Te pareces a una mujer
de la que me enamoré siendo niño
Era pelirroja y de mirada dulce
pero ella tenía los ojos verdes
y yo la observaba
jugando con un balón
cuando salía por el pan o por la fruta
a veces me miraba y sonreía
sonreía yo también
supongo
y recuerdo entre brumas
que una vez incluso alzó la mano
saludándome
Tú eres igual
si te miro
casi puedo sentir tu carne en ansia pura
y puedo imaginarme en los poros
tu olor naciente y fascinante
tu olor que es mi hogar habitual
mi costumbre de años
tu olor que ya no soporto
que aborrezco
y que necesito
la otra noche
me desperté y te vi dormida
a mi alcance perpetuo
vi la línea de tus piernas subir y perderse
vi tu cabello apaciguado
y tus deditos en los que sé
que tengo mi morada
no pensé en nada y al volver
te abracé sin despertarte
convencido que en este mundo
las pesadillas
el terror nocturno
el miedo
son imposibles
Tuesday, March 31, 2009
Sunday, March 29, 2009
Ocaso gris
en que el suelo es
más que nunca
destino de ojos humanos
en que los hombros arriba
los cuellos fríos
son nuestro más inmediato
generoso
hogar
llueve pequeño
casi huérfano
susurro de agua
y calle abajo
árboles que olfatean el océano
sus ojos cerrados
en quietud centenaria
me dicen que hay que callar
cosa notable
árbol y mármol
juntos en ciudad tétrica
milenios siendo en calma
a merced de mi cuerpo
bajo esta tarde negra
por doquiera miro
en cada calle
fugas a otras músicas
invisibles trazos
potentes
reales todos
cada uno iniciado con cualquier cosa
aqui un perro casi extinto
allá anciana eternizada
en balcón que bosteza
sin poder hacer nada
mi mente se extravía
agarra la mano a desconocidos y se va
en cada puerta
cada escalinata
cada hoja
a merced de nadie
llego asi
completamente libre
purificado y sin memoria
a mi destino
y digo qué tal
comento algo sobre la lluvia
sobre mis zapatos mojados
o sobre el fin del mundo
y todos responden
cosas cotidianas
incluso felices
ocultando la sospecha
de estar allí
todos
recién venidos
desde algo extraordinario
en que el suelo es
más que nunca
destino de ojos humanos
en que los hombros arriba
los cuellos fríos
son nuestro más inmediato
generoso
hogar
llueve pequeño
casi huérfano
susurro de agua
y calle abajo
árboles que olfatean el océano
sus ojos cerrados
en quietud centenaria
me dicen que hay que callar
cosa notable
árbol y mármol
juntos en ciudad tétrica
milenios siendo en calma
a merced de mi cuerpo
bajo esta tarde negra
por doquiera miro
en cada calle
fugas a otras músicas
invisibles trazos
potentes
reales todos
cada uno iniciado con cualquier cosa
aqui un perro casi extinto
allá anciana eternizada
en balcón que bosteza
sin poder hacer nada
mi mente se extravía
agarra la mano a desconocidos y se va
en cada puerta
cada escalinata
cada hoja
a merced de nadie
llego asi
completamente libre
purificado y sin memoria
a mi destino
y digo qué tal
comento algo sobre la lluvia
sobre mis zapatos mojados
o sobre el fin del mundo
y todos responden
cosas cotidianas
incluso felices
ocultando la sospecha
de estar allí
todos
recién venidos
desde algo extraordinario
Saturday, March 28, 2009
Todavía me pregunto si vendrás
pero ya te he preparado
flores al fondo del pasillo
abrazos aqui y allá
que te topes cuando vayas
analizando mi vida
en cada habitación
tal vez veamos alguna película
o tal vez hagas para todos
una ensalada o algo al horno
y para ello
me llamarás a la cocina
y yo iré y te diré el sitio de cada cosa
que necesites
tal vez incluso me pidas
con tu voz mimosa
alcánzame ese vaso
y yo te miraré con ojos tibios
moribundos
fingiré demencia y te diré ajá
o claro
y luego tocaré el piano y todos aplaudirán
pero yo te estaré mirando
y si sospecho en tu mirada que no me estará viendo
algún laberinto presentido
fantasias de mujer
celitos de leona
seré indiferente
y me acercaré a ti durante meses
hasta que un día
sin necesidad de haberlo querido
estemos tocando el piano
o viendo peliculas
o haciendo ensaladas o cosas en el horno
y tu me pidas cosas todavía
de los estantes más altos
pero que esta vez cuando te los ponga en la mano
me agarres los ojos y los beses
te dé una nalgada y te enfurruñes
te arrincone contra la puerta
me incline y dobles el cuello
y que te bese mientras te diga
todas esas cosas
que para entonces
sean también
tu felicidad.
pero ya te he preparado
flores al fondo del pasillo
abrazos aqui y allá
que te topes cuando vayas
analizando mi vida
en cada habitación
tal vez veamos alguna película
o tal vez hagas para todos
una ensalada o algo al horno
y para ello
me llamarás a la cocina
y yo iré y te diré el sitio de cada cosa
que necesites
tal vez incluso me pidas
con tu voz mimosa
alcánzame ese vaso
y yo te miraré con ojos tibios
moribundos
fingiré demencia y te diré ajá
o claro
y luego tocaré el piano y todos aplaudirán
pero yo te estaré mirando
y si sospecho en tu mirada que no me estará viendo
algún laberinto presentido
fantasias de mujer
celitos de leona
seré indiferente
y me acercaré a ti durante meses
hasta que un día
sin necesidad de haberlo querido
estemos tocando el piano
o viendo peliculas
o haciendo ensaladas o cosas en el horno
y tu me pidas cosas todavía
de los estantes más altos
pero que esta vez cuando te los ponga en la mano
me agarres los ojos y los beses
te dé una nalgada y te enfurruñes
te arrincone contra la puerta
me incline y dobles el cuello
y que te bese mientras te diga
todas esas cosas
que para entonces
sean también
tu felicidad.
Friday, March 27, 2009
Me preguntó si me había referido
-al hablar con un poeta-
a nuestra fiesta del domingo
la que haremos en mi casa
Ella vendrá
iré
me decía con esa pregunta
y al mismo tiempo
los dedos de su mano derecha
jugaban en el aire
nerviosos
diciendo mírame tonto
estoy aqui
fresca todavía
y con mis ojos bien abiertos
diciéndome qué no ves
que me puse la falda
que te gustó la otra noche
aquella vez
cuando casi se cerraba la puerta del ascensor
la llamé y con fingida prisa sonrió
y le dije ese piropo tonto
con las entrañas derretidas
se te vé muy bien esa falda
habíamos estado besándonos durante horas
en la oscuridad
olor y densidad puros
humedad oceánica
creo que nunca
me acostumbraré a esa boca
temperatura perfecta
pieza viva
de rompecabezas
que embonó con
profetizada
determinista precisión
en mis vastos y aturdidos
desiertos
ahora la extraño
ninguno de mis actos tiene un final feliz
pues no terminan en ella
mírame mucho a los ojos
me dijo anoche
cuando se ponía
sus bragas azules
y me arrojaba a la cara
su blusita blanca
y me dijo también
nunca sabes
si eso es todo
lo que yo necesito
-al hablar con un poeta-
a nuestra fiesta del domingo
la que haremos en mi casa
Ella vendrá
iré
me decía con esa pregunta
y al mismo tiempo
los dedos de su mano derecha
jugaban en el aire
nerviosos
diciendo mírame tonto
estoy aqui
fresca todavía
y con mis ojos bien abiertos
diciéndome qué no ves
que me puse la falda
que te gustó la otra noche
aquella vez
cuando casi se cerraba la puerta del ascensor
la llamé y con fingida prisa sonrió
y le dije ese piropo tonto
con las entrañas derretidas
se te vé muy bien esa falda
habíamos estado besándonos durante horas
en la oscuridad
olor y densidad puros
humedad oceánica
creo que nunca
me acostumbraré a esa boca
temperatura perfecta
pieza viva
de rompecabezas
que embonó con
profetizada
determinista precisión
en mis vastos y aturdidos
desiertos
ahora la extraño
ninguno de mis actos tiene un final feliz
pues no terminan en ella
mírame mucho a los ojos
me dijo anoche
cuando se ponía
sus bragas azules
y me arrojaba a la cara
su blusita blanca
y me dijo también
nunca sabes
si eso es todo
lo que yo necesito
Esa noche ella era la gracia
con zapatitos casi de estambre
cabello corto
monjil
delgadísimo
supe que algo irremediable le había sucedido a mi destino
No hablé con ella en toda la noche
Hubo risas
cigarros
vinos
el laberinto del lenguaje anclado en nuestro existir
y nosotros convertidos en bandada
en rostros que aqui y allá
emergen de vez en cuando
pero que en gozo
se hunden de nuevo
encarnados en un gesto
en palabras
nuevas
vibrantes
que al vuelo reclaman de inmediato
su libertad
el olvido
nuestro olvido
y ella
gentilísima
dueña de la calma
risa que contagia
con el habla a su servicio
gestos inmarcesibles
que soltaba y dejaba volar
hacia mi
me tuvo para siempre
me tiene ahora mismo
atado
más allá de las nimiedades
del acaecer real
a su rostro en que adivino
toda una vida ya extinta
velada y dolorosa
asi inicio yo mis fecundos abismos
y me ha pasado ya tantas veces
que la noche de anoche me alcanza
para saber
que entre nosotros habrá
larga y sinuosa historia
de encuentros y laberintos
de tardes en que nos preguntaremos
juntos o separados
no importa
cómo fué que vinimos a dar
desde tan lejos
a los mismos días y lugares
enmudecí anoche
no le hablé
no le resistí la mirada
y con todo eso
supe que brotaba
de nuevo
ese vago animal
presencia montruo hembra
virgen fecundísima
que me devora
que me toma y me lleva lejos de mi mismo
que me despedaza
araña arroja
y que al final me esparce en sitio nunca visto
es decir
que me hace siempre
resucitar
con zapatitos casi de estambre
cabello corto
monjil
delgadísimo
supe que algo irremediable le había sucedido a mi destino
No hablé con ella en toda la noche
Hubo risas
cigarros
vinos
el laberinto del lenguaje anclado en nuestro existir
y nosotros convertidos en bandada
en rostros que aqui y allá
emergen de vez en cuando
pero que en gozo
se hunden de nuevo
encarnados en un gesto
en palabras
nuevas
vibrantes
que al vuelo reclaman de inmediato
su libertad
el olvido
nuestro olvido
y ella
gentilísima
dueña de la calma
risa que contagia
con el habla a su servicio
gestos inmarcesibles
que soltaba y dejaba volar
hacia mi
me tuvo para siempre
me tiene ahora mismo
atado
más allá de las nimiedades
del acaecer real
a su rostro en que adivino
toda una vida ya extinta
velada y dolorosa
asi inicio yo mis fecundos abismos
y me ha pasado ya tantas veces
que la noche de anoche me alcanza
para saber
que entre nosotros habrá
larga y sinuosa historia
de encuentros y laberintos
de tardes en que nos preguntaremos
juntos o separados
no importa
cómo fué que vinimos a dar
desde tan lejos
a los mismos días y lugares
enmudecí anoche
no le hablé
no le resistí la mirada
y con todo eso
supe que brotaba
de nuevo
ese vago animal
presencia montruo hembra
virgen fecundísima
que me devora
que me toma y me lleva lejos de mi mismo
que me despedaza
araña arroja
y que al final me esparce en sitio nunca visto
es decir
que me hace siempre
resucitar
Thursday, March 26, 2009
En arietes
en carros subterráneos
los fines se vuelcan
al marasmo
gentiles
dudas de tierra
que acaecen desgranadas
sobre las llagas
echan sobre uno
una sal
desconocida
en verdor
en derretidos transparentes
transcurren duros
vigor ciego
los ocasos
las selvas
enfermas de muerte
eco desdibujado
no tienen más historias
que alumbrar
dolor
de ningún sitio
pero adentro
garras reales
ancladas con saña
y que jalan
a donde nadie
sabe
ha ido
sospecha
en carros subterráneos
los fines se vuelcan
al marasmo
gentiles
dudas de tierra
que acaecen desgranadas
sobre las llagas
echan sobre uno
una sal
desconocida
en verdor
en derretidos transparentes
transcurren duros
vigor ciego
los ocasos
las selvas
enfermas de muerte
eco desdibujado
no tienen más historias
que alumbrar
dolor
de ningún sitio
pero adentro
garras reales
ancladas con saña
y que jalan
a donde nadie
sabe
ha ido
sospecha
Wednesday, March 25, 2009
Monday, March 23, 2009
En grumos de alivio
en carne yacente
en huecos bestias
anidan
enormes y sublimes
los siglos
igual a cauces
sus venas se entumen
en sueños desvalidos
en angustia que se deshoja
y deshace
entre remolino que trae
consigo
ruinas
de no sospechados
extintos
uni
versos
(uno es dos
y por eso las maravillas
se elevan todavía
peces-con-anzuelo
en la vorágine)
en carne yacente
en huecos bestias
anidan
enormes y sublimes
los siglos
igual a cauces
sus venas se entumen
en sueños desvalidos
en angustia que se deshoja
y deshace
entre remolino que trae
consigo
ruinas
de no sospechados
extintos
uni
versos
(uno es dos
y por eso las maravillas
se elevan todavía
peces-con-anzuelo
en la vorágine)
Calmas
las voces puras del aire
se mecen
cuelgan
se abisman en bandadas
de arrullos
tímidos
deben
oler
desde antes de todo
peligros
honduras
asaltos de puntas
cuchillos malsanos
esquivar
las gotas del ácido
letras del tiempo
que se dibujan
en el agua que cae
en un sólo y magnífico
grito
desde su origen
caída
al desprecio
a las miradas volteadas
a espaldas donde se apresura
a morder
enorme boca
que se agiganta
de pesadilla esa fauce
agónico hedor
para el que nacieron
los malditos
las voces puras del aire
se mecen
cuelgan
se abisman en bandadas
de arrullos
tímidos
deben
oler
desde antes de todo
peligros
honduras
asaltos de puntas
cuchillos malsanos
esquivar
las gotas del ácido
letras del tiempo
que se dibujan
en el agua que cae
en un sólo y magnífico
grito
desde su origen
caída
al desprecio
a las miradas volteadas
a espaldas donde se apresura
a morder
enorme boca
que se agiganta
de pesadilla esa fauce
agónico hedor
para el que nacieron
los malditos
Acaban
entre estos dedos
los vestigios de todo
aqui
vienen a dar
con sus restos
a cuestas con sus llantos
con sus momias
ubico apenas
entre las cenizas
de su búsqueda desaforada
la quietud
no más pasmo a este sitio
no más fugas delirantes
la densa
enorme
barrera esquiva
nos huye
se huye para despreciar
el sitio al lado
que la mañana
ofrece
bastante ya
ha callado el agua
en la huida
ha morado
en ella
hecho su exilio
pero alli viene
ya
oigan
su deslumbrante
alarido
entre estos dedos
los vestigios de todo
aqui
vienen a dar
con sus restos
a cuestas con sus llantos
con sus momias
ubico apenas
entre las cenizas
de su búsqueda desaforada
la quietud
no más pasmo a este sitio
no más fugas delirantes
la densa
enorme
barrera esquiva
nos huye
se huye para despreciar
el sitio al lado
que la mañana
ofrece
bastante ya
ha callado el agua
en la huida
ha morado
en ella
hecho su exilio
pero alli viene
ya
oigan
su deslumbrante
alarido
Sunday, March 22, 2009
Henos aqui
vecinos de un ulular
hecho trizas
de una fuga desmembrada
imposible
de apagar la voz
tienen asma los mares
fieras de orígenes diminutos
que
simplemente
crecieron
tienen ceguera los cielos
brotes de carne y sangre
de alguien
que quiso
no ser para nadie
los ríos y los hombres
son el híbrido absurdo
descarrilado
de ambas tragedias
vecinos de un ulular
hecho trizas
de una fuga desmembrada
imposible
de apagar la voz
tienen asma los mares
fieras de orígenes diminutos
que
simplemente
crecieron
tienen ceguera los cielos
brotes de carne y sangre
de alguien
que quiso
no ser para nadie
los ríos y los hombres
son el híbrido absurdo
descarrilado
de ambas tragedias
vuela una presencia en las entrañas
de lo maldito
temo a los demonios
como al día ya usado
ya lejos
ya a punto
para el rito de hambre
para ser devorada
por la gran bestia sin ojos
uso del horizonte
voraz y alegre
estampas nimias
grandes catástrofes
bandadas de pájaros negros
tan lejanos
que no es posible
agarrarles
el ruido
no han callado aún
los reclamos
los ruidos
las afluentes de este cuerpo
allí sigue
el débil aullar
el tremor horrísono
el pulso tibio
que nos regaló una madre
allí sigue la bandada extraviada
que habita las cabezas
y la belleza extraordinaria
de las pupilas recién nacidas
al horror
del paisaje
en corto
un interior que se derrite
secretamente
ante todo
esto es
aqui hoy
un hombre
de lo maldito
temo a los demonios
como al día ya usado
ya lejos
ya a punto
para el rito de hambre
para ser devorada
por la gran bestia sin ojos
uso del horizonte
voraz y alegre
estampas nimias
grandes catástrofes
bandadas de pájaros negros
tan lejanos
que no es posible
agarrarles
el ruido
no han callado aún
los reclamos
los ruidos
las afluentes de este cuerpo
allí sigue
el débil aullar
el tremor horrísono
el pulso tibio
que nos regaló una madre
allí sigue la bandada extraviada
que habita las cabezas
y la belleza extraordinaria
de las pupilas recién nacidas
al horror
del paisaje
en corto
un interior que se derrite
secretamente
ante todo
esto es
aqui hoy
un hombre
Thursday, March 19, 2009
Anido culpable en el miasma
voz proteica
duda feliz
asombro de enormes sombras
olvidadas
en el paso de nosotros
en una voz pura
caemos
vorágine de ojos
en que despertamos
lo oscuro del tiempo
de ahi lejos
de allí fuera
come carne
si
estampa horrible
nos come
y uno
con estas venas
y tendones
y pliegues de nadie
hace
lo único posible
ver
voz proteica
duda feliz
asombro de enormes sombras
olvidadas
en el paso de nosotros
en una voz pura
caemos
vorágine de ojos
en que despertamos
lo oscuro del tiempo
de ahi lejos
de allí fuera
come carne
si
estampa horrible
nos come
y uno
con estas venas
y tendones
y pliegues de nadie
hace
lo único posible
ver
Wednesday, March 18, 2009
A primera vista parecía un hombre común. Bajo de estatura, moreno, cabeza puntiaguda, sonrisa a flor de piel. Nada parecía indicar que no era un ecuatoriano como cualquier otro. Su edad era, eso si, indefinible, tanto como lo pregonan algunos libros acerca de algunos personajes misteriosos. Su oficio de cajero y dependiente en una fruteria y abarroteria del barrio de Sant Gervasi, en la Barcelona alta, nada indicaban de su vida y obras extraordinarias.
Yo acababa de llegar de pasar unos meses en México, y antes de eso, de vivir unos años en Madrid. Sabía, sin embargo que Barcelona trazaría nuevas rutas en mi andadura por este mundo. Menciono Madrid porque a este tipo lo conocí en Madrid, sólo que en esa ocasión no era ni moreno ni bajo de estatura. De hecho ni siquiera era ecuatoriano. Era argentino, fornido, alto, rubio y de ojos azules. Aquella vez, en compañia de otros curiosos, lo vi hacer cosas increibles apenas a dos calles de la Plaza del Sol. Ese dia aseguró llamarse Daniel, ser argentino de nacimiento pero de ancestros judios emigrados desde Rusia. Entre otras cosas que ya no recuerdo, presumió el dominio de innumerables oficios; pianista, carpintero, trovador, marinero, pero con toda seriedad nos dijo que lo que verdaderamente le gustaba hacer, aquello para lo que en realidad había venido a este mundo en esta, su diezmilésima trigésimo segunda encarnación, era para meterse un taladro por el ojo izquierdo, y por las fosas nasales. Y, en efecto, lo hizo.
Comenzó y terminó con interminables peroratas acerca del fin del mundo y de los signos del fin de los tiempos. Habló de Antonio el consejero y del nuevo orden mundial, de los gobernantes corruptos, y de una raza de reptiles extraterrestres carnivoros que habían venido a gobernar al mundo, y a los que de hecho debíamos pleitesia, pues fueron ellos en tiempos prehistóricos los que engendraron a la raza humana al cruzar hermosas pleyadianas de aspecto nórdico con los simios que poblaban originalmente nuestro planeta. Por supuesto aseguró que él estaba situado en las periferias del engaño, en los límites de la cordura y la esperanza dados los horrendos secretos que conocía, y sobre todo, dada su profunda y aguda observación de la vileza que anida en el corazón de ésta raza corrupta. El caso era que en los años 70´s, estando en la India, un rishi oculto, un sabio como los que hoy en día no abundan, heredero de un linaje secreto, le había mostrados mundos enteros, vidas y universos paralelos, y en fin, conocimientos trascendentales que le permitían en esa ocasión, sí señor, hacer esa demostración de sabiduría y fortaleza inauditas.
Y asi procedió. Conectó a un tomacorriente su viejo taladro y se perforó con un movimiento veloz la fosa nasal izquierda con esa vieja broca de diez centímetros, y cobró 10 euros a quienes quisieran tomarle una foto en el preciso momento en que ejecutaba su increible proeza. Todos llegamos a percibir un ligero tufillo a carne chamuscada; sus ojos desorbitados nos hicieron estar seguros que para él, ningún aplauso sería suficiente. La broca humeaba de la punta cuando al fin, ante el alivio de todos, la sacó de las profundidades de su cerebro.
La tentación era irresistible, encargué mi mochila a mis amigos y los abandoné para charlar un momento con este tipo que a mis ojos venía desde los límites de lo inverosímil. Terminamos sumidos en una competencia etílica, una borrachera de proporciones titánicas que tuve que pagar de mi bolsa, en un tablao flamenco a un costado de la Plaza Mayor. Si la mitad de lo que me contaba este hombre era cierto, merecería figurar en las enciclopedias de lo bizarro y lo improbable. Dijo le había dado varias veces la vuelta al mundo, no en barcos o aviones como mucha gente sin mayores méritos lo hace, sino en una canoa. No recuerdo bien lo que me dijo, pero esta extraña proeza que por supuesto no creí, lo hizo para demostrar alguna teoría que tenia que ver con continentes perdidos, con gente de la polinesia y con el poblamiento de América.
Su seguridad en si mismo era tan enorme, que esa no era la palabra que la describía. Recuerdo vagamente, al calor de la séptima botella, que descubrí a un ángel, una preciosidad, una bailaora que era lo más hermoso que había visto en lo que iba de la tarde. Su figura era perfecta, sus ojos, enmarcados en un rostro oliváceo, no hacían sino resaltar su boquita de pato, una trompita dispuesta al beso y a la risa: Tenía todo para destruirme. Pues no bien se lo mencioné al bárbaro argentino y se acercó a ella, y ante mi completo estupor comenzó a contarle la historia de las vueltas al mundo, esta vez en kayak y no en canoa, y no probando una vaga teoría de no sé quien, sino por una apuesta entablada entre marineros desdesperados de un remoto pub del oeste de Irlanda. La chica, de nombre Amanda, quedó convencida cuando revisó minuciosamente sus tatuajes y una supuesta mordida de tiburón blanco que le había arrancado parte del dedo chiquito del pie derecho. Lo inverosímil del asunto es que, en medio de las brumas de la embriaguez, le volví a creer todas y cada una de sus palabras. Era como estar hipnotizado conscientemente, como estar dividido entre lo que sabía por su relato anterior, y lo que sentía y creía por estar de frente ante su presencia arrolladora. Temí por mi vida. Comencé a pensar si no era esa sensación absurda producto de una droga que había echado en el vino, droga a la que él era invulnerable y que usaría quién sabe para qué propósitos. Maldije mi estúpida curiosidad, pensé que tal vez estaría su banda de maleantes esperándonos en una camioneta al final de la calle, que me secuestrarían fácilmente en el momento en que llegaran a mi el vómito y la inconsciencia; y que me asesinarían, que pedirían un rescate a mi familia y amigos en México, o peor aún, que me enviarían como esclavo a algún barco-factoria chino en las costas de Sumatra en donde después de algunos años de trabajos forzados, amanecería un día sin el pulmón y el riñón derechos. Pero a decir verdad en ese momento nada importaba, porque justo cuando estaba comenzando a preocuparme, mi amigo argentino cuyo nombre para ese entonces ya no recordaba, me dejó a Amanda en bandeja de plata. No sé que cosas le habrá dicho de mi, en todo caso lo único que recuerdo es que se las dijo a oído, y que por su mirada cruzó una ráfaga de miedo y de esperanza. Amanda vino a mi, me tomó de la mano y el resto de la noche fue magnífica.
Meses después, mientras vacacionaba en Sevilla con un amigo, me volví a topar con el individuo argentino en un bar andaluz de inmenso colorido y vigor etílico. Llegamos allí, perdidos de tanto callejear y nos sentimos atraidos por una rueda de jóvenes que cantaban animados con las guitarras y por la amabilidad de Paco, el dueño del Bar. Nos sentamos cerca de ese círculo, y en medio de una charla humeante sobre el destino y las maldiciones de México, llega este hombre, un tipo enjuto, viejo, casi calvo, triste remedo de lo que alguna vez habrá sido un decente burócrata o maestro andaluz. Había sido rechazado ya varias veces al querer cantar con los jóvenes. Había sido rechazado ya por el dueño del bar por que su borrachera parecía tener ya varios dias de duración. Al fin, en una pausa que más bien sonó como un vaticinio, su mirada perdida se abrió paso entre la niebla de humo de cigarro y dió conmigo. Se acercó a nosotros casi con los brazos abiertos y me dijo muy efusivo y tan dueño de si que pareció que su borrachera se había esfumado en segundos: ¡Toño!, y me preguntó por cómo me había ido con Amanda. Sólo porque se dió cuenta de mi estupor inicial me tranquilizó contándome con lujo de detalles lo que había pasado esa noche en Madrid, cómo nos habíamos conocido, a dónde habíamos ido. Nuevamente sentí el efecto de su charla absorbente. Antes de darme cuenta estaba convencido que este tipo enjuto y viejo, casi calvo y con apariencia de mosco caído en agua, era la misma persona que aquél argentino arrogante, sucio, fornido que había conocido hacía pocos meses. Volvió a mencionar al rishi aquel de la India y en concreto, a decirme que fué él quien le enseño los secretos de los camaleones. Cambiaba de apariencia por puro gusto y capricho cada tres o cuatro meses; cambiaba de país y religión y, no me lo dijo claramente, pero también de sexo, aunque, deduje, esto no era tan común. Comenzó a hacerse claro en mí que sus innumerables oficios no eran del todo mentira, o más aún, que no eran mentira en absoluto y que tal vez por cumplir un camino espiritual o por la pura y simple libertad ciega de los iluminados, este tipo era uno y varios, varios y muchos a la vez. Quién sabe si en verdad había estado en la India en los años 70´s. Tal vez fué hace siglos, pensé.
Habíamos bebido ya demasiado vino y preferimos irnos al hostal. Por un momento, mientras me habría paso entre la gente que inundaba el tugurio, pensé que todo lo concerniente a aquel hombre había sido un sueño, que me había quedado dormido y luego despertado. Pero en la madrugada de las calles de Sevilla todo el muy tranquilo, los callejones son estrechos y el silencio sólo era roto por nuestras pisadas y las pisadas de aquel hombre que si duda nos venía siguiendo. Parecía un perro callejero que había elegido al fin a un amo de su agrado. Nos siguió hasta nuestra habitación y terminamos dejándo que se quedara en una cama extra que había.
Dormi doce horas seguidas y no ví a ninguno de mis compañeros de cuarto cuando desperté. No me preocupé al principio, me duché y me fui a desayunar al primer bar que encontré abierto. Pedí un café con leche y un bocadillo de lomo y me sumí en la lectura de Pitol y de Kis. Agradecido y en calma dejé correr las horas hasta que vino a buscarme un empleado del hostal. Con toda prisa me contó algo que no entendía del todo. El tipo era marroquí y su castellano era lamentable, pero por sus movimientos y su tono de voz supe que era algo malo y que era urgente que viniera al hostal. Alli estaban ya las patrullas, los bomberos, las ambulancias y la policia. Estaba también el dueño del bar, refiriéndome que el tipo de anoche, -supuse que se refería al camaleón- le había dicho que yo pagaría sus deudas de juego y de alcohol. Casi sin hacerle caso me abrí paso hasta nuestra habitación. Las cosas estaban intactas, todo en su lugar, las maletas sin abrir, los libros que habíamos dejado en las mesilla de noche estaban abiertos en las mismas páginas que los habíamos dejado anoche. Lo diferente eran dos montoncillos de arena o cenizas situados en medio del cuarto. Por la alarma de los bomberos y la policia imaginé que eran los restos de mi amigo y del argentino. Los relatos concuerdan en casi todo. Según el empleado del hotel, al poco rato de haberme ido, mi compañero y el argentino regresaron a la habitación y al poco rato de haber entrado en él, se escuchó un fuerte grito, tan fuerte que no parecía un grito humano, y luego una explosión seca y fugaz, como si de inmediato se hubiera opacado por una mano gigante que de un golpe la hubiera aplastado. Los primeros testigos todavía vieron las uñas de pies y manos de ambos personajes terminando de consumirse en medio de pequeñas flamas azules y de un humillo nauseabundo de color pardo.
Sería inútil y cruel describir todos los trámites que tuve que hacer para hacer que repatriaran los restos, las cenizas de mi amigo a México. Eran tan pocas que tuve que juntarlas con las cenizas del camaleón apátrida para que medianamente llenaran la urna que envié por paquetería aérea para que les dieran en nuestro país la sepultura que se merecían.
A primera vista parecía un hombre común, pero de ninguna manera lo era. Nunca había conocido antes a un camaleón humano, a un brujo hindú. Mi destino estaba ligado al suyo de alguna extraña manera, -ahora lo sabía-, y en él yo no tenía mucha posibilidad de maniobra. Primero lo conocí como argentino, luego como andaluz, y apenas un año después del suceso macabro de combustión espontánea (asi fué declarado por el tribunal que conoció del caso), me lo vengo a encontrar justo en la tienda de la esquina de mi nueva casa, a la que vine a dar huyendo de la pesadilla ocurrida en Sevilla.
No necesito mencionar que el ecuatoriano me convenció, al poco rato de estar escuchando su charla avasalladora, de ser la misma persona que se había metido un taladro por la nariz, la misma que había aprendido no sé cuantas artes de un anciano rishi hindú, la misma que había muerto victima de un ritual innombrable en el que se había inmolado junto con una víctima, en sevilla, hacía menos de un año; la misma que habia resucitado en cuerpo y alma una noche de junio en los valles nepalís más remotos y que ahora, en la forma de un ecuatoriano, se presentaba de nuevo ante mi, listo, llamado, dispuesto a ayudarme a cumplir mi destino.
Sali huyendo de alli, de esa tienda maldita, pero sé que es inútil. Temo por mi cordura.
Yo acababa de llegar de pasar unos meses en México, y antes de eso, de vivir unos años en Madrid. Sabía, sin embargo que Barcelona trazaría nuevas rutas en mi andadura por este mundo. Menciono Madrid porque a este tipo lo conocí en Madrid, sólo que en esa ocasión no era ni moreno ni bajo de estatura. De hecho ni siquiera era ecuatoriano. Era argentino, fornido, alto, rubio y de ojos azules. Aquella vez, en compañia de otros curiosos, lo vi hacer cosas increibles apenas a dos calles de la Plaza del Sol. Ese dia aseguró llamarse Daniel, ser argentino de nacimiento pero de ancestros judios emigrados desde Rusia. Entre otras cosas que ya no recuerdo, presumió el dominio de innumerables oficios; pianista, carpintero, trovador, marinero, pero con toda seriedad nos dijo que lo que verdaderamente le gustaba hacer, aquello para lo que en realidad había venido a este mundo en esta, su diezmilésima trigésimo segunda encarnación, era para meterse un taladro por el ojo izquierdo, y por las fosas nasales. Y, en efecto, lo hizo.
Comenzó y terminó con interminables peroratas acerca del fin del mundo y de los signos del fin de los tiempos. Habló de Antonio el consejero y del nuevo orden mundial, de los gobernantes corruptos, y de una raza de reptiles extraterrestres carnivoros que habían venido a gobernar al mundo, y a los que de hecho debíamos pleitesia, pues fueron ellos en tiempos prehistóricos los que engendraron a la raza humana al cruzar hermosas pleyadianas de aspecto nórdico con los simios que poblaban originalmente nuestro planeta. Por supuesto aseguró que él estaba situado en las periferias del engaño, en los límites de la cordura y la esperanza dados los horrendos secretos que conocía, y sobre todo, dada su profunda y aguda observación de la vileza que anida en el corazón de ésta raza corrupta. El caso era que en los años 70´s, estando en la India, un rishi oculto, un sabio como los que hoy en día no abundan, heredero de un linaje secreto, le había mostrados mundos enteros, vidas y universos paralelos, y en fin, conocimientos trascendentales que le permitían en esa ocasión, sí señor, hacer esa demostración de sabiduría y fortaleza inauditas.
Y asi procedió. Conectó a un tomacorriente su viejo taladro y se perforó con un movimiento veloz la fosa nasal izquierda con esa vieja broca de diez centímetros, y cobró 10 euros a quienes quisieran tomarle una foto en el preciso momento en que ejecutaba su increible proeza. Todos llegamos a percibir un ligero tufillo a carne chamuscada; sus ojos desorbitados nos hicieron estar seguros que para él, ningún aplauso sería suficiente. La broca humeaba de la punta cuando al fin, ante el alivio de todos, la sacó de las profundidades de su cerebro.
La tentación era irresistible, encargué mi mochila a mis amigos y los abandoné para charlar un momento con este tipo que a mis ojos venía desde los límites de lo inverosímil. Terminamos sumidos en una competencia etílica, una borrachera de proporciones titánicas que tuve que pagar de mi bolsa, en un tablao flamenco a un costado de la Plaza Mayor. Si la mitad de lo que me contaba este hombre era cierto, merecería figurar en las enciclopedias de lo bizarro y lo improbable. Dijo le había dado varias veces la vuelta al mundo, no en barcos o aviones como mucha gente sin mayores méritos lo hace, sino en una canoa. No recuerdo bien lo que me dijo, pero esta extraña proeza que por supuesto no creí, lo hizo para demostrar alguna teoría que tenia que ver con continentes perdidos, con gente de la polinesia y con el poblamiento de América.
Su seguridad en si mismo era tan enorme, que esa no era la palabra que la describía. Recuerdo vagamente, al calor de la séptima botella, que descubrí a un ángel, una preciosidad, una bailaora que era lo más hermoso que había visto en lo que iba de la tarde. Su figura era perfecta, sus ojos, enmarcados en un rostro oliváceo, no hacían sino resaltar su boquita de pato, una trompita dispuesta al beso y a la risa: Tenía todo para destruirme. Pues no bien se lo mencioné al bárbaro argentino y se acercó a ella, y ante mi completo estupor comenzó a contarle la historia de las vueltas al mundo, esta vez en kayak y no en canoa, y no probando una vaga teoría de no sé quien, sino por una apuesta entablada entre marineros desdesperados de un remoto pub del oeste de Irlanda. La chica, de nombre Amanda, quedó convencida cuando revisó minuciosamente sus tatuajes y una supuesta mordida de tiburón blanco que le había arrancado parte del dedo chiquito del pie derecho. Lo inverosímil del asunto es que, en medio de las brumas de la embriaguez, le volví a creer todas y cada una de sus palabras. Era como estar hipnotizado conscientemente, como estar dividido entre lo que sabía por su relato anterior, y lo que sentía y creía por estar de frente ante su presencia arrolladora. Temí por mi vida. Comencé a pensar si no era esa sensación absurda producto de una droga que había echado en el vino, droga a la que él era invulnerable y que usaría quién sabe para qué propósitos. Maldije mi estúpida curiosidad, pensé que tal vez estaría su banda de maleantes esperándonos en una camioneta al final de la calle, que me secuestrarían fácilmente en el momento en que llegaran a mi el vómito y la inconsciencia; y que me asesinarían, que pedirían un rescate a mi familia y amigos en México, o peor aún, que me enviarían como esclavo a algún barco-factoria chino en las costas de Sumatra en donde después de algunos años de trabajos forzados, amanecería un día sin el pulmón y el riñón derechos. Pero a decir verdad en ese momento nada importaba, porque justo cuando estaba comenzando a preocuparme, mi amigo argentino cuyo nombre para ese entonces ya no recordaba, me dejó a Amanda en bandeja de plata. No sé que cosas le habrá dicho de mi, en todo caso lo único que recuerdo es que se las dijo a oído, y que por su mirada cruzó una ráfaga de miedo y de esperanza. Amanda vino a mi, me tomó de la mano y el resto de la noche fue magnífica.
Meses después, mientras vacacionaba en Sevilla con un amigo, me volví a topar con el individuo argentino en un bar andaluz de inmenso colorido y vigor etílico. Llegamos allí, perdidos de tanto callejear y nos sentimos atraidos por una rueda de jóvenes que cantaban animados con las guitarras y por la amabilidad de Paco, el dueño del Bar. Nos sentamos cerca de ese círculo, y en medio de una charla humeante sobre el destino y las maldiciones de México, llega este hombre, un tipo enjuto, viejo, casi calvo, triste remedo de lo que alguna vez habrá sido un decente burócrata o maestro andaluz. Había sido rechazado ya varias veces al querer cantar con los jóvenes. Había sido rechazado ya por el dueño del bar por que su borrachera parecía tener ya varios dias de duración. Al fin, en una pausa que más bien sonó como un vaticinio, su mirada perdida se abrió paso entre la niebla de humo de cigarro y dió conmigo. Se acercó a nosotros casi con los brazos abiertos y me dijo muy efusivo y tan dueño de si que pareció que su borrachera se había esfumado en segundos: ¡Toño!, y me preguntó por cómo me había ido con Amanda. Sólo porque se dió cuenta de mi estupor inicial me tranquilizó contándome con lujo de detalles lo que había pasado esa noche en Madrid, cómo nos habíamos conocido, a dónde habíamos ido. Nuevamente sentí el efecto de su charla absorbente. Antes de darme cuenta estaba convencido que este tipo enjuto y viejo, casi calvo y con apariencia de mosco caído en agua, era la misma persona que aquél argentino arrogante, sucio, fornido que había conocido hacía pocos meses. Volvió a mencionar al rishi aquel de la India y en concreto, a decirme que fué él quien le enseño los secretos de los camaleones. Cambiaba de apariencia por puro gusto y capricho cada tres o cuatro meses; cambiaba de país y religión y, no me lo dijo claramente, pero también de sexo, aunque, deduje, esto no era tan común. Comenzó a hacerse claro en mí que sus innumerables oficios no eran del todo mentira, o más aún, que no eran mentira en absoluto y que tal vez por cumplir un camino espiritual o por la pura y simple libertad ciega de los iluminados, este tipo era uno y varios, varios y muchos a la vez. Quién sabe si en verdad había estado en la India en los años 70´s. Tal vez fué hace siglos, pensé.
Habíamos bebido ya demasiado vino y preferimos irnos al hostal. Por un momento, mientras me habría paso entre la gente que inundaba el tugurio, pensé que todo lo concerniente a aquel hombre había sido un sueño, que me había quedado dormido y luego despertado. Pero en la madrugada de las calles de Sevilla todo el muy tranquilo, los callejones son estrechos y el silencio sólo era roto por nuestras pisadas y las pisadas de aquel hombre que si duda nos venía siguiendo. Parecía un perro callejero que había elegido al fin a un amo de su agrado. Nos siguió hasta nuestra habitación y terminamos dejándo que se quedara en una cama extra que había.
Dormi doce horas seguidas y no ví a ninguno de mis compañeros de cuarto cuando desperté. No me preocupé al principio, me duché y me fui a desayunar al primer bar que encontré abierto. Pedí un café con leche y un bocadillo de lomo y me sumí en la lectura de Pitol y de Kis. Agradecido y en calma dejé correr las horas hasta que vino a buscarme un empleado del hostal. Con toda prisa me contó algo que no entendía del todo. El tipo era marroquí y su castellano era lamentable, pero por sus movimientos y su tono de voz supe que era algo malo y que era urgente que viniera al hostal. Alli estaban ya las patrullas, los bomberos, las ambulancias y la policia. Estaba también el dueño del bar, refiriéndome que el tipo de anoche, -supuse que se refería al camaleón- le había dicho que yo pagaría sus deudas de juego y de alcohol. Casi sin hacerle caso me abrí paso hasta nuestra habitación. Las cosas estaban intactas, todo en su lugar, las maletas sin abrir, los libros que habíamos dejado en las mesilla de noche estaban abiertos en las mismas páginas que los habíamos dejado anoche. Lo diferente eran dos montoncillos de arena o cenizas situados en medio del cuarto. Por la alarma de los bomberos y la policia imaginé que eran los restos de mi amigo y del argentino. Los relatos concuerdan en casi todo. Según el empleado del hotel, al poco rato de haberme ido, mi compañero y el argentino regresaron a la habitación y al poco rato de haber entrado en él, se escuchó un fuerte grito, tan fuerte que no parecía un grito humano, y luego una explosión seca y fugaz, como si de inmediato se hubiera opacado por una mano gigante que de un golpe la hubiera aplastado. Los primeros testigos todavía vieron las uñas de pies y manos de ambos personajes terminando de consumirse en medio de pequeñas flamas azules y de un humillo nauseabundo de color pardo.
Sería inútil y cruel describir todos los trámites que tuve que hacer para hacer que repatriaran los restos, las cenizas de mi amigo a México. Eran tan pocas que tuve que juntarlas con las cenizas del camaleón apátrida para que medianamente llenaran la urna que envié por paquetería aérea para que les dieran en nuestro país la sepultura que se merecían.
A primera vista parecía un hombre común, pero de ninguna manera lo era. Nunca había conocido antes a un camaleón humano, a un brujo hindú. Mi destino estaba ligado al suyo de alguna extraña manera, -ahora lo sabía-, y en él yo no tenía mucha posibilidad de maniobra. Primero lo conocí como argentino, luego como andaluz, y apenas un año después del suceso macabro de combustión espontánea (asi fué declarado por el tribunal que conoció del caso), me lo vengo a encontrar justo en la tienda de la esquina de mi nueva casa, a la que vine a dar huyendo de la pesadilla ocurrida en Sevilla.
No necesito mencionar que el ecuatoriano me convenció, al poco rato de estar escuchando su charla avasalladora, de ser la misma persona que se había metido un taladro por la nariz, la misma que había aprendido no sé cuantas artes de un anciano rishi hindú, la misma que había muerto victima de un ritual innombrable en el que se había inmolado junto con una víctima, en sevilla, hacía menos de un año; la misma que habia resucitado en cuerpo y alma una noche de junio en los valles nepalís más remotos y que ahora, en la forma de un ecuatoriano, se presentaba de nuevo ante mi, listo, llamado, dispuesto a ayudarme a cumplir mi destino.
Sali huyendo de alli, de esa tienda maldita, pero sé que es inútil. Temo por mi cordura.
Sunday, March 15, 2009
Arribo al sueño
henchido de polvo y caminos
historias multiplicadas
que fascinan
los desdenes fatuos
que atemperan
volubles
la raiz
de lo inacabable
bastando a la tarde
no los rastros de siempre
de la poesía
sino sólo
las verdaderas caídas
el tremor rumosoro
el dolor que se come a sí mismo
en lo profundo
y sonrie
avanzo
y los pliegues que me llaman
que encuentro
son no el yerro original
sino el musgo
lo aniquilado
la maleza
el rumor del agua
y el olor de ayer
que allá lejos
una figura baila
celebro mi aire
aliento que llena el mundo
mirada que calcina hasta lo indecible
todas las cosas de esta piel
es decir
figuro ya
entre los eventos
verdaderamente magníficos
de la noche
henchido de polvo y caminos
historias multiplicadas
que fascinan
los desdenes fatuos
que atemperan
volubles
la raiz
de lo inacabable
bastando a la tarde
no los rastros de siempre
de la poesía
sino sólo
las verdaderas caídas
el tremor rumosoro
el dolor que se come a sí mismo
en lo profundo
y sonrie
avanzo
y los pliegues que me llaman
que encuentro
son no el yerro original
sino el musgo
lo aniquilado
la maleza
el rumor del agua
y el olor de ayer
que allá lejos
una figura baila
celebro mi aire
aliento que llena el mundo
mirada que calcina hasta lo indecible
todas las cosas de esta piel
es decir
figuro ya
entre los eventos
verdaderamente magníficos
de la noche
Saturday, March 14, 2009
Me orillo
a la andadura descalza
de los dioses podridos
me demoro
me fascino
en sus muecas inasibles
estigmas purulentos
de sublime tedio
la tarde es pródiga en afanes
de remota índole
incómoda hechura
que va y pierde
en algún sitio
las sonrisas del mundo
mis miradas me abandonan
caen de mis manos
a las pesadillas
y en alarido alli
hordas de carne incontenible
se agitan de gozo
ante tanta y tan clara
luminosísima
amargura
a la andadura descalza
de los dioses podridos
me demoro
me fascino
en sus muecas inasibles
estigmas purulentos
de sublime tedio
la tarde es pródiga en afanes
de remota índole
incómoda hechura
que va y pierde
en algún sitio
las sonrisas del mundo
mis miradas me abandonan
caen de mis manos
a las pesadillas
y en alarido alli
hordas de carne incontenible
se agitan de gozo
ante tanta y tan clara
luminosísima
amargura
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