Tuesday, June 26, 2007

UNA CARTA DE AMOR LARGUÍSIMA

Había estado viviendo ya tres meses en Madrid cuando un amigo catalán me recomendó la obra de Bolaño. Yo había leído ya uno de sus libros en México, "Literatura nazi en América", y no me pareció extraordinario, aunque pese a la prisa con que lo leí, si pude notar un sabor totalmente propio, una voz auténtica. Poco después me volví a topar con Bolaño en una foto pegada en los menús de una cafetería, junto con un extraordinario poema. Esta vez si que fue algo especial. La foto es muy famosa. Se puede ver a Bolaño recargado en una pared, con el sol dándole en la cara, fumando y con los brazos cruzados. Tiene el cabello más corto que en otras imágenes, pero la mirada es la misma, es una mirada que nos ve desde la muerte, desde ese otro lado. Es la mirada de un hombre triste que no tiene un hogar verdadero, ni una patria a dónde llegar a morir, que se siente solo pero que es tremendamente inteligente. Es la mirada de un hombre que se sabe enfermo y que no se arrepiente de haber estado triste tanto tiempo. Es la mirada de un hombre que no sabe ni gusta de famas ni de reflectores, al que el reconocimiento le llegó demasiado tarde, cuando menos pensaba en él, y cuando menos lo quería. Es la mirada horrible de un hombre escéptico. El poema, cabe mencionar, era abismalmente hermoso. Yo iba en ese momento acompañado por una novia que no gustaba de asomarse a las profundidades del alma de nadie, y menos aún a la de desconocidos. Pero a mi simplemente me cautivó: "En aquel tiempo yo tenía 20 años, y estaba loco". Estas líneas me atraparon irremediablemente. He vivido siempre fascinado por la locura, no sé bien de que forma, cómo ni por qué, pero los locos me han sucitado siempre, -ahora lo sé- una pregunta atroz (me gusta usar estas palabras que tanto usaba Borges): ¿Seré yo ese loco?. Ya después supe que Bolaño era una especie de loco, un hombre que era ya mayor desde que tenía 15 años, un fantasma, alguien para el que la poesía era lo único en este mundo. Habló siempre de su vida en sus poemas y en sus novelas, pero lo hizo no desde la vanidad, sino desde la sospecha de si mismo. Un escéptico de verdad que puso su vida en bocas de otros, aún con el riesgo de que estos no quisieran contar nada de ella, no pudieran hacerlo, no quisieran, o no se acordaran de nada. Hice mío el poema desde un principio, y luego la mayor parte de sus líneas me confirmaron este amor inicial. "Había perdido un país pero había ganado un sueño". Este hombre en realidad, se dedicó toda su vida a perderlo todo. Supongo que en vista de que nadie es imposible, fué en esta tierra un ejemplo no sé bien si de un hombre tonto o de un hombre libre. El caso es que este hombre perdió tanto de sí mismo que cuando hemos querido reconstruir lo que le pasó no hemos podido, nos arrepentimos antes de culminar la investigación, nos cansamos o nos da tanto horror que lo dejamos todo para irnos por ahi a ser felices. Supongo que algunos, los menos afortunados, van dejando partes de si mismos en los vestigios improbables de la biografía de Bolaño, y alli se pierden a su vez, incapaces de hallar su propio rastro.

Bolaño era un hombre con fé. No sabemos cuál fué el sueño que ganó, pero en verdad lo que vino después no le importó mucho. "Si tenía ese sueño todo lo demás no importaba". Se vino a Barcelona y trabajó de vigilante nocturno en un camping. Asi debían empezar todas sus biografias. Estas palabras que él mismo acuñó son ahora todo un clásico. En esa biografía hay casi una década que no se atrevió a contarnos. Pudo haberse hecho drogadicto, pudo haberse hecho alcohólico, pudo haber ido a Ganímedes y haber vuelto con el hígado deshecho por la ausencia de gravedad. No lo sabemos bien, pero las dos primeras hipótesis son bastante probables y lo de su hígado es verdad, sea cual sea la causa. Luego tuvo un hijo y una esposa, y luego la esposa lo abandonó pero luego regresó. Luego le llegó el éxito. Aunque era poeta decidió escribir prosa para poder mantener a su hijo, pues eso de la poesía como todo el mundo sabe puede ser oficio sólo de santos, de ascetas, de renunciantes, de locos o de vanidosos, pero no de padres de familia. Y lo hizo bien, escribió varias de las mejores novelas escritas en castellano de todos los tiempos. "Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu/una habitación de madera/en penumbras/en uno de los pulmones del trópico". Carajo qué poema. Es verdad esto del trópico, y de la habitación de madera. Es verdad sobre todo la parte de las penumbras, pues este era un hombre murmullo, un hombre vestigio, un rastro casi invisible, un hombre que tuvo un amigo al que quiso mucho, y una mujer que fue el amor de su vida, y otra mujer que le dió dos hijos, y sobre todo, fue un hombre que tuvo a la poesía. Hasta aqui pudo haber sido ya una vida admirable, de hecho lo era, pero luego se le ocurrió contárnosla y luego todo el mundo comenzó a ir tras sus rastros. Pero yo lo encontré. No encontré su rastro, lo encontré a él.

Hace algún tiempo fui a visitar a mi amigo catalán y me pasé 6 hermosos días en toda esa región: La ciudad de Barcelona, que me cautivó para siempre, Sitges y Tarragona. Tarragona me gustó tanto que decidí quedarme todo un fin de semana alli. Era semana santa y para evitar las aglomeraciones busqué pequeños espacios -abundan- y allí me quedaba, sentado en un parque, en la sombra, y leyendo algo, leyendo a Bolaño. Junto a una estatua de San Pablo en donde se conmemoraba su vista a ese sitio y que le proclama como el hombre más influyente de la historia. Pensaba en muchas cosas cuando de repente tuve un presentimiento, un rumor creciente, algo que sabía que estaba allí pero que no sabía que era. Alcé la vista para todos lados pero no encontré nada. Presa del miedo, decidí irme cuanto antes, y cuando ya caminaba volví la mirada y vi que alguien se había sentado al pie de la estatua de San Pablo. Me sentí mal, doblé la esquina y me alejé rumbo a mi hotel y alli me quedé dormido hasta el dia siguiente. Amanecí con dolores, como si hubiera corrido un maratón. Bajé a la cafetería con mi libro y mientras me tomaba un café con leche me fui convenciendo que lo que me había pasado no había sido un sueño. Yo sabía que Bolaño había muerto hacía 4 años, en 2003, había visto y comprobado cómo se había transformado en una figura de culto a raíz de su muerte, estaba viendo el mal que le había hecho a la literatura al escribir tanto y tan brillantemente, pues sus imitadores eran ya una legión de insensatos. Lo sabía, ese era el universo en el que todo el mundo vivía, y en el que yo había decidido incluirme, un universo en el que Roberto Bolaño estaba muerto. Pero a cada trago que daba a mi café simplemente me convencía más de algo horrendo, algo abismal, y todo eso me dió miedo. Lo supe desde antes, me estremecí desde antes, es decir desde el día anterior junto a esa estatua y en esa precisa plaza de un lugar en el mediterráneo llamado Tarragona; y por eso me sentí mal y por eso ene se momento me dolía todo. Ese hombre que había visto sentado junto a San Pablo era Roberto Bolaño, bien vivo el muy cabrón, viviendo oculto allí, en Tarragona, leyendo y escribiendo. Y en ese momento todo me pareció muy injusto, pero también me pareció muy lógico.

En los detectives salvajes, Bolaño tiene un relato sobre Octavio Paz y su amigo Mario Santiago, o mejor dicho, en el que se encuentran en el parque hundido del DF, el poeta Octavio Paz, y el alter ego de Mario, un personaje llamado Ulises Lima. Es un relato extraordinario, de esos muchos que hay en esa novela que por separado le habrían ganado un lugar eterno en la literatura, aunque él no cree en esas eternidades. Para decirlo mejor, él no cree en ningún tipo de eternidad. En ese relato, contado por la secretaria de Paz (nuestro gran enemigo), por un impulso de origen desconocido (por eso uno sabe reconocer a los poetas verdaderos, se supone), el poeta Paz comienza a ir por las mañanas a ese parque. La secretaria no entiende nada de nada, cándida, atribuye esos viajes misteriosos a uno de los muchos otros misterios del poeta Paz, al que ella está acostumbrada y por los que lo quiere tanto. El poeta Paz se sienta en un banco, y de repente se levanta y comienza a caminar en círculos, en un camino que está trazado vagamente sobre el suelo. En determinado momento la secretaria ve con horror que otro hombre viene caminando también en círculos, haciendo el mismo recorrido que el poeta Paz, pero en sentido contrario. Ve con horror que inevitablemente se encontrarán de frente. El tipo no tiene buena pinta, y no le parece raro, porque el parque está lleno de teporochos y malvivientes. Pero no pasa nada, los dos hombres se cruzan y se miran de reojo y el otro hombre parece reconocer al poeta Paz y una leve sonrisa se dibuja en su rostro, o la secretaria parece reconocer que una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Ese hombre es otro poeta, el poeta Lima, Ulises Lima. Casi de inmediato el poeta Paz decide que es hora de irse y le encarga a la secretaria que haga una lista de poetas nacidos en la década de los 50´s. La rutina se repite durante varios dias y en una ocasión el poeta Paz se sienta en una banca y manda a la secretaria a que se tope con ese hombre, el poeta Lima, y le diga que el poeta Paz quiere platicar con él. Todo se resuelve cuando la secretaria los presenta, poeta Paz y poeta Lima se sientan juntos y hablan cosas que no se dicen en la novela, pero que uno supone. Hablan de las épocas pasadas, del México de los 70´s, del estridentismo, del terrorismo, hablan del tiempo, del alma, del DF, de Europa, de París y de Viena y hablan de la poesía: Ulises Lima había leído toda la poesía del mundo. Se supone que el poeta Paz también, o algo asi. Después el poeta Lima se va y el poeta Paz se va también y este es el último relato o uno de los últimos relatos en los que el poeta Lima aparece en esa novela. Asi me sentí, como si toda mi vida hubiera sido un caminar en círculos con la cabeza baja, sin saber bien con qué motivo, pero sentí que esos círculos terminaron el dia anterior en esa plaza, junto a esa estatua de un judío que había estado en Tarragona hacía dos mil años, en donde me topé de frente y sin quererlo con Roberto Bolaño.

Decidí salir a su encuentro. Pensé que todo era ya tan inverosímil, que seguramente me lo encontraría a la misma hora del día anterior, sentado en el mismo lugar. Faltaban todavía algunas horas, asi que me compré una toalla en los puestos ambulantes de la rambla y me fui a la playa, busqué una sombra y me tendí allí a mirar el mar como si fuera mi último deseo, como si fuera un condenado al que nunca se le hizo saber la razón de su muerte. Sin sentirlo y sin querer averiguar por qué, comencé a reirme bajito, mirando la arena que tenia entre los dedos; pero en medio de esa risa asomaron las lágrimas, y en eso comencé a reir muy fuerte. Nada parecía lógico y eso al contrario de provocarme angustia me llenaba de felicidad. Luego me quedé en silencio y creo que miré el mar por primera vez. Mirarlo de verdad, sin decir nada, sin querer decir nada. Eso fué lo que pasó. Luego comencé a pensar en el escultor de la estatua, y sobre todo, en el que encargó la estatua. Europa esta llena de paganos, y en antiguos emplazamientos romanos como lo es Tarragona deben abundar cofradías secretas. Imaginé que una de ellas, desconocida para la historia, veneraba como al verdadero Dios a Saulo de Tarso y proclamaba como un impostor, marioneta atractiva, fenómeno de masas al susodicho Jesús de Nazaret. Imaginé que ese era su centro de culto, su altar mayor, el lugar donde cada 100 años un personaje misterioso, el gran sacerdote de la orden, llegaba a media noche, calzando sandalias de cuero y ofrecía una rosa a la estatua, una simple rosa color púrpura obtenida por procesos misteriosos en invernaderos improbables. No sé por qué a partir de entonces no me importó nada de lo que pudiera pasar. Me dirigí al sitio dueño de una resignación que rayaba en la virtud y en eso lo ví. Bolaño estaba sentado en el mismo lugar que yo ocupaba el día anterior. Tenia una chamarra anticuada, de los 80´s, color gris. Tenía en su mano derecha el típico cigarro que nunca se agota, y que parece siempre un protagonista más de cualquier historia, tal vez el principal de todos. Imaginé un culto secreto, en Provenza, a esos cigarros pilares del mundo, cigarros sin embargo heróicos, anónimos. La plaza estaba vacía, como si se tratara de un duelo de película western en el que sólo cabíamos dos. Me acerqué a él, me senté a su lado. Le pedí fuego para mi pipa (uso pipa, licencia de pensador). Olía a humedad, olía a biblioteca húmeda, pero era él, sin duda. Tenía el pelo muy largo, y se había dejado crecer el bigote, pero era él. Existe circulando en internet una foto de él en una azotea de una gran ciudad. Posiblemente sea el DF, aunque Bolaño se vé un poco mayor, como si no tuviera los 23 o 24 años que tenía cuando se fué de México. Se vé un hombre triste, aunque el cielo está despejado. Lo que inevitablemente se pregunta uno al mirar esa foto, -en medio de un estremecimiento- es sobre su autor: ¿qué genio pudo tomar una foto tan triste, y permanecer desconocido? En esa foto Roberto Bolaño tiene bigote y el pelo muy largo, justo como ese día en que lo reconocí de inmediato. Me acomodé junto a él y vino sobre nosotros un silencio. Procuré dejarle a la vista el libro que llevaba en la mano: "entre paréntesis", una colección de ensayos y artículos publicados por él en diversos periódicos.

Sé que eres tú, le dije.

Silencio. La arena que no me había sacudido comenzó a picarme las nalgas, pero no hice el menor movimiento. El tampoco se movió. Siguió fumando como si no me hubiera escuchado, como si estuviera solo. No se iría nadie de ese lugar hasta que sucediera algo estremecedor. Comencé a pensar sobre sus libros. Pensé en su amigo Mario Santiago, pensé en lo increíblemente solos que estos tipos habían estado toda su vida. A Mario lo atropelló un coche en una madrugada del DF y su cadáver se terminó de pudrir antes que alguien lo reclamara. En ese momento supe por una lucidez que ahora atribuyo no sé bien a qué, -al mediterraneo, a Bolaño, a San Pablo, prefiero no averiguarlo- que ese libro era una carta de amor a Mario. Los detectives salvajes es una larguísima carta de amor a su amigo Mario que nunca le contestó ninguna carta, ni una sola. Su viuda asegura que cuando llegaba carta de Roberto, Mario se la leía una y otra vez, y la llevaba guardada en su cartera hasta que materialmente se desintegraba de vieja. ¡El hombre se ponía feliz!, ¡como si fuera un niño!. Ese hombre que habia boicoteado los recitales de Octavio Paz, ese hombre que era una bomba de tiempo, que había viajado a Israel para encontrarse con una mujer que no lo quería, que se había perdido en Nicaragua a propósito y que había sido deportado de Austria como el peor de los maleantes. A ese hombre al que nunca nadie le hizo caso y que nunca nadie le quiso publicar sus poemas lo ponían feliz las cartas de un amigo al que no había visto en 15 años. Pero nunca le contestaba. Cuando se despidieron por última vez, en una estación de tren en Francia, en 1978 o 1979, lo hicieron como si se fueran a ver al día siguiente, aunque supongo que ambos sabían que era la última vez que se verían en su vida, y ni un abrazo se dieron, ni una sonrisa, ni una muestra de dolor. Hombres oscuros, de pelo largo, de olor extraño, con la expresión de quien no sabe ya si gritar o si acostumbrarse a vivir entre los gusanos.

Se que eres tu, le repetí, esta vez más fuerte.

Y en eso lo vi como un Gigante, como el Gigante que era, y me dieron ganas de partirle la madre, y decirle de lo que se iba a morir de a deveras. Recordé esa herejía cristiana cuyo nombre no recuerdo, que asegura que el que murió en la Cruz no era Jesús, sino alguien más, y que asegura que Jesús vió como crucificaban a otro en su lugar. Me imaginé a Jesús viendo la escena, y riéndose bajito, como si tuviera arena de playa entre sus dedos y la estuviera viendo con mucha atención. Alguien llamado Roberto Bolaño había muerto en lugar de ese chileno de 54 años que tenía sentado junto a mi y que también se llamaba Roberto Bolaño, en una plaza de Tarragona, al lado de una estatua que dice que San Pablo es el hombre más influyente de la historia humana. Y este hombre a mi lado había presenciado su propia muerte, y ahora tenia un cigarro entre las manos, no arena, y se quedaba en silencio en lugar de reirse, mirando la plaza vacía como si fuera el espéctaculo más grande del mundo. La situación era insoportable, no podía más. "En ese entonces crecer hubiera sido un crimen". Pensé en preguntarle por qué lo había hecho. Pensé en sus repuestas posibles: pudo haber estado agobiado por la fama, pudo haber querido tiempo para escribir, para leer, para completar novelas sucesivas de dos mil páginas, y luego una de tres mil páginas y asi, hasta su verdadera muerte. Luego pensé en la posibilidad de que este acto sea su acto supremo de madurez. Ha crecido al fin, me decía ese pensamiento, ha crecido y nos ha abandonado, dejándonos su piel muerta, un larguísimo pellejo que nos dice pocas cosas, del que poco puede adivinarse. Nos habló del mal, nos habló del miedo, de la locura, del amor y de las lágrimas que es necesario que nadie vea nunca, nos dejó autopistas que llevan lejísimos y no le importó un carajo si alguien se perdía en ellas para no volver. Me pareció un absoluto canalla y también me pareció inmortal. En ese momento pude comenzar a hablarle de Lisa, su único y verdadero amor, pude hablarle de sus hijos, de lo mucho que sufrían. Pero en eso me dí cuenta que sus hijos lo sabían, y que su esposa lo sabía, y que muy probablemente Ignacio Echevarría y el editor Herralde lo sabían también. Todos ellos, pero nadie más, sabían que Roberto Bolaño estaba viviendo en Tarragona, y que sí tuvo una crisis hepática en 2003, pero que se recuperó, que consiguió un transplante de hígado que salió muy bien y que desde entonces vive oculto, como siempre quiso vivir, con su cigarros y con su computadora vieja donde escribe las mejores novelas del castellano, y desde donde renueva su juramento de no volver a México, pues allí está su inspiración y teme decepcionarse, romperla como si fuera un artilugio de cristal robado al aire.

Decidí largarme de allí de inmediato, me sentí derrotado por ese hombre silencioso, pero también me sentí muy feliz. Me iba de allí con un secreto valioso y lo que me hizo sentir mejor fue que supe que él sabía que no lo revelaría a nadie. "Estoy aqui, con los perros románticos, y aqui me voy a quedar". Me volví para decirle adiós con la mano a ese hombre que seguía sentado viendo fijamente una plaza infinita en un lugar infinito. Pero me arrepentí. Luego me arrepentí de eso y me volví para decirle adios con palabras -esas palabras con las que todos estamos escribiendo el mismo libro- y asi se lo dije con la voz muy fuerte: ¡Adiós Roberto!, pero no me contestó.

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