Llegamos a la playa a eso de las cuatro de la tarde y de inmediato nos fuimos a meter al mar. Sin protector solar, sin toallas, con total inocencia, como si fuéramos niños. Terminamos ese día sentados en la arena con tres botellas de cava. Sus efectos sólo fueron vistos con claridad al día siguiente. Cada uno de nosotros contó chistes que habían sido escuchados hacía décadas. Nos acostamos en la arena a contar las estrellas, y a poner en las estrellas fugaces nuestros destinos en el amor. Si veo una estrella, entonces me quiere, decía uno. Y entonces Gabriel decía si señor. Y yo entonces decía que si pasa otra entonces ella también me quiere, pero David decia no, que no pase, por que entonces yo valgo madres. Y yo decía no mames, y David decía chale pinche Toño, y Gabriel decía si señor, el amor, cómo no. Gabriel entonces pensaba lo mismo que yo y entonces eramos dos contra uno. Pero no volvió a pasar ninguna estrella. La conciencia es una anomalía en el cosmos, en un cosmos que es cosmos por la emergencia abrupta e inesperada de esta anomalía, como si hubiera sido una falla de la matrix, dijo David. Y dije no pinche David, no es asi, al contrario; verás, según yo, la conciencia es algo tan total que de hecho no deja lugar a clasificarla ni como destino ni como anomalía. Gabriel volvió a decir si señor, y yo continué: esta anomalía que mencionas es de hecho tan anómala, por asi decirlo, que es como un pinche hoyo negro que no deja posibilidad de que no haya sido asi. Y en eso David recordó la historia de algún matemático que no se bien cómo ni cuando ni dónde, había demostrado que de un universo salido de una singularidad esquiva, se desarrollaría tarde o temprano -y en el tiempo, por supuesto- un ser tan complejo cuya propia complejidad lo compelería a su vez, a crear el mismo universo donde él mismo nació, vivió y se extinguirá eventualmente. Que cosas, dije yo. Si, dijo Gabriel, está cabrón. No mames pinche Toño, ¿te imaginas? dijo David. Dije yo que si me imaginaba, pues no me era posible imaginar que alguien pudiera pensar que algo sea imposible, si estaba a la vista todas las noches el espéctaculo cabronsísimo del Universo y sus millones de estrellas lejanísimas. Gabriel pensó en la palabra lejanísimas y se rió. Pero se rió pensando en lo pinche lejanísimo que estaba la mujer que quería y que -pensó- he querido desde que ese tal ser hizo el universo en el que ya estaba viviendo y siendo y tal vez, hasta pensando. Y entonces los tres, mirando el cielo estrellado se pusieron a pensar en variadas cosas. A uno le salieron los versos de Neruda: "y titilan azules, los astros a lo lejos", y se rió en silencio. Otro pensó en si la sustancia última de los cangrejos y las sabrosas sepias sería al fin y al cabo la misma de la que están hechas las estrellas. Otro derramó una lágrima sin pensar en nada en concreto, y por supuesto no dijo nada. Al cabo de unos momentos todos comenzaron a pensar en su niñez, en sus padres, en lejanos atardeceres nublados y en las mujeres, y entonces comenzó a hacer frio. Toño recordó la primera vez que conoció el mar, Gabriel pensó en el amor y David se acordó de un chiste sobre los caracoles que Gabriel había contado esa tarde. Sin que viniera a cuento de pronto Gabriel volvió a decir sí señor y los tres se revolcaron de las carcajadas.
Se fueron a dormir con el alma en paz, Gabriel en la cama de su padre, Toño en la cama de Gabriel, y David en el sillón. Las paredes son demasiado estrechas, pensó Toño, cuando oyó a alguien discutir a gritos por teléfono en una lengua que tardó en descifrar como el Valenciá, por supuesto, que pendejo, es lo más lógico, pensó, y entonces pensó en los viajes que había hecho hasta entonces en España. Recordó con risa y con horror ese viaje desde Barcelona hasta la localidad vecina de Sitges. Fue con David y con su casera en un pequeño auto que sorteó las curvas con gran dificultad por parte de su conductora. Toño dijo después, -sin medir las consecuencias- que a esas curvas había entrado siendo Budista y habia salido convertido en un fervoroso Guadalupano. David se rió pero a su casera no le hizo demasiada gracia, pero no pasó nada. También pensó en los 3 dias en casa de Polo, durmiendo tres personas en dos colchones, soportando mutuos ronquidos y volteretas. Pensó en el 24 de diciembre del año pasado, cuando en casa de un amigo se había enamorado de una de sus sobrinas, ¡ah, que vértigo de ganas!, qué sin fin de novelas condensadas en una mirada, en su olor que lo llamaba a un hogar eterno. Chaparrita cuerpo de uva, pensó, mientras intentaba verla en el otro extremo de la ruidosa mesa llena de españoles, pues había quedado en la peor posición para observarla. No obstante en algún momento ella lo miró cuando la veía literalmente con la boca abierta y el corazón -ah, ese pinche corazón- en suspenso. Nunca la volvió a ver, pero es de esas mujeres que uno recuerda secretamente hasta el dia en que moriremos. Pénsó en algunas cosas más, pero no muchas, y luego se dedicó a no pensar en nada durante unos minutos, oyendo su respiración acostado boca abajo, sintiendo su pecho inflarse y desinflarse como su fuera un mecanismo ajeno a él. Y luego se quedó dormido.
David, convencido de la inminencia del fin del mundo, pensó en las señales que lo acompañaban y que él era capaz de descifrar, junto con una reducida camarilla de videntes o elegidos, de locos o de seres auténticos. La primera y enorme señal era la existencia de la mujer más hermosa del mundo, existente en alguna parte de europa, pero de ancestros asiáticos. Lo había soñado, un ángel se lo había susurrado en sueños, aunque eso de que fuera un ángel era una suposición que él, a fuerza de tanto repetir ya no dudaba. Lo cierto es que una voz se lo susurró, y no recuerda bien si era de hombre o de mujer, o de ángel, pero asi fué. Y la voz también le mostró en brumas la silueta de esa mujer, y le dijo que no la conocería nunca. Se la mostró mientras acomodaba mercancía subida a una escalera, en una ferretería, en la sección de menajes para el hogar. Belleza, silencio, potencia. Tenía el cabello negro y un poco rizado, un poco largo. De lejos uno podría pensar que bien podría ser catalana, pero lo mismo china o japonesa. En todo caso la vió envuelta en una bruma y con el tiempo dejado a un lado, es decir, la contempló en la eternidad, y eso lo asustó. En ese momento dentro de su propio sueño suspiró y ese suspiro de anhelo inacabable lo despertó. De esa hacía ya unos meses, y acostado en el sillón, pensando en ello, le dieron de repente ganas de fumar, lo cual le extraño muchísimo, pues no fuma, asi que lo interpretó como una señal más del fin de los tiempos. También estaba convencido de que Roberto Bolaño era la última encarnación de un ánonimo ser divino, que bajó y vivió una vida triste, y que no se proclamó profeta ni nada por el estilo, sino poeta tan solo -lo cual es algo que si es del estilo-, y que engendró dos o tres libros que bien mirados, contenían una sola palabra, o un solo sentimiento y ese sentimiento era que el mundo esta vivo, y que todo lo que está vivo no tiene remedio. Creía, como los sikhs, que su libro 2666, era una de sus emanaciones y que sería lo único que sobreviviría después de la aniquilación -que él llamaba purificación por fuego- sucediera, un día de diciembre dentro de muy poco tiempo. Luego pensó en el mal de ojo, en los brujos de Catemaco, en la laguna de Chacagua, en el gobernador de Oaxaca, en el peso de su propio cerebro. Últimamente estaba convencido de la absoluta inutilidad del amor y de que la compañía de una mujer no lleva a nadie a ninguna parte más que al sufrimiento, pero casi de inmediato descartó esa idea y luego también se quedó dormido.
Gabriel se sintió de pronto el único habitante de un lugar llamado "la soledad interminable" y tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Se sintió dueño de ese lugar, y hubo incluso un momento en que él era ese lugar, esa sensación. Recordó su niñez y recordó Nueva York, recordó los años de estudio y las enciclopedias que tuvo que leerse de principio a fin y de las cuales hoy recuerda poca cosa, y le dió risa el comprobar cuán lejos estamos de nosotros mismos. Le dió por pensar en Buda y en el Hinduismo, en la Ilusión que nos atrapa y nos cobija y a la que estamos tan acostumbrados y a la que evidentemente y dolorosamente ama tanto. A la que amo tanto, pensó. Amo. Conjugó el verbo amar y comprobó que no decía nada, que no le decía nada a nadie pero que ese no decir era inmenso e incontenible; patrimonio del mundo. Entonces quiso llorar pero no pudo. Quiso ver el cielo y la noche pero no pudo. Quería dormir y no podía y en eso vió o sintió venir desde muy lejos en su interior un alarido al final del cual estaba también un silencio interminable. Y en el silencio estaba él. Pero el alarido no llegó y al fin logró soñar algo que no recordó al dia siguiente.
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