sentiría orgulloso de despertar su envidia, ya luego me haría amigo de ellos para platicarles los detalles. Las mujeres en cambio, al verme pasar rumbo al matadero o al paraíso, pensarían lo usual.
Ella caminaría orgullosa y feliz, clavando en nosotros la visión de sus piernas como una chincheta en un pizarrón de corcho, sospechando apenas lo que sucita su andar, lo que acontece en el cuerpo de los mortales que la vemos ondearse, como si fuera un posible exorcismo que nos diera paz a cambio de nuestros deseos. Yo estaría muerto de miedo, henchido de amor y de orgullo por esta rumana o tal vez rusa cuyo nombre ni siquiera conocía, pero a la que yo había apodado Vania, en recuerdo de la primera mujer de nariz de manguito que me gustó en la vida, una niña como de 7 años cuando yo tenía 8 tal vez, o tal vez también tenía 7, como ella.
Por supuesto les había ya contado a mis amigos de ella más o menos en los términos acostumbrados: No mamen conocí a la mujer más bella y buena del mundo (secretamente yo deseaba poder decirles que era también la más alta y la más noble de las que pisan hoy la tierra, pero tal despropósito era evidente incluso para mi. Era Puta), es una prostituta que simple y sencillamente es inenarrable, es una escultura, una estatua, bellísima; qué ojos, dios mío, qué piernas y ese culo, ¡ese culo!; su cintura, su talle. etc. Me había deshecho en esas salivales expresiones ante todos mis amigos de confianza y ya cuatro de ellos la conocen, pues hemos ido expresamente a buscarla y a encontrarla. En todos los casos mis amigos me animaron a irme con ella y conocer si lo que habla el Corán acerca de las Uríes del paraíso es cierto, pero nunca me atreví y entonces me decían, como si se hubieran puesto de acuerdo que me gustaba que me dijeran pendejo. Asi pues, iría con estos pensamientos detrás de ella, unos metros tan sólo, para no perderla de vista, procurando no verle con demasiada intensidad esas nalgas que se irían meneando caprichosas, sueltas al viento delante de mi, dueñas de un secreto que todo el mundo intuye pero que nadie puede creer, firmes,apetitosas, vivas. Al fin llegaríamos a su departamento, tomaríamos el elevador y mi estado de exitación estaría al máximo. Ya alguna vez me dió una taquicardia después de hacer el amor con otra mujer de mis sueños, pero esta mujer estaba demasiado buena, tal vez mi corazón explotaría. Ella me preguntaría mi nombre: ¿Como te llamas?. Silencio, Majestad, Rito de paso. Yo estaría en estado de shock, embriagado para empezar por su cercanía, embriagado por su cuerpo húmedo en verano, por oler su perfume, por sentir su respiración cerca, por mirar de cerca su boca, intuir con mis sentidos sus dientes, convencerme de la existencia de ese par de ojos inconcebibles (y tiernos, por extraño que pueda resultar, tristones), y de la posibilidad real de tocar esos senos, de estrujar esos muslos y esas piernas, de besar ese cuello, de rozar con los dedos de la mano derecha el inicio de sus axilas, sus hombros, su espalda; cerrar los ojos y perderme en el olor de sus manos, hombros, cabellos; probar la sal de su cuello, su espalda sinuosa y su talle respingón. Los elevadores son muy calientes en esta época del año, y la caminata no había sido corta y no había sido lenta. Unas gotitas de sudor brillarían en su pecho, abríendose paso hacia esos senos que apretados, pugnaban por salir y ser pródigos con los hijos de los dioses, conmigo; ¡oh suerte! que me has regalado algo que no merezco. Mi camisa de lino estaría de plano mojada de sudor en varias secciones y no obstante todo ese nerviosismo, -pues para eso hay algo que se llama evolución de las especies, superviviencia del más fuerte-; yo evitaría desmayarme y mirándola con todo el deseo concentrado durante tanto tiempo y liberado al fin, o comenzado a liberar en ese elevador, le diría con acento y entonación claras mi verdadero nombre: Vania, Diosa Vania, soy yo, ¿no me reconoces?, soy yo, soy Toño. Pero no, tal vez lo mejor es que pusiera mis manos en su cintura y le dijera soy Toño ¿y tú?. Ella me respondería con un nombre que a mis oídos desde ya suena a sagrado y que prefiero no osar adivinar.
No diré nada de lo que pasó cuando entramos a su cuarto, todo eso me lo reservo para mi. temo de que esto haya sido un sueño y que al contarlo se desvanezca del mundo ese olor suyo que todávía llevó impregnado en todas las partes de mi cuerpo. Sólo diré que a partir de ese momento mis visitas para adorarla se hicieron muy frecuentes, llegando a un ritmo de una por semana, lo cual por otra parte dismunuía considerablemente mis finanzas pues sin duda era la que más caro cobraba sus servicios. Yo era ya conocido tanto por prostitutas como por policias en esa céntrica calle, y para evitar esperas y en lo que fue una linda consideración, ella me esperaba sentada en una terraza con una o dos de sus compañeras y al ver que yo llegaba se levantaba y tomaba su bolso mientras yo pagaba dos copas de vino. Era un corderito en sus manos y no me apena decir que a esas alturas estaba perdidamente enamorado de ella. Se lo dije por primerva vez un domingo en que había habido poca clientela para ella, y en el que por ser ya un poco tarde, nos quedamos en su cuarto viendo una pelicula que había rentado el día anterior. Me dijo no jodas y me pidió que sacara del refrigerador una botella de jugo de naranja (le encanta). Pedimos una pizza y llamó a su hermano menor, un chico que debía andar por los 12 años y que no tardaría en pisar por primera vez una cárcel. Cuando llegó me dijo si yo era el novio de su hermana, y sin esperar a mi respuesta le dijo a ella en ruso (después ella me lo dijo) que me sacara todo el dinero que pudiera porque tenía muchas ganas de comprarse una moto. Asi pues, comenzó una rutina de sexo y peliculas, a veces en casa y a veces en el cine. Cuando no estaba de servicio, vestía con mucha decencia, aunque era imposible que los hombres no adivinaran el escultural cuerpo que poseía, ni era posible ocultar la belleza de sus ojos y de su rostro en general. Cuando salíamos al cine lo hacíamos a uno muy cercano a su casa, por lo que muchas de las personas se fueron familiarizando conmigo y aunque no ibamos ni abrazados ni besándonos ni tomados de la mano, para muchos de ellos, asi como para el observador casual era muy lógico suponer que no éramos sólo amigos.
Cuando pidió la segunda infusión de poleo menta con leche, cuando se la sirvieron y que pagó de inmediato llevaba ya bastantes hojas leídas de su novela, un enorme ladrillo de más de 1200 páginas que hablaban de una sola cosa que podríamos traducir asi: "Como ha dicho siempre la buena parca, a todo se lo está llevando la chingada". Vació el sobre de azúcar en la jarra de la infusión, la revolvió con la cuchara, y luego comenzó a vaciar el líquido a cucharaditas dentro del vaso con la leche, de manera pausada, ceremonial, hasta sentir la mirada de extrañeza de una mujer francesa y su hija, que lo miraban como si estuvieran viendo un documental del un hombre que acostumbraba hacer eso en las terrazas, para luego desaparecer como quien es visto desde lejos adentrarse en un bosque de matorrales, para ya no ser visto nunca más, por nadie.
Llevaba su libreta para escribir cuentos y estaba puliendo algunos textos sueltos, textos que por lo general desecha casi de inmediato, textos como estos
O, pensando en la mujer de sus sueños, que había conocido hacía poco, algo asi:
"Nunca quedamos en nada concreto. Si queremos, alguno le habla al otro y nos vemos ese día o al siguiente, aunque en ocasiones nos vemos hasta pasados tres o cuatro. A veces nos vemos de inmediato. Le marco, le digo que quiero pasar la noche con ella y en menos de una hora estoy en su departamento, con vino y bocadillos. Ella me recibe bañada, en shorts, todavía la piel humeante, y con esa mirada que sin decirlo dice: "gracias, estoy feliz, qué bueno que viniste, te quiero dentro de mi, nos haremos viejos juntos, poquito a poco". Hacemos el amor y luego nos ponemos a cenar, platicando en la terraza en esta época de calores, a veces tomados de la mano a veces abrazados, a veces separados, pero siempre con el corazón henchido. Platicamos de todo, pero también nos quedamos callados, no intentando saber del otro más que lo indispensable. Nos queremos, y asi fué desde un principio. Podríamos mantener esta forma de querernos hasta la muerte, pero no nos imaginamos contruyendo juntos esas grandes historias de amor de los libros y las leyendas. Aunque esto que hacemos juntos puede ser todavía más grande, pero más incomprensible. Desde un principio me costó reconocer qué es lo que teníamos entre nosotros. Durante mucho tiempo la mayor parte de la mente y la vida del otro fue un misterio. Las primeras veces me enteré de lo indispensable, su edad, cuántos hermanos tiene, sus padres. Nunca quisé saber más de lo que me decía su rostro, -ese rostro que es mi medicina definitiva contra el abismo, contra la vorágine, contra la total desesperanza-, y esto me llenó de asombro, pues aunque todo iba de lo mejor, nunca me preocupó saber mucho más de su pasado. La primera vez que nos vimos supongo, ambos supimos que eso podría ser interesante. Apenas nos metimos en el elevador, reímos al vernos a los ojos y sin saber por qué, y de inmediato comenzamos a caminar tan cómodos como si fueramos pareja de mucho tiempo. Desde entonces no hemos dejado de mirarnos a los ojos, y esto tampoco deja de asombrarnos, ya lo hemos hablado. Es como sentirnos, cómo decirlo, verdaderos, cuando estamos juntos..."
Pero la verdad era una y simple, visitaba a diario esa terraza para poder ver a su dark lady, una prostituta de europa del este que lo condenó a sufrir por ella desde que la vió. Nunca ha tenido amigas con las que no haya deseado con fiereza irse a la cama. Nunca. Ninguna. Esta situación, platicada con amigos de vario cuño, a veces lo hace sentirse como un canalla, y otras veces como un iluminado, uno de aquellos que no tienen miedo a la felicidad y a los que no les importa limpiarse el culo con una o dos de esas virtudes que tanto destestaba Nietszche. Pero no podía decirse que esta dark lady fuera su amiga, de hecho nunca le había hablado, ni la conocía pues, más que de vista. El hecho era simple: iba a la terraza, se sentaba siempre en la misma mesa, -a esas horas vacia-, pedía "lo de siempre" a la uruguaya, con la que había comenzado a simpatizar; todo, por tener la posibilidad de verla pasar con su minivestido azul de verano, con sus cabellos color zanahoria, lacios y contundentes. No iba a verla a donde sabía que se paraba a cazar a sus clientes, no; su valor todavía no alcanzaba para tanto. Se sentaba porque por ese lugar pasaba de vez en cuando, y porque estaba juntando valor para acercársele y sentido común para pagar por ella, como cualquier mortal, para no sucumbir a los deseos de cortejarla como si fuera la más codiciada de las princesas del mundo; con lentitud y respeto, con temor reverencial. Sus amigos le hubieran dicho "te gusta que te digan pendejo".
No era su amiga pues, pero según su nada mala memoria, nunca había experimentado un deseo tan intenso por nadie. Ella lo había buscado con la mirada en tres ocasiones, las primeras veces que pasaba por alli, cuando la descubrió. Fue un miercoles por la tarde, en compañia de un amigo catalán, quien también se dió cuenta de su manera extraordinaria de invitar al sexo. Te regaló una mirada, le dijo. Desde entonces su corazón se ha ido carcomiendo por este nuevo deseo, deseo que lo coloca en una cuerda floja y que lo lleva a lugares inexplorados y de plano indeseables.
Pudieramos ser sólo amigos, pensaba. Pudiera acercarme un día de poco tráfico sólo a charlar con ella. Un día la vi platicar con unos policias, y su español es bastante aceptable. Pudiera un día caluroso, ponerme mi mejor ropa, y acercarme a ella con el pretexto del calor. Ella olería de inmediato mi miedo pero se compadecería de mi. Olería y se compadecería de mi condición de extranjero, y asi honraría la razón por las que todos los poetas han adorado siempre a las de su clase. La invitaría, no, mejor aún, le llevaría un cono doble de helado stracciatella. O una botella de agua. Le hablaría de mi país y le haría preguntas del suyo. La miraría con ternura y con deseo, y sería imposible que ella no se sintiera halagada por mi trato. La visitaría en los mismos términos dos o tres veces más y luego la invitaría a desayunar. No quiero que se espante haciendo demasiado obvio que quiero acostarme con ella, asi que un desayuno es mejor que una cena. Es casi inofensivo. Ella comienza a trabajar a eso de las once de la mañana, asi que la citaría en este mismo café, a eso de las nueve, y le pediría que trajera su minivestido superentallado color azul. Iría a la barra y le llevaría a la mesa como si yo fuera el mesero, su café con leche, sus churros, y un croissant, y para mi lo mismo. A estas alturas ya sería muy dificil y muy intenso el contenerme las ganas de decirle que quisiera ser su primer, no, su único cliente de ese día, y que después de eso, seguramente estaría seguro de querer ser su último cliente de toda la vida, secuestrarla, robármela, llevármela a una montaña en mi país, a cazar, a sembrar, a salir de madrugada a pescar y que ella me esperase con ese mismo vestido, agradecida del secuestro, limpia y perfumada pero sudorosa, meterme a la ducha, sentir que ella entra, tirarnos al piso, explorar por enésima vez su cuerpo, el territorio propio, pasar mis dedos por sus muslos y ser juntos una sola marea de carne en un planeta privado.
Claro que a esas alturas sería muy probable también que la clientela habitual se molestara por estar presenciando el espectáculo bochornoso de ver a un "sudaca" cortejando a una rumana, y para colmo, puta. Pero toda esta escena tendría lugar después de haberme decidido acercarme a ella. La escena se desarrollaría asi: Ella estaría parada en su lugar o en su árbol de siempre, junto a sus amigas de oficio y yo me acercaría a inquirir sobre el costo del servicio. Esta pregunta saldría después de mucho pensar en la mejor manera de hacerla. Preguntarle ¿cuanto?, me parecia insultante a su dignidad de cortesana bellísima, asi que buscaría la mejor manera de hacerlo y mientras lo pensaba también me estaría riendo de mi mismo, de mi barroquismo y solemnidad incurable contrastada con la sencillez del hombre normal que simplemente le diría cuánto cobras, mamacita. Yo pensaría en frases como ¿"cuál es el precio de tu amor" o "cuánto por amarme"?. Lo deseable sería una frase que fuera firme, respetuosa y decidida, pero sobre todo que fuera una que no dejara adivinar mi amor, pues a estas alturas, después de tantas veces de arrepentirme cuando estaba a punto de hablarle supe que en verdad sentía algo por ella, algo semejante al amor y al miedo. Estaría lleno de fantasias que contra el sentido común imaginaba posibles: me presentaría ante ella y después de hacerle la pregunta ella notaría el nerviosismo en mi cara, me miraría de arriba a abajo con desdén, masticando su chicle con atrevimiento y violencia, miraría a sus amigas con lo que a mi me parecería una de esas miradas entre mujeres llenas de significados inconcebibles para uno, y al fin me diría: "sigueme de lejos". Caminaría con vergüenza y emoción a plena luz del día por calles en donde más de uno me conoce de vista. Tal vez yo sonreiría con complicidad con uno o dos meseros y me sentiría orgulloso de despertar su envidia, ya luego me haría amigo de ellos para platicarles los detalles. Las mujeres en cambio, al verme pasar rumbo al matadero o al paraíso, pensarían lo usual.
Ella caminaría orgullosa y feliz, clavando en nosotros la visión de sus piernas como una chincheta en un pizarrón de corcho, sospechando apenas lo que sucita su andar, lo que acontece en el cuerpo de los mortales que la vemos ondearse, como si fuera un posible exorcismo que nos diera paz a cambio de nuestros deseos. Yo estaría muerto de miedo, henchido de amor y de orgullo por esta rumana o tal vez rusa cuyo nombre ni siquiera conocía, pero a la que yo había apodado Vania, en recuerdo de la primera mujer de nariz de manguito que me gustó en la vida, una niña como de 7 años cuando yo tenía 8 tal vez, o tal vez también tenía 7, como ella.
Por supuesto les había ya contado a mis amigos de ella más o menos en los términos acostumbrados: No mamen conocí a la mujer más bella y buena del mundo (secretamente yo deseaba poder decirles que era también la más alta y la más noble de las que pisan hoy la tierra, pero tal despropósito era evidente incluso para mi. Era Puta), es una prostituta que simple y sencillamente es inenarrable, es una escultura, una estatua, bellísima; qué ojos, dios mío, qué piernas y ese culo, ¡ese culo!; su cintura, su talle. etc. Me había deshecho en esas salivales expresiones ante todos mis amigos de confianza y ya cuatro de ellos la conocen, pues hemos ido expresamente a buscarla y a encontrarla. En todos los casos mis amigos me animaron a irme con ella y conocer si lo que habla el Corán acerca de las Uríes del paraíso es cierto, pero nunca me atreví y entonces me decían, como si se hubieran puesto de acuerdo que me gustaba que me dijeran pendejo. Asi pues, iría con estos pensamientos detrás de ella, unos metros tan sólo, para no perderla de vista, procurando no verle con demasiada intensidad esas nalgas que se irían meneando caprichosas, sueltas al viento delante de mi, dueñas de un secreto que todo el mundo intuye pero que nadie puede creer, firmes,apetitosas, vivas. Al fin llegaríamos a su departamento, tomaríamos el elevador y mi estado de exitación estaría al máximo. Ya alguna vez me dió una taquicardia después de hacer el amor con otra mujer de mis sueños, pero esta mujer estaba demasiado buena, tal vez mi corazón explotaría. Ella me preguntaría mi nombre: ¿Como te llamas?. Silencio, Majestad, Rito de paso. Yo estaría en estado de shock, embriagado para empezar por su cercanía, embriagado por su cuerpo húmedo en verano, por oler su perfume, por sentir su respiración cerca, por mirar de cerca su boca, intuir con mis sentidos sus dientes, convencerme de la existencia de ese par de ojos inconcebibles (y tiernos, por extraño que pueda resultar, tristones), y de la posibilidad real de tocar esos senos, de estrujar esos muslos y esas piernas, de besar ese cuello, de rozar con los dedos de la mano derecha el inicio de sus axilas, sus hombros, su espalda; cerrar los ojos y perderme en el olor de sus manos, hombros, cabellos; probar la sal de su cuello, su espalda sinuosa y su talle respingón. Los elevadores son muy calientes en esta época del año, y la caminata no había sido corta y no había sido lenta. Unas gotitas de sudor brillarían en su pecho, abríendose paso hacia esos senos que apretados, pugnaban por salir y ser pródigos con los hijos de los dioses, conmigo; ¡oh suerte! que me has regalado algo que no merezco. Mi camisa de lino estaría de plano mojada de sudor en varias secciones y no obstante todo ese nerviosismo, -pues para eso hay algo que se llama evolución de las especies, superviviencia del más fuerte-; yo evitaría desmayarme y mirándola con todo el deseo concentrado durante tanto tiempo y liberado al fin, o comenzado a liberar en ese elevador, le diría con acento y entonación claras mi verdadero nombre: Vania, Diosa Vania, soy yo, ¿no me reconoces?, soy yo, soy Toño. Pero no, tal vez lo mejor es que pusiera mis manos en su cintura y le dijera soy Toño ¿y tú?. Ella me respondería con un nombre que a mis oídos desde ya suena a sagrado y que prefiero no osar adivinar.
No diré nada de lo que pasó cuando entramos a su cuarto, todo eso me lo reservo para mi. temo de que esto haya sido un sueño y que al contarlo se desvanezca del mundo ese olor suyo que todávía llevó impregnado en todas las partes de mi cuerpo. Sólo diré que a partir de ese momento mis visitas para adorarla se hicieron muy frecuentes, llegando a un ritmo de una por semana, lo cual por otra parte dismunuía considerablemente mis finanzas pues sin duda era la que más caro cobraba sus servicios. Yo era ya conocido tanto por prostitutas como por policias en esa céntrica calle, y para evitar esperas y en lo que fue una linda consideración, ella me esperaba sentada en una terraza con una o dos de sus compañeras y al ver que yo llegaba se levantaba y tomaba su bolso mientras yo pagaba dos copas de vino. Era un corderito en sus manos y no me apena decir que a esas alturas estaba perdidamente enamorado de ella. Se lo dije por primerva vez un domingo en que había habido poca clientela para ella, y en el que por ser ya un poco tarde, nos quedamos en su cuarto viendo una pelicula que había rentado el día anterior. Me dijo no jodas y me pidió que sacara del refrigerador una botella de jugo de naranja (le encanta). Pedimos una pizza y llamó a su hermano menor, un chico que debía andar por los 12 años y que no tardaría en pisar por primera vez una cárcel. Cuando llegó me dijo si yo era el novio de su hermana, y sin esperar a mi respuesta le dijo a ella en ruso (después ella me lo dijo) que me sacara todo el dinero que pudiera porque tenía muchas ganas de comprarse una moto. Asi pues, comenzó una rutina de sexo y peliculas, a veces en casa y a veces en el cine. Cuando no estaba de servicio, vestía con mucha decencia, aunque era imposible que los hombres no adivinaran el escultural cuerpo que poseía, ni era posible ocultar la belleza de sus ojos y de su rostro en general. Cuando salíamos al cine lo hacíamos a uno muy cercano a su casa, por lo que muchas de las personas se fueron familiarizando conmigo y aunque no ibamos ni abrazados ni besándonos ni tomados de la mano, para muchos de ellos, asi como para el observador casual era muy lógico suponer que no éramos sólo amigos.
Wednesday, August 01, 2007
En un arranque de osadía, regresó a Madrid mes y medio antes de lo previsto. En un arranque de desprendimiento raro en él, compró la novela póstuma de Roberto Bolaño por la estratosférica cantidad de 35 euros. Es el libro más caro que ha comprado nunca, y la quinta o sexta cosa más cara que ha comprado en su vida. En una explosión de optimismo casi inmoral, se bebió no uno, sino dos cafés con leche en su lugar preferido. En un ejercicio de osada temeridad, pasó dos veces junto a la nena que le gusta, para preguntarle cuanto cobra, pero no se atrevió. No hay que tentar al destino, piensa, pero luego piensa que si de tentar se trata, habría que tentar algo. Pero no se atrevió a nada por algo que podríamos llamar miedo, y a lo que no pocos se atreverían a llamar amor. Esa noche, mientras disfrutaba de una infusión de poleo menta con la mujer de sus sueños, y definitivamente la mujer más hermosa que conoció jamás, y sin asomo de dudas la más llena de cualidades, aquella a la que los novelistas podrían llamar "la mujer ideal", pensaba decirle cuando su amor ya fuera una costumbre algo asi como:
Amor mio, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de cumbres borrascosas, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de los años maravillosos, hubo por quienes hubiera dado mi pie izquierdo para ser juntos la bella y la bestia, hubo aquellas tan dulces y castañas por quienes me hubiera convertido en un perro, en concreto en el perro golfo, de la dama y el vagabundo, siempre que ella se hubiera convertido en reina, esa adorable cocker spaniel. Ya más adulto paré las cejas muchas veces mientras me reñían las más disímiles Marias Felix, y muchas veces me arrojé con los ojos cerrados y con el corazón en la mano a las aventuras de los Wherteres, los Florentinos, y los Tomases. Hubo aquella esplendorosa alemana, de la cual vivo todavía flechado, pero sin consecuencias malignas. Hubo aquella mesera, por quien de no haber aparecido tú, aún lo daría todo. Hubo aquella otra de ancestros teutones, con quien conocí los prólogos de la felicidad. Estuvo también la dueña de mis poemas, reminiscencias de otras vidas, o tal vez semillas de unas futuras, pero por ahora situada en lejanas parcelas. Hubo la francesa, optimismo contagioso hecho carne; hubo una primera española, tropezón, tropezón, y hubo la italiana, sufrimiento garantizado de por vida, pero por cuyos besos y ojos brujos "yo habría dado siempre más".
Y pensó que entonces también le darían ganas de decirle: Pero Amor mío, estoy aqui contigo, como un perro romántico, y aqui me voy a quedar.
Amor mio, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de cumbres borrascosas, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de los años maravillosos, hubo por quienes hubiera dado mi pie izquierdo para ser juntos la bella y la bestia, hubo aquellas tan dulces y castañas por quienes me hubiera convertido en un perro, en concreto en el perro golfo, de la dama y el vagabundo, siempre que ella se hubiera convertido en reina, esa adorable cocker spaniel. Ya más adulto paré las cejas muchas veces mientras me reñían las más disímiles Marias Felix, y muchas veces me arrojé con los ojos cerrados y con el corazón en la mano a las aventuras de los Wherteres, los Florentinos, y los Tomases. Hubo aquella esplendorosa alemana, de la cual vivo todavía flechado, pero sin consecuencias malignas. Hubo aquella mesera, por quien de no haber aparecido tú, aún lo daría todo. Hubo aquella otra de ancestros teutones, con quien conocí los prólogos de la felicidad. Estuvo también la dueña de mis poemas, reminiscencias de otras vidas, o tal vez semillas de unas futuras, pero por ahora situada en lejanas parcelas. Hubo la francesa, optimismo contagioso hecho carne; hubo una primera española, tropezón, tropezón, y hubo la italiana, sufrimiento garantizado de por vida, pero por cuyos besos y ojos brujos "yo habría dado siempre más".
Y pensó que entonces también le darían ganas de decirle: Pero Amor mío, estoy aqui contigo, como un perro romántico, y aqui me voy a quedar.
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