Hoy terminé de leer la novela póstuma de Roberto Bolaño: 2666. He leido en diez meses, cuatro veces Los Detectives Salvajes. He leído ya varios de sus cuentos. Bueno, algunos , no todos. La verdad es que ahora que hago memoria, sólo he leído completo uno de sus cuentos, El Ojo Silva. Para que quiere uno más. He leído Estrella Distante. He leído Nocturno de Chile. Ya me puedo retirar a una Isla Desierta.
Bolaño es un extraterrestre. O bueno, era, porque murió en 2003. Concuerdo plenamente con los críticos cuando exclamaron después de leer 2666: ¡¿ Cómo le hizo!?. Aunque fue sólo un crítico el que lo exclamó, el que lo dijo, el que lo pensó y luego lo escribió y luego yo lo leí. O tal vez se lo oí decir a alguien. O tal vez lo soñé nomás. En 2666 Bolaño escribe de noche siempre, uno tiene permanentemente esa impresión, que Bolaño escribió esa novela de noche, contra el tiempo, contra reloj, y tal y como era Bolaño, siempre llorando ( o como nos ha hecho creer que era, o como uno deduce que era, que tal vez sean la misma cosa).
Bien podría uno suponer o imaginar, que una tarde cualquiera, estando en la playa Bolaño conjuró a la muerte, la llamó y la pinche muerte le obedeció y se presentó ante él, dulce y dominante, como una buena mujer y le dijo qué quieres, y Bolaño le dijo, mientras un cigarro, su eterno cigarro le colgaba por la boca, por el alma, por el recuerdo; que cuánto tiempo le quedada. Te quedan 4 años. Que sean 5, dame uno más, tengo que escribir una novelota, tengo que asegurarme que Lautaro no pase nunca hambre. Lautaro es su hijo, y una vez en una entrevista Bolaño recordó un poema de su amigo Mario que decía más o menos asi: Si he de vivir, que sea sin timón, y en el delirio. Y después dijo que tenía un hijo, habló del tiempo y habló del cuerpo; y dijo que era una frase muy bonita y que asi vivió Mario, pero que no quería que su hijo leyera esa frase, quería que esa frase se enterrara para que nunca la leyera Lautaro porque dijo que nadie quiere ver sufrir a un ser querido. Asi que uno se imagina que la muerte le dijo a Bolaño órale ya vas, tienes 5 años pero ni uno más. En realidad el cabrón de Bolaño había calculado que el finalizar la novela no le llevaría más de 3, pero pidió ese tiempo extra para escribir otra novela, una novela del estilo de los Detectives Salvajes, corta, cotorra, profunda, que hablara de la pureza y que hablara de la amistad, y de las tormentas en el DF, y que hablara del DF, y de la juventud y de los hombres inmaduros, hombres que se anclan en la juventud -cosa que todo el mundo quisiera- pero que luego son criticados por eso, y mueren sin haber conocido las mieles de la angustia y de la amargura, los terribles paraísos de la responsabilidad, de la seriedad, de la mamonería y del sabio arte -ya lo dice el bolero, o el tango- de fingir para vivir decentemente y que mueren tristes por eso, sin saber que han sido de los pocos hombres dichosos sobre esta tierra, sobre este valle, meseta, desierto seguramente, naufragio interminable en todo caso. Haría pasar esa novela como obra de su amigo Mario, la regalaría a su memoria y la publicaría y lo haría famoso y de paso haría la vida más llevadera para su viuda, punketa a quien nunca conoció y con la que pensándolo bien no tenía ninguna obligación.
Pero ahora bien, hablando de obligaciones cabe preguntarse por qué Bolaño haría algo asi. Por venganza, dirían algunos. Por amor, dirían otros. Venganza por esa amistad tan grande que le dió fuerzas para vivir 25 años más, para luego morir de abandono, de tristeza, derrotado, siempre derrotado por el tiempo que no se deja siquiera cortejar, y que es ciego y enorme, y que hace un estruendo de pesadilla y que permite que descansemos un poco por las noches, durmiendo y soñando, pero sobre todo eso, soñando. Por amor dirán algunos, en recuerdo de esa amistad enorme y atronadora, pero también susurrante, pública y velada, secreta. ¿quién sabe a donde están ahora tantas y tantas palabras que ambos se pronunciaron en voz baja, mirándose a los ojos, pensando en lejanías y en el amor?. Mario y su voz que se convertía en ciertas palabras, y que eran a veces para Bolaño, motivo suficiente para pensar en abolir el dolor del mundo, todo el dolor del mundo. O al menos para imaginarlo. Entonces Bolaño sonreía y decía pinche Mario. Y luego Bolaño hablaba de poesía y entonces sus palabras venían desde sitios remotísimos y habían pasado por Chile y que entonces estaban en México atrapados, o tal vez dando vida a un alma que no creía en nada, -la suya- salvo en la belleza, en cualquier tipo de belleza. Un alma que creía que todo puede ser bello, siempre y cuando sea bien dicho, bien escrito, bien mirado, bien sufrido.
Bolaño era un santo, un santo de esos laicos, un hombre avatar del dolor, una tripa que se negó a arrepentirse, un pellejo con huevos. Pero Bolaño estaba triste. Bolaño quería tal vez la fama. Si, posiblemente sea como la mayoría de nosotros, tan solo un impulso vulgar, alguien que no quería más redenciones que las que están al alcance de todos, es decir, del vulgo y de los miserables: el sexo, el amor, la belleza o peor aún, el poder y la fama. O tal vez no. Tal vez Bolaño era un alma de Gigante (¿pero en qué consistirán las redenciones de los Gigantes?) y tal vez había leído mucho los evangelios, tal vez por las noches, cuando escribía su novela, -que la escribía de noche para que su esposa no la viera, pues le daba vergüenza-, leía los evangelios canónicos y los apócrifos, y últimamente hasta los gnósticos, y haya decidido bajar a degustar esas redenciones del hombre común por puro amor, no se sabe, nadie lo sabe, si a los hombres, a Lautaro, a Mario, a su hígado, o a Lisa. Tal vez todo haya sido simplemente por Lisa. En todo caso podría uno especular que Bolaño murió antes de publicar 2666 porque sabía que a partir de entonces la gente lo adoraría como a un Dios con cirrosis, y se venderían más los cigarros que fumaba, y la gente comenzaría a hablar con más frecuencia sobre la felicidad y quién sabe, puede que hasta algunos chilenos organizados en batallones o en hordas, da lo mismo, quisieran irse de pronto a vivir a México, a ver sus atardeceres, y a saber hasta la saciedad todo lo que se puede saber de sus peores poetas, a conocer la calle de las putas, aprender a alburear, remojar sus conchas en café con leche y a quién sabe cuántas cosas más. Todo el mundo se lanzaría a escribir sus biografías, y mejor no decir aqui lo que opinaba Bolaño de las autobiografias.
Bolaño era un tipo sin imaginación, pero era un gran observador y su vida y su escritura y su visión del mundo estan aqui:
El señor Bubis respondió que si, que era la cifra correcta, o incorrecta, qué más daba, una cifra, pensó cuando volvió a quedarse solo, siempre es aproximativa, no existe la cifra correcta, sólo los nazis creían en la cifra correcta y los profesores de matemática elemental, sólo los sectarios, y los locos de las pirámides, los recaudadores de impuestos (Dios acabe con ellos), los numerólogos que leían el destino por cuatro perras creían en las cifra correcta. Los científicos, por el contrario, sabían que toda cifra es sólo aproximativa. Los grandes físicos, los grandes matemáticos, los grandes químicos y los editores sabían que uno siempre transita por la oscuridad.
Este párrafo de 2666 nos dice o nos susurra (pero fuerte), algo: Bolaño sirve en todo caso, para no importando el régimen político en el que uno viva, la situación sentimental, nuestros gustos en cine o en música, o la frecuencia de nuestros enamoramientos; si uno es nazi o no, si uno tiene madera de nazi o no, (sospecha que puede matar o dar vida, depende), si uno es o cree en la cifra correcta, o si nos gustaría soñar al menos, con ella.
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