Cuéntan, pero Allah es el más sabio, que cuando el patriarca Abraham llegó a una tierra extranjera, llevando consigo a su esposa Sara, tuvo que hacerse pasar por el hermano de ésta, pues pensó: "no vaya a ser que estos extranjeros, al ver la belleza de mi esposa, vengan y me maten para quedarse con ella". Definitivamente los patriarcas del Antiguo Testamento eran sabios, y no en vano, gracias a estas precauciones que hizo en varias ocasiones, Dios le concedió a Abraham un pueblo cuyo número igualaría al de las estrellas del firmamento en las noches claras de los meses de abril, en Palestina. Lo que el Génesis no cuenta, pero de lo que yo estoy seguro, es que Sara no era palestina, ni etíope, ni persa ni griega: Era Española. De otro modo no me explico las excesivas precauciones de Abraham. ¿para qué llegar a esos extremos si Sara no tenía el cabello del que presumen siempre, voluptuosas, las mujeres de estas tierras? ¿para qué tomarse tantas molestias si su boca y labios no tuvieran la conformación perfecta, como es frecuente ver en las mujeres que a cada paso admira uno por aqui?, ¿y no es acaso lógico suponer que tanto aferramiento a una mujer no surgiría, de no ser porque Sara era poseedora de un par de piernas semejante a las que se delinean a través de las mallas y la mezclilla de las españolas, para deleite y martirio de los hijos de Dios? ¿y qué decir de los senos?, ¿acaso no está escrito "en el pecho de su mujer tendrá el hombre su descanso?. ¿qué pechos, sino unos tungentes, suaves, de pezón pronto y solícito, de areola amable, discreta y clara, orgullosos y trepidatorios originarían un celo tan meticuloso y potente como el de Abraham?. Pues bien, esos senos son los que te queman la pupila en cada esquina, en los vagones de metro, en los kioscos de revistas. En Castilla sobresalen los ojos, los cabellos, la mirada que te mira como si un guerrero fueras y que te dicen "no seré tuya si no demuestras valentía". En Cataluña sobresalen los hombros, las piernas, las bocas y un aire de lejanía inaccesible de cabellos castaños que te dice, como si un estudioso fueras: "no seré tuya si no demuestras sabiduría". En Andalucía sobresalen las sonrisas y las frentes, las dentaduras perfectas y las narices que indican que el carácter y el legado árabe se mantienen en lo mejor de sí en las mujeres sevillanas o granadinas, gaditanas o cordobesas. Allí las cosas son un poco más sencillas y a la vez más difíciles. Su enérgica manera de caminar, la franqueza de sus gestos y su manera de hablar directa y sin simulacros parecen decirte como si fuera un reto: Seré tuya sólo si demuestras que puedes hacerme tuya. La eterna tautología del amor, de la que sólo unos pocos sabios o elegidos -quién sabe- se dan cuenta a tiempo. De ellos es el reino de los cielos. ¡¿Y qué decir de Galicia?!, tierra prometida, salvación de aquellos consumidos por el inagotable deseo, fuego eterno, que quema pero no mata. Alguna vez escuché decir a uno de los sabios árabes que aún viven por aqui, que no había mujeres en España que pudieran igualar la dulzura y el oficio de ser mujer como la de las gallegas. No me lo puedo ni siquiera imaginar. Rollizas casi todas. (en Galicia se come más que en ninguna otra parte de España, y eso que en toda España no se come, se traga), rubias casi todas (honrando con ese color de piel y cabellos, y con sus gaitas, su supuesto origen celta), de ojos verdes o azules o grises. Amables casi todas. En una palabra, la recompensa a todas tus buenas acciones. En Madrid las mujeres se muestran bravas pero al alcance, en Cataluña te ignoran de una manera tal que te sientes tentado a darles las gracias, en Galicia te miman y en Andalucía te seducen como desde el primer día la primera mujer sedujo al primer hombre. ¿Que otra cosa puede pedir el viajero?, ¿para que viajar, si no es para eso?
Piernas. Si, piernas es tal vez lo que tus pupilas verán por sobre todas las cosas cuando llegues, este verano. Agosto, mes que la mayoría de los años es insoportablemente caluroso en Madriz, tiene como único consuelo esas extensiones inferiores, esos apéndices firmes y torneados que uno consideraría labrados por algún demiurgo en efecto, malévolo, tentador, cruel. Si en invierno están guarecidos tras los pantalones de algodón, de pana y de mezclilla, no por ello dejan de adivinarse, de intuirse, de invocarse detrás de ellos, los muslos por los que todo hombre alguna vez tendrá que experimentar eso que le han dicho se llama felicidad. En esas èpocas lo más común, lo más tiernamente humano, es dejarse seducir casi con los ojos cerrados, por la inenarrable perfección de las chaparreras, que en conjunción con el pubis y el inicio de los muslos, dotan al paisaje de tintes de eternidad. Basta posar la mirada un poco más abajo para acabar de maravillarse: el pantalón, que dócil se amolda a las lineas femeninas, da paso a las pantorrilas más notables y dignas de memoria que tendrás ocasión de platicar a tus nietos. Por si esto fuera poco, los tobillos sin lugar a dudas, haran que tus glándulas salivales se pongan a trabajar, ciegas, y sin embargo ardorosas y ya felices ante la promesa de lo infinito.
He dicho invierno, si. ¡Imagina entonces los niveles que este dulce tormento alcanza en los calurosos meses del verano aqui, en el norte de África.! Los pantalones de pana y de mezclilla dan lugar a las minifaldas, y a las vaporosas y casi transparentes mallas, a las sandalias, que adornadas con diminutos deditos, prometen dos o tres placeres no santos, dignos de tu próxima visita al confesionario; a las camisetas que tienen como único sostén un delgado par de hilos que se amoldan a los más incitantes hombros que hayas visto jamás. Si, mi querido Salvador, no te salvarás, (¡nunca un juego de palabras tan gozosamente cruel!), estás condenado a ser testigo directo, presencial, privilegiado, clave; del mayor conjunto de piernas hermosas que tendrás oportunidad de ver en tu vida, a menos que vuelvas una vez más, y creéme: Volverás. Y es que un paseo por el Parque del Retiro, por la gran via, por la latina, por el Paseo del Prado, tan sólo unos minutos por estos lugares te convencerán de algo terrible: que algo en toda tu vida anterior ha estado profundamente mutilado, cercenado, carente de algo que hasta entonces sabrás como elemento indispensable para el bien vivir: La Belleza en Estado Puro, no imitaciones de fayuca. Y cuán gozoso será en ti ese despertar, esa epifanía liberadora, mi querido Salvador, siendo que tú, al igual que yo, hemos sufrido en carne propia ese invento del maligno, ese remedo de consuelo para esta dura vida en esta yerma tierra: ¡El mal de la libre!. Esa aberración de la naturaleza que nos hace ver la belleza en donde no está; esa conjugación cabalística malévola que nos hizo desear lo indeseable, que nos hizo sacerdotes de la adoración al bigote en los labios de las mujeres, que nos hizo rendirnos de rodillas, como si de ninfas se tratara, a la esperpéntica presencia de dos o tres especímenes cuyo nombre e imagén me niego a seguir recordando. Parcos fueron los consuelos reales en ese ambiente de perdición estética: Tal vez un par de ojos por aqui y por allá, ciertamente aida, ciertamente algunas dotes de la rosve -que Dios guarde y conserve- , tal vez la presencia amable y la dócil femineidad de rosarito, sin olvidar por supuesto a la inquietante anatomia y rostro de viribabas. ¡Cuán poco pedíamos para no abandonar definitivamente este mundo! ¡Qué nobleza de corazón se reveló por influencia de nuestra parte divina, en esas épocas de vacas flacas!. La sola remembranza de esos páramos desérticos estando aqui, mi querido Salvador, será insultante igual que recordar un pozo infecto cuando estás rodeado de las más variadas y angelicales suculencias. Bienvenidos sean pues, esos días y esas andadas -nunca mejor dicho- que nos esperan en agosto....
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