CRÓNICAS DEL ACANTILADO ROJO
El título de este texto fué escogido por dos razones. La primera y más simple es porque resulta agradable al oido, resulta poético. Aunque decir que una frase resulta poética anula todo logro en ese sentido para ella misma, tal vez esa sea la intención de decirla. Un poco de escepticismo aqui no está fuera de lugar ni resulta inconveniente. La segunda razón es aún más extraña: Existe una colección de koanes del Budismo Zen titulada Herikanroku, o traducido, Las crónicas del acantilado azul.
Historias de amor y koanes no son algo que de primera vista sean demasiado compatibles. Un maestro Zen diría sin embargo, que desde determinada posición nada, absolutamente nada resulta incompatible con un koan, cúanto menos algo como el amor y el enamoramiento, que como todo el mundo sabe es algo que sucede en todas partes, o casi todas. Además en estas cuestiones casi nadie habla de oidas. Casi todo el mundo ha experimentado el aguijón del amor, la angustía de algunos momentos, la inquietud por las noches, el infierno de los celos, la imposibilidad del control, la propensión a la violencia y por qué no, los destellos de felicidad que trae consigo este evento que a falta de una mejor palabra, o tal vez por un inmenso cansancio y para evitar mayores problemas llamamos asi, simplemente amor.
Asi pues estas historias están contadas sin una finalidad específica, pero tal vez sí con una antifinalidad; la de mostrar con cuánta facilidad somos presa, somos carne y alma de un sin fin de lugares comunes, y que muy probablemente nuestra condición de entes mortales y llenos de miedo, siga dando material para muchas novelas, tragedias, obras de teatro, películas y hasta para óperas, por mucho tiempo más, o al menos por el tiempo que el calentamiento global lo permita. Asi que amor, el fin del mundo -y de misteriosa manera los koanes, que no por nada son koanes- se mezclan en estas historias que no hacen más que decirnos -y aqui viene el primer lugar común- : que en esto de amor, en verdad como supongo alguien ya habrá dicho en algún momento; no hay todavía nada escrito.
La rueda de la fortuna
La situación es esta: el niño llega al paseo bravo, un parque grande con árboles muy antiguos, inmensas fuentes, payasos, organillos, dulces típicos y familias humildes que llegan alli a pasar un rato mientras los niños pequeños juegan en el pasto y en los juegos mecánicos. Todos los juegos mecanicos son para niños. Bueno, casi todos, pues hay dos o tres que son para adolescentes y adultos, como el travan o el martillo. El niño quiere hot cakes y los obtiene. Es un niño mimado, consentido, le tiene miedo a lo oscuro, le tiene miedo a la soledad, le tiene miedo a las arañas y le tiene miedo al abandono. Por las noches cuando su madre trabaja se queda dormido apretándole la mano, asi que alguien tiene que suplirla para que el niño no despierte y llore, y para que no se llene de nostalgia al ver la luz del foco de 60 watts. Pero esta tarde es feliz. Lleva un pequeño abrigo, y sus padres están juntos y contentos, platican de algunas cosas que el niño no entiende pero siente y sabe que sus padres están bien, y esto le gusta, le gusta mucho, porque no siempre es asi. Hot Cakes con cajeta, siempre con cajeta. No le gusta experimentar una vez que ya ha decidido lo que le gusta, y en general este proceso es muy rápido. Probó alguna vez los Hot Cakes con miel de maple y con leche nestlé, pero cuando probó la cajeta supo que eso era lo que queria en la vida para sus hot cakes de siempre. Y nunca derramaba una gota de cajeta sobre sus ropas. El niño termina sus Hot cakes y entonces decide aprovechar la felicidad y quiere subir a una pequeña rueda de la fortuna que atiende un viejo con aspecto sucio. La rueda de la fortuna está vacía, y aunque le tiene miedo a la soledad también le gustan los lugares solos, o tal vez para decirlo de otra forma, no le teme a la soledad del cuerpo, sino a la otra soledad, a la soledad total, a la que no tiene nombre. En esos momentos si hubiera podido pensarlo no hubiera podido encontrar mejor definición de la dicha. Los padres acceden con gusto y con igual entusiasmo. El viejo le abre uno de los pequeños vagones para que suba y en eso sucede. Del otro lado del pequeño vagón, una señora con aspecto antiguo pero elegante, llevando de la mano a una niña de la misma edad que el niño solicita también el servicio que la niña también deseaba con fervor. El niño la ve y algo comienza a dolerle. Le gusta: vestido blanco, cabello negro, piel clara, ojos grandes y mirada triste, nariz pequeña. Perfecta para acompañarlo en esa sensación que el niño vive cuando por las tardes su madre duerme, su padre trabaja, y el deambula solo por el patio, alzando el ser al cielo mirando las nubes de lluvia y sintiendo algo que luego sabrá que llaman "inmensidad". Pero la niña aparentemente no siente lo mismo. Pero en ese entonces el niño no conoce el significado de la palabra "aparentemente", ni sabe distinguir entre apariencia y realidad. Observa que la niña al verlo a él, se arrepiente y toda la alegría de subirse a la máquina se esfuma y deja tras de si una mueca de disgusto. El niño queda herido en su orgullo e intenta hacer la misma mueca. Años después, si la niña hubiera podido recordar esa mueca hubiera dicho pobre hombre. Los padres, insensibles ante esas sutilezas tempranas de la niñez, sutilezas poderosas, en estado bruto, obligan a ambos niños a subirse a la máquina y no sólo eso, sino que los obligan a subirse en el mismo carrito. El más fuerte recuerdo que el niño guardará de todo el asunto es estar frente a una niña roja de la rabia, sentada frente a él, con la mirada puesta absolutamente en otro lado. El enojo que el niño sintió fue tal vez su primera emoción violenta. La herida tardaría mucho en sanar completamente. También él miraba hacia otro lado.
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