Saturday, April 11, 2009

Últimamente he pensado que la locura viene teniendo éxito en seducirme. Camino y hablo sólo, rio de algo que miro, como un árbol asediado por insectitos después de una lluvia. Como el sol recién salido atraviesa su follaje, yo lo imagino cosquilloso y contento del fugaz chaparrón. La otra vez, sin ir más lejos, no pude evitar una carcajada de alegría inefable mientras tocaba la Gymnopedie número 1 de Satie. Las indicaciones de la partitura rezan asi: "Lento y doloroso", pero yo, que nunca me he entregado a la dualidad sin dar batalla, reconozco, sé, sin la menor sombra de duda, que mi mano es ya la música, que mi dedo gordo es a la vez silencio y entonación y que nunca nadie ha tocado esa pieza mejor que yo. Y por eso me rio, y también por que no hay nadie que la escuche con atención. Lo mismo me sucede últimamente con el primer movimiento del quinteto para clarinete de Mozart. ¿Hay vivo alguien en el mundo que realmente haya escuchado esta pieza?. Considero mi maestría en el sagrado arte de escuchar música decididamente insuperable y del todo incomparable. Convencido además, que el 99 % de lo que nos habita como especie humana es la más destilada infamia, un egoismo irredento, la cretinez más acentuada y sobre todo una estupidez vocacional, no puedo más que sentirme tocado, rozado por lo divino, al ser el humilde servidor de una escucha que me posee y anima.



Convencido además de mis certezas (prueba inequívoca de cretinez y estupidez en estado puro), no puedo menos que proclamar que la nuestra es una generación transparente, timorata, de opiniones suavizadas y de una corrección de tono periodístico, falta de núcleo, de pivote existencial. Basta leer los escritos de Sir Richard Burton, aventurero inglés del siglo XIX en donde con toda naturalidad este bárbaro inglés expone los jucios de valor más violentos sin asomo de vergüenza o arrepentimiento, para darnos cuenta de la hipocresia que anida nuestra alma. Sin la menor diplomacia, Burton dice de fulano de tal, que es poseedor de una lengua que es más bien el aguijón de un alacrán, de mengano, que es un hombrecillo inclinado a la disipación y a los más abominables vicios, o de los pobladores de tal región de la India, que son unos cerdos traicioneros por naturaleza. Pureza, inocencia, amor a la bondad. Del mismo modo no vacila en pregonar las virtudes del sexo bien practicado y en alguno de sus pies de página remata saludablemente con esta frase: "the more i study religions, the more i´m convinced that man never whorshiped anything but himself". Después de leer estos contundentes despliegues de seguridad y amor a la verdad, uno llega naturalmente a la conclusión de que cualquiera que se diga historiador o filósofo o científico que nunca haya viajado y conocido el mayor número posible de tierras, costumbres, gentes y lenguas, no es más que un vil impostor al que cualquier universidad tarde o temprano dará cobijo con la mayor impunidad.

Sólo es locura la cobardía.

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