Cuéntan, pero Allah es el más sabio, que cuando el patriarca Abraham llegó a una tierra extranjera, llevando consigo a su esposa Sara, tuvo que hacerse pasar por el hermano de ésta, pues pensó: "no vaya a ser que estos extranjeros, al ver la belleza de mi esposa, vengan y me maten para quedarse con ella". Definitivamente los patriarcas del Antiguo Testamento eran sabios, y no en vano, gracias a estas precauciones que hizo en varias ocasiones, Dios le concedió a Abraham un pueblo cuyo número igualaría al de las estrellas del firmamento en las noches claras de los meses de abril, en Palestina. Lo que el Génesis no cuenta, pero de lo que yo estoy seguro, es que Sara no era palestina, ni etíope, ni persa ni griega: Era Española. De otro modo no me explico las excesivas precauciones de Abraham. ¿para qué llegar a esos extremos si Sara no tenía el cabello del que presumen siempre, voluptuosas, las mujeres de estas tierras? ¿para qué tomarse tantas molestias si su boca y labios no tuvieran la conformación perfecta, como es frecuente ver en las mujeres que a cada paso admira uno por aqui?, ¿y no es acaso lógico suponer que tanto aferramiento a una mujer no surgiría, de no ser porque Sara era poseedora de un par de piernas semejante a las que se delinean a través de las mallas y la mezclilla de las españolas, para deleite y martirio de los hijos de Dios? ¿y qué decir de los senos?, ¿acaso no está escrito "en el pecho de su mujer tendrá el hombre su descanso?. ¿qué pechos, sino unos tungentes, suaves, de pezón pronto y solícito, de areola amable, discreta y clara, orgullosos y trepidatorios originarían un celo tan meticuloso y potente como el de Abraham?. Pues bien, esos senos son los que te queman la pupila en cada esquina, en los vagones de metro, en los kioscos de revistas. En Castilla sobresalen los ojos, los cabellos, la mirada que te mira como si un guerrero fueras y que te dicen "no seré tuya si no demuestras valentía". En Cataluña sobresalen los hombros, las piernas, las bocas y un aire de lejanía inaccesible de cabellos castaños que te dice, como si un estudioso fueras: "no seré tuya si no demuestras sabiduría". En Andalucía sobresalen las sonrisas y las frentes, las dentaduras perfectas y las narices que indican que el carácter y el legado árabe se mantienen en lo mejor de sí en las mujeres sevillanas o granadinas, gaditanas o cordobesas. Allí las cosas son un poco más sencillas y a la vez más difíciles. Su enérgica manera de caminar, la franqueza de sus gestos y su manera de hablar directa y sin simulacros parecen decirte como si fuera un reto: Seré tuya sólo si demuestras que puedes hacerme tuya. La eterna tautología del amor, de la que sólo unos pocos sabios o elegidos -quién sabe- se dan cuenta a tiempo. De ellos es el reino de los cielos. ¡¿Y qué decir de Galicia?!, tierra prometida, salvación de aquellos consumidos por el inagotable deseo, fuego eterno, que quema pero no mata. Alguna vez escuché decir a uno de los sabios árabes que aún viven por aqui, que no había mujeres en España que pudieran igualar la dulzura y el oficio de ser mujer como la de las gallegas. No me lo puedo ni siquiera imaginar. Rollizas casi todas. (en Galicia se come más que en ninguna otra parte de España, y eso que en toda España no se come, se traga), rubias casi todas (honrando con ese color de piel y cabellos, y con sus gaitas, su supuesto origen celta), de ojos verdes o azules o grises. Amables casi todas. En una palabra, la recompensa a todas tus buenas acciones. En Madrid las mujeres se muestran bravas pero al alcance, en Cataluña te ignoran de una manera tal que te sientes tentado a darles las gracias, en Galicia te miman y en Andalucía te seducen como desde el primer día la primera mujer sedujo al primer hombre. ¿Que otra cosa puede pedir el viajero?, ¿para que viajar, si no es para eso?
Piernas. Si, piernas es tal vez lo que tus pupilas verán por sobre todas las cosas cuando llegues, este verano. Agosto, mes que la mayoría de los años es insoportablemente caluroso en Madriz, tiene como único consuelo esas extensiones inferiores, esos apéndices firmes y torneados que uno consideraría labrados por algún demiurgo en efecto, malévolo, tentador, cruel. Si en invierno están guarecidos tras los pantalones de algodón, de pana y de mezclilla, no por ello dejan de adivinarse, de intuirse, de invocarse detrás de ellos, los muslos por los que todo hombre alguna vez tendrá que experimentar eso que le han dicho se llama felicidad. En esas èpocas lo más común, lo más tiernamente humano, es dejarse seducir casi con los ojos cerrados, por la inenarrable perfección de las chaparreras, que en conjunción con el pubis y el inicio de los muslos, dotan al paisaje de tintes de eternidad. Basta posar la mirada un poco más abajo para acabar de maravillarse: el pantalón, que dócil se amolda a las lineas femeninas, da paso a las pantorrilas más notables y dignas de memoria que tendrás ocasión de platicar a tus nietos. Por si esto fuera poco, los tobillos sin lugar a dudas, haran que tus glándulas salivales se pongan a trabajar, ciegas, y sin embargo ardorosas y ya felices ante la promesa de lo infinito.
He dicho invierno, si. ¡Imagina entonces los niveles que este dulce tormento alcanza en los calurosos meses del verano aqui, en el norte de África.! Los pantalones de pana y de mezclilla dan lugar a las minifaldas, y a las vaporosas y casi transparentes mallas, a las sandalias, que adornadas con diminutos deditos, prometen dos o tres placeres no santos, dignos de tu próxima visita al confesionario; a las camisetas que tienen como único sostén un delgado par de hilos que se amoldan a los más incitantes hombros que hayas visto jamás. Si, mi querido Salvador, no te salvarás, (¡nunca un juego de palabras tan gozosamente cruel!), estás condenado a ser testigo directo, presencial, privilegiado, clave; del mayor conjunto de piernas hermosas que tendrás oportunidad de ver en tu vida, a menos que vuelvas una vez más, y creéme: Volverás. Y es que un paseo por el Parque del Retiro, por la gran via, por la latina, por el Paseo del Prado, tan sólo unos minutos por estos lugares te convencerán de algo terrible: que algo en toda tu vida anterior ha estado profundamente mutilado, cercenado, carente de algo que hasta entonces sabrás como elemento indispensable para el bien vivir: La Belleza en Estado Puro, no imitaciones de fayuca. Y cuán gozoso será en ti ese despertar, esa epifanía liberadora, mi querido Salvador, siendo que tú, al igual que yo, hemos sufrido en carne propia ese invento del maligno, ese remedo de consuelo para esta dura vida en esta yerma tierra: ¡El mal de la libre!. Esa aberración de la naturaleza que nos hace ver la belleza en donde no está; esa conjugación cabalística malévola que nos hizo desear lo indeseable, que nos hizo sacerdotes de la adoración al bigote en los labios de las mujeres, que nos hizo rendirnos de rodillas, como si de ninfas se tratara, a la esperpéntica presencia de dos o tres especímenes cuyo nombre e imagén me niego a seguir recordando. Parcos fueron los consuelos reales en ese ambiente de perdición estética: Tal vez un par de ojos por aqui y por allá, ciertamente aida, ciertamente algunas dotes de la rosve -que Dios guarde y conserve- , tal vez la presencia amable y la dócil femineidad de rosarito, sin olvidar por supuesto a la inquietante anatomia y rostro de viribabas. ¡Cuán poco pedíamos para no abandonar definitivamente este mundo! ¡Qué nobleza de corazón se reveló por influencia de nuestra parte divina, en esas épocas de vacas flacas!. La sola remembranza de esos páramos desérticos estando aqui, mi querido Salvador, será insultante igual que recordar un pozo infecto cuando estás rodeado de las más variadas y angelicales suculencias. Bienvenidos sean pues, esos días y esas andadas -nunca mejor dicho- que nos esperan en agosto....
Wednesday, May 28, 2008
Sunday, May 25, 2008
Historias de Tequixtepec.
A mediados de los años cuarenta, todavía había serpientes aladas en la periferia de la Sierra Mixteca, en una región árida y montañosa, en concreto, en el pueblo de mi padre:Tequixtepec. O al menos eso es lo que asegura mi tía Concha.
La historia permanece vaga en mi memoria, como casi todas las historias del pueblo que mi padre me contaba cuando era yo niño, y aunque no eran muchas en realidad, ahora sólo recuerdo con ciertos detalles dos o tres de ellas. Una de las primeras que me contó fué la de la muerte de su madre, y esa es la que menos recuerdo. Sólo tengo grabada en mi memoria la cara de mi padre, su gesto triste y al mismo tiempo como si estuviera mirando un horizonte, con una sonrisa que hasta hoy no logro definir si provenia de la resignación, de la tristeza o de la sabiduría. Macaria Guzmán murió joven, relativamente joven. Mi padre, el penúltimo de seis hijos tenía en ese entonces alrededor de 7 años. Sólo recordaba la casa llena de gente, y no supo nunca a ciencia cierta cúal había sido la causa de la muerte de su madre. En medio del velorio alguien les dió a los dos hijos más pequeños de Crescencio y Macaria, -mi padre y mi tía Malena- dos panes recién hechos, y al tener semejantes manjares en sus manos, corrieron felices a comerlos, remojándolos en el agua de la fuente del pueblo. Ahora mismo no recuerdo si yo alguna vez conocí esa fuente, si es que mi padre me la enseñó en uno de los viajes que hicimos a su pueblo, o si quizas me señaló el lugar donde había estado situada, y si para entonces ya había sido sustituida por otra cosa, una estatua o algo asi.
Cuando mi padre era niño, a mediados de los cuarentas el pueblo tenía alrededor de 2000 habitantes. Eran buenos tiempos para México, y aún en esa zona ancestralmente paupérrima, la Mixteca Oaxaqueña; las cosas no iban tan mal, había pueblos más grandes muy cerca de alli, en donde había trabajo, y el campo no marchaba tan mal como en épocas anteriores. Mi padre sabía hacer sombreros de paja. En cambio Tequixtepec es ahora casi un pueblo fantasma. El último dato respecto al número de sus habitantes me llegó hace como tres años, de parte de una tía mía, y asegura que el pueblo no cuenta ahora con más de 300 habitantes, en su mayoria viejos, mujeres y niños. Casi todos los hombres en edad de hacerlo se han ido a trabajar a los Estados Unidos. Sin embargo la explicación de la desertificación del pueblo es mucho más siniestra a los ojos de los viejos que todavía viven alli. Mi tía comparte estas opiniones. Según esta teoría la causa principal de que se esté quedando sin habitantes es la maldición que pesa sobre Tequixtepec, y que un cura arrojó sobre él a principios de los 80´s.
La historia es como muchas otras que acontecen en los pueblos de México. Un cura viejo que se retira y un cura joven enviado por el obispo a sustituir al anterior. El cura joven llega con una joven que se presenta como su prima o algo asi, y ambos se instalan en la casa de la parroquia. Los primeros años pasan bien para todos, aunque sin embargo la migración comienza a crecer como un rumor que amenaza con destruirlo todo, aunque en esos tiempos nadie alcanza a verlo asi. En lugar de eso se preocupan por las señales del fin de los tiempos, y cualquier fenómeno mínimamente extraño adopta de inmediato tintes apocalípticos y crecen los rumores de que esos fenómenos estaba ya previstos en la Biblia como anuncios de que el fin del mundo. El apocalipsis, los cuatro jinetes, enfermedades, catástrofes y en una palabra, todos los males del infierno ya estaban a la vuelta de la esquina. ¿Las pruebas?: Aguaceros que duran muy poco y que abarcan una extensión reducida de terreno, tan solo unas cuadras. Poco más.
El asunto termina rápido. Uno de los tipos que se van a trabajar "al otro lado", se lleva consigo a la "prima" del cura, la cual por supuesto es su amante desde antes de que ambos llegaran al pueblo. Ya luego se sabe que tienen un hijo viviendo en la ciudad de México al cuidado de su abuela materna. El asunto adopta tintes trágicos cuando el cura se entera de la huida casi de inmediato. Es de noche y convoca al pueblo al atrio de la iglesia con un insistente repiqueteo de campanas. El pueblo soñoliento acude a regañadientes y escuchan la perorata del padre, que inventa no sé que historia para conseguir que el pueblo dé alcance a los fugados y los lapide en público por sus pecados. Por supuesto la juventud del padre y los pocos años que llevaba en el pueblo, pero sobre todo el hecho de que su pecaminosa relación con su "prima" era del dominio público, hacen que el pueblo le dé la espalda y se retire a dormir a sus casas con toda tranquilidad. Antes de que el atrio se quede vacío, con la estampa del marido burlado y con sotana, abatido y encabronado, clavado en el piso con un coraje del que morirá poco después, una voz anónima se oye a lo lejos, proferida tal vez por un adolescente que sabía la historia: "ni modo padre, se la bajaron". El padre, cuyo nombre no lo supe nunca, toma entre sus manos un puñado de tierra y mientras la deja escapar entre sus dedos profiere solemnemente "en nombre de su investidura" -esto, según el testimonio del sacristán, que permaneció a su lado hasta que el cura se fué del pueblo, a primera hora de la mañana- una maldición sobre el pueblo, que por haberse negado a ayudar en tiempo de necesidad a un ministro de Dios nuestro Señor, ha de verse convertido en un lugar desierto, un pueblo habitado solamente por aullidos y fantasmas, sin agua, sin campos fértiles, olvidado de la mano de Dios.
Mi padre vivió alli hasta que contaba con 12 o 13 años. A esa edad su hermano mayor, el tio Tereso lo mandó a un internado para que hiciera la secundaría. Después de eso creo que regresó al pueblo por un tiempo más, hasta que comenzó a trabajar como maestro rural en el entonces pueblo de Tuxtepec, Oaxaca, sitio que linda con el estado de Veracruz y donde el clima es mucho más benigno que en la sierra Mixteca. El inmenso rio Papaloapan pasa por alli. Por alli todo es selvático y exhuberante, y hay grandes campos de pastos altísimos y llanos donde crecen silvestres árboles de mangos. Crescencio Blanco era campesino, aunque esto tampoco lo sé a ciencia cierta, y creo que también le gustaba mucho emborracharse. Me imagino que después de una borrachera y para hacer disminuir su cruda moral, tal vez un sábado o un domingo a la hora de la comida, Crescencio Blanco comenzó a contar una historia que por alguna razón lo tenía impresionado o marcado, y esa historia a su vez marcó a mi padre y lo marcó tanto que me la contó repetidas veces. Y cometió el error de contármela por primera vez cuando yo era muy niño asi que yo también quedé marcado por ella, y en los años siguientes le pedí muchas veces que me la contara de nuevo. La historia que Crescencio Blanco contó era sobre la locura y se refiere a un hombre, campesino como él, que seguramente había vivido en tiempos de su abuelo, o quién sabe, tal vez había vivido en tiempos inmemoriales, en los tiempos prehispánicos o quizás incluso prehistóricos, y su historia habia impresionado tanto a tanta gente que había pasado oralmente de padres a hijos desde el dia después de la creación del mundo. En todo caso cuando la historia sucede ya había al menos algo llamado agricultura, y algo llamado familia, y los frijoles se hacían en ollas de barro como hasta el día de hoy en los pueblos de México. Este hombre, este campesino sale a su jornada diaría, y sus campos quedan cerca de la casa, asi que no es necesario llevarse un itacate para comer a medio dia, ni es necesario que su esposa se lo haga llegar, bien yendo ella misma o bien mandando a uno de sus hijos para acompañar en la comida a su padre. El caso es que a media mañana el señor tiene un accidente. No recuerdo bien si un tronco, una rama de un árbol le cae en la cabeza, o si es él quien resbala y su cabeza va a rebotar contra una piedra o contra el tronco de un árbol caído, o contra una rama gruesa. La escena es macabra, compendio de la soledad del hombre. El campesino queda inconsciente pero se recupera al cabo de un rato. No sabría precisar el número de horas o de minutos. Se levanta un poco aturdido pero aparentemente sin mayores consecuencias, termina con normalidad y vigor las labores del día y regresa a casa a la hora de la comida siendo presa de un hambre feroz, de lobo, de perro, de loco. La familia se sienta a la mesa y cuando estan casi a punto de terminar el campesino dice de repente que quiere más frijoles y sin mediar ningúna otra palabra o acto, procede a tomar la olla con ambas manos y se vacía los frijoles en la cabeza.
Nunca le pregunté a mi padre que pasó después. Lo único que recuerdo es que me decía con cara de preocupación, de consternación, como si acabara de haberlo visto, como si acabara de presenciar un accidente en donde hubiera habido sangre involucrada: Se volvió loco, hijo. Ahora que lo pienso la cara que ponía mi padre cuando me contaba esa historia era el rostro de alguien paralizado por el recuerdo, paralizado por recordar el miedo que le había producido haber vivido esa historia. Tal vez me dijo que era una historia que sabía, pero en realidad era una historia que había vivido en carne propia. Tal vez ese campesino era Crescencio Blanco, su propio padre. Tal vez ese campesino era él mismo. Una vez mi padre no llegó a dormir en toda la noche, y al día siguiente cuando yo me iba a la escuela primaria (debía yo haber tenido alrededor de 8 años), mi padre se presentó al fin en la casa, oliendo a alcohol y con costras de sangre en el cabello. Me hizo una pregunta; ¿sabes donde pasé la noche, mijo?, y yo no le hice caso, o tal vez le dijera que no, que no sabía: En la cárcel, me dijo. Y esa cara era la misma que tenía cuando me contaba la historia de ese señor que se había vuelto loco al golpearse la cabeza con una piedra o una rama. Este es el significado verdadero del horror.
En el centro del pueblo, en la plaza central, a un costado de la iglesia hay todavía un gran árbol, no sabría decir de que especie es, pero casi puedo asegurar que es un ahuehuete, como el árbol del Tule, el árbol más ancho del mundo. Una de las primeras veces que mi padre me llevó a visitar su pueblo, yendo por la noche a comprar un poco de pan a la tienda que está justo enfrente de ese árbol, de repente me soltó sin previo aviso: Hijo, en este árbol se columpió el diablo. Hasta el día de hoy puedo sentir el temblor, la cesación del mundo, el tiempo detenido en el escalofrío que esas palabras me produjeron. Ni siquiera él sabía mucho más de la historia, sólo que una noche el cura o el sacristán oyeron horrorizados sobre sus cabezas el necio crujir de las ramas del árbol, crujir que no era producido por el viento, puesto que no había viento, sino por algo que a falta de mayores datos coincidieron en llamar el diablo. En esas ocasiones se siente, se presiente esa pestilente presencia, imagino que su miedo fue de proporciones monumentales, que sus cabellos se erizaron, o incluso tal vez vieran entre el follaje unos ojos rojizos, o la silueta de unas pezuñas que asomaban a la noche alli, justo encima de sus cabezas. Pero ahora que estoy recordando un poco mejor, cabe la posibilidad de que los protagonistas de la historia no fueran ellos, sino una niña que había salido en medio de una noche de mucho viento a sacar agua del pozo situado justo abajo del gran y viejo ahuehuete. Esa noche no dormí bien, la imagen del árbol se quedó plasmada en mi mente.
Y es asi como llegamos a las serpientes aladas. Aparentemente el señor de las tinieblas gustaba de vivir en la sierra mixteca, gustaba de los ahuehuetes y de los viejos a los que podía engañar con unos pocos regalos a cambio de su cuerpo y de su alma. Esta historia no la sé por medio de mi padre sino por mi tia Concha, que fue una de las protagonistas directas, y la que mejor recuerda las circunstancias del caso. Vivía en Tequixtepec un anciano, muy anciano, sin familia, soltero o viudo, sólo y muy rico. Su riqueza no era bien habida, pues provenia de un pacto que hizo con el diablo. De sus tierras situadas en una loma grande, manaban literalmente la leche y la miel, contrastando ofensivamente con el entorno semidesértico que por alli es natural. Había una calavera de chivo de la que manaba un rio de agua que bañaba todas sus propiedades, haciendo que crecieran todo tipo de árboles frutales y vegetación exhuberante, hortalizas, maiz y frijol, habas y calabazas. Tenía muchas ollas con muchas monedas de oro, y de vez en cuando, para evitar que las monedas se humedecieran y olieran mal, llamaba a algunos niños que le quisieran hacer el trabajo de esparcirlas por el suelo a que las calentara el sol. Uno de esos niños era mi tía Concha, que asegura que a cambio de esa sencilla tarea eran recompensados por el viejo, con monedas de curso corriente, suficientes como para que un niño de la Mixteca se sintiera rico por un buen tiempo, por una semana o tal vez un poco más. En una de esas ocasiones vieron de casualidad a los animales que custodiaban las tierras del viejo, impidiendo que alguien tomara agua o frutas de ellas: Serpientes voladoras, serpientes con alas y con ojos astutos, inteligentes. Esa fué la última vez que mi tia Concha se atrevió a ir, y también fueron las últimas semanas de vida del viejo, pues al poco tiempo murió, y con él, se murió también toda la riqueza que atesoraba; el agua dejó de manar de la calavera de chivo, los árboles se secaron y el oro desapareció, o al menos eso dicen todas las personas que se atrevieron a buscarlo y que regresaron con las manos vacías. Las señoras piadosas y el cura en oficio de su deber, bendijeron el cuerpo del anciano, lo amortajaron y lo llevaron al interior de la iglesia para que fuera velado alli, en reunión de todo aquel que quisiera rezar por la salvación de su alma. Y el pueblo entero acudió a rezarle tres dias y tres noches, con la esperanza de que el diablo no llegara a ejercer su poder sobre él. Pero en la segunda noche, la madrugada antes del entierro, se oyeron por el pueblo los ruidos de una gran carreta negra, que avanzaba lentamente hacia la iglesia. Todo el mundo sospecho lo peor, y en efecto, no se pudo hacer nada, las luces y las velas se apagaron, se oyeron gemidos, aullidos y lamentos, cayeron rayos, y después del caos cuando las luces se encendieron de nuevo, el cuerpo se habia desvanecido. A lo lejos se oían todavía esa carreta que avanzaba lenta, pesadamente, triste a pesar de todo.
No sé cuán antigua sea la iglesia de Tequixtepec, pero además de esa historia, sirvió de escenario para otra, esta vez en los tiempos de la revolución. No sé a quién le sacó mi hermana la información, pero bueno, las posibilidades no son muchas, tuvo que ser o mi tia Concha o mi tía Marina. Es una historia bastante romántica, de los tiempos de la revolución. Un hombre de nuestra familia, un ancestro llamado Simón Blanco fué el héroe de una tarde en que las fuerzas de alguno de los caudillos revolucionarios, saquearon bienes y se aprovecharon de las mujeres del pueblo. Comenzaron los ultrajes, la rapiña, el crimen, los asesinatos y las violaciones. No sé cuántos años tenía Simón Blanco, ni si tenía esposa e hijos, pero al ver que las forajidos revolucionarios comenzaron a abusar de las vecinas, amigas y familiares, las metió a la iglesia y se encerró con ellas durante todo el tiempo que les fué posible. Seguramente algunas horas. Instalados allí, Simón Blanco tomó un rifle o tal vez fuera una pistola, y defendió él solo el honor de su pueblo desde un ventanal de la iglesia o desde el campanario. Al final, como era de esperarse, fué sometido, alcanzado por las balas y muerto al fin. Las mujeres fueron sin embargo, respetadas por la tropa, tal vez impresionados por la acción valerosa de ese hombre desconocido. Según mi hermana, la tía le contó que todavía hay en un costado de la iglesia no sé bien si una estatua o una placa que recuerda ese trágico evento. Seguramente se trata de una placa apenas legible.
También hay en la entrada del pueblo una línea de árboles de eucalipto que algunos niños de primaria plantaron en los años 40´s. Uno de esos árboles lo plantó mi padre. No sabría decir sin embargo, cúal de todos ellos.
A mediados de los años cuarenta, todavía había serpientes aladas en la periferia de la Sierra Mixteca, en una región árida y montañosa, en concreto, en el pueblo de mi padre:Tequixtepec. O al menos eso es lo que asegura mi tía Concha.
La historia permanece vaga en mi memoria, como casi todas las historias del pueblo que mi padre me contaba cuando era yo niño, y aunque no eran muchas en realidad, ahora sólo recuerdo con ciertos detalles dos o tres de ellas. Una de las primeras que me contó fué la de la muerte de su madre, y esa es la que menos recuerdo. Sólo tengo grabada en mi memoria la cara de mi padre, su gesto triste y al mismo tiempo como si estuviera mirando un horizonte, con una sonrisa que hasta hoy no logro definir si provenia de la resignación, de la tristeza o de la sabiduría. Macaria Guzmán murió joven, relativamente joven. Mi padre, el penúltimo de seis hijos tenía en ese entonces alrededor de 7 años. Sólo recordaba la casa llena de gente, y no supo nunca a ciencia cierta cúal había sido la causa de la muerte de su madre. En medio del velorio alguien les dió a los dos hijos más pequeños de Crescencio y Macaria, -mi padre y mi tía Malena- dos panes recién hechos, y al tener semejantes manjares en sus manos, corrieron felices a comerlos, remojándolos en el agua de la fuente del pueblo. Ahora mismo no recuerdo si yo alguna vez conocí esa fuente, si es que mi padre me la enseñó en uno de los viajes que hicimos a su pueblo, o si quizas me señaló el lugar donde había estado situada, y si para entonces ya había sido sustituida por otra cosa, una estatua o algo asi.
Cuando mi padre era niño, a mediados de los cuarentas el pueblo tenía alrededor de 2000 habitantes. Eran buenos tiempos para México, y aún en esa zona ancestralmente paupérrima, la Mixteca Oaxaqueña; las cosas no iban tan mal, había pueblos más grandes muy cerca de alli, en donde había trabajo, y el campo no marchaba tan mal como en épocas anteriores. Mi padre sabía hacer sombreros de paja. En cambio Tequixtepec es ahora casi un pueblo fantasma. El último dato respecto al número de sus habitantes me llegó hace como tres años, de parte de una tía mía, y asegura que el pueblo no cuenta ahora con más de 300 habitantes, en su mayoria viejos, mujeres y niños. Casi todos los hombres en edad de hacerlo se han ido a trabajar a los Estados Unidos. Sin embargo la explicación de la desertificación del pueblo es mucho más siniestra a los ojos de los viejos que todavía viven alli. Mi tía comparte estas opiniones. Según esta teoría la causa principal de que se esté quedando sin habitantes es la maldición que pesa sobre Tequixtepec, y que un cura arrojó sobre él a principios de los 80´s.
La historia es como muchas otras que acontecen en los pueblos de México. Un cura viejo que se retira y un cura joven enviado por el obispo a sustituir al anterior. El cura joven llega con una joven que se presenta como su prima o algo asi, y ambos se instalan en la casa de la parroquia. Los primeros años pasan bien para todos, aunque sin embargo la migración comienza a crecer como un rumor que amenaza con destruirlo todo, aunque en esos tiempos nadie alcanza a verlo asi. En lugar de eso se preocupan por las señales del fin de los tiempos, y cualquier fenómeno mínimamente extraño adopta de inmediato tintes apocalípticos y crecen los rumores de que esos fenómenos estaba ya previstos en la Biblia como anuncios de que el fin del mundo. El apocalipsis, los cuatro jinetes, enfermedades, catástrofes y en una palabra, todos los males del infierno ya estaban a la vuelta de la esquina. ¿Las pruebas?: Aguaceros que duran muy poco y que abarcan una extensión reducida de terreno, tan solo unas cuadras. Poco más.
El asunto termina rápido. Uno de los tipos que se van a trabajar "al otro lado", se lleva consigo a la "prima" del cura, la cual por supuesto es su amante desde antes de que ambos llegaran al pueblo. Ya luego se sabe que tienen un hijo viviendo en la ciudad de México al cuidado de su abuela materna. El asunto adopta tintes trágicos cuando el cura se entera de la huida casi de inmediato. Es de noche y convoca al pueblo al atrio de la iglesia con un insistente repiqueteo de campanas. El pueblo soñoliento acude a regañadientes y escuchan la perorata del padre, que inventa no sé que historia para conseguir que el pueblo dé alcance a los fugados y los lapide en público por sus pecados. Por supuesto la juventud del padre y los pocos años que llevaba en el pueblo, pero sobre todo el hecho de que su pecaminosa relación con su "prima" era del dominio público, hacen que el pueblo le dé la espalda y se retire a dormir a sus casas con toda tranquilidad. Antes de que el atrio se quede vacío, con la estampa del marido burlado y con sotana, abatido y encabronado, clavado en el piso con un coraje del que morirá poco después, una voz anónima se oye a lo lejos, proferida tal vez por un adolescente que sabía la historia: "ni modo padre, se la bajaron". El padre, cuyo nombre no lo supe nunca, toma entre sus manos un puñado de tierra y mientras la deja escapar entre sus dedos profiere solemnemente "en nombre de su investidura" -esto, según el testimonio del sacristán, que permaneció a su lado hasta que el cura se fué del pueblo, a primera hora de la mañana- una maldición sobre el pueblo, que por haberse negado a ayudar en tiempo de necesidad a un ministro de Dios nuestro Señor, ha de verse convertido en un lugar desierto, un pueblo habitado solamente por aullidos y fantasmas, sin agua, sin campos fértiles, olvidado de la mano de Dios.
Mi padre vivió alli hasta que contaba con 12 o 13 años. A esa edad su hermano mayor, el tio Tereso lo mandó a un internado para que hiciera la secundaría. Después de eso creo que regresó al pueblo por un tiempo más, hasta que comenzó a trabajar como maestro rural en el entonces pueblo de Tuxtepec, Oaxaca, sitio que linda con el estado de Veracruz y donde el clima es mucho más benigno que en la sierra Mixteca. El inmenso rio Papaloapan pasa por alli. Por alli todo es selvático y exhuberante, y hay grandes campos de pastos altísimos y llanos donde crecen silvestres árboles de mangos. Crescencio Blanco era campesino, aunque esto tampoco lo sé a ciencia cierta, y creo que también le gustaba mucho emborracharse. Me imagino que después de una borrachera y para hacer disminuir su cruda moral, tal vez un sábado o un domingo a la hora de la comida, Crescencio Blanco comenzó a contar una historia que por alguna razón lo tenía impresionado o marcado, y esa historia a su vez marcó a mi padre y lo marcó tanto que me la contó repetidas veces. Y cometió el error de contármela por primera vez cuando yo era muy niño asi que yo también quedé marcado por ella, y en los años siguientes le pedí muchas veces que me la contara de nuevo. La historia que Crescencio Blanco contó era sobre la locura y se refiere a un hombre, campesino como él, que seguramente había vivido en tiempos de su abuelo, o quién sabe, tal vez había vivido en tiempos inmemoriales, en los tiempos prehispánicos o quizás incluso prehistóricos, y su historia habia impresionado tanto a tanta gente que había pasado oralmente de padres a hijos desde el dia después de la creación del mundo. En todo caso cuando la historia sucede ya había al menos algo llamado agricultura, y algo llamado familia, y los frijoles se hacían en ollas de barro como hasta el día de hoy en los pueblos de México. Este hombre, este campesino sale a su jornada diaría, y sus campos quedan cerca de la casa, asi que no es necesario llevarse un itacate para comer a medio dia, ni es necesario que su esposa se lo haga llegar, bien yendo ella misma o bien mandando a uno de sus hijos para acompañar en la comida a su padre. El caso es que a media mañana el señor tiene un accidente. No recuerdo bien si un tronco, una rama de un árbol le cae en la cabeza, o si es él quien resbala y su cabeza va a rebotar contra una piedra o contra el tronco de un árbol caído, o contra una rama gruesa. La escena es macabra, compendio de la soledad del hombre. El campesino queda inconsciente pero se recupera al cabo de un rato. No sabría precisar el número de horas o de minutos. Se levanta un poco aturdido pero aparentemente sin mayores consecuencias, termina con normalidad y vigor las labores del día y regresa a casa a la hora de la comida siendo presa de un hambre feroz, de lobo, de perro, de loco. La familia se sienta a la mesa y cuando estan casi a punto de terminar el campesino dice de repente que quiere más frijoles y sin mediar ningúna otra palabra o acto, procede a tomar la olla con ambas manos y se vacía los frijoles en la cabeza.
Nunca le pregunté a mi padre que pasó después. Lo único que recuerdo es que me decía con cara de preocupación, de consternación, como si acabara de haberlo visto, como si acabara de presenciar un accidente en donde hubiera habido sangre involucrada: Se volvió loco, hijo. Ahora que lo pienso la cara que ponía mi padre cuando me contaba esa historia era el rostro de alguien paralizado por el recuerdo, paralizado por recordar el miedo que le había producido haber vivido esa historia. Tal vez me dijo que era una historia que sabía, pero en realidad era una historia que había vivido en carne propia. Tal vez ese campesino era Crescencio Blanco, su propio padre. Tal vez ese campesino era él mismo. Una vez mi padre no llegó a dormir en toda la noche, y al día siguiente cuando yo me iba a la escuela primaria (debía yo haber tenido alrededor de 8 años), mi padre se presentó al fin en la casa, oliendo a alcohol y con costras de sangre en el cabello. Me hizo una pregunta; ¿sabes donde pasé la noche, mijo?, y yo no le hice caso, o tal vez le dijera que no, que no sabía: En la cárcel, me dijo. Y esa cara era la misma que tenía cuando me contaba la historia de ese señor que se había vuelto loco al golpearse la cabeza con una piedra o una rama. Este es el significado verdadero del horror.
En el centro del pueblo, en la plaza central, a un costado de la iglesia hay todavía un gran árbol, no sabría decir de que especie es, pero casi puedo asegurar que es un ahuehuete, como el árbol del Tule, el árbol más ancho del mundo. Una de las primeras veces que mi padre me llevó a visitar su pueblo, yendo por la noche a comprar un poco de pan a la tienda que está justo enfrente de ese árbol, de repente me soltó sin previo aviso: Hijo, en este árbol se columpió el diablo. Hasta el día de hoy puedo sentir el temblor, la cesación del mundo, el tiempo detenido en el escalofrío que esas palabras me produjeron. Ni siquiera él sabía mucho más de la historia, sólo que una noche el cura o el sacristán oyeron horrorizados sobre sus cabezas el necio crujir de las ramas del árbol, crujir que no era producido por el viento, puesto que no había viento, sino por algo que a falta de mayores datos coincidieron en llamar el diablo. En esas ocasiones se siente, se presiente esa pestilente presencia, imagino que su miedo fue de proporciones monumentales, que sus cabellos se erizaron, o incluso tal vez vieran entre el follaje unos ojos rojizos, o la silueta de unas pezuñas que asomaban a la noche alli, justo encima de sus cabezas. Pero ahora que estoy recordando un poco mejor, cabe la posibilidad de que los protagonistas de la historia no fueran ellos, sino una niña que había salido en medio de una noche de mucho viento a sacar agua del pozo situado justo abajo del gran y viejo ahuehuete. Esa noche no dormí bien, la imagen del árbol se quedó plasmada en mi mente.
Y es asi como llegamos a las serpientes aladas. Aparentemente el señor de las tinieblas gustaba de vivir en la sierra mixteca, gustaba de los ahuehuetes y de los viejos a los que podía engañar con unos pocos regalos a cambio de su cuerpo y de su alma. Esta historia no la sé por medio de mi padre sino por mi tia Concha, que fue una de las protagonistas directas, y la que mejor recuerda las circunstancias del caso. Vivía en Tequixtepec un anciano, muy anciano, sin familia, soltero o viudo, sólo y muy rico. Su riqueza no era bien habida, pues provenia de un pacto que hizo con el diablo. De sus tierras situadas en una loma grande, manaban literalmente la leche y la miel, contrastando ofensivamente con el entorno semidesértico que por alli es natural. Había una calavera de chivo de la que manaba un rio de agua que bañaba todas sus propiedades, haciendo que crecieran todo tipo de árboles frutales y vegetación exhuberante, hortalizas, maiz y frijol, habas y calabazas. Tenía muchas ollas con muchas monedas de oro, y de vez en cuando, para evitar que las monedas se humedecieran y olieran mal, llamaba a algunos niños que le quisieran hacer el trabajo de esparcirlas por el suelo a que las calentara el sol. Uno de esos niños era mi tía Concha, que asegura que a cambio de esa sencilla tarea eran recompensados por el viejo, con monedas de curso corriente, suficientes como para que un niño de la Mixteca se sintiera rico por un buen tiempo, por una semana o tal vez un poco más. En una de esas ocasiones vieron de casualidad a los animales que custodiaban las tierras del viejo, impidiendo que alguien tomara agua o frutas de ellas: Serpientes voladoras, serpientes con alas y con ojos astutos, inteligentes. Esa fué la última vez que mi tia Concha se atrevió a ir, y también fueron las últimas semanas de vida del viejo, pues al poco tiempo murió, y con él, se murió también toda la riqueza que atesoraba; el agua dejó de manar de la calavera de chivo, los árboles se secaron y el oro desapareció, o al menos eso dicen todas las personas que se atrevieron a buscarlo y que regresaron con las manos vacías. Las señoras piadosas y el cura en oficio de su deber, bendijeron el cuerpo del anciano, lo amortajaron y lo llevaron al interior de la iglesia para que fuera velado alli, en reunión de todo aquel que quisiera rezar por la salvación de su alma. Y el pueblo entero acudió a rezarle tres dias y tres noches, con la esperanza de que el diablo no llegara a ejercer su poder sobre él. Pero en la segunda noche, la madrugada antes del entierro, se oyeron por el pueblo los ruidos de una gran carreta negra, que avanzaba lentamente hacia la iglesia. Todo el mundo sospecho lo peor, y en efecto, no se pudo hacer nada, las luces y las velas se apagaron, se oyeron gemidos, aullidos y lamentos, cayeron rayos, y después del caos cuando las luces se encendieron de nuevo, el cuerpo se habia desvanecido. A lo lejos se oían todavía esa carreta que avanzaba lenta, pesadamente, triste a pesar de todo.
No sé cuán antigua sea la iglesia de Tequixtepec, pero además de esa historia, sirvió de escenario para otra, esta vez en los tiempos de la revolución. No sé a quién le sacó mi hermana la información, pero bueno, las posibilidades no son muchas, tuvo que ser o mi tia Concha o mi tía Marina. Es una historia bastante romántica, de los tiempos de la revolución. Un hombre de nuestra familia, un ancestro llamado Simón Blanco fué el héroe de una tarde en que las fuerzas de alguno de los caudillos revolucionarios, saquearon bienes y se aprovecharon de las mujeres del pueblo. Comenzaron los ultrajes, la rapiña, el crimen, los asesinatos y las violaciones. No sé cuántos años tenía Simón Blanco, ni si tenía esposa e hijos, pero al ver que las forajidos revolucionarios comenzaron a abusar de las vecinas, amigas y familiares, las metió a la iglesia y se encerró con ellas durante todo el tiempo que les fué posible. Seguramente algunas horas. Instalados allí, Simón Blanco tomó un rifle o tal vez fuera una pistola, y defendió él solo el honor de su pueblo desde un ventanal de la iglesia o desde el campanario. Al final, como era de esperarse, fué sometido, alcanzado por las balas y muerto al fin. Las mujeres fueron sin embargo, respetadas por la tropa, tal vez impresionados por la acción valerosa de ese hombre desconocido. Según mi hermana, la tía le contó que todavía hay en un costado de la iglesia no sé bien si una estatua o una placa que recuerda ese trágico evento. Seguramente se trata de una placa apenas legible.
También hay en la entrada del pueblo una línea de árboles de eucalipto que algunos niños de primaria plantaron en los años 40´s. Uno de esos árboles lo plantó mi padre. No sabría decir sin embargo, cúal de todos ellos.
Saturday, May 24, 2008
Los Dioses de Salamanca
En el sueño aparece una cabaña en un bosque de eucaliptos. Yo presencio la escena pero como si fuera una pelicula, es decir, aunque estoy alli presente, sé que nadie me está viendo ni sospecha de mi presencia. Esta cabaña es de madera, hecha como si fuera una casita rústica de dos pisos. La madera es delgada, pero la cabaña parece ser resistente pese a estar inconclusa todavía. Un hombre que trabaja en ella es el dueño y parece estar contento con su trabajo. En eso veo a un enano, un hombre chaparro y moreno, vestido como visten muchos albañiles: pantalón de mezclilla y camisa blanca y sucia, con los botones del pecho sin abrochar y con la panza a punto de hacer saltar los botones de la parte inferior. De esos en la vida real he conocido a dos que tres. Una vez estando en una cantina de mala muerte, no sé por qué razones me había quedado sólo, y había entablado una conversación de borrachos con un tipo que no conocía pero que no parecía peligroso. En eso estábamos cuando entró al lugar un tipo asi como el del sueño, chaparro, moreno, con los pelos necios, camisa blanca, sin abotonar a la altura del pecho y con los botones a punto de saltar a la altura de la voluminosa panza. Apenas entró al lugar y éste se inundó con el olor penetrante de unas chalupas bien grasientas que llevaba a medio comer. Tuve ganas de vomitar. El señor con el que platicaba me dijo que aguas, que viera con cuidado a ese de las chalupas, que era un tipo malo, ladrón y asesino. Vive por aqui chico, asi que mas vale que no te cruces en su camino. Me fuí del lugar y nunca más volví a ver a ninguno de los dos.
En el sueño el tipo moreno, chaparro, pelos necios, con la camisa sin abotonar, se acerca al dueño y constructor de la casa de madera y le dice algo. No recuerdo si yo escucho con claridad lo que hablan o si simplemente sé de lo que hablan. El tipo chaparro y panzón le propone un cambio de casas. La casa del tipo panzón está aqui cerca, de hecho es casi visible desde donde yo estoy. desde lejos se ve una casa grande, pero yo siento angustía. Con horror veo, o siento, o oigo cómo el dueño de la casa, el hombre que todavía la está construyendo accede a su propuesta. En ese momento me doy cuenta que el panzón tiene una cara maligna, de hacer daño, de engañar, de aprovecharse de los demás. También veo que esta casa de madera tiene un riachuelo corriendo al pie de la entrada principal. Sé desde ese momento que fué un mal trato.
En lo siguiente que veo o que recuerdo del sueño, el clima, que hasta entonces había estado de tono primaveral en ese tupido bosque de eucaliptos se hace más borrascoso. Ya no es medio día o media tarde, ya es casi el crepúsculo, un atardecer ceniciento y susurrante. Me veo a mi como el nuevo dueño de esta casa que antes era del moreno chaparro, y veo que ya no hay diferencia entre él y yo, entre el tipo que había hecho un mal trato y yo. Nos acercamos a la casa, me acerco a la casa y siento que me obligo a mirar cosas bonitas donde no las hay. De hecho la casa está en ruinas. En su tiempo debió ser sin duda espectacular, una mansión señorial no de madera, sino de mármol. Pero ahora sólo queda su cascarón arruinado, enmohecido, oxidado. Me veo (lo veo), recogiendo del suelo pedazos de yeseria o de mármol pertenecientes a estatuas o fiorituras ahora rotas y esparcidas por el piso, entre el polvo y la basura. Me veo (lo veo), diciendo: ¡magnífico!. Lo oigo (me oigo), pensando ¡qué lujo!, ¡qué señorío!. Al fondo veo el nicho de la chimenea todavía lleno de hollín, pese a que se nota por el estado de este cascarón que un día fué una casa habitable que esa chimenea lleva mucho tiempo fría. Alzo la vista y entre las nubes muy negras y muy cargadas, pero que tienen todavía ese ligero resplandor que se cuela entre ellas y que las hace verse aún más tenebrosas, veo los restos de lo que fue un techo de zinc, como los de los edificios de París.
En ese momento todo cobra su sentido obvio. Veo que la casa está en ruinas, despedazándose, y no sólo eso, sino que mi vista comienza a fallar y comienzo a verlo todo como entre muchas lágrimas, o como si estuviera lloviendo. De repente toda la casa está sumida en las aguas, un gran lago que me llega hasta las rodillas. En lo que fue la gran sala central de la casa veo moverse en las aguas cenagosas cocodrilos, o seres con aspecto de cocodrilos. Veo salir de lo que fueron las habitaciones de la primera planta, por entre puertas derruidas y paredes deshechas, a seres de aspecto simiesco. Veo también sombras, fantasmas de monstruos, vagas nubes de aspecto humanoide que van y vienen caóticamente por entre los pasillos y habitaciones de esa casa que ahora comprendo, les pertenece desde hace mucho. Siento venir el pánico, siento venir ese grito más allá de la deseperación y sin embargo el pánico no llega. Decido no hacerlo llegar, veo claramente que es una respuesta aprendida ante ese tipo de espectáculos dantescos. Asi que me retiro del lugar dispuesto a destruirlo. De algún modo las criaturas que se mueven en el agua lo saben y yo sé que tratarán de impedirmelo. Tomo a una de ellas por la cola y veo que es un cocodrilo con cabeza humana y golpeo con él, usándolo como si fuera un látigo, a uno de sus hermanos y lo mato. Al fin llego a un cañon del ejército que apunta directamente a la casa. No recuerdo si lo hice, no recuerdo si dispare y si destruí esa casa en ruinas, con todos sus monstruos adentro.
Avanzo unos pasos y lo siguiente que veo es una tienda dentro de una casa similar a la casa de madera y alli dentro, el que atiende es mi propio padre, y es al mismo tiempo simplemente el señor que atiende esa tienda que visito por primera vez y al que digo que no se fie de ese tipo que a lo lejos vemos. Un tipo chaparro y panzón, moreno y con actitud de maleante. Que no se confíe de él puesto que es un ladrón. En ese momento el tipo viene a nosotros y yo le espeto mis reclamos cuando lo veo cerca. Es un fraude, es un fraude, le grito con violencia y él me dice yo no sé nada, cambiamos casa y eso es todo. El dueño de la tienda y yo nos retiramos del lugar, del bosque. Un camino solitario, una brecha de terracería parece llevarnos lejos de alli en lo que parece será una caminata de horas hasta el primer lugar poblado, seguramente un pequeño pueblo. Se hace de noche y no hay luna y no llevamos nada que nos proporcione ninguna fuente de luz. Oigo ruidos y me pongo nervioso. Me asusto. En eso oigo los ruidos muy cerca y muy fuertes y veo entre las sombras de una noche negrísima a varias siluetas asesinar a golpes a mi padre, al señor dueño de la tienda. Después veo al chaparro, con los ojos inyectados de sangre lanzarse sobre mi y tomarme del cuello. Huelo su fétido olor, veo sus ojos desquiciados, monstruosos. Sé que me matará y lo último que oigo de él es esto: "Somos los dioses de Salamanca".
Despierto horas después tirado en el mismo sitio. Una patrulla de policia está alli y el agente trata de reanimarme. Yo trato de contarle lo sucedido. Sé que todo es incomprensible y el sueño termina aqui.
En el sueño aparece una cabaña en un bosque de eucaliptos. Yo presencio la escena pero como si fuera una pelicula, es decir, aunque estoy alli presente, sé que nadie me está viendo ni sospecha de mi presencia. Esta cabaña es de madera, hecha como si fuera una casita rústica de dos pisos. La madera es delgada, pero la cabaña parece ser resistente pese a estar inconclusa todavía. Un hombre que trabaja en ella es el dueño y parece estar contento con su trabajo. En eso veo a un enano, un hombre chaparro y moreno, vestido como visten muchos albañiles: pantalón de mezclilla y camisa blanca y sucia, con los botones del pecho sin abrochar y con la panza a punto de hacer saltar los botones de la parte inferior. De esos en la vida real he conocido a dos que tres. Una vez estando en una cantina de mala muerte, no sé por qué razones me había quedado sólo, y había entablado una conversación de borrachos con un tipo que no conocía pero que no parecía peligroso. En eso estábamos cuando entró al lugar un tipo asi como el del sueño, chaparro, moreno, con los pelos necios, camisa blanca, sin abotonar a la altura del pecho y con los botones a punto de saltar a la altura de la voluminosa panza. Apenas entró al lugar y éste se inundó con el olor penetrante de unas chalupas bien grasientas que llevaba a medio comer. Tuve ganas de vomitar. El señor con el que platicaba me dijo que aguas, que viera con cuidado a ese de las chalupas, que era un tipo malo, ladrón y asesino. Vive por aqui chico, asi que mas vale que no te cruces en su camino. Me fuí del lugar y nunca más volví a ver a ninguno de los dos.
En el sueño el tipo moreno, chaparro, pelos necios, con la camisa sin abotonar, se acerca al dueño y constructor de la casa de madera y le dice algo. No recuerdo si yo escucho con claridad lo que hablan o si simplemente sé de lo que hablan. El tipo chaparro y panzón le propone un cambio de casas. La casa del tipo panzón está aqui cerca, de hecho es casi visible desde donde yo estoy. desde lejos se ve una casa grande, pero yo siento angustía. Con horror veo, o siento, o oigo cómo el dueño de la casa, el hombre que todavía la está construyendo accede a su propuesta. En ese momento me doy cuenta que el panzón tiene una cara maligna, de hacer daño, de engañar, de aprovecharse de los demás. También veo que esta casa de madera tiene un riachuelo corriendo al pie de la entrada principal. Sé desde ese momento que fué un mal trato.
En lo siguiente que veo o que recuerdo del sueño, el clima, que hasta entonces había estado de tono primaveral en ese tupido bosque de eucaliptos se hace más borrascoso. Ya no es medio día o media tarde, ya es casi el crepúsculo, un atardecer ceniciento y susurrante. Me veo a mi como el nuevo dueño de esta casa que antes era del moreno chaparro, y veo que ya no hay diferencia entre él y yo, entre el tipo que había hecho un mal trato y yo. Nos acercamos a la casa, me acerco a la casa y siento que me obligo a mirar cosas bonitas donde no las hay. De hecho la casa está en ruinas. En su tiempo debió ser sin duda espectacular, una mansión señorial no de madera, sino de mármol. Pero ahora sólo queda su cascarón arruinado, enmohecido, oxidado. Me veo (lo veo), recogiendo del suelo pedazos de yeseria o de mármol pertenecientes a estatuas o fiorituras ahora rotas y esparcidas por el piso, entre el polvo y la basura. Me veo (lo veo), diciendo: ¡magnífico!. Lo oigo (me oigo), pensando ¡qué lujo!, ¡qué señorío!. Al fondo veo el nicho de la chimenea todavía lleno de hollín, pese a que se nota por el estado de este cascarón que un día fué una casa habitable que esa chimenea lleva mucho tiempo fría. Alzo la vista y entre las nubes muy negras y muy cargadas, pero que tienen todavía ese ligero resplandor que se cuela entre ellas y que las hace verse aún más tenebrosas, veo los restos de lo que fue un techo de zinc, como los de los edificios de París.
En ese momento todo cobra su sentido obvio. Veo que la casa está en ruinas, despedazándose, y no sólo eso, sino que mi vista comienza a fallar y comienzo a verlo todo como entre muchas lágrimas, o como si estuviera lloviendo. De repente toda la casa está sumida en las aguas, un gran lago que me llega hasta las rodillas. En lo que fue la gran sala central de la casa veo moverse en las aguas cenagosas cocodrilos, o seres con aspecto de cocodrilos. Veo salir de lo que fueron las habitaciones de la primera planta, por entre puertas derruidas y paredes deshechas, a seres de aspecto simiesco. Veo también sombras, fantasmas de monstruos, vagas nubes de aspecto humanoide que van y vienen caóticamente por entre los pasillos y habitaciones de esa casa que ahora comprendo, les pertenece desde hace mucho. Siento venir el pánico, siento venir ese grito más allá de la deseperación y sin embargo el pánico no llega. Decido no hacerlo llegar, veo claramente que es una respuesta aprendida ante ese tipo de espectáculos dantescos. Asi que me retiro del lugar dispuesto a destruirlo. De algún modo las criaturas que se mueven en el agua lo saben y yo sé que tratarán de impedirmelo. Tomo a una de ellas por la cola y veo que es un cocodrilo con cabeza humana y golpeo con él, usándolo como si fuera un látigo, a uno de sus hermanos y lo mato. Al fin llego a un cañon del ejército que apunta directamente a la casa. No recuerdo si lo hice, no recuerdo si dispare y si destruí esa casa en ruinas, con todos sus monstruos adentro.
Avanzo unos pasos y lo siguiente que veo es una tienda dentro de una casa similar a la casa de madera y alli dentro, el que atiende es mi propio padre, y es al mismo tiempo simplemente el señor que atiende esa tienda que visito por primera vez y al que digo que no se fie de ese tipo que a lo lejos vemos. Un tipo chaparro y panzón, moreno y con actitud de maleante. Que no se confíe de él puesto que es un ladrón. En ese momento el tipo viene a nosotros y yo le espeto mis reclamos cuando lo veo cerca. Es un fraude, es un fraude, le grito con violencia y él me dice yo no sé nada, cambiamos casa y eso es todo. El dueño de la tienda y yo nos retiramos del lugar, del bosque. Un camino solitario, una brecha de terracería parece llevarnos lejos de alli en lo que parece será una caminata de horas hasta el primer lugar poblado, seguramente un pequeño pueblo. Se hace de noche y no hay luna y no llevamos nada que nos proporcione ninguna fuente de luz. Oigo ruidos y me pongo nervioso. Me asusto. En eso oigo los ruidos muy cerca y muy fuertes y veo entre las sombras de una noche negrísima a varias siluetas asesinar a golpes a mi padre, al señor dueño de la tienda. Después veo al chaparro, con los ojos inyectados de sangre lanzarse sobre mi y tomarme del cuello. Huelo su fétido olor, veo sus ojos desquiciados, monstruosos. Sé que me matará y lo último que oigo de él es esto: "Somos los dioses de Salamanca".
Despierto horas después tirado en el mismo sitio. Una patrulla de policia está alli y el agente trata de reanimarme. Yo trato de contarle lo sucedido. Sé que todo es incomprensible y el sueño termina aqui.
Monday, May 12, 2008
...un camino en una carretera larga, muy recta y que atraviese inmensos llanos verdes, con el sol a través de las nubes casi en un crepúsculo. Una carretera absolutamente solitaria, sólo árboles de vez en cuando. Una carretera que sea como un limbo propio, venida de la selva en dirección a la montaña, pero en una pampa enorme todavía; húmeda y abierta a mi. Y en ella algunas aves; aves blancas de largas patas, puestas allí, donde siempre habían ya estado, y sobre todo, puestas como si no existieran sólo para mi. Ir por esa carretera en silencio, lejos del ruido y ávido del sonido puro del aire sobre mi rostro. Una carretera tan larga que no le veo fin.
A lo lejos, sólo unas nubes bañadas ya por la noche que viene, que me tragará, y en donde me quedaré.
Y mi reino no tendrá fin.
A lo lejos, sólo unas nubes bañadas ya por la noche que viene, que me tragará, y en donde me quedaré.
Y mi reino no tendrá fin.
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