Wednesday, March 18, 2009

A primera vista parecía un hombre común. Bajo de estatura, moreno, cabeza puntiaguda, sonrisa a flor de piel. Nada parecía indicar que no era un ecuatoriano como cualquier otro. Su edad era, eso si, indefinible, tanto como lo pregonan algunos libros acerca de algunos personajes misteriosos. Su oficio de cajero y dependiente en una fruteria y abarroteria del barrio de Sant Gervasi, en la Barcelona alta, nada indicaban de su vida y obras extraordinarias.


Yo acababa de llegar de pasar unos meses en México, y antes de eso, de vivir unos años en Madrid. Sabía, sin embargo que Barcelona trazaría nuevas rutas en mi andadura por este mundo. Menciono Madrid porque a este tipo lo conocí en Madrid, sólo que en esa ocasión no era ni moreno ni bajo de estatura. De hecho ni siquiera era ecuatoriano. Era argentino, fornido, alto, rubio y de ojos azules. Aquella vez, en compañia de otros curiosos, lo vi hacer cosas increibles apenas a dos calles de la Plaza del Sol. Ese dia aseguró llamarse Daniel, ser argentino de nacimiento pero de ancestros judios emigrados desde Rusia. Entre otras cosas que ya no recuerdo, presumió el dominio de innumerables oficios; pianista, carpintero, trovador, marinero, pero con toda seriedad nos dijo que lo que verdaderamente le gustaba hacer, aquello para lo que en realidad había venido a este mundo en esta, su diezmilésima trigésimo segunda encarnación, era para meterse un taladro por el ojo izquierdo, y por las fosas nasales. Y, en efecto, lo hizo.


Comenzó y terminó con interminables peroratas acerca del fin del mundo y de los signos del fin de los tiempos. Habló de Antonio el consejero y del nuevo orden mundial, de los gobernantes corruptos, y de una raza de reptiles extraterrestres carnivoros que habían venido a gobernar al mundo, y a los que de hecho debíamos pleitesia, pues fueron ellos en tiempos prehistóricos los que engendraron a la raza humana al cruzar hermosas pleyadianas de aspecto nórdico con los simios que poblaban originalmente nuestro planeta. Por supuesto aseguró que él estaba situado en las periferias del engaño, en los límites de la cordura y la esperanza dados los horrendos secretos que conocía, y sobre todo, dada su profunda y aguda observación de la vileza que anida en el corazón de ésta raza corrupta. El caso era que en los años 70´s, estando en la India, un rishi oculto, un sabio como los que hoy en día no abundan, heredero de un linaje secreto, le había mostrados mundos enteros, vidas y universos paralelos, y en fin, conocimientos trascendentales que le permitían en esa ocasión, sí señor, hacer esa demostración de sabiduría y fortaleza inauditas.

Y asi procedió. Conectó a un tomacorriente su viejo taladro y se perforó con un movimiento veloz la fosa nasal izquierda con esa vieja broca de diez centímetros, y cobró 10 euros a quienes quisieran tomarle una foto en el preciso momento en que ejecutaba su increible proeza. Todos llegamos a percibir un ligero tufillo a carne chamuscada; sus ojos desorbitados nos hicieron estar seguros que para él, ningún aplauso sería suficiente. La broca humeaba de la punta cuando al fin, ante el alivio de todos, la sacó de las profundidades de su cerebro.

La tentación era irresistible, encargué mi mochila a mis amigos y los abandoné para charlar un momento con este tipo que a mis ojos venía desde los límites de lo inverosímil. Terminamos sumidos en una competencia etílica, una borrachera de proporciones titánicas que tuve que pagar de mi bolsa, en un tablao flamenco a un costado de la Plaza Mayor. Si la mitad de lo que me contaba este hombre era cierto, merecería figurar en las enciclopedias de lo bizarro y lo improbable. Dijo le había dado varias veces la vuelta al mundo, no en barcos o aviones como mucha gente sin mayores méritos lo hace, sino en una canoa. No recuerdo bien lo que me dijo, pero esta extraña proeza que por supuesto no creí, lo hizo para demostrar alguna teoría que tenia que ver con continentes perdidos, con gente de la polinesia y con el poblamiento de América.

Su seguridad en si mismo era tan enorme, que esa no era la palabra que la describía. Recuerdo vagamente, al calor de la séptima botella, que descubrí a un ángel, una preciosidad, una bailaora que era lo más hermoso que había visto en lo que iba de la tarde. Su figura era perfecta, sus ojos, enmarcados en un rostro oliváceo, no hacían sino resaltar su boquita de pato, una trompita dispuesta al beso y a la risa: Tenía todo para destruirme. Pues no bien se lo mencioné al bárbaro argentino y se acercó a ella, y ante mi completo estupor comenzó a contarle la historia de las vueltas al mundo, esta vez en kayak y no en canoa, y no probando una vaga teoría de no sé quien, sino por una apuesta entablada entre marineros desdesperados de un remoto pub del oeste de Irlanda. La chica, de nombre Amanda, quedó convencida cuando revisó minuciosamente sus tatuajes y una supuesta mordida de tiburón blanco que le había arrancado parte del dedo chiquito del pie derecho. Lo inverosímil del asunto es que, en medio de las brumas de la embriaguez, le volví a creer todas y cada una de sus palabras. Era como estar hipnotizado conscientemente, como estar dividido entre lo que sabía por su relato anterior, y lo que sentía y creía por estar de frente ante su presencia arrolladora. Temí por mi vida. Comencé a pensar si no era esa sensación absurda producto de una droga que había echado en el vino, droga a la que él era invulnerable y que usaría quién sabe para qué propósitos. Maldije mi estúpida curiosidad, pensé que tal vez estaría su banda de maleantes esperándonos en una camioneta al final de la calle, que me secuestrarían fácilmente en el momento en que llegaran a mi el vómito y la inconsciencia; y que me asesinarían, que pedirían un rescate a mi familia y amigos en México, o peor aún, que me enviarían como esclavo a algún barco-factoria chino en las costas de Sumatra en donde después de algunos años de trabajos forzados, amanecería un día sin el pulmón y el riñón derechos. Pero a decir verdad en ese momento nada importaba, porque justo cuando estaba comenzando a preocuparme, mi amigo argentino cuyo nombre para ese entonces ya no recordaba, me dejó a Amanda en bandeja de plata. No sé que cosas le habrá dicho de mi, en todo caso lo único que recuerdo es que se las dijo a oído, y que por su mirada cruzó una ráfaga de miedo y de esperanza. Amanda vino a mi, me tomó de la mano y el resto de la noche fue magnífica.


Meses después, mientras vacacionaba en Sevilla con un amigo, me volví a topar con el individuo argentino en un bar andaluz de inmenso colorido y vigor etílico. Llegamos allí, perdidos de tanto callejear y nos sentimos atraidos por una rueda de jóvenes que cantaban animados con las guitarras y por la amabilidad de Paco, el dueño del Bar. Nos sentamos cerca de ese círculo, y en medio de una charla humeante sobre el destino y las maldiciones de México, llega este hombre, un tipo enjuto, viejo, casi calvo, triste remedo de lo que alguna vez habrá sido un decente burócrata o maestro andaluz. Había sido rechazado ya varias veces al querer cantar con los jóvenes. Había sido rechazado ya por el dueño del bar por que su borrachera parecía tener ya varios dias de duración. Al fin, en una pausa que más bien sonó como un vaticinio, su mirada perdida se abrió paso entre la niebla de humo de cigarro y dió conmigo. Se acercó a nosotros casi con los brazos abiertos y me dijo muy efusivo y tan dueño de si que pareció que su borrachera se había esfumado en segundos: ¡Toño!, y me preguntó por cómo me había ido con Amanda. Sólo porque se dió cuenta de mi estupor inicial me tranquilizó contándome con lujo de detalles lo que había pasado esa noche en Madrid, cómo nos habíamos conocido, a dónde habíamos ido. Nuevamente sentí el efecto de su charla absorbente. Antes de darme cuenta estaba convencido que este tipo enjuto y viejo, casi calvo y con apariencia de mosco caído en agua, era la misma persona que aquél argentino arrogante, sucio, fornido que había conocido hacía pocos meses. Volvió a mencionar al rishi aquel de la India y en concreto, a decirme que fué él quien le enseño los secretos de los camaleones. Cambiaba de apariencia por puro gusto y capricho cada tres o cuatro meses; cambiaba de país y religión y, no me lo dijo claramente, pero también de sexo, aunque, deduje, esto no era tan común. Comenzó a hacerse claro en mí que sus innumerables oficios no eran del todo mentira, o más aún, que no eran mentira en absoluto y que tal vez por cumplir un camino espiritual o por la pura y simple libertad ciega de los iluminados, este tipo era uno y varios, varios y muchos a la vez. Quién sabe si en verdad había estado en la India en los años 70´s. Tal vez fué hace siglos, pensé.



Habíamos bebido ya demasiado vino y preferimos irnos al hostal. Por un momento, mientras me habría paso entre la gente que inundaba el tugurio, pensé que todo lo concerniente a aquel hombre había sido un sueño, que me había quedado dormido y luego despertado. Pero en la madrugada de las calles de Sevilla todo el muy tranquilo, los callejones son estrechos y el silencio sólo era roto por nuestras pisadas y las pisadas de aquel hombre que si duda nos venía siguiendo. Parecía un perro callejero que había elegido al fin a un amo de su agrado. Nos siguió hasta nuestra habitación y terminamos dejándo que se quedara en una cama extra que había.



Dormi doce horas seguidas y no ví a ninguno de mis compañeros de cuarto cuando desperté. No me preocupé al principio, me duché y me fui a desayunar al primer bar que encontré abierto. Pedí un café con leche y un bocadillo de lomo y me sumí en la lectura de Pitol y de Kis. Agradecido y en calma dejé correr las horas hasta que vino a buscarme un empleado del hostal. Con toda prisa me contó algo que no entendía del todo. El tipo era marroquí y su castellano era lamentable, pero por sus movimientos y su tono de voz supe que era algo malo y que era urgente que viniera al hostal. Alli estaban ya las patrullas, los bomberos, las ambulancias y la policia. Estaba también el dueño del bar, refiriéndome que el tipo de anoche, -supuse que se refería al camaleón- le había dicho que yo pagaría sus deudas de juego y de alcohol. Casi sin hacerle caso me abrí paso hasta nuestra habitación. Las cosas estaban intactas, todo en su lugar, las maletas sin abrir, los libros que habíamos dejado en las mesilla de noche estaban abiertos en las mismas páginas que los habíamos dejado anoche. Lo diferente eran dos montoncillos de arena o cenizas situados en medio del cuarto. Por la alarma de los bomberos y la policia imaginé que eran los restos de mi amigo y del argentino. Los relatos concuerdan en casi todo. Según el empleado del hotel, al poco rato de haberme ido, mi compañero y el argentino regresaron a la habitación y al poco rato de haber entrado en él, se escuchó un fuerte grito, tan fuerte que no parecía un grito humano, y luego una explosión seca y fugaz, como si de inmediato se hubiera opacado por una mano gigante que de un golpe la hubiera aplastado. Los primeros testigos todavía vieron las uñas de pies y manos de ambos personajes terminando de consumirse en medio de pequeñas flamas azules y de un humillo nauseabundo de color pardo.

Sería inútil y cruel describir todos los trámites que tuve que hacer para hacer que repatriaran los restos, las cenizas de mi amigo a México. Eran tan pocas que tuve que juntarlas con las cenizas del camaleón apátrida para que medianamente llenaran la urna que envié por paquetería aérea para que les dieran en nuestro país la sepultura que se merecían.



A primera vista parecía un hombre común, pero de ninguna manera lo era. Nunca había conocido antes a un camaleón humano, a un brujo hindú. Mi destino estaba ligado al suyo de alguna extraña manera, -ahora lo sabía-, y en él yo no tenía mucha posibilidad de maniobra. Primero lo conocí como argentino, luego como andaluz, y apenas un año después del suceso macabro de combustión espontánea (asi fué declarado por el tribunal que conoció del caso), me lo vengo a encontrar justo en la tienda de la esquina de mi nueva casa, a la que vine a dar huyendo de la pesadilla ocurrida en Sevilla.

No necesito mencionar que el ecuatoriano me convenció, al poco rato de estar escuchando su charla avasalladora, de ser la misma persona que se había metido un taladro por la nariz, la misma que había aprendido no sé cuantas artes de un anciano rishi hindú, la misma que había muerto victima de un ritual innombrable en el que se había inmolado junto con una víctima, en sevilla, hacía menos de un año; la misma que habia resucitado en cuerpo y alma una noche de junio en los valles nepalís más remotos y que ahora, en la forma de un ecuatoriano, se presentaba de nuevo ante mi, listo, llamado, dispuesto a ayudarme a cumplir mi destino.

Sali huyendo de alli, de esa tienda maldita, pero sé que es inútil. Temo por mi cordura.

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