Cómo leer a Roberto Bolaño sin sufrir daño irreparable.
No, usted no encontrará más el México de los setentas, ni encontrará en ninguna cafeteria de chinos cafés con leche tan baratos como se describe en los detectives salvajes.
Por más que lo intente, nunca encontrará vestigio alguno de una revista literaria de nombre Caborca, ni mucho menos tendrá entre sus manos el que se dice es su ejemplar único. Esto es definitivo.
Tampoco, por más esforzadas que sean sus pesquisas, encontrará manicomnio alguno, ni cerca ni lejos del Desierto de los Leones, que guarde registro de alguien llamado Joaquin Font, ni tampoco de su doctor, ese psiquiatra que nunca llegó a conocer a las hermanitas Font. (y de existir éstas últimas seguramente no serían tan guapas como usted las imagina)
No hay en este mundo alguien llamado Ulises Lima, ni alguien venido de chile, muy joven y muy raro, de apellido Belano que hayan figurado en los más bajos circulos poéticos del México de ese entonces.
(si encontrará no obstante, sin mucho esfuerzo, personas que quisieron partirle su madre a Octavio Paz y que hoy hacen penitencia en secreto).
No, un poema llamado Sión no existe en ninguna antología, y además tampoco son esas tres líneas el gran poema que usted piensa que son.
No existe ningún gran escritor llamado Benno Von Archimboldi, ni un movimiento poético vanguardista y fracasado, ni un escritor que vivió en México en los setentas y que luego radicó en Barcelona como vigilante nocturno en un camping, ganó concursos literarios, y se dedicó a mantener los ojos abiertos durante la caída hasta que un dia se le ocurrió morir.
Usted sólo debe repetirse hasta la saciedad y sobre todo, sobre todo hasta el convencimiento lo siguiente:
Yo soy Roberto Bolaño.
Esto lo mantendrá a salvo de cualquier fantasía.
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