Monday, June 09, 2008

Por amor a la humanidad me convertí en asceta errante. Opté, tras sopesar las ventajas de la India y de Etiopia, por Armenia, Georgia, Uzbekistán, Mongolia. Rusia, la Gran Madre, tiene entre sus múltiples ventajas para la vagancia, el gozar de una tradición que da cobijo a locos y vagabundos, poetas desquiciados, prófugos malditos. Alli, de las montañas y las estepas hice mi guarida todos estos años. Lo primero que hice cuando me despedí del mundo, y de todo lo que mi vida era y había sido, fué regalar todo lo que poseía -que no era mucho- a mis más cercanos amigos, David, Gabo, Victor, Jorge. Mandé cartas a mis familiares y a algunos otros amigos que según mi criterio se merecian una explicación. Mi madre lo tomó muy bien, pese a mis dudas y pesares. Armado con una bata negra, sandalias de cuero y unas camisas, calzones y suéteres, crucé Castilla, Valladolid, Cataluña. Me detuve en los bosques de Girona aclimatándome al frio y comiendo aves y ranas, bebiendo del agua acumulada en llantas de coche, masticando raíces, pensando poesías que pudieron valer algo para algunos. Crucé Francia en donde nada valió la pena para detenerme ni un dia en el mismo lugar, crucé Alemania en donde tuve miedo y pesadillas de rios de lava negra. Tampoco me detuve en Checoslovaquia. Acampé en Turquia una buena temporada, viví unos meses en una cueva de ermitaños que me encontré en el Ararat. Allí conocí un mago sufí que me regaló un Corán impreso en el siglo XVII y que me enseñó algunas cosas sobre los Jinn; cómo obtener protección de ellos en épocas desesperadas, cómo hacerlos brotar fuentes de agua en medio de las rocas para no morir de sed. Huia de las pesadillas que me perseguian en el mundo civilizado, que me despertaban en mitad de la noche, sumido en la más absoluta soledad, y que me obligaban a levantarme, ver algo distinto, leer algo cómico, pues me dejaban una sensación física de angustia que me impedia moverme, mirar hacia otro lado, respirar con tranquilidad. Al fin, después que el frío en el pecho se desvanecía, podía dormir de nuevo, esperando que los monstruos no volvieran, que esos animales que soñaba se quedaran en sus reinos, que ese loco en llamas que me devoraría de darme alcance, se consumiera sin dejar rastro. Sólo quería pasar una noche en paz, como si estuviera en compañia de mi tribu, de una tribu en la que me sintiera cómodo guareciéndome, contarles mis pesadillas, oír sus risas y sus burlas alrededor de una fogata que me permitiera dormir como su fuera un niño. Pero las pesadillas me siguieron a los montes. En la cueva del Ararat viví la soledad más inmensa que puede vivir alguien sin aniquilarse en la locura. Soñé con perros, con gusanos, con mentiras. Al día siguiente partí hacia los Urales, y como para entonces me había librado bastante de mi pasado y de mis costumbres, devoré con rabia al primer perro que atravesó en mi camino. Leía mi Corán y comencé a creer en Dios y vi sus maravillas en las mañanas, cuando tiritando de frio olvidaba todo lo que había sido, y en las tardes cuando agobiado por el cansancio recordaba que esas tierras habían sido caminadas ya, hace milenios, por hombres que iban hacía aquello que yo estaba dejando. Adopté un cachorro, un perrito, no por la culpa de haber devorado crudo a uno de sus congéneres. Es que me cayó bien. Logró hacerme recordar mi niñez brumosa y entonces lloré. Le puse por nombre perro y era capaz de todo por mi. No mostraba cansancio nunca, y se contentaba con lo poco que podía compartir con él. Incluso compartía conmigo algunas veces el producto de su caza: patos, aves de todo tipo, ratas, insectos enormes que traía colgando de su hocico, todavía vivos y luchando por su vida. Perro terminó de enseñarme lo que muchas veces yo había llamado con la palabra felicidad. Atravesábamos Pakistan cuando una noche sus ladridos me salvaron de ser mordido por una enorme cobra. Nunca supe su raza. No conozco las razas de los perros turcos, y menos aún los de las montañas turcas. Me acompañó todavía durante algunos años en Armenia, al pie de un lago tan solitario y tan hermoso que me hice una choza de barro y en donde vivimos en el más absoluto silencio y en la más entrañable felicidad. Una mañana fría y lluviosa amaneció muerto a los pies de mi cama de ramas. En honor a su vida devoré sus entrañas y enterré el resto con oraciones aprendidas de mi Corán. Y seguí mi camino. Estaba en los huesos, comía mal, pero me sentía más sano que nunca, los callos en mis pies eran increiblemente gruesos, tanto que podía haber atravesado descalzo brasas al rojo sin herirme y sin sentir algo más que un agradable calor. De esos años en los que abandoné el lago armenio recuerdo el sol de la tarde, un disco rojo que se quedaba mirándome en unos crepúsculos interminables. Inevitablemente en ocasiones me encontraba con algunas personas, pero nuestros diálogos eran casi exclusivamente en señas. No aprendí el Turco, ni el Georgiano, ni el Ruso, ni el Mongol. Ya en los Urales me encontré con tipos como yo, que no iban sino que regresaban. Todos olíamos muy mal y detrás de las barbas y la mugre en muchos de ellos pude ver el rostro de hombres de occidente. Algo como la tristeza y la alegria y la sensación de alivio de no estar solos nos aparecía fugazmente por la mirada cuando nos encontrábamos. Cuando me di cuenta de eso, de cuánto todavía estaba condicionado por los afanes y preocupaciones humanas, por el afán de compañía y por el sentimiento de estar logrando algo; me impuse una marcha aún más rigurosa, una ascesis ya sin forma humana. Las rocas del desierto de Gobi terminaron por extirpar de mi alma el alma misma. Y entonces conocí la felicidad de la felicidad, la interminable senda llena de pedruzcos y de escarabajos, el follaje verde e interminable de los que caminan sin la compañia de Dios. Me llegó entonces el rumor del fin del mundo pero no me detuve en el camino. Me vi tentado a adoptar otro perro, pero esta vez estaba seguro que no me esperaría a que muriera para devorarlo en cuanto le tomara cariño, y estas muestras inequivocas de crueldad y consideración, -vicios de lo humano-, me hicieron estar seguro que tantos años de errancia habían sido en vano. Tomé mi Corán y estuve a punto de ceder a la Fe, pero vi la mirada del perro que, sentado a mi lado miraba a ese otro sol enorme y rojizo, atento y serio, siendo tan perro como el que más, y tal vez siendo perro por vez primera alli, ante la noche que se viene. Y esta imagen me pareció entrañable, la imagen de un perro en presencia del sol que muere. Perro sacerdote, perro sin mácula. Sin pensarlo ni un momento procedí a devorarlo, gozoso, lleno de lágrimas. Desde entonces puede decirse que detuve mi camino, al pie de un camino rural donde de vez en cuando hay frente a mi choza un perro mirándome dormir en la noche. Sin que yo lo sepa. Sin un sol que me proteja.

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