Monday, August 13, 2007
Ocho y media de la mañana es un crimen, pensé después; son horas casi de madrugada para el español promedio aún en días laborables. Pero no me dijiste que no, ni sugeriste cambio alguno de lugar. Yo cogí el metro con más prudencia de lo habitual y el resultado fué que llegué media hora temprano. Vi movimiento en el café Van Gogh y me acerqué: "No estamos abiertos, favor de ver el horario". Carajo, abren a las nueve. Yo sé que tu también eres muy puntual y no fue la excepción ese día. Mientras estaba sentado cruzando la calle, en la única banca disponible por ese sitio, una que habia sido usada para fines poco decorosos por algún borrachito esa misma noche, te vi llegar poco después. Chingados, mi corazón latió, dio un salto y pensé, este latir no me conviene para nada. ¿Te he dicho que eres la mujer más hermosa que he conocido en persona?. Llegaste con los ojitos un poco hinchados y yo, fiel a mi diplomacia y romanticismo legendarios, estuve a punto de hacértelo notar. Afortunadamente un ángel, o el destino, o, ya que estamos en España, tal vez un duende, me hicieron callar. Te dí un beso, dos besos, te olí, reímos. No sé todavía descifrar desde dónde viene tu risa. Gusto y alegria hay, por supuesto. Simpatía, diríamos en el peor de los casos, pero ¿en el mejor?. No me atrevo a asegurar nada. Con ustedes las españolas nunca se sabe. Cuando me dijiste que te encantaba desayunar tu café con leche y un croissant a la plancha en ese café me reí sinceramente. Te dije que los primeros dias de mi llegada a España había pasado varias veces por allí y siempre había querido entrar, pero nunca lo hice, siempre iba a otra cosa, llevaba prisa, o había quedado de llegar a un sitio distinto, la terraza del intercambiador de Moncloa, la plaza de los cubos, la OEX, etc. Asi que te lo propuse de inmediato, vamos a desayunar un día de estos, un domingo, el domingo después de que vuelva de Alcossebre, y de alli nos venimos a mi casa para el zazén de las 10:30. Y tu dijiste que si de inmediato. Pero carajo, estaba cerrado y aún no eran ni las 8:30, asi que comenzamos a caminar por la calle princesa, a esas horas casi vacía, y te conté lo de mi viaje, te hablé de la amistad y del mediterráneo, te hablé de la alegría y de la nostalgia, te dije que no había estado asi de negro, asi de quemado por el sol desde el 2001, en Casitas Veracrúz, a donde llegué un 15 de abril a pasar un fin de semana con mis amigos. Tu me escuchabas y luego me veías y te reías con la lengua entre los dientes y yo pensaba cómo es que los hombres no caen de inmediato a tus órdenes cuando caminas asi por la calle, con tu blusa azul y tus pantalones de mezclilla y tus tenis marca Van y tu cabello recogido; tan rubia, azules tus ojos, tu nariz tan recta y tu risa tan franca. Chingaos, me da por estar de cursi. Caminamos por unas calles y yo comencé a sentirme responsable de arrastarte a un café que todavía no abría y a una caminata sin sentido, pero entonces al fin encontramos una cafetería abierta y nos sentamos, y pediste un vaso con agua mientras yo miraba de cerca tu perfil, mientras notabas que yo te estaba mirando. No dijiste ni hiciste nada. Dos cafés con leche y dos croissants a la plancha, le dije al camarero, un chico que nos sonrió, como se sonríe a los enamorados cuando uno amanece con ganas de celebrar el amor ajeno. Yo no pedí vaso con agua y nos sentamos en una pequeña mesa circular, sacaste tus cigarros, me ofreciste uno, lo tomé, me lo prendiste y comenzaste a contarme que habías pasado unos días malos, un fin de semana triste, con angustia en el pecho. Hacías gestos con la cara que denotaban un gran esfuerzo, un gran dolor, uno de esos dolores que ya conozco, que vienen de otras vidas y que están enterrados bien profundo, o tal vez enterrados o mejor aún, que están aferrados a su propia vida en nuestro cerebro o tal vez en el alma si es que existe. Dolores parásitos. Mientras hablabas yo te queria abrazar, como te abracé en ese sueño que tuve anoche contigo. Ibamos caminando por el Mediterraneo, en un pueblo como el que yo había visitado. Era de mañana y la calle principal estaba quieta y estaba vacía. Caminábamos mirándonos nuestros dedos de los pies, esquivando plantas que crecían en los bordes de la acera. En eso tu te paraste y me dijiste Toño, tengo miedo, estoy triste, y yo, inflado de amor te abracé tan fuerte como pude, te acaricié tu cabello, tu cuello, quise que me sintieras y yo también te sentí, y en eso desperté. Me ofreciste entonces otro cigarro, -fumo demasiado cuando estoy contigo, pero, ¿cómo negarte nada?- y en tus ojos azules vi claramente tu dolor y te tomé de la mano, o al menos quise tomarte de la mano y decirte no tengas miedo hermosa, no tengas miedo bonita, no tengas miedo mujer. Te conté entonces historias de otros dolores, historias que sirven, a veces para mucho, y a veces para nada, pero te las conté de todos modos. Creo que te hice bien. Tu me escuchabas y en eso te paraste con entusiasmo y me pediste otro café con leche, -para que te lo tomes mientras me sigues contando-. Yo me puse feliz, pero no te lo dije, y no lo demostré. Y luego nos fuimos, y en el metro, mientras hablábamos tan juntitos en los pequeños asientos te di mi libro de historias de viejos maestros para que leyeras un párrafo, y cuando basaste la mirada vi nuestro reflejo en el vidrio del vagón vacío y vi a dos personas que no tenían ningún motivo para no estar juntos.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment