Historias de Tequixtepec.
A mediados de los años cuarenta, todavía había serpientes aladas en la periferia de la Sierra Mixteca, en una región árida y montañosa, en concreto, en el pueblo de mi padre:Tequixtepec. O al menos eso es lo que asegura mi tía Concha.
La historia permanece vaga en mi memoria, como casi todas las historias del pueblo que mi padre me contaba cuando era yo niño, y aunque no eran muchas en realidad, ahora sólo recuerdo con ciertos detalles dos o tres de ellas. Una de las primeras que me contó fué la de la muerte de su madre, y esa es la que menos recuerdo. Sólo tengo grabada en mi memoria la cara de mi padre, su gesto triste y al mismo tiempo como si estuviera mirando un horizonte, con una sonrisa que hasta hoy no logro definir si provenia de la resignación, de la tristeza o de la sabiduría. Macaria Guzmán murió joven, relativamente joven. Mi padre, el penúltimo de seis hijos tenía en ese entonces alrededor de 7 años. Sólo recordaba la casa llena de gente, y no supo nunca a ciencia cierta cúal había sido la causa de la muerte de su madre. En medio del velorio alguien les dió a los dos hijos más pequeños de Crescencio y Macaria, -mi padre y mi tía Malena- dos panes recién hechos, y al tener semejantes manjares en sus manos, corrieron felices a comerlos, remojándolos en el agua de la fuente del pueblo. Ahora mismo no recuerdo si yo alguna vez conocí esa fuente, si es que mi padre me la enseñó en uno de los viajes que hicimos a su pueblo, o si quizas me señaló el lugar donde había estado situada, y si para entonces ya había sido sustituida por otra cosa, una estatua o algo asi.
Cuando mi padre era niño, a mediados de los cuarentas el pueblo tenía alrededor de 2000 habitantes. Eran buenos tiempos para México, y aún en esa zona ancestralmente paupérrima, la Mixteca Oaxaqueña; las cosas no iban tan mal, había pueblos más grandes muy cerca de alli, en donde había trabajo, y el campo no marchaba tan mal como en épocas anteriores. Mi padre sabía hacer sombreros de paja. En cambio Tequixtepec es ahora casi un pueblo fantasma. El último dato respecto al número de sus habitantes me llegó hace como tres años, de parte de una tía mía, y asegura que el pueblo no cuenta ahora con más de 300 habitantes, en su mayoria viejos, mujeres y niños. Casi todos los hombres en edad de hacerlo se han ido a trabajar a los Estados Unidos. Sin embargo la explicación de la desertificación del pueblo es mucho más siniestra a los ojos de los viejos que todavía viven alli. Mi tía comparte estas opiniones. Según esta teoría la causa principal de que se esté quedando sin habitantes es la maldición que pesa sobre Tequixtepec, y que un cura arrojó sobre él a principios de los 80´s.
La historia es como muchas otras que acontecen en los pueblos de México. Un cura viejo que se retira y un cura joven enviado por el obispo a sustituir al anterior. El cura joven llega con una joven que se presenta como su prima o algo asi, y ambos se instalan en la casa de la parroquia. Los primeros años pasan bien para todos, aunque sin embargo la migración comienza a crecer como un rumor que amenaza con destruirlo todo, aunque en esos tiempos nadie alcanza a verlo asi. En lugar de eso se preocupan por las señales del fin de los tiempos, y cualquier fenómeno mínimamente extraño adopta de inmediato tintes apocalípticos y crecen los rumores de que esos fenómenos estaba ya previstos en la Biblia como anuncios de que el fin del mundo. El apocalipsis, los cuatro jinetes, enfermedades, catástrofes y en una palabra, todos los males del infierno ya estaban a la vuelta de la esquina. ¿Las pruebas?: Aguaceros que duran muy poco y que abarcan una extensión reducida de terreno, tan solo unas cuadras. Poco más.
El asunto termina rápido. Uno de los tipos que se van a trabajar "al otro lado", se lleva consigo a la "prima" del cura, la cual por supuesto es su amante desde antes de que ambos llegaran al pueblo. Ya luego se sabe que tienen un hijo viviendo en la ciudad de México al cuidado de su abuela materna. El asunto adopta tintes trágicos cuando el cura se entera de la huida casi de inmediato. Es de noche y convoca al pueblo al atrio de la iglesia con un insistente repiqueteo de campanas. El pueblo soñoliento acude a regañadientes y escuchan la perorata del padre, que inventa no sé que historia para conseguir que el pueblo dé alcance a los fugados y los lapide en público por sus pecados. Por supuesto la juventud del padre y los pocos años que llevaba en el pueblo, pero sobre todo el hecho de que su pecaminosa relación con su "prima" era del dominio público, hacen que el pueblo le dé la espalda y se retire a dormir a sus casas con toda tranquilidad. Antes de que el atrio se quede vacío, con la estampa del marido burlado y con sotana, abatido y encabronado, clavado en el piso con un coraje del que morirá poco después, una voz anónima se oye a lo lejos, proferida tal vez por un adolescente que sabía la historia: "ni modo padre, se la bajaron". El padre, cuyo nombre no lo supe nunca, toma entre sus manos un puñado de tierra y mientras la deja escapar entre sus dedos profiere solemnemente "en nombre de su investidura" -esto, según el testimonio del sacristán, que permaneció a su lado hasta que el cura se fué del pueblo, a primera hora de la mañana- una maldición sobre el pueblo, que por haberse negado a ayudar en tiempo de necesidad a un ministro de Dios nuestro Señor, ha de verse convertido en un lugar desierto, un pueblo habitado solamente por aullidos y fantasmas, sin agua, sin campos fértiles, olvidado de la mano de Dios.
Mi padre vivió alli hasta que contaba con 12 o 13 años. A esa edad su hermano mayor, el tio Tereso lo mandó a un internado para que hiciera la secundaría. Después de eso creo que regresó al pueblo por un tiempo más, hasta que comenzó a trabajar como maestro rural en el entonces pueblo de Tuxtepec, Oaxaca, sitio que linda con el estado de Veracruz y donde el clima es mucho más benigno que en la sierra Mixteca. El inmenso rio Papaloapan pasa por alli. Por alli todo es selvático y exhuberante, y hay grandes campos de pastos altísimos y llanos donde crecen silvestres árboles de mangos. Crescencio Blanco era campesino, aunque esto tampoco lo sé a ciencia cierta, y creo que también le gustaba mucho emborracharse. Me imagino que después de una borrachera y para hacer disminuir su cruda moral, tal vez un sábado o un domingo a la hora de la comida, Crescencio Blanco comenzó a contar una historia que por alguna razón lo tenía impresionado o marcado, y esa historia a su vez marcó a mi padre y lo marcó tanto que me la contó repetidas veces. Y cometió el error de contármela por primera vez cuando yo era muy niño asi que yo también quedé marcado por ella, y en los años siguientes le pedí muchas veces que me la contara de nuevo. La historia que Crescencio Blanco contó era sobre la locura y se refiere a un hombre, campesino como él, que seguramente había vivido en tiempos de su abuelo, o quién sabe, tal vez había vivido en tiempos inmemoriales, en los tiempos prehispánicos o quizás incluso prehistóricos, y su historia habia impresionado tanto a tanta gente que había pasado oralmente de padres a hijos desde el dia después de la creación del mundo. En todo caso cuando la historia sucede ya había al menos algo llamado agricultura, y algo llamado familia, y los frijoles se hacían en ollas de barro como hasta el día de hoy en los pueblos de México. Este hombre, este campesino sale a su jornada diaría, y sus campos quedan cerca de la casa, asi que no es necesario llevarse un itacate para comer a medio dia, ni es necesario que su esposa se lo haga llegar, bien yendo ella misma o bien mandando a uno de sus hijos para acompañar en la comida a su padre. El caso es que a media mañana el señor tiene un accidente. No recuerdo bien si un tronco, una rama de un árbol le cae en la cabeza, o si es él quien resbala y su cabeza va a rebotar contra una piedra o contra el tronco de un árbol caído, o contra una rama gruesa. La escena es macabra, compendio de la soledad del hombre. El campesino queda inconsciente pero se recupera al cabo de un rato. No sabría precisar el número de horas o de minutos. Se levanta un poco aturdido pero aparentemente sin mayores consecuencias, termina con normalidad y vigor las labores del día y regresa a casa a la hora de la comida siendo presa de un hambre feroz, de lobo, de perro, de loco. La familia se sienta a la mesa y cuando estan casi a punto de terminar el campesino dice de repente que quiere más frijoles y sin mediar ningúna otra palabra o acto, procede a tomar la olla con ambas manos y se vacía los frijoles en la cabeza.
Nunca le pregunté a mi padre que pasó después. Lo único que recuerdo es que me decía con cara de preocupación, de consternación, como si acabara de haberlo visto, como si acabara de presenciar un accidente en donde hubiera habido sangre involucrada: Se volvió loco, hijo. Ahora que lo pienso la cara que ponía mi padre cuando me contaba esa historia era el rostro de alguien paralizado por el recuerdo, paralizado por recordar el miedo que le había producido haber vivido esa historia. Tal vez me dijo que era una historia que sabía, pero en realidad era una historia que había vivido en carne propia. Tal vez ese campesino era Crescencio Blanco, su propio padre. Tal vez ese campesino era él mismo. Una vez mi padre no llegó a dormir en toda la noche, y al día siguiente cuando yo me iba a la escuela primaria (debía yo haber tenido alrededor de 8 años), mi padre se presentó al fin en la casa, oliendo a alcohol y con costras de sangre en el cabello. Me hizo una pregunta; ¿sabes donde pasé la noche, mijo?, y yo no le hice caso, o tal vez le dijera que no, que no sabía: En la cárcel, me dijo. Y esa cara era la misma que tenía cuando me contaba la historia de ese señor que se había vuelto loco al golpearse la cabeza con una piedra o una rama. Este es el significado verdadero del horror.
En el centro del pueblo, en la plaza central, a un costado de la iglesia hay todavía un gran árbol, no sabría decir de que especie es, pero casi puedo asegurar que es un ahuehuete, como el árbol del Tule, el árbol más ancho del mundo. Una de las primeras veces que mi padre me llevó a visitar su pueblo, yendo por la noche a comprar un poco de pan a la tienda que está justo enfrente de ese árbol, de repente me soltó sin previo aviso: Hijo, en este árbol se columpió el diablo. Hasta el día de hoy puedo sentir el temblor, la cesación del mundo, el tiempo detenido en el escalofrío que esas palabras me produjeron. Ni siquiera él sabía mucho más de la historia, sólo que una noche el cura o el sacristán oyeron horrorizados sobre sus cabezas el necio crujir de las ramas del árbol, crujir que no era producido por el viento, puesto que no había viento, sino por algo que a falta de mayores datos coincidieron en llamar el diablo. En esas ocasiones se siente, se presiente esa pestilente presencia, imagino que su miedo fue de proporciones monumentales, que sus cabellos se erizaron, o incluso tal vez vieran entre el follaje unos ojos rojizos, o la silueta de unas pezuñas que asomaban a la noche alli, justo encima de sus cabezas. Pero ahora que estoy recordando un poco mejor, cabe la posibilidad de que los protagonistas de la historia no fueran ellos, sino una niña que había salido en medio de una noche de mucho viento a sacar agua del pozo situado justo abajo del gran y viejo ahuehuete. Esa noche no dormí bien, la imagen del árbol se quedó plasmada en mi mente.
Y es asi como llegamos a las serpientes aladas. Aparentemente el señor de las tinieblas gustaba de vivir en la sierra mixteca, gustaba de los ahuehuetes y de los viejos a los que podía engañar con unos pocos regalos a cambio de su cuerpo y de su alma. Esta historia no la sé por medio de mi padre sino por mi tia Concha, que fue una de las protagonistas directas, y la que mejor recuerda las circunstancias del caso. Vivía en Tequixtepec un anciano, muy anciano, sin familia, soltero o viudo, sólo y muy rico. Su riqueza no era bien habida, pues provenia de un pacto que hizo con el diablo. De sus tierras situadas en una loma grande, manaban literalmente la leche y la miel, contrastando ofensivamente con el entorno semidesértico que por alli es natural. Había una calavera de chivo de la que manaba un rio de agua que bañaba todas sus propiedades, haciendo que crecieran todo tipo de árboles frutales y vegetación exhuberante, hortalizas, maiz y frijol, habas y calabazas. Tenía muchas ollas con muchas monedas de oro, y de vez en cuando, para evitar que las monedas se humedecieran y olieran mal, llamaba a algunos niños que le quisieran hacer el trabajo de esparcirlas por el suelo a que las calentara el sol. Uno de esos niños era mi tía Concha, que asegura que a cambio de esa sencilla tarea eran recompensados por el viejo, con monedas de curso corriente, suficientes como para que un niño de la Mixteca se sintiera rico por un buen tiempo, por una semana o tal vez un poco más. En una de esas ocasiones vieron de casualidad a los animales que custodiaban las tierras del viejo, impidiendo que alguien tomara agua o frutas de ellas: Serpientes voladoras, serpientes con alas y con ojos astutos, inteligentes. Esa fué la última vez que mi tia Concha se atrevió a ir, y también fueron las últimas semanas de vida del viejo, pues al poco tiempo murió, y con él, se murió también toda la riqueza que atesoraba; el agua dejó de manar de la calavera de chivo, los árboles se secaron y el oro desapareció, o al menos eso dicen todas las personas que se atrevieron a buscarlo y que regresaron con las manos vacías. Las señoras piadosas y el cura en oficio de su deber, bendijeron el cuerpo del anciano, lo amortajaron y lo llevaron al interior de la iglesia para que fuera velado alli, en reunión de todo aquel que quisiera rezar por la salvación de su alma. Y el pueblo entero acudió a rezarle tres dias y tres noches, con la esperanza de que el diablo no llegara a ejercer su poder sobre él. Pero en la segunda noche, la madrugada antes del entierro, se oyeron por el pueblo los ruidos de una gran carreta negra, que avanzaba lentamente hacia la iglesia. Todo el mundo sospecho lo peor, y en efecto, no se pudo hacer nada, las luces y las velas se apagaron, se oyeron gemidos, aullidos y lamentos, cayeron rayos, y después del caos cuando las luces se encendieron de nuevo, el cuerpo se habia desvanecido. A lo lejos se oían todavía esa carreta que avanzaba lenta, pesadamente, triste a pesar de todo.
No sé cuán antigua sea la iglesia de Tequixtepec, pero además de esa historia, sirvió de escenario para otra, esta vez en los tiempos de la revolución. No sé a quién le sacó mi hermana la información, pero bueno, las posibilidades no son muchas, tuvo que ser o mi tia Concha o mi tía Marina. Es una historia bastante romántica, de los tiempos de la revolución. Un hombre de nuestra familia, un ancestro llamado Simón Blanco fué el héroe de una tarde en que las fuerzas de alguno de los caudillos revolucionarios, saquearon bienes y se aprovecharon de las mujeres del pueblo. Comenzaron los ultrajes, la rapiña, el crimen, los asesinatos y las violaciones. No sé cuántos años tenía Simón Blanco, ni si tenía esposa e hijos, pero al ver que las forajidos revolucionarios comenzaron a abusar de las vecinas, amigas y familiares, las metió a la iglesia y se encerró con ellas durante todo el tiempo que les fué posible. Seguramente algunas horas. Instalados allí, Simón Blanco tomó un rifle o tal vez fuera una pistola, y defendió él solo el honor de su pueblo desde un ventanal de la iglesia o desde el campanario. Al final, como era de esperarse, fué sometido, alcanzado por las balas y muerto al fin. Las mujeres fueron sin embargo, respetadas por la tropa, tal vez impresionados por la acción valerosa de ese hombre desconocido. Según mi hermana, la tía le contó que todavía hay en un costado de la iglesia no sé bien si una estatua o una placa que recuerda ese trágico evento. Seguramente se trata de una placa apenas legible.
También hay en la entrada del pueblo una línea de árboles de eucalipto que algunos niños de primaria plantaron en los años 40´s. Uno de esos árboles lo plantó mi padre. No sabría decir sin embargo, cúal de todos ellos.
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