La primera vez que le dije qué pasión mi reina no me entendío. Se lo expliqué y entonces me miró con algo de preocupación. La segunda vez que le dije que pasión mi reina me dió una cachetada.
La primera vez que le cedí el paso en una estación del metro (me apresuré a abrirle la puerta), me miró con ternura, me tomó del brazo y en una enorme calle con muchos árboles, me habló largamente del feminismo y de la igualdad entre hombre y mujeres, de la violencia y de las complicaciones del amor. Entendí que lo que ella quería era que la tratara como hombre.
La primera vez que le hablé como si fuera un amigo, que la dejé pagar la cuenta y que no la acompañe ni a la parada del autobús, me sonrió y como si estuviera hablando desde un púlpito me habló de una humanidad mal diseñada, de nuestro egoísmo incurable, de las lágrimas de la tierra, de la otredad y del Dios del antiguo testamento. No entendí nada.
La primera vez que le dije que me estaba enamorando de sus dientes, me miró con fastidio y con agradecimiento. Me dijo que no fuera cursi y comenzó a manotear mientras hablaba de los grandes poetas clásicos mientras se pasaba la mano por el cabello. La abracé y la besé mientras ella seguia hablando. Al final ella sonreía y lloraba al mismo tiempo. Me puse triste.
La primera vez que le dije que escribía cuentos para ella me calló la boca y me pidió que se los mostrara. Los leyó y los guardó entre sus cosas me abrazó y me confesó que tenía miedo. Me dijo yo nunca te escribiré nada, se soltó el cabello, me besó muy fuerte y me dijo que no había nada que escribir. Al final me sonrió, me dió un pellizco en una pierna y me sentí eufórico.
La primera vez que fuimos al cine la tomé de la mano mientras buscábamos en la oscuridad nuestro sitio, y con la luz de la pantalla ví en sus ojos una tierra que no conocía. Sentí su olor y le apreté la mano deseando abrazarla y hablarle suave sobre la poesía, sobre sus labios y sobre lo déspota que es conmigo y sobre las ganas que tenía de que me besara. Hablarle de mis ganas de que se enojara por haber sido vencida por mi amor y de mis ganas de que me retuviera a su lado con la rabia de un abrazo; con esa impotencia fría que da el saber que no puedes vivir sin alguien. Quise decirle de repente como un niño a su primera niña amada: te quiero. Pero no le dije nada.
La primera vez que la llevé a mi casa, que cociné arroz con fideos para los dos, que le hablé de la cultura del vino, que le preparé una infusión de manzanilla, que le hablé de mi pasión por el cine y por Roberto Bolaño, me miró con amor y me regaló en silencio un hogar sin salida.
Los dos supimos en silencio que no había nada que entender.
1 comment:
Eres un maestrazo, todo el arte bolañesco del suspens y el understatement cáustico y veladamente inquietante. Un abrazo venerable anagarika,
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