Sunday, October 29, 2006

La única verdad es lo cursi

-A ver, ahi te va una buena-
jugábamos a hacernos ese tipo de preguntas. Casi siempre Diana era la que preguntaba y yo casi siempre le respondía correctamente. Era bastante curioso.
-viene-
-¿Cuál es la única cosa inconcebible en literatura?-
Yo simulé tardarme en dar con la respuesta. Me sentía fascinado por esa comodidad de encontrarnos de cualquier manera bajo las sábanas. Ella estaba sobre su lado derecho, jugueteando con los tímidos vellos de mi pecho, yo le acariciaba la espalada con el filo de las uñas, pellizcandola de vez en cuando.-
-Ya-exclamé triunfal-mientras me acercaba a darle un beso profundo, enervado por ese aroma de mujer de pelo negro, que ya se había convertido para mi en sinónimo de felicidad.
-La página central de un libro con un número infinito de hojas infinitamente delgadas-sentencié, solemne.
Me dió un golpecito en la pierna, enfurruñada por la certeza de la respuesta.
-ahora tú pregúntame- me dijo, pasando su pierna izquierda sobre mi, haciéndome quedar con los brazos estirados, con las muñecas sujeadas con sus manos. El tenue olor de sus axilas perfumadas me hicieron creer en la eternidad.
-mmm, a ver, ¿qué es lo que todo poeta está cansado de ser, y qué es lo que quisieran ser?-Cerré los ojos y esbocé una sonrisita de satisfacción. Sabía que ella sabría, pero me gustaba molestarla, era la manera perfecta para que se hiciera la enojada y adoptara esas maneras de presa tierna y esquiva que tanto me gustan. Me miró fijamente y con expresión de abandono, mientras acercaba su rostro al mio, me besaba y me decía manteniendo su lengua dentro de mi boca.
-Todos están cansados de ser ellos mismos y todos quisieran ser Neruda-
Le entendí perfectamente y reimos al mismo tiempo. Cuando se incorporó en perpendicular un hilillo de saliva nos mantuvo unidos hasta que la penetré de nuevo. Me abrazó de nuevo y con los ojos cerrados y con su boquita pegada a mi oido me lanzó otra pregunta, esta vez entrecortada.
-¿cuánto tiempo puede durar la lluvia en un libro?-
Respondí en voz baja mientras mi cadera se movia involuntariamente. Ella lanzó un suspiro y no me escuchó, asi que tuve que repetirle la respuesta.
-hasta mi abuelita hubiera sabido esa, 4 años, 11 meses y dos dias, con sus noches- dije.
-A ver, ahi te va una buena, no creo que sepas-
Mis manos acariciaban su cintura, subiendo por sus costillas y bajando lentamente hasta sus nalgas. La había conocido hacía tres meses durante una mañana de lectura en la biblioteca nacional. Nos asignaron mesas contiguas y descubrimos que leiamos libros del mismo tema: Místicos y poetas sufíes de Al-Andalus. La simpatia fue profunda e inmediata, apenas comenzamos a hablar no paramos sino hasta el amanecer del dia siguiente. Saliendo de la biblioteca nos metimos a cualquier restorán en donde terminamos un poco borrachos. Sentí que la queria y definitivamente la deseaba con desesperación. Acabamos en mi pequeño estudio esa noche, al otro día fuimos por algunas de sus cosas al departamento que compartía con una prima suya, y hasta el momento, tres meses después, sigue aqui. Puedo decir que la amo.
-¿Cúal es el principal deber del poeta?-
Comenzó a moverse sobre mi, en un vaivén dulce y enérgico que nos mantuvo ocupados hasta que terminamos. Besaba sus senos mientras mis manos la tenian fuertemente sujeta de sus nalgas, estrujándolas. El orgasmo fue total, caliente, largo yprofundo. Supe que nunca la dejaría. Después de algún tiempo ella abrió los ojos y en su languidez supe aunque no me lo dijera, que ella tampoco guardaba esas intenciones. Tras un suspiro me dijo.
-El primero y principal deber del poeta es emprender el vuelo si se divisa una nube-
-¿y también acostarse con una mujer si ella se acuesta no?- dije, riéndome.
-¿ah si?- me dijo, pellizcandome un brazo-bueno pues mira, yo me paro entonces, y me voy-.
Me incorporé riéndome y la hice acostarse de nuevo con cierta brutalidad. La besé en la boca larga y profundamente mientras le hacía bromitas, tratándo de contener mi impulso de decirle las cosas más cursis del mundo, de suplicarle que nunca se fuera, de hacerle prometer que me amaría con desesperación hasta siempre. Al fin, la tomé de la mano y nos quedamos viendo al techo un largo rato, en silencio. Prendió su cigarro como hacen todos los amantes del mundo después del amor, haciendo de ese lugar común una de las únicas patrias del hombre. Yo le alcancé un vaso de veladora que servía de cenicero en estas ocasiones. Me habia dejado caer por descuido las cenizas del cigarro ya varias veces, asi que estaba en guardia permanente.
-A ver, hombre- comenzó de nuevo el interrogatorio.-¿Qué hay detrás de la luna?-
Tras dar un profundo suspiro, comencé a divagar sobre la respuesta que habia venido a mi mente de inmediato. La respuesta estaba en Rayuela, y Cortázar sabía lo que decía, y si no era cierta bien merecería serlo.
-Detrás de la luna hay un pan y un corazón- Dije.
Diana asintió y tras aspirar una buena bocanada me jaló hacía ella y me besó mientras exhalaba el humo a través de mi. Sabía cómo me gustaban esos jueguitos sádicos en donde yo era la dócil víctima, y ella los hacía con imaginación y contento. Por supuesto se deleitaba en saberme abandonado a sus tiempos de mujer, a las rutinas que compartíamos, y en esos arranques inconscientes de sabiduria femenina inmemorial, que la hacían conservar una aura de inaccesabilidad que me enajenaba por completo hacia ella. Estuvimos tomados de la mano y en silencio durante mucho rato. Comenzaba a llover cuando al fin hablé.
-¿Cuál es la palabra más enigmática de la literatura, y en medio de que libro se encuentra?-
Lancé una pregunta que sabía que era fácil para ella. Yo también tenía mis truquitos para hacerla sentir segura de que no me iría tras las primeras faldas que se cruzaran en mi camino. Detrás de su seguridad e independencia en el fondo era una niñita caprichosa y asustadiza, asi que yo a veces exageraba los mimos. Ambos en realidad sabiamos cuál era la manera de gustarnos y de mantenernos vivos, y lo aceptabamos tácitamente, conviniendo en silencio que no habia ni otra persona ni otra manera mejor de estar en el mundo.
-se encuentra en medio de un libro ilegible que contiene puras letras repetidas sin ningún sentido y que de pronto, con total claridad y contundencia dice: "¡Oh tiempo tus pirámides!"-Hija de Borges, ¿nunca te equivocas?-le pregunté, sabiendo que no me importaba su respuesta, sino solamente oírla hablar para saber con mayor claridad que estaba junto a mi y que estábamos juntos jugando al amor en esta vida.
-Nunca, lo sabes bien, por eso te escogí- Me dijo en un susurro.
-Dime ahora quién es Dios- exclamé emocionado.
-Los árboles, las flores, los montes y el luar, y el luar y los árboles y los montes y las flores-
Casi me lo gritó en medio de esas risas que de pronto la sacudían, y que yo atribuía a un ritual de la vida misma para asegurarse su propia subsistencia. No podía evitar amarla, -ni lo intentaba- con absoluta angustia, dolor y aferramiento. Ese momento tenía que ser la felicidad.

Al cabo de un momento se calló y de improviso se dió la vuelta, me dió las buenas noches, me dijo que la abrazara, la abracé y se quedó dormida casi de inmediato.

Supe que nuestra única posibilidad de perfección está en la literatura. Y que la vida era algo bueno después de todo, a veces.

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