Thursday, August 02, 2007

Estuvo muchas horas sentado en aquella terraza. La mesera que lo atendió, una uruguaya nada bonita, terminó contándole su vida, una vida como de estropajo. Asi se le figuró. En las mesas de los lados y por alguna extraña casualidad, se sentaron siempre parejas de franceses. Unos jóvenes, otros viejos, unos homosexuales. También intentaron sentarse dos gitanas con sus hijos, pero no se les permitió. La mesera uruguaya, por órdenes de su jefa española, las corrió amablemente, con la promesa de llamar a los policias, algo que ni siquiera con los más pobres y hambrientos subsaharianos pasa nunca, o casi nunca.

Cuando pidió la segunda infusión de poleo menta con leche, cuando se la sirvieron y que pagó de inmediato llevaba ya bastantes hojas leídas de su novela, un enorme ladrillo de más de 1200 páginas que hablaban de una sola cosa que podríamos traducir asi: "Como ha dicho siempre la buena parca, a todo se lo está llevando la chingada". Vació el sobre de azúcar en la jarra de la infusión, la revolvió con la cuchara, y luego comenzó a vaciar el líquido a cucharaditas dentro del vaso con la leche, de manera pausada, ceremonial, hasta sentir la mirada de extrañeza de una mujer francesa y su hija, que lo miraban como si estuvieran viendo un documental del un hombre que acostumbraba hacer eso en las terrazas, para luego desaparecer como quien es visto desde lejos adentrarse en un bosque de matorrales, para ya no ser visto nunca más, por nadie.

Llevaba su libreta para escribir cuentos y estaba puliendo algunos textos sueltos, textos que por lo general desecha casi de inmediato, textos como estos

"Mientras escribo esto, veo de reojo, en el edificio de enfrente, a mi vecinita la que se encuera para salir al balcón...sólo la he visto tres veces, pero con esas bastan para "mojar mis sábanas blancas/recordándola"...esta vez lleva unos minúsculos shorts blancos, de esos hechos con la tela delgadita y transparente, que se amolda a la suavidad de la carne interior de los muslos. Habla por telefono con la voz gruesa y potente de las españolas, y juguetea con sus rizos rubios y con los dedos de uno de sus pies sobre su pantorrilla. Hasta dan ganas de ser un super cabrón en el parkour, para pegar un mega salto de edificio a edificio, una variante del mexicanísimo salto del tigre, y entonces hacer todo lo posible para no verter sobre la tierra, como el naco de Onán".

O, pensando en la mujer de sus sueños, que había conocido hacía poco, algo asi:


"Nunca quedamos en nada concreto. Si queremos, alguno le habla al otro y nos vemos ese día o al siguiente, aunque en ocasiones nos vemos hasta pasados tres o cuatro. A veces nos vemos de inmediato. Le marco, le digo que quiero pasar la noche con ella y en menos de una hora estoy en su departamento, con vino y bocadillos. Ella me recibe bañada, en shorts, todavía la piel humeante, y con esa mirada que sin decirlo dice: "gracias, estoy feliz, qué bueno que viniste, te quiero dentro de mi, nos haremos viejos juntos, poquito a poco". Hacemos el amor y luego nos ponemos a cenar, platicando en la terraza en esta época de calores, a veces tomados de la mano a veces abrazados, a veces separados, pero siempre con el corazón henchido. Platicamos de todo, pero también nos quedamos callados, no intentando saber del otro más que lo indispensable. Nos queremos, y asi fué desde un principio. Podríamos mantener esta forma de querernos hasta la muerte, pero no nos imaginamos contruyendo juntos esas grandes historias de amor de los libros y las leyendas. Aunque esto que hacemos juntos puede ser todavía más grande, pero más incomprensible. Desde un principio me costó reconocer qué es lo que teníamos entre nosotros. Durante mucho tiempo la mayor parte de la mente y la vida del otro fue un misterio. Las primeras veces me enteré de lo indispensable, su edad, cuántos hermanos tiene, sus padres. Nunca quisé saber más de lo que me decía su rostro, -ese rostro que es mi medicina definitiva contra el abismo, contra la vorágine, contra la total desesperanza-, y esto me llenó de asombro, pues aunque todo iba de lo mejor, nunca me preocupó saber mucho más de su pasado. La primera vez que nos vimos supongo, ambos supimos que eso podría ser interesante. Apenas nos metimos en el elevador, reímos al vernos a los ojos y sin saber por qué, y de inmediato comenzamos a caminar tan cómodos como si fueramos pareja de mucho tiempo. Desde entonces no hemos dejado de mirarnos a los ojos, y esto tampoco deja de asombrarnos, ya lo hemos hablado. Es como sentirnos, cómo decirlo, verdaderos, cuando estamos juntos..."

Pero la verdad era una y simple, visitaba a diario esa terraza para poder ver a su dark lady, una prostituta de europa del este que lo condenó a sufrir por ella desde que la vió. Nunca ha tenido amigas con las que no haya deseado con fiereza irse a la cama. Nunca. Ninguna. Esta situación, platicada con amigos de vario cuño, a veces lo hace sentirse como un canalla, y otras veces como un iluminado, uno de aquellos que no tienen miedo a la felicidad y a los que no les importa limpiarse el culo con una o dos de esas virtudes que tanto destestaba Nietszche. Pero no podía decirse que esta dark lady fuera su amiga, de hecho nunca le había hablado, ni la conocía pues, más que de vista. El hecho era simple: iba a la terraza, se sentaba siempre en la misma mesa, -a esas horas vacia-, pedía "lo de siempre" a la uruguaya, con la que había comenzado a simpatizar; todo, por tener la posibilidad de verla pasar con su minivestido azul de verano, con sus cabellos color zanahoria, lacios y contundentes. No iba a verla a donde sabía que se paraba a cazar a sus clientes, no; su valor todavía no alcanzaba para tanto. Se sentaba porque por ese lugar pasaba de vez en cuando, y porque estaba juntando valor para acercársele y sentido común para pagar por ella, como cualquier mortal, para no sucumbir a los deseos de cortejarla como si fuera la más codiciada de las princesas del mundo; con lentitud y respeto, con temor reverencial. Sus amigos le hubieran dicho "te gusta que te digan pendejo".

No era su amiga pues, pero según su nada mala memoria, nunca había experimentado un deseo tan intenso por nadie. Ella lo había buscado con la mirada en tres ocasiones, las primeras veces que pasaba por alli, cuando la descubrió. Fue un miercoles por la tarde, en compañia de un amigo catalán, quien también se dió cuenta de su manera extraordinaria de invitar al sexo. Te regaló una mirada, le dijo. Desde entonces su corazón se ha ido carcomiendo por este nuevo deseo, deseo que lo coloca en una cuerda floja y que lo lleva a lugares inexplorados y de plano indeseables.

Pudieramos ser sólo amigos, pensaba. Pudiera acercarme un día de poco tráfico sólo a charlar con ella. Un día la vi platicar con unos policias, y su español es bastante aceptable. Pudiera un día caluroso, ponerme mi mejor ropa, y acercarme a ella con el pretexto del calor. Ella olería de inmediato mi miedo pero se compadecería de mi. Olería y se compadecería de mi condición de extranjero, y asi honraría la razón por las que todos los poetas han adorado siempre a las de su clase. La invitaría, no, mejor aún, le llevaría un cono doble de helado stracciatella. O una botella de agua. Le hablaría de mi país y le haría preguntas del suyo. La miraría con ternura y con deseo, y sería imposible que ella no se sintiera halagada por mi trato. La visitaría en los mismos términos dos o tres veces más y luego la invitaría a desayunar. No quiero que se espante haciendo demasiado obvio que quiero acostarme con ella, asi que un desayuno es mejor que una cena. Es casi inofensivo. Ella comienza a trabajar a eso de las once de la mañana, asi que la citaría en este mismo café, a eso de las nueve, y le pediría que trajera su minivestido superentallado color azul. Iría a la barra y le llevaría a la mesa como si yo fuera el mesero, su café con leche, sus churros, y un croissant, y para mi lo mismo. A estas alturas ya sería muy dificil y muy intenso el contenerme las ganas de decirle que quisiera ser su primer, no, su único cliente de ese día, y que después de eso, seguramente estaría seguro de querer ser su último cliente de toda la vida, secuestrarla, robármela, llevármela a una montaña en mi país, a cazar, a sembrar, a salir de madrugada a pescar y que ella me esperase con ese mismo vestido, agradecida del secuestro, limpia y perfumada pero sudorosa, meterme a la ducha, sentir que ella entra, tirarnos al piso, explorar por enésima vez su cuerpo, el territorio propio, pasar mis dedos por sus muslos y ser juntos una sola marea de carne en un planeta privado.

Claro que a esas alturas sería muy probable también que la clientela habitual se molestara por estar presenciando el espectáculo bochornoso de ver a un "sudaca" cortejando a una rumana, y para colmo, puta. Pero toda esta escena tendría lugar después de haberme decidido acercarme a ella. La escena se desarrollaría asi: Ella estaría parada en su lugar o en su árbol de siempre, junto a sus amigas de oficio y yo me acercaría a inquirir sobre el costo del servicio. Esta pregunta saldría después de mucho pensar en la mejor manera de hacerla. Preguntarle ¿cuanto?, me parecia insultante a su dignidad de cortesana bellísima, asi que buscaría la mejor manera de hacerlo y mientras lo pensaba también me estaría riendo de mi mismo, de mi barroquismo y solemnidad incurable contrastada con la sencillez del hombre normal que simplemente le diría cuánto cobras, mamacita. Yo pensaría en frases como ¿"cuál es el precio de tu amor" o "cuánto por amarme"?. Lo deseable sería una frase que fuera firme, respetuosa y decidida, pero sobre todo que fuera una que no dejara adivinar mi amor, pues a estas alturas, después de tantas veces de arrepentirme cuando estaba a punto de hablarle supe que en verdad sentía algo por ella, algo semejante al amor y al miedo. Estaría lleno de fantasias que contra el sentido común imaginaba posibles: me presentaría ante ella y después de hacerle la pregunta ella notaría el nerviosismo en mi cara, me miraría de arriba a abajo con desdén, masticando su chicle con atrevimiento y violencia, miraría a sus amigas con lo que a mi me parecería una de esas miradas entre mujeres llenas de significados inconcebibles para uno, y al fin me diría: "sigueme de lejos". Caminaría con vergüenza y emoción a plena luz del día por calles en donde más de uno me conoce de vista. Tal vez yo sonreiría con complicidad con uno o dos meseros y me sentiría orgulloso de despertar su envidia, ya luego me haría amigo de ellos para platicarles los detalles. Las mujeres en cambio, al verme pasar rumbo al matadero o al paraíso, pensarían lo usual.

Ella caminaría orgullosa y feliz, clavando en nosotros la visión de sus piernas como una chincheta en un pizarrón de corcho, sospechando apenas lo que sucita su andar, lo que acontece en el cuerpo de los mortales que la vemos ondearse, como si fuera un posible exorcismo que nos diera paz a cambio de nuestros deseos. Yo estaría muerto de miedo, henchido de amor y de orgullo por esta rumana o tal vez rusa cuyo nombre ni siquiera conocía, pero a la que yo había apodado Vania, en recuerdo de la primera mujer de nariz de manguito que me gustó en la vida, una niña como de 7 años cuando yo tenía 8 tal vez, o tal vez también tenía 7, como ella.

Por supuesto les había ya contado a mis amigos de ella más o menos en los términos acostumbrados: No mamen conocí a la mujer más bella y buena del mundo (secretamente yo deseaba poder decirles que era también la más alta y la más noble de las que pisan hoy la tierra, pero tal despropósito era evidente incluso para mi. Era Puta), es una prostituta que simple y sencillamente es inenarrable, es una escultura, una estatua, bellísima; qué ojos, dios mío, qué piernas y ese culo, ¡ese culo!; su cintura, su talle. etc. Me había deshecho en esas salivales expresiones ante todos mis amigos de confianza y ya cuatro de ellos la conocen, pues hemos ido expresamente a buscarla y a encontrarla. En todos los casos mis amigos me animaron a irme con ella y conocer si lo que habla el Corán acerca de las Uríes del paraíso es cierto, pero nunca me atreví y entonces me decían, como si se hubieran puesto de acuerdo que me gustaba que me dijeran pendejo. Asi pues, iría con estos pensamientos detrás de ella, unos metros tan sólo, para no perderla de vista, procurando no verle con demasiada intensidad esas nalgas que se irían meneando caprichosas, sueltas al viento delante de mi, dueñas de un secreto que todo el mundo intuye pero que nadie puede creer, firmes,apetitosas, vivas. Al fin llegaríamos a su departamento, tomaríamos el elevador y mi estado de exitación estaría al máximo. Ya alguna vez me dió una taquicardia después de hacer el amor con otra mujer de mis sueños, pero esta mujer estaba demasiado buena, tal vez mi corazón explotaría. Ella me preguntaría mi nombre: ¿Como te llamas?. Silencio, Majestad, Rito de paso. Yo estaría en estado de shock, embriagado para empezar por su cercanía, embriagado por su cuerpo húmedo en verano, por oler su perfume, por sentir su respiración cerca, por mirar de cerca su boca, intuir con mis sentidos sus dientes, convencerme de la existencia de ese par de ojos inconcebibles (y tiernos, por extraño que pueda resultar, tristones), y de la posibilidad real de tocar esos senos, de estrujar esos muslos y esas piernas, de besar ese cuello, de rozar con los dedos de la mano derecha el inicio de sus axilas, sus hombros, su espalda; cerrar los ojos y perderme en el olor de sus manos, hombros, cabellos; probar la sal de su cuello, su espalda sinuosa y su talle respingón. Los elevadores son muy calientes en esta época del año, y la caminata no había sido corta y no había sido lenta. Unas gotitas de sudor brillarían en su pecho, abríendose paso hacia esos senos que apretados, pugnaban por salir y ser pródigos con los hijos de los dioses, conmigo; ¡oh suerte! que me has regalado algo que no merezco. Mi camisa de lino estaría de plano mojada de sudor en varias secciones y no obstante todo ese nerviosismo, -pues para eso hay algo que se llama evolución de las especies, superviviencia del más fuerte-; yo evitaría desmayarme y mirándola con todo el deseo concentrado durante tanto tiempo y liberado al fin, o comenzado a liberar en ese elevador, le diría con acento y entonación claras mi verdadero nombre: Vania, Diosa Vania, soy yo, ¿no me reconoces?, soy yo, soy Toño. Pero no, tal vez lo mejor es que pusiera mis manos en su cintura y le dijera soy Toño ¿y tú?. Ella me respondería con un nombre que a mis oídos desde ya suena a sagrado y que prefiero no osar adivinar.

No diré nada de lo que pasó cuando entramos a su cuarto, todo eso me lo reservo para mi. temo de que esto haya sido un sueño y que al contarlo se desvanezca del mundo ese olor suyo que todávía llevó impregnado en todas las partes de mi cuerpo. Sólo diré que a partir de ese momento mis visitas para adorarla se hicieron muy frecuentes, llegando a un ritmo de una por semana, lo cual por otra parte dismunuía considerablemente mis finanzas pues sin duda era la que más caro cobraba sus servicios. Yo era ya conocido tanto por prostitutas como por policias en esa céntrica calle, y para evitar esperas y en lo que fue una linda consideración, ella me esperaba sentada en una terraza con una o dos de sus compañeras y al ver que yo llegaba se levantaba y tomaba su bolso mientras yo pagaba dos copas de vino. Era un corderito en sus manos y no me apena decir que a esas alturas estaba perdidamente enamorado de ella. Se lo dije por primerva vez un domingo en que había habido poca clientela para ella, y en el que por ser ya un poco tarde, nos quedamos en su cuarto viendo una pelicula que había rentado el día anterior. Me dijo no jodas y me pidió que sacara del refrigerador una botella de jugo de naranja (le encanta). Pedimos una pizza y llamó a su hermano menor, un chico que debía andar por los 12 años y que no tardaría en pisar por primera vez una cárcel. Cuando llegó me dijo si yo era el novio de su hermana, y sin esperar a mi respuesta le dijo a ella en ruso (después ella me lo dijo) que me sacara todo el dinero que pudiera porque tenía muchas ganas de comprarse una moto. Asi pues, comenzó una rutina de sexo y peliculas, a veces en casa y a veces en el cine. Cuando no estaba de servicio, vestía con mucha decencia, aunque era imposible que los hombres no adivinaran el escultural cuerpo que poseía, ni era posible ocultar la belleza de sus ojos y de su rostro en general. Cuando salíamos al cine lo hacíamos a uno muy cercano a su casa, por lo que muchas de las personas se fueron familiarizando conmigo y aunque no ibamos ni abrazados ni besándonos ni tomados de la mano, para muchos de ellos, asi como para el observador casual era muy lógico suponer que no éramos sólo amigos.

No comments: