Friday, May 18, 2007

Me gusta ir al cine por las mañanas. Esto no tiene nada que ver con la nostalgia de lo irremediablemente perdido, ni con una niñez brumosa, o algo similar. Simplemente la entrada cuesta un euro menos.

Siempre que lo hago -una vez cada dos semanas, en promedio- llego al lugar una hora antes, pido un café con leche y me siento a leer sobre temas varios, como los inumerables tratados sufíes, sobre las Upanisad, las tradiciones del profeta, las biografias de los cien alumnos del rabi Hilel, las declaraciones recientes del Papa Ratzinger y sobre todo, procuro leer siempre algo de Roberto Bolaño, al menos una o dos páginas. Su lectura me devuelve algo -todavía no sé bien qué es-, o tal vez me quita algo, pero siempre que cierro sus libros, algo de mi mismo se queda atrás, abandonado, con los ojos cerrados, y se desvanece para siempre.

Desde hace tiempo vengo pensando en hacer un cuento donde Woody Allen filme una pelicula basada en un guión de Bolaño. En mi cabeza los hago conocerse por casualidad en un restorán chino en la ciudad de Tarragona, los hago hacerse amigos, y los hago discutir sobre temas diversos, como los que Bolaño acostumbraba discutir con no sé que amigo suyo: Sobre trovadores, troveros y minnesinger, sobre las costumbres sexuales de los monos titi y de los grandes cetáceos, sobre las ganas de retirarse a un rancho en México, cerca de un volcán para escribir la trilogia del zopilote, y sobre otras cosas de ese estilo. También me invento algunos temas que Woody sacaría en la charla, como proponer una iniciativa para cambiar de nombre a la ciudad de Barcelona y ponerle Nueva York, o sobre la conveniencia de promover una guerra contra España con el único objetivo de traer como botín, jovenes españolas de esas que parecen sacadas de una leyenda, y jamones 5 jotas de pata negra.

De hecho, el título del filme sería: "Y Dios hizo a las españolas", y trataría sobre una de estas majestuosas desconocidas e inaccesibles hembritas, que un mal día despierta con la novedad de que se ha quedado muda, y que tiene que valerse de la ayuda de su vecino, un latino llegado a Cataluña recientemente, pues descubren con azoro que entre ellos pueden comunicarse telepáticamente. La situación se pone cursi cuando al poco de su complicidad, ella descubre que su tierno ayudante la amaba en secreto desde hace meses, y que le pareció fascinante -desde la primera vez que se la topó en el ascensor-, absolutamente todo de ella, desde el sonido de sus pasos a través de las paredes, pasando por su música favorita, hasta su nombre mismo. No obstante este amor descubierto, él se ve obligado a tratar de convencer al novio de ella que no la abandone, pues su relación está en crisis. Todo se viene abajo definitivamente -con gran alegría del joven latino-, cuando ella descubre que será abandonada no por una mujer, sino por un muchachito inmigrante con menos centimetros de cintura que ella. Mientras tanto, y debido a todo el tiempo que pasan juntos, la protagonista se va enamorando de su vecino y ayudante, aunque no alcanza a comprender cómo es que está enamorado de ella -cosa que ella siente en carne propia, como si fuera ella la que estuviera enamorada de si misma- pues también se enamora crónicamente de 8 de cada 10 mujeres que ven por la calle. Pronto el flujo telepático se hace incontrolable y en medio de un torbellino de situaciones tragicómicas donde llegan a conocer del otro cosas que cada uno desconoce de si mismo, la tensión llega a su punto cumbre, la telepatía se interrumpe y se separan violentamente, como si acabaran de ser paridos a este mundo. Ella se mete de lleno en la lucha contra el maltrato a los animales, como una forma de olvidarlo todo, y él consigue trabajo de vigilante nocturno en un camping, hasta que claro, descubren que es mejor ponerse a vivir juntos, y rentan una casita en la Costa Brava, en donde abren una escuela de telepatía y adivinación, y en donde entre muchas otras cosas enseñan el inmemorial arte chino de volverse invisibles. La escuela se llena de inmediato de alumnos gringos y holandeses, y tiene durante décadas un éxito rotundo.

Para poder inspirarme en estos asuntos, tengo tres libros preferidos de Bolaño para andar leyendo cada que puedo o cada que se me antoja: Los detectives salvajes, sus poemas completos, y una colección de ensayos y artículos periodísticos compilados en un libro llamado "entre paréntesis". En menos de ocho meses he leido ya tres veces los detectives salvajes y muchas más veces algunos de sus poemas. Por eso, también he pensado en hacer un cuento sobre un joven latino que llega con mucha suerte a introducirse en el ambiente editorial de Barcelona, y que conoce a los editores y a los lectores y traductores, y que asiste a reuniones de intelectuales y cónsules, enamorándose de ninfas que no creia posibles, todo en medio de chistes ingeniosos y camaradería legendaria. Este joven sin embargo, se gana poco a poco un aire de excentricidad no exenta de patetismo, al preguntar a todo aquel que conoce y con el menor pretexto, -y a veces sin pretexto alguno- si ya han leído a Roberto Bolaño, y en proponer un intercambio de impresiones si la respuesta es positiva, y a retarlos a que le hagan "preguntas cabronsísimas" acerca de los más mínimos detalles de la obra Bolañesca, o del legado Bolañiano, para poner a prueba sus conocimientos. Envalentonado ingenuamente, comienza a presentar con muy poco tacto a sus amigos editores sus "cuentos y poemas de amor a Roberto Bolaño" para su publicación "urgente y merecida", y a proponerse como el coordinador y organizador ideal del "Primer Festival Internacional Roberto Bolaño", en donde entre eventos varios, se ofrecerían becas para jovenes escritores latinoamericanos radicados en Europa.

Aún no he decidido el final de este posible cuento, pero tendría algo que ver con que el director de la editorial Anagrama, pagase a unos sicarios rumanos para matar al personaje principal, para evitar que tan desaforado entusiasmo por Bolaño, echase a perder las altas ventas de los libros del famoso y finado escritor chileno-mexicano.

Me canso relativamente pronto de leer y escribir acerca de todo esto, asi que paso de una actividad a otra, en períodos irregulares y totalmente a mi antojo, y cuando me canso de ambas actividades, dejo mi plumón rojo sobre la mesa, cruzo la pierna izquierda, pido otro café y me sumerjo en el antiguo arte del aprendizaje del alma por la observación de la gente del mundo. No me canso de hacerlo, de observarlas cuando pasan caminando enfrente de mi lugar. Hay de todo, todas las personas son un enigma, como trazos apenas dibujados de nuestro propio interior. Podría quedarme viendo a cualquiera de ellas durante horas, y sería feliz. No quisiera decir que todas son un misterio absoluto, pero es que lo son, pero al mismo tiempo todas son simples. Es fácil verles la tristeza a flor de piel, pero tampoco hay que cavar mucho para encontrar la mina de ternura más grande del mundo. Y también algunas veces, -aunque esto es más raro- se pueden descubir fugazmente destellos de la felicidad genuina. Pero esto es raro, repito, puede ser sólo el producto de mi imaginación vana, y cuando sucede no sé si entristecerme o alegrarme, pero en todo caso, mi mudez se presenta ante mi, eterna, humilde y agradecida.

Estaba en una de estas pausas mirando gente y pensando en cosas como las que acostumbro pensar, pero también no pensando en nada, cuando la vi llegar. Al principio no la reconocí, venía vestida como no acostumbra y se veía muy guapa, aunque en realidad no era una belleza pese a que no era fea en absoluto. Sus ojeras son memorables, eso sí, de esas que uno podría recordar siempre, y que podrían inspirar amores irracionales, apegos descomunales y suicidios legendarios. Tiene la piel muy blanca y los labios rosados. Eso es lo que más me gusta de ella, sus labios rosados. Es un espectáculo verla tomar agua de su inseparable botellita; frunce su boquita como si fuera a dar un extraño beso en la boca, como si estuviera enojada y enamorada al mismo tiempo, y cuando eso pasa no puedo evitar sentir emoción, pero tampoco puedo evitar enojarme. O algo asi.

Eramos compañeros en la universidad, y mientras nuestros encuentros sucedieron en los pasillos de la facultad todo estuvo demasiado bien: reíamos mucho, nos haciamos bromas y maldades. Ella me enseñaba con vara de hierro la correcta pronunciación del italiano, y también algo de latín y griego, lo cual la hacía muy feliz, mientras yo intentaba convencerla de las sublimes ventajas de los excesos, de las borracheras, del amor enajenante y del Budismo Zen, entre muchas otras cosas. Ella llamaba apolineo a lo que yo tildaba de neurosis y violencia, y me decía con una mueca sensual que yo era un dionisiaco de lo peor, mientras me ponia un dedo en los labios para no seguir escuchando mi defensa de los excesos y los tormentos de la vanidad. Todo marchaba bien, comenzabamos a necesitarnos para todo, y nos buscabamos la mirada y procurabamos encontrarnos en los pasillos, y aparecernos por donde sabíamos que el otro estaría. En las clases nos reíamos en silencio por diversos secretitos compartidos y complicidades mutuas. Me gustaba sentime un simple aprendiz cada vez que la escuchaba hablar con tanta pasión sobre los griegos. No conocía a nadie que supiera más que ella acerca de ellos, aunque en realidad no conocía a mucha gente que pudiera hacerlo. Decía que quería morir a los cuarenta para poder ver en espíritu a Platón y a Homero, y yo la desilusionaba diciéndole que lo más probable es que no había ningún cielo donde pudiera conocerlos, y que ella también desaparecería sin dejar rastro. Pero también la piropeaba diciendole que Platón sólo quedaba vivo en su sonrisa. Entonces se quedaba callada mientras yo veía fijamente su boca, y ella pensaba largamente no sé en que.

Un día salimos y todo se fue al carajo. No terminamos mentándonos nuestras respectivas madres no sé por qué razón, porque la situación parecía una escena de un largo matrimonio en donde uno está totalmente hastiado del otro. Peleamos por las más insignificantes minucias y al final ambos nos miramos más que con enojo o fastidio, con cierta tristeza. Sin que ninguno de los dos supiera bien cómo, todo se habia arruinado. Digo peleamos pero esto es demasiado decir, más bien ella me reñia a cada comentario que yo le hacía sobre cualquier cosa. Ella terminó por pensar que yo era un absoluto imbécil, y yo me quedé con la seguridad que ella no sería feliz nunca en su vida, más que estando sola con sus libros, encerrada en tardes interminables llenas de erudición narcisista. Mientras todo esto pasaba, cuando caminabamos hacia su casa -que fue una cortesía que no pude dejar de tener con ella-, me entristecí y vi a través de ella, de su cara y de su piel blanca, un futuro incierto donde ambos estaríamos hastíados del otro y donde yo estaría feliz por eso y ella enojada por eso, como siempre; y eso me dió miedo. Me refugié en la obra de Bolaño con más fuerza que nunca. Asi pasaron dos meses, en donde a veces nos encontrabamos por los pasillo, nos dirigiamos un saludo de compromiso y cada cual se iba por su camino, aliviados de alejarnos de alli.

Un día, y a raíz de la lectura de un relato de Bolaño, me senté en la biblioteca en una mesa cualquiera a escribir un cuento que la tuviera a ella como protagonista. Pensaba hablar de sus trenzas, de esa sonrisa un poco secreta y un poco vanidosa que se le forma en la cara cuando estudia, cuando lee, cuando piensa en su país o cuando alguien menciona alguna palabra en griego. Pensaba hablar de sus labios y de su inseparable botellita de agua, de las tardes y a veces las mañanas que sale a trotar al parque del Buen Retiro y de cosas asi, nimiedades maravillosas que hacian su recuerdo un poco menos ingrato. Pensaba hablar de su aprendizaje de los viajes astrales, aprendizaje que haría para conocer en persona a su adorado Platón, y de que se enamoraba de la persona que la enseñaba, un joven latino practicante de Zen que nació con la habilidad chamánica de viajar por los mundos y por los diversos planos del universo a su entera voluntad, y salir indemne y a voluntad, del peor de los infiernos. Comenzaba a escribirlo cuando me di cuenta que me había sentado en la misma mesa que ella. Llevaba un nuevo peinado, asi que no la reconocí de espaldas, pues de haberlo hecho me hubiera ido definitivamente a otra mesa, o de plano a otra biblioteca. Creo que ella me descubrió de inmediato también, pero yo nunca volteé a verla, me sumergí en la escritura y sólo de vez en cuando alzaba la mirada al frente, dizque para seguir pensando en el desarrollo del cuento, pero en realidad estaba bastante nervioso, comenzó a darme calor y no pude escribir nada, pensando en mi estrategia para irme de allí con el menor daño posible. Cuando la sentí levantarse de su asiento de plano casi cierro los ojos simulando estar en una concentración profunda, y estaba seguro que ella pasaría de largo. Pero me tocó la espalda y yo, con cara de haber sido despertado repentinamente me volvi a saludarla. Soy muy buen actor cuando es necesario, asi que la sorpresa que fingí fue bastante convincente. O tal vez ella también es muy buena actriz, y fingió creerse mi sorpresa. El sentido común -y algunos amigos que me preguntaron si acaso era yo un pendejo- me dice que esto es lo más probable.

Terminamos en la cafeteria tomándonos unos cafes con leche. El café había sido uno de los temas de pelea la última vez que nos habíamos visto, y yo se lo hice notar y la hice enojar de nuevo por el simple hecho de mencionarlo, pero esta vez creo que decidió mantener su enojo en niveles manejables para todos, y lo hizo de muy buena forma, pues yo incluso lo confundía con esos suaves coqueteos que ella hace, coqueteos como sacados de un manual para mujeres, coqueteos artificiales pero efectivos. No pude evitar sentir ternura, sentir que era uno de los seres más entrañables que había conocido, y con mucha más razón que cualquier otra persona, la mina de ternura más grande del mundo. Nos pusimos a hablar de la filología clasica, de los estudios poco rigurosos, dijo -enojada, por supuesto- de antropología, de la India antigua y de las hermosas Upanisad, de su compañera de piso y de la niña que vive con ella, -a la que enseña el arte del coqueteo, entre otras delicateces de variado cuño- de sus trenzas, de su grupo de rock favorito, y de sus recuerdos de Escocia, ciudad brumosa que ella atesora como la fuente de sus momentos más felices. Cada vez que comenzaba a enojarse yo le preguntaba -sagaz- algo relacionado con los griegos y ella de nuevo se ponía feliz como una niña de brazos. Yo la miraba fijamente, cambiando la expresión de mi mirada, cautivado por el momento y sólo la interrumpia para expresar mi acuerdo absoluto con ella y para decir frases como: "fascinante", "no lo había visto de ese modo" o "cuéntame más". Pocas veces me había sentido tan valiente en toda mi vida.

Asi que después de este reencuentro afortunado, fue una verdadera alegría verla llegar a mi mesa, en una zona en donde ella no tiene nada que hacer, haciendo algo que casi nunca se permite, como simplemente salir a pasear por alli, sin rumbo fijo. De todos modos yo pensaba invitarla a salir de nuevo la proxima vez que nos viéramos, con el pretexto de devolverle el disco de Dire Straits que prometió prestarme. Asi que cuando me lo diera yo le diría que fueramos al cine y asi aprovechaba para devolverle el disco, y para prestarle alguno de los mios. Cuando levanté la mirada ella ya venía caminando directamente hacia mi con una sonrisa que no pudo disimular, aunque lo intentó, y aunque se enojó por intentarlo y no poder, y porque fue evidente que yo me di cuenta que no pudo. Asi que para alegrarla y evitar una nueva desgracia, de inmediato le dije que acababa de ver un libro sobre la medicina en la antigua Grecia -lo cual era cierto- y que pidiera un café para que fueramos después a verlo y a comprarlo.(No le dije que ya habia comprado mi boleto para entrar a la función de cine, y hasta ahora guardo ese boleto en uno de los bolsillos de mi chamarra la grande. Uno nunca aprende.)

Cuando nos fuimos yo pagué la cuenta sin mucha resistencia de su parte, y ella me dió la mirada más misteriosa de todas las que he visto hasta ahora. Y me sentí feliz por ello, pues supe que esa mirada era un misterio. Pero supe también que ese misterio era mio.