Tuesday, November 18, 2008

I.-La primera vez que la vi fué a principios del 91.


Estaba en un vips que habían abierto hacía poco en el centro de la ciudad de Puebla. La sección de discos de música clásica ofrecía poco. Yo buscaba sobre todo lo que conocía hasta ese entonces; Vivaldi, Mozart, Chopin. Había comenzado a aprender el piano hacía poco más de un año, en un teclado eléctrico de teclas pequeñas, para niños. Compré un método de alguien apellidado Olmedo y comencé con piezas simplificadas de música popular, los Beatles, rancheras, baladas pop y entre todas ellas hubo una que me gustó especialmente: El movimiento lento del concierto 21 para piano y orquesta de Mozart. Melodía famosa, era en esos tiempos la música de fondo en los anuncios radiofónicos de Funerales López, que yo oía todas las mañanas durante el desayuno en "Tribuna Radiofónica", noticiero a cargo de Enrique Montero Ponce. Mi padre tenía una colección de 8 L.P´s de "selecciones del Reader´s Digest", y en el disco 5 venía esta pieza en su versión original, interpretada por Rudolf Firkunsky. La oí día y noche durante un mes. Era sobre todo una pequeña escala a cargo de la orquesta la que me asombraba. Una pequeña escala descendente de 5 notas en la que podía reunir todo mi asombro y todo lo inconcebible. Saliendo del trance solo alcanzaba a balbucear para mi mismo: "no puede ser, es perfecta, es perfecta".


Asi comencé mi vida de melómano y asi fuí a dar al Vips del centro, un domingo, me parece. Alli, en medio de una pila de discos de compositores del romanticismo apareció ella. Una fotografía de su rostro, muy oscura, con el cabello largo y negro cubriéndole la mirada. La boca, fruncida sugerentemente en actitud de dar un diminuto beso se ofrecía al mundo. Confieso que al principio no sabía que se trataba de una pianista. No sé, no recuerdo qué cosa habré pensado, sólo que me gustó desde el inicio. Pero era pianista, y el disco era del sello Philips, asi que no debía ser tan mala. Tchaikovsky y Rachmaninoff eran los interpretados. ¿El concierto 1 de Tchaikovsky, el 3 de Rachmaninoff? ¿Quienes eran esos tipos, sobre todo el segundo? Todo el mundo conoce a Tchaikovsky, al menos yo no recuerdo la etapa de mi niñez en donde su nombre, al igual que el nombre Mozart, Beethoven o Bach no me fueran ya extrañamente familiares. Pero a Rachmaninoff de plano no lo había oído mentar nunca. Yo había bailado algunas piezas del "cascanueces" estando en el kinder. Había interpretado a un villano, a una especie de vagabundo ecoloco, y creía saber o sospechar cuál era ese concierto. Lo había visto en la colección de mi papá. Siendo asi, y porque hasta ese entonces no había pasado de escuchar lo más conocido de Mozart, Chopin y muy poco Beethoven, compré ese disco que hasta ahora conservo. Aunque a decir verdad es que lo compré porque me gustó mucho la fotografía de Martha Argerich.


Mi historia con ella es un largo idilio incondicional de adoración. Nunca he aplicado mejor la palabra "idolo" a nadie más que a ella. Nacida en Buenos Aires en el 41, destacó desde muy pronto en el piano. Recibió clases de Vincenzo Scaramuzza, mítico profesor venido desde Italia a principios de siglo hasta Argentina a renovar las técnicas de enseñanza, que entre otros además de Argerich, enseñó al padre de Daniel Baremboim. Martha estudió con él desde los 6 años hasta los 14, cuando por una beca del gobierno fué enviada a Europa a continuar con su formación. Eran los grandes momentos del pianismo romántico. Estaban en escena todavía los herederos directos de los alumnos de Liszt, y algunos que fueron alumnos de los contemporáneos de Listz estaban activos todavía. Estaban vivos y en la cumbre de sus carreras grandes pianistas que habían visto y aprendido de Busoni, de Leschetisky, de Anton Rubinstein. Era común ver en los escenarios a Arthur Rubinstein, a Sergei Rachmaninoff, a Sergei Prokofiev, a Alfred Cortot, a Josef Hoffman, a Josef Lehvinne, a Vladimir Horowitz, a Benno Moiseiwitch, a Claudio Arrau. Y la siguiente generación era si cabe, todavía más impresionante, dominada casi en su totalidad por las estrellas rusas: Alli estaba ya el inmenso Emil Gilels, Sviatoslav Richter, Vladimir Sofronitzky, Dino Lippati, Lazar Berman, entre otros. Gilels, siempre generoso en sus opiniones, al ser el primero en dar un recital en el bloque occidental, había dicho a los críticos que no se entusiasmaran demasiado con él: "¡Esperen a oir a Richter!". Y en lo que parece ser el colmo de la propaganda con fundamentos, poco antes de la irrupción en los escenarios de Lazar Berman, Gilels declaró que ni Richter y él mismo, juntos, harían el equivalente de Lazar Berman. La grabación mítica de los Estudios Trascendentales de Liszt de éste último parecen confirmar esa disparatada afirmación.


Tanto Busoni como Arrau, al igual que Scaramuzza, eran partidarios de un método de enseñanza que por encima de todo y como fundamento de la técnica pianística, contribuyeran a formar hábitos que impidieran toda tensión en el cuerpo, en los brazos, antebrazos, cuello y dedos. Solamente practicando asi, la calidad del sonido se conservaria incluso en los fff, impidiendo el surgimiento de los sonidos metálicos. Arrau admiraba mucho este enfoque en Busoni, y él afirmaba haber llevado este principio todavía más lejos. Muy probablemente sea ese el secreto del "sonido Arrau". Sir Colin Davis, que dirigió a muchos de estos grandes pianistas se mostraba muy entusiasta del abordaje del piano que hacía Arrau: "Era soprendente en Arrau ver sumergir sus dedos en el teclado, produciendo un sonido similar al de un órgano". Lo malo en el caso de Arrau es que hizo un camino sin retorno. Este sonido resultaba muy eficaz e impresionante en compositores como Brahms, Schumann, Beethoven y en algunas piezas de Chopin. Pero era muy extraño oírselo en Debussy, en Ravel, y en general, en toda pieza que necesitara un toque mínimo al hacer sonar las notas. Sus staccatos y leiggeros eran, por llamarlos de alguna manera, muy suyos.


Esta actitud de relajamiento general, o mejor dicho, de no-tensión en el cuerpo facilitaba la concentración, la escucha, el cuidado y la claridad en el fraseo. Al parecer esto era lo que Vincenzo Scaramuzza le exigió a la niña Argerich, nacida en el seno de la inmigración judía argentina. Y todo demuestra que lo aprendió bien. Se dice que quien verdaderamente la formó para siempre fué éste, su primer maestro. En Europa estudió con Friedrich Gulda, con Nikita Magaloff y con Arturo Benedetti Michelangeli, y su relación con todos ellos fué ambigua. Michelangeli, -ya para entonces una leyenda- sólo le dió a la pequeña Martha dos clases en un año, según ella misma cuenta. Dos clases en un año recibidas de parte de el portentoso pianista italiano son un logro formidable. Formaban parte del aura excéntrica de Michelangeli -además de cancelar el 60% de sus conciertos- dos datos interesantes, uno que roza con lo surrealista, y otro con lo inverosimil. El primero es el rumor de que era descendiente de San Francisco de Assis. El segundo consiste en que Michelangeli era el único pianista al que el gran Vladimir Horowitz admiraba, ¿temía? ¿envidiaba?. La manera que Horowitz tenía para conjurar este temor era sospechar que ese italiano estaba un poco loco. Pero se afirma que en algunos de los conciertos que dió Michelangeli en los Estados Unidos, Horowitz estaba alli, escondido, incógnito y reverente en alguno de los palcos.


En todo caso, Martha Argerich parece haber estado formada desde muy temprano. Al llegar a Viena, antes de los quince años, Friedrich Gulda le dijo que aprendiese para la próxima clase el Gaspard de la Nuit, de Ravel. Gulda contaría después que en realidad lo había dicho de broma, y que no esperaba que la pequeña Martha cumpliera con la tarea, pero lo hizo, y cuando se enteró que lo que había hecho era digno de asombro comprendió que se trataba de una pieza muy dificil. Con esa lógica simple e inescrutable que suelen manifestar los genios, la pequeña Martha dijo que no le pareció una pieza dificil simplemente por que no sabía que "debía" serlo.



Un talento como este va rodeado siempre de leyendas inverosímiles. En el pianismo moderno tal vez no haya quien tenga en su haber más anécdotas de este tipo. Se dice que aprendió de memoría -errores incluidos- el concierto 3 de Prokofiev, tan sólo con oir entre sueños cuando era practicado por otra pianista en la habitación contigua. Para la competencia de Bolzano, que ganó a los 16 años, se dice que aprendió las piezas que tocaría sólo por leer las partituras durante el vuelo a Italia. Se dice que participó de última hora en el concurso Chopin que ganó a los 24 años, tan sólo por que necesitaba dinero. Después de ese evento fué contratada para dar clases magistrales en algún conservatorio importante, me parece que en Londres, revelándose como una pésima maestra, que era incapaz de decir cómo debía hacerse tal o cual pasaje dificil explicándolo con ejemplos o palabras que esclarecieran el asunto, sino simplemente mostrando cómo debía hacerse.


Inició pues, como un prodigio, con dotes virtuosisticas sólo comparables a las de los gigantes técnicos de la generación anterior. La comparación con Michelangeli y con Horowitz fué inevitable y automática. El evento que la lanzó a la fama internacional fué el Concurso Chopin, después del cual vinieron las giras y las grabaciones en exclusiva para Deutsche Grammophon, tras una breve colaboración con el sello EMI, cuyos registros salieron a la venta hasta hace pocos años. Se hicieron indispensables en toda fonoteca sus grabaciones de Chopin, -la berceuse, la barcarolle, los preludios, los scherzos 2 y 3, las sonatas 2 y 3- de Franz Listz, -la sonata en Si menor, la rapsodia húngara 6, el concierto para piano número 1-. Existe el video de una presentación en vivo en el Teatro Colón de Buenos Aires a principios de los 80´s de este concierto. Es una grabación mala, hecha sin micrófonos adecuados. Sin embargo es una buena muestra de lo que podía llegar a ser la "experiencia Argerich" vivida directamente. Es un buen ejemplo de lo que uno puede llegar a imaginar que una pieza deba ser, sin haberla escuchado nunca tocada de esa ideal manera. La versión de Richter es lo más cercano a eso. Sin embargo en esta particular versión de Argerich, cuya grabación nunca se edito como L.P., este ideal se manifiesta fugazmente. El público no resiste la emoción y comienzan el aplauso unos segundos antes que la orquesta toque los acordes finales. En la versión grabada en 1981 bajo la batuta de Christoph Von Dohnanyi, el rostro sonriente, satisfecho y humilde a la vez que la diva dibuja al final del concierto, da muestra de su satisfacción con lo ejecutado. Pero principalmente de principios de los 80 datan las grabaciones que hicieron de ella una leyenda viviente. Está ese precioso video que todo aspirante a pianista debería ver, donde Martha, bellísima, vestida de rojo, interpreta los Funerailles, de Liszt, con el famoso pasaje en octavas como nadie lo ha hecho hasta ahora todavía. Velocidad sobrehumana, concentración de acero, brazos de acero, dedos de acero, precisión milimétrica. Está la grabación hecha con piezas de Bach; una suite inglesa , la partita 2 en do menor y sobre todo, la tocatta y fuga en do menor BWV 911. Alguna vez Sviatoslav Richter vió a Horowitz en un recital, y al final exclamó: ¡qué dedos, un pianista!. Algo similar acontece con esta grabación. Hay que escucharla tocada por Argerich y por Gould para poder tener una aproximación a lo que esta grabación significa. La versión de Glenn Gould -dadas las dificultades de la pieza-, es de las pocas en las que su habitual ritmo implacable flaquea y en la que su fraseo se desdibuja. Martha no es famosa por ser una experta en Bach, pero lo curioso es que hasta los Bachofilos más puristas quedan asombrados por la calidad de estas versiones. ¿no basta el acuerdo unánime sobre la grandeza de este disco para inscribir a Martha dentro del cuadro de honor de los mejores intérpretes de Bach?.


De estos años data su famosa grabación del concierto para piano número 3 de Sergei Rachmaninoff. Cuando, a mediados de los 90´s, Geoffrey Rush, el excelente actor australiano filmó "Shine", esta pieza terminó de hacerse popular. Rachmaninoff compuso la pieza en 1909 y la dedicó a su amigo Josef Hoffman, el cual era con toda seguridad, el único pianista al que Rachmaninoff respetaba. Se ha dicho que quien pueda tocar el concierto 2 de Brahms, el 2 de Prokofiev y el 3 de Rachmaninoff, puede tocar al piano cualquier cosa. De entre las grabaciones "autorizadas" de esta pieza sobresalen las de Rachmaninoff mismo, -rápida, precisa, excenta del sentimentalismo con el que la siguiente generación de pianistas la adornó-, la de Horowitz, metálica y emocionante, la de Byron Janis, alumno de Horowitz y virtuoso malogrado por una artritis temprana y la de Van Cliburn, grabada después de su mítico éxito en el concurso Tchaikovsky de Moscú, que ganó, siendo texano, en medio de los momentos críticos de la guerra fría y de la posibilidad de una guerra nuclear. Entonces vino Martha, en la plenitud de su carrera, dueña a sus 40 años de todo lo que la técnica y la experiencia le dotaban para ese entonces. Grabada en vivo bajo la batuta de Riccardo Chailly la grabación se rodeó desde antes de su distribución del estatus de testimonio excepcional. Martha era conocida sobre todo por sus dotes virtuosisticas, su facilidad para tocar los pasajes más dificiles, a veces incluso en detrimento de lo que vagamente se llamaba "musicalidad". Ya era famosa en ese entonces su grabación del concierto de Tchaikovsky, cuyas octavas dobles del tercer movimiento no tenían rival. Tal vez las de Horowitz en su grabación de los años 40´s sean similares, e incluso más sonoras, pero no más emocionantes. Existe afortunadamente, además de varias grabaciones ya comercializadas, un video realizado en 1979 bajo la batuta de su entonces esposo, Charles Dutoit, de ese concierto. Vale la pena ver esas octavas con detenimiento. Con toda esta aura de virtuosismo trascendental a cuestas, se imponía el formidable reto de grabar en vivo el tercer concierto de Rachmaninoff. Logros similares, tan altas tasas de calidad sólo han sido repetidas en grabacion en vivo por la versión de principios del s XIX hecha por Arcadi Volodos. Ya desde el inicio, la inmensa profundidad de la melodía inicial tiene en los dedos de Argerich el intérprete adecuado. Es bastante dificil juzgar cualquier otra interpretación una vez acostumbrados a la versión de Martha; tanta es su autoridad y dominio: La melancolía eslava se deja sentir calando profundo. La versión de Grigori Sokolov sea tal vez similar en este punto en que ésta antigua melodía de la liturgia rusa ortodoxa renace para dar cuerpo a uno de los conciertos más dificiles del repertorio, y sin duda uno de los más espectaculares. El video del concierto no deja lugar a dudas, Martha, esta vez usando un vestido negro, destaca en todos los aspectos del concierto: precisión, velocidad increible, rango de sonoridad inaudito. Los toques y sonoridades que pueden extraerse del piano por sus manos expertas son en verdad amplísimos: al principio casi un organo, luego el piano propiamente dicho, a veces agua y cascadas, de repente cañonazos. Su cadenza del primer movimiento decididamente no tiene igual, ni siquiera tomando en cuenta que es la menos se toca, y que era la que Horowitz prefería. Últimamente los pianistas se han decantado por la Ossia, la otra versión de la cadenza escrita por el propio Rachmaninoff. Imagino que la encuentran más efectiva, mas contrastante, mas identificable. ¿Más fácil?.




II.- Hacía frío, como en las novelas de Paco Ignacio.




El ritual es siempre el mismo. Al igual que Horowitz cuando estaba por dar un recital, cada vez que asisto al concierto de un gran pianista o violinista pongo especial cuidado en mis gestos, en mis ropas, en mis pensamientos. Esta vez iría a ver el evento por el que había esperado pacientemente, sin nunca perder la fé, durante 18 años: Martha Argerich en concierto. Asi que dormí una siesta después de la lectura posterior a la comida, me desperté a eso de las 4:30 renovado y entusiasta, me duché con fruición y luego me puse la ropa que mejor me queda. Desempolvé mi abrigo (el grande), me rasuré y perfumé como si fuera a una cita con la mujer más hermosa del mundo. Tomé mi libro y salí de casa justo para estar en la entrada de artistas del Auditorio a tiempo para verla entrar. ¿Cómo sería mi primera impresión cuando la viera? ¿en qué coche llegaría, en limusina, en un Mercedes, en un simple taxi?. Había ya en la entrada de artistas algunas personas. Me senté en un punto estratégico, crucé la pierna y retomé mi lectura mientras alzaba la vista constantemente para comprobar que esa señora que por allí venía no era ella, la gran diva; o ¿tal vez esa otra, la del sombrero que le oculta la cara?. ¿Vendría de incógnito? ¿se ocultaría?. De ella se decía que era muy tímida, que tenía pavor a las entrevistas, pero que sin embargo no rehusaba nunca una invitación a un café, asi viniera de un completo desconocido. ¿me atrevería a hacer semejante cosa? ¿estaría permitido? ¿Sería un sacrilegio?. Mi ubicación era ideal salvo por una cosa: Hacía mucho frío. Normalmente no espero a los artistas en la entrada, en cambio, sigo hasta la calle detrás del auditorio y me instalo en alguno de los 3 cafés que hay alli. Parsimoniosamente me quito el abrigo, pido un descafeinado de máquina, me siento en una mesa ubicada junto a una ventana y leo. Y cuando me canso de leer le pido a alguna mujer que haya llamado mi atención un cigarro, le doy las gracias y continuo la lectura. A eso de las 7 pm, es decir, media hora antes del inicio del concierto entro al auditorio, paso al baño, bebo agua y me siento en uno de los enormes sillones del vestíbulo a ver a los viejitos que en la mayoria de las veces constituyen el 70 por ciento de la audiencia.




Esta vez sin embargo, nada fue de la manera habitual. Como he dicho, llegué a las 6 pm en punto a mi posición estratégica. Como he dicho, estaba leyendo las aventuras de Héctor Belascoarán Shayne, detective independiente mexicano, personaje de las novelas de Paco Ignacio Taibo II. El mundo es una aventura críptica que solo la atención o la imaginación pueden desvelar. Al menos eso a mi me lo parece. Por eso, en medio del frio de noviembre de Madrid, esperando a la mayor diva del piano de todos los tiempos, y leyendo a Paco Ignacio, me preguntaba qué de común tendrían Héctor Belascoarán Shayne y Martha Argerich. Ambos son bastante improbables, bastante inverosímiles, el uno por su parche en el ojo y por su temeridad, y la otra por su virtuosismo. El primero era definitivamente un personaje de ficción, y aunque Martha asi lo parecería era en cambio absolutamente real. Belascoarán era de padre vasco y madre irlandesa. El padre y no sé si también la madre de Martha eran inmigrantes judíos a Argentina. Belascoarán era inteligente, temerario y triste; Martha era virtuosa, bella y misteriosa. Belascoarán era el personaje de mi escritor favorito de turno, Paco Ignacio, que había venido al relevo después de mi pasión por Sergio Pitol de los últimos meses. Martha era en cambio mi más antiguo íldolo. A Belascoarán lo llamaba siempre así, por su apellido; a Martha siempre por su nombre. Uno era detective, la otra leyenda y pianista. Conclusión: no tenían aparentemente nada en común. Sólo a mi.



Tal vez los que teníamos algo en común eramos Belascoarán y yo, o tal vez Martha y yo. Belascoarán es detective, nada más alejado a mis sueños más guajiros, sobre todo por lo violento del asunto; balazos, envenenamientos, estrategias peligrosas. No, nada que ver conmigo por ese lado. Eso si, Belascoarán siempre tiene frio. Usa gabardina en una ciudad de México que casi nunca te lo exige salvo en los días más crudos del invierno. En esos momentos si nos parecíamos en eso al menos: yo usaba un abrigo que con un poco de imaginación hubiera pasado por una gabardina. Y teníamos mucho frío. La ciudad de México en donde Belascoarán vive parece más bien Lima, Perú: ¡Siempre está lloviendo!. Nada que ver con esa ciudad de México que conozco poco y mal. Belascoarán es tuerto y usa un parche negro, nada que ver conmigo, que siempre he presumido de mi vista de águila. Últimamente no obstante, ya me cuesta distinguir más que una mancha borrosa en el escenario cuando me siento en la parte más alejada y alta de las butacas. Belascoarán toma mucho refresco y yo no. Le gustan sobre todo las pepsis, los jarritos y las fantas. Frecuenta cafés de chinos y pide café con leche y donas. Yo a los chinos los frecuento, pero no en sus cafés, sino en sus restaurantes, y bebó café con leche también pero no donas. El pan dulce madrileño es bastante malo. Belascoarán tiene dos hermanos, un hombre y una mujer. En eso somos idénticos. Se quieren mucho. Nosotros también nos queremos así. Belascoarán Shayne tuvo una esposa y un trabajo de ingeniero en una fábrica de algo, luego le dió una extraña crisis y lo dejó todo para hacerse detective independiente. Comenzó investigando sin sueldo el caso de un estrangulador en serie que operó en el DF, ganó el premio de los 64 mil pesos y luego se enamoró de una muchacha que usaba cola de caballo. Nada que ver conmigo, soy escritor, esteta, lector, conversador, abogado, humanólogo. ¿Mujeres que usan cola de caballo?, prefiero las de cabello abundante, largo y suelo. Belascoarán fuma, yo no, salvo cuando alguien cercano a mi está fumando, y cuando esas ocasiones llegan, me transformo sin remedio en fumador compulsivo. A Belascoarán le han regalado varias mascotas divertidas, un conejo y dos patitos. Yo una vez tuve un conejo, Tomás. Pobre, vivió encerrado en una jaula de metal, con las patitas siempre mojadas, pudriéndose entre sus propias bolitas de caca. Luego lo mandamos a vivir a la azotea, en donde aparentemente fué más feliz. Una vez sin embargo, se cayó del quicio del primer piso. Yo lo vi todo en cámara lenta, como en las escenas de balaceras y explosiones que protagoniza Belascoarán. El conejo se distrajo y pisó mal, en el vacío. Sus patitas delanteras se transformaron en garras que se aferraban al filo de la repisa mientras sus patas traseras se movían frenéticamente en busca de apoyo. Sus ojillos rojos me vieron y me imploraron ayuda, lo ví claramente. Pobrecito, daba risa y también daba lástima. Al fin, justo cuando motivado por las peliculas de acción de los 80´s comencé a correr para salvarlo de la caida justo en el último momento, pinche conejo, que se suelta y cayó al piso sin hacerse mayores daños. El susto, eso si, debe haber sido grande, porque salió disparado corriendo a guarecerse en la primera cuevita o hendidura que sus ojillos encontraron. Al poco tiempo lo regalamos al lechero y una de dos, o tuvo una vejez bienaventurada en el campo, teniendo conejitos en la más absoluta promiscuidad, o se lo desayunaron al poco tiempo. Y como sucede con Belascoarán, conviví un tiempo con un pato, pero a diferencia del detective, cuyos patos eran dueños y señores de su casa, que dormían en su cama y que poco les faltó para aprender a encender la televisión; el pato que vivía en mi casa era un pato con mal karma. Vivía, como Tomás, en una jaula, y nunca nadie lo sacó de alli. También se le pudrieron las patas, su plumaje daba lástima. Parecía un pato pordiosero. Vivío asi, en la más absoluta indignidad patal durante 5 años. Yo ofrecí a mi tio materno, el que en última instancia era dueño de su vida, que lo llevaramos al lago de la universidad, le dije que alli encontraría su sitio en el mundo, en compañia de otros patos, gansos, faisanes, codornices y hasta loros de cabeza amarilla y lengua negra, de Chiapas claro. No quiso. Adujo no sé qué imprecisiones y vaguedades y un día, ya estando en Madrid, cuando hablé a mi casa me informaron de su muerte. Ni siquiera tuvo unas pompas fúnebres que sirvieran de homenaje postmortem a su vida de martir. Nada. Se olvidaron de darle sepultura durante aproximadamente una semana. Según la teoría más probable, murió de hambre, de sed, de soledad y de tristeza.





Y pues estando en esas cavilaciones me salió lo suspicaz y lo paranoico. Pensé que si Martha tenía guaruras o agentes secretos que la protegieran en sus giras, yo debía de parecerles sospechoso. Véase asi: Un tipo alto, moreno, robusto, que no parece del tipo usual de público de una sala de conciertos, sino que más bien tiene pinta de judicial mexicano, que de repente llega muy temprano y se sienta en un lugar estratégico a dizque leer una novelita de tapas verdes (que seguro es literatura menor), que no combina bien su ropa pues viene vestido sobre todo de gris, con un abrigo que desentona con el color guinda de sus zapatos sin bolear, que no hace sino simular leer su libro verde mientras a cada momento alza la vista por donde debía llegar la artista, preparándose para quién sabe qué maligna acción sorpresiva. ¿secuestro?, ¿asesinato?.



Claro que también había tipos alli que a mi me parecían sospechosos: De pie, esperando en la puerta de entrada al Auditorio había un hombre del que sospecharía si yo fuera guarura de Martha Argerich. De edad madura, calculo unos 60 años, es decir un poco menor que Martha, es decir un tipo que seguramente es pianista desde su juventud, que creció en su melomanía y en su aprendizaje del piano a la par que crecía la leyenda Argerich, que seguramente se enamoró de ella desde mediados de los sesentas cuando Martha se hizo famosa, que coleccionó todos sus discos y que se mantenía enterado de todo lo que de Martha se decía, que se enamoraba de mujeres de pelo negro, piel blanca y mirada misteriosa, y que cuando al fin una mujer de esas caracteristicas se enamoró de él, se casó con ella, que además de todo esa mujer se llamaba Martha como su obsesión, que tenía el pelo negro y abundante y que si no era pianista si era al menos, violinista competente, que tuvo tres hijos con ella y que al igual que yo, habia esperado muchos años, mas de 30, para poder verla en vivo. Allí estaba pues, el verdadero sospechoso que no podía disimular su nerviosismo, que encendía un cigarro tras otro, que se paseaba de aqui para allá con un disco y un libro en las manos. No pude evitar sentir celos. Este tipo había estado cazando este momento al igual que yo, pero seguramente por espacio de muchos, de incontables años más que yo. Al fin había podido comprar el boleto. El más caro seguramente, contrastando con el que compré yo, el más barato de todos, un asiento situado en la parte trasera del auditorio, con vista frontal, eso si. Pensando asi, no pude evitar odiarme por mi tacañería. ¿No era ella la adoración musical más grande de mi vida? ¿No había soñado ya muchos años con verla en vivo?. ¿No había prometido entregarle una carta enorme, de veinte folios como mínimo, llena de pensamientos de agradecimiento hacia ella, llena de expresiones de asombro por su virtuosismo, llena de piropos pudorosos y velados a su legendaria belleza? ¿Y qué había pasado?. "Un boleto de los de 50 euros, por favor". ¿Asi manifestaba yo el gran deseo de mi vida, comprando el boleto más barato para ver en vivo -tal vez por única vez- a mi gran arquetipo? He de decir, sin embargo, que en mi favor juegan varias atenuantes. Habia comprado en realidad dos boletos, tal era mi plan, uno para verla en Barcelona y otro para verla en Madrid, con tan solo dos dias de diferencia entre ambos conciertos. Ambos habían sido de similar precio. Además había comprado por otros 50 euros el boleto para ver a Evgeny Kissin dos dias antes, en el concierto al que decidí asistir en lugar de estar en el primer concierto de Martha en Barcelona, ese 11 de noviembre. Tres semanas antes había gastado 35 euros en un boleto para ver a Boris Berezosvky, en el marco de un viaje a Sevilla. ¡Más gastos!. Tenía ya otro boleto de 50 euros para ver a Anne Sophie Mutter la semana siguiente (por cierto, una maravilla. Ella está muy flaca, sin embargo. Parece modelo de los 90´s). Eso sin contar con los tres meses de alquiler que debía dejar pagados antes de ir a México, con 200 euros del retiro de invierno y con otros 200 euros para el abono del ciclo de grandes intérpretes de la fundación Scherzo del próximo año. Viéndolo así, no soy tan tacaño.




El caso era simple no obstante mis sesudas cavilaciones: ese tipejo tenía un boleto de primera fila y yo no. Decidí observarlo con más detenimiento. ¿Qué podría hacer si es que, tal como sospechaba, tenía pensado hacerle un daño a Martha?. Podía raptarla sin duda, llevarla a un sótano que habría estado preparando todos estos años, confortable, luminoso, amplio, con todo lo necesario para sobrevivir durante meses una guerra nuclear. Allí, habría un piano de cola, Steinway por supuesto. La tendría como una reina, le cocinaría manjares todos los dias, buen vino, le daría joyas y le pediría clases de piano, y por la pura fuerza de la costumbre la enamoraría. Martha, una vez aclimatada, tocaría el piano para él. Al final la dejaría libre y él se perdería para siempre en el anonimato de la muerte en solitario, en Andalucía, tal vez, bajo un puente, o en medio de un camino abandonado al pie de una cañada desértica.




El frío arreciaba con saña, mi abrigo seminuevo no resultaba suficiente. La parte derecha del cerebro comenzó a punzarme, se me calentaron las órbitas de los ojos, mis manos eran como esculturas de hielo. Me levanté de mi asiento de piedra fría y caminé un poco, acercándome a ese tipo. Si intentaba hacerle algo a Martha se las vería conmigo. No la tendría fácil. Además de tratarse de ella, por quien podría hacer cualquier cosa, en esos momentos estaba inspirado leyendo las aventuras de Belascoarán Shayne. Había aprendido de ese libro que en casos extremos siempre tenemos a la mano un buen par de piedras o ladrillos, y en que los casos graves siempre podremos recurrir a la dinamita. El hombre había encendido un cigarro y mi tentación de pedirle uno era fuerte. El cuadro sería interesante, un tipo psicótico con el complejo de David Chapmann, esperando a su ídolo para poseerlo a través de un acto de violencia puro, y yo, su admirador número uno, dispuesto a defenderla con mi vida si fuera necesario, unidos ambos por unos cigarros camel que uno le había pedido al otro. Tal vez incluso hubieran entablado una conversación: (Admirador y Psicótico)


A.- Mucho frio ¿eh?

P.- Vaya tela macho.

A.- ¿Puedo ver tu disco?

P.- Si si si, miralo.

A.- Oh, la versión del Tchaikovsky con Dutoit al podio. Es la mejor versión de todas las que grabó, mucho mejor que la grabación en vivo con Kiril Kondrashin.

P.- Si, nada que ver. Pero prefiero la que volvieron a grabar en 1998.

A.- Esa es la que yo tengo, pero yo prefiero esta.

....

A.- ¿Estás esperandola?

P.- Tú también, ¿no?

A.- Si, pero yo sólo quiero verla.

P.- Yo quiero que me firme este disco, tal vez después del concierto no haya oportunidad. La he visto ya varias veces y siempre hay un mar de gente que quiere conseguir su autógrafo.

...

A.- Mucho frio, ¿no?

P.- Yayayaya...


Su disfraz era bueno. No parecía tener una enfermedad violenta e incurable. Engañaría a cualquiera, a un polígrafo incluso. Quién sabe cómo hizo para engañar a sus doctores para que lo dejaran vivir entre la gente normal. Aunque seguramente a su esposa no la habia podido convencer de su sanidad. Seguramente el mismo día que compró el boleto su esposa comenzó a sospecharlo todo, su nerviosismo, su distracción lo habrían delatado ante los ojos expertos de su mujer. Ella, en efecto, habría revisado sus escondites y había encontrado el boleto, disimulado entre viejas facturas y fotos ¿Acaso pensaba que era tonta? Estaba tentada a dar parte a su médico. No debía ser condescendiente con este caso en particular. En las últimas semanas, el mequetrefe enfermo que tiene por marido había repetido en sueños el nombre de Martha. Claro, al principio pensó que se refería a ella misma, pero luego comprendió que se trataba de nuevo de ella, de la otra Martha; si, de esa mujer de pelo negro y tremendamente fea (no comprende como le puede gustar, cómo es que una bruja de ese calibre lo ha tenido tan obsesionado). Si su matrimonio alguna vez había estado en peligro era gracias a esa bruja hechicera, seguramente una mujer sin escrúpulos que se había hecho famosa gracias a quién sabe que artimañas de la vida alegre. Que irónica es la vida, -se lamentaba- ella, que había escogido prudentemente a su marido de entre los más insignificantes, grises y mediocres hombres, precisamente para no vivir con el miedo a que ninguna advenediza, a que ninguna de esas mujerucas que pululan por el mundo se lo arrebatara tan fácilmente, hela aqui, veinte años después, compitiendo con una mujer famosa a la que su marido ni siquiera conoce y de la que no sabe mucho más que su nombre y sus principales datos biográficos. Pero alli estaba de nuevo su fantasma, como siempre, como desde el primer día. Aqui estaba con más fuerza que nunca la que era su obsesión, la que había sido la causante de los meses que su marido había pasado en los manicomnios, medicado, balbuceando su nombre completo: Martha Argerich, nombre que se había convertido para ella, abnegada y sufrida, en un mantra tétrico casi tanto como era para su enfermo marido un sonido maravilloso. Ni siquiera era tan buena pianista, pero la realidad es que, a razón de sabe Dios que motivos, los hombres la encontraban atractiva. Todos son iguales.


Claro, hasta entonces caí en la cuenta de los motivos reales del neviosismo del tipejo psicótico. Por eso el hombre da vueltas sin cesar como león enjaulado: En realidad no teme por la violencia con que ejecutará su vil acto, pues después de todo es casi un animal, un ser frío y desalmado que no se detendrá ante nada. No, en realidad teme que su esposa, la bruja de su vida, aparezca de repente y lo eche todo a perder. Qué papelón haría, porque justo su mujer haría acto de ruin presencia en el momento en que aparentando ser un manso y admirador cordero, se dispusiera a hincarle los dientes a la diosa como el paria y perruno hombrecillo que en realidad era. Pero su mujer, en medio de gritos desquiciados se lo llevaría de allí, prácticamente tirándolo de las orejas o de las patillas, ¡como había hecho ya tantas otras veces!. ¿Hasta cuando su mujer se daría cuenta de su ausencia, de que no está en su alcoba, sedado como todos piensan? ¿Le alcanzaría el tiempo para cometer esa ignominia planeada desde hacía tantos años? y en cuantoa mi, ¿pensó que me haría efecto esa torpe maniobra distractora de hacerme creer que la ha visto ya muchas veces en sus conciertos? Pobre iluso. Pero no carecía de habilidad, eso he de reconocérselo, de hecho, de ser yo alguien un poco timorato debiera considerarlo un adversario formidable. El desquiciado, sabiendo que su mujer había descubierto y escondido el boleto (al menos no lo había quemado, como bien hubiera podido hacer...tonta que es la pobre), lo había recuperado sin que ella lo supiera, y fingiendo dormir bajo el efecto sedante de pastillas que escupió en el último momento, se había escabullido a la calle por la ventana del baño de ese sexto piso en el que vivian. Sólo a la providencia cabía atribuir que no se hubiera matado en ese peligroso descenso hasta el suelo, apoyado en cornisas delgadas y frágiles, dando un salto acrobático en los últimos cuatro metros a un árbol de castaños que lo ayudó a completar la hazaña. Vale más no detallar más este descenso épico, a riesgo de que este relato parezca inverosímil.



Faltaban pocos minutos para las siete de la tarde, y empezaba a sospechar que Martha estaba dentro del Auditorio desde antes que yo hiciera guardia. Estaba por darle el último toque al cigarro cuando a lo lejos, entre la multitud vi pasar a una cabeza que era inconfundible. Era Gabriel, el amigo con el que había quedado para el concierto. Al final no pudo venir su novia y en su lugar trajo a una amiga. Le grité y le dije que me acompañara unos minutos más estando alli, esperando, haciendo guardia. Mientras comentábamos el pinche frío que hacia, hablamos de lo de siempre, la económía, los escritores, la música. Concluimos que el fin del mundo estaba pasando en esos momentos y que nadie se daba cuenta. Me pidió que le devolviera unos libros que tengo desde hace unos meses. Había estado trabajando en un ensayo comparativo entre Unamuno y Heidegger, y en esas estábamos cuando llegó su amiga. Comencé a sentirme incómodo. Aprovechando la distracción el desquiciado maleante había desaparecido, se había escabullido de la manera más tramposa a situarse entre la multitud, listo más que nunca para perpetrar su ignominia. ¿Sería prudente dar aviso?. La amiga de Gabriel comenzó una perorata sobre algún tema que no me incumbía en los más mínimo, algo sobre un viaje. Alcancé a oir algunas palabras sueltas, pero mi concentración estaba en el crimen que estaba a punto de ocurrir, y en cómo es que podía evitarlo. Algo debía poder hacerse. En eso escuché en medio del discurso un nombre: Maria Joao Pires, y de inmediato me invadió un sentimiento de engorrosa dignidad y ofensa. La Pires, una pianistilla de las ligas menores no tenía nada que hacer en un momento como ese, le espeté con toda la indignación que pude: ¿Cómo es que puedes siquiera mencionar su nombre? Qué falta de respeto, justo en este día y en este sitio ¿No sabes que Martha Argerich está entre nosotros? ¿No sabes el respeto y la reverencia que merece?. La Pires era una buena pianista, nadie lo dudaba, pero -continué, cada vez más exaltado y ofendido- ¿qué tiene, por Dios, qué carajo tiene que hacer frente a la Argerich, cuya superioridad está mucho más allá de cualquier ociosa comparación?. Al parecer la amiga de Gabriel no me entendió nada. Creo que al principio pensó que era una broma, y cuando vió que mi digna cólera y celo eran reales y fuertes, me dijo aparentando indignación -cuando lo único que debía haber sentido era arrepentimiento y vergüenza- el típico recurso de quien no tiene argumentos: ¡Cada quien su opinión, joder!. Ante semejante grosería pensé que debía retirarme a mi asiento antes de perder las buenas maneras. No fuera a pensar que soy un ser intolerante. Después de todo es amiga de mi amigo y no quiero que piense mal. Claro que debería andarse con más cuidado con sus vulgares opiniones de simple villamelón, sobre todo teniendo en cuenta que ese lugar estaba lleno de gente cuyo ardor por Argerich va más allá de lo clinicamente saludable. Después de todo le estaba haciendo un favor, quién sabe que hubiera podido ocurrirle de haber dicho sus tonterias cerca de algún fanático. Esta gente era capaz de todo. En ese caso posiblemente los períodicos de mañana hubieran anunciado un linchamiento, una lapidación de justa indignación contra una insensata. Asi que mejor me adelanté a mi asiento, aprovechando el camino para poder encontrar señales de la conspiración que había descubierto. Todo sin éxito. El psícótico se había esfumado. Casi le arrebaté los binoculares a la anciana que estaba delante de mi asiento y busqué al desquiciado entre la multitud que comenzaba a ocupar sus asientos. La anciana protestó y tuve que decirle que era detective privado. Detective independiente Belascoarán Shayne, le dije. Refunfuñó, blasfemó y maldijo, claro está, incluso llamó a uno de los acomodadores al cual despaché de inmediato. Afortundamente era un hombre inteligente el cual de hecho me dió la razón cuando le expliqué la situación, y prometió echarme una mano. Se fué mirándome con lo que yo percibí como admiración, como menos.

El dolor de cabeza aumentaba. Esta vez las punzadas en el lado derecho de mi cerebro se sucedían como regularidad diabólica. Y del ¿asesino?, ¿secuestrador? ¿maniaco sexual?. Nada, ni el menor rastro. Caí en cuenta de que todo lo tenía muy planeado, lo cual hizo que mi tensión y preocupación aumentara. El tipejo se había vestido de la forma más vulgar, común y corriente para pasar desapercibido. Y a todo esto ¿Dónde estaba el servicio de seguridad, ya no digamos del Estado, sino del Auditorio?. Una vez conjurado el peligro les haría llegar una enérgica llamada de atención. Llegaría hasta las más altas instancias de ser necesario. ¿Cómo era posible que algo de tamaña magnitud estuviera a punto de perpetrarse ante las narices de todo el mundo sin que nadie se hubiera dado cuenta?. A Dios gracias yo estaba alli, de otro modo las consecuencias hubieran sido terribles. Una ignominia para la Unión Europea, para España en particular. Ya lo veía venir: incidentes diplomáticos, enérgicos rechazos a lo ocurrido por parte de la comunidad artística mundial, indignación en Argentina, viejas heridas de la Historia sacadas a flote, los palestinos inculpados, Daniel Baremboim aprovechando la situación para hacerse publicidad. ¡No!. No si yo estaba alli: "sobre mi cadáver", juré para mis adentros.

Y para mi sorpresa el concierto transcurrió sin mayores sobresaltos. Para mi sin embargo no fué un tiempo de miel sobre hojuelas, porque dado el elevado estado de tensión en el que me hallaba comencé a sudar frío, un viejo tic en mi ojo derecho reapareció con súbita violencia, y presa de temblores y espasmos, no hice sino revolverme en mi asiento ante la molestia de mis compañeros de asiento. Durante la primera parte no pude distinguir más que manchas borrosas en el escenario. Creo que algo se dijo sobre una obra de Messiaen y sobre Beethoven, pero me enteré de poco más. Durante el intermedio no me levanté de mi asiento. Quiero decir: No me pude levantar. Mis miembros, agarrotados por el stress se negaron a obedecerme. Creo que me desmayé durante la segunda parte del concierto. Al final volví a tener conciencia gracias a los estruendosos aplausos. Me encontraba un poco mejor. Pude disfrutar de dos bises: Chopin y Schumann. La emoción era grande en todos los presentes. Bajamos de inmediato al camerino de la pianista para pedirle su autógrafo. Era un mar de gente, 40 o 50 como mínimo. Nunca había visto algo similar. Yo, que siempre voy a saludar a los pianistas al final de los recitales nunca había visto tal maremagnum. Con el que más he visto gente al pie del camerino ha sido con Kissin, y en esa ocasión no éramos más de 12 o 13 personas. Esta vez era distinto, claro está. No era cualquiera el artista que habíamos oído y disfrutado. Había que reconocer que los madrileños eran gente entendida en estos asuntos. Pero claro está, la diva estaría cansada, caprichosa, pocos seríamos los elegidos, los que fuéramos premiados por nuestra fé y nuetra entrega al culto Argerich con uno de sus autógrafos, con un apretón de manos, una mirada, una sonrisa quizá. Abriéndome paso a codazos llegué a estar en la situación más privilegiada, justo frente a su puerta. Cuando el camerino se abriera y saliera ella, se toparia conmigo, feliz, suplicante, en éxtasis, dirigiendo aquel corifeo de suplicantes, liderándolo con orgullo, humildad y gallardía. Allí estábamos los que habíamos resistido a todas las adversidades, listos para rendir el tributo que fuera necesario. La espera fue intensa y llena de promesas. Dentro se dejaba oir su risa, su acento argentino, alguna broma, charlas con unos cuantos amigos cercanos que tuvieron la suerte de estar alli dentro. Al fin, cuando ya algunos apóstatas se habían retirado, vencidos por la larga espera, se abrió la puerta y apareció una cacatúa de nariz de águila, sonrisa de sádico y maneras grotescas. La cacatúa se río de nosotros y en un grito que más bien nos pareció un graznido metálico nos espetó, bañándonos con su saliva a los de las primeras filas: "Martha, Martha, mirá cuanta génte está esperando". Se hizo el silencio. De lo que la diva respondiera dependería nuestra siguiente meta en la vida.

Y entonces habló.

"Que pasen de uno en uno"

Y asi, en medio de toda la confusión y la emoción que embotaban mis sentidos di un paso al frente, paso que era en si mismo y al mismo tiempo la expresión resumida de toda mi felicidad. Pero simultáneamente sentí un pisotón y un codazo, y vi con horror que un tipo vestido de manera simple, vulgar, común y corriente había sido más rápido que yo. ¡Alli estaba!. El psicótico se me había adelantado y armado con su disco de acetato y con un libro cuyo título no averigüé nunca, se encontraba ya frente a ella, frente a Mi Martha. Yo, mudo, al principio clavado en el piso, con las venas del cuello a punto de reventar del coraje y de la preocupación por lo que el tipo haría, seguí avanzando poco a poco hasta quedar justo detrás de él. ¡Qué hábil había sido!. Había esperado el momento justo, escondiéndose de mi vigilancia, agazapado en el anonimato cobarde que las multitudes ofrecen y entonces, en un acto supremo de burla hacia mi persona, me había empujado, pisado, golpeado no en el cuerpo, ¡que va!, eso es lo de menos, sino en donde más duele, en las ansias y en el candor del momento y había tomado mi lugar para ser el primero en hablar con ella. Que sea lo que el destino quiera, dije para mis adentros, preparándome para saltar sobre él cuando sacara la pistola, porque ya para entonces estaba convencido que no intentaría un secuestro, porque cerrado el paso como lo estaba por esa multitud, el rapto sería del todo imposible. Pero no pasó nada. El tipejo platicó vanalidades sobre la edad que tenía cuando compró ese disco y poca cosa más. La diosa en cambio era supremamente atenta y graciosa. En un momento volteó hacia mi, me escudriñó de arriba a abajo con elegancia y me dijo algo que nunca olvidaré: Hola. El incesante, el sin principio transcurrir del tiempo se detuvo. El universo entero calló. Pasado un instante alcancé a balbucear, a tartamudear y le contesté de igual manera: Hola. Ni siquiera me dí cuenta cuando el enfermo mental salió del camerino. Nos quedamos solos. Ella, Martha Argerich y yo.

A.- He esperado este momento durante 18 años.
M.A.- Mmm...
A.- Usted es la mayor influencia de mi vida de...
MA.- ¿Eres pianista?
A.-....(balbuceo)...aficionado, sólo aficionado....
M.A.- ¿De dónde eres?
A.- De México....(pausa, silencio, temor reverencial)...¿no piensa ir a México próximamente?
M.A.- No.
A.- ¿Es dificil?
M.A.- No...Conozco, tengo un amigo mexicano, se llama (nombre no registrado en la memoria)...¿Te suena?
A.- No, no me suena (balcuceo incomprensible)...por favor (A le acerca el programa de mano a M.A.,que lo toma entre sus manos)...Ponga, para Toño, o para Antonio...como Usted guste...
M.A.-Mmm, (escribe): "para Antonio...me alegró conocerte...Martha Argerich"
A.- (movimientos erráticos, tartamudeos)...La dejo para que atienda a su gente. (le da la mano y se la estecha con fuerza. Sale del camerino)

La emoción que sentí me estremece incluso hasta este momento. Ni siquiera disminuyó cuando sentí un jalón de orejas y luego uno de patillas. Todo fué muy confuso y doloroso, pero ya nada podría arrebatarme esa enorme felicidad. Mi esposa -no sé cómo- había dado conmigo y había llegado hasta ese lugar con dos enfermeros enormes como roperos, una camilla y mi camisa de fuerza (la grande). Al salir del auditorio vi de nuevo al psícótico. Estaba con un amigo, su cómplice me imagino. Al parecer intentarían algo después de todo. Simulaba estar en éxtasis de felicidad por haber charlado con ella, le mostraba a su gamberro secuaz el disco autografiado. En esos momentos intenté adverirles del peligro, ¿a quien?, a quien fuera, a quien tuviera oídos. Pero para entonces la inyección que me clavaron cuando esos enormes enfermeros me sometieron comenzó a hacer efecto. El dolor de cabeza dismunuyó y antes de perder la consciencia había desaparecido por completo.

No recuerdo nada más.

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