Nos vimos esa mañana que yo me regresaba a España, ¿lo recuerdas?, tu llegabas a tu vez de Francia y por poco no nos vemos. Te marqué a tu nextel la noche anterior y oí una voz de mujer fatal, comedora de tímidos como yo, que me hacía el fuerte, el distante, para no ser devorado demasiado pronto. En el sanborns del triángulo, me dijiste, y yo claro, nos vemos, llegaré antes, asi que me buscas ya dentro del restorán. Llegué 25 minutos antes, me puse a ver libros, a hojear revistas, a secarme el sudor de las manos. Al fin me senté en una posición de manera que me vieras fácilmente cuando llegaras. No te recordaba tan bonita, es decir, tan deseable, tus pantalones contenían dunas de piel y de sexo. Claramente vi cómo un mesero se quedó mirándote con la boca abierta. También vi cómo las meseras, reunidas en manada, estuvieron a punto de atacarte. Traías pantalón de mezclilla, entallado por supuesto,una blusa ligera, gafas enormes, zapatillas con tacón y un chal magnífico: Breathtaking, como dicen los gringos. Me llené de ti, me llené de tu perfume, y todo fué como lo habíamos imaginado tantas veces. Nos miramos a los ojos y comenzamos a platicar de la lejanía y de la angustia, de la lejanía y del amor. Ninguno de los dos creemos en las amistades entre hombres y mujeres; me dijiste, sin pedirme permiso para decirlo en mi nombre, y sin siquiera averiguar si eso pensaba yo. Pero no te contradije, y mientras platicábamos yo sólo pensaba en llevarte a la cama, en emborracharme de ese perfume inquietante, en quitarte a zarpazos tus pantalones nuevos (estás un poco más rellenita). Me hablaste de tus galanes y de que ya no crees en el amor. A mi me hubiera gustado decirte que creyeras en mi, que alli estaba, a tu alcance. Yo te hablé de mis ex novias y de las españolas que tengo en la mira, sólo para mantenerme seguro y no exponerme a tus poderes demasiado tiempo. El pronóstico de nuestro futuro amoroso como siempre fue negativo y pesimista. Moriremos con nuestros gatos, dijimos mientras nos reíamos y mientras tu rodilla fue a toparse con la mia. No la retiraste ni yo tampoco, asi que quedamos en que en unos años rentariamos entre los dos una casa para hacernos compañía. Luego dijiste que las personas que viven juntos tarde o temprano terminan juntos como pareja, y yo dije claro, si hasta los pandas se aparean cuando los juntan, y te dije que podrías hacer de cualquier hombre lo que se te antojara. No me creíste pero te lo repetí bien claro: tienes poder absoluto, pero para usarlo habrías de tener el corazón negro, y no lo tienes ni lo tendrás. Te reíste y tu aliento era tan irresistible que hasta ahora llevo esa herida abierta. En eso te di el abanico que te compré en Madrid, y temiste mostrarte demasiado efusiva, temiste abrazarme y mirarme agradecida a los ojos. La tensión era deliciosa. Yo te dije que no tenías que agradecerme nada. Me servirá ahora que hace calor, dijiste, y comenzaste a abanicarte con alegria, mientras me mirabas, juguetona. A los 40 serás una mujer hermosísima, te dije, y te expliqué que te estaba vacunando, haciendo un rito de paso para cuando tengas esa edad y te sientas insegura de esa belleza que ahora te arrebata y me abisma. Paraste los labios como haces cuando algo te gusta, cuando te muestro algo que no conoces todavía. ¿Crees en Dios?, me preguntaste, y te contesté no me acuerdo que cosa, pero lo que yo quería decirte era que creía en ti, en tus gafas enormes, en tu rodilla puesta sobre la mia, y en que te dieras cuenta como yo, que en esos momentos ninguno de los dos necesitaba nada más, ni del mundo, ni de las personas, ni de los dioses. Cuando ambos tenemos parejas, te hice notar, ambos hablamos de las ventajas de tener a alguien a nuestro lado, de sentirnos acompañados en esta vida, pero también de las ganas de irnos, del aburrimiento que nos producen más temprano que tarde, y que de manera irremediable nos cansaremos, nos heriremos y nos diremos adiós. Y cuando estamos solos, tu y yo, rumiando juntos nuestras búsquedas fallidas, nos dedicamos a hacer una apología de la soledad, de la independencia y de la libertad. Tu te vas de compras, de fiesta y mirando a las parejas aparentemente felices te compadeces de ellas, imaginando el tedio de todos los dias, el horror de despertar junto a la misma persona para siempre. Yo entonces hablo de las pampas y de las selvas, y de los inconvenientes del deseo, y de lo bonito que es sentarse en una terraza en el verano de Madrid, a sufrir en carne propia la inconcebibilidad de ver juntas a las mujeres más hermosas del mundo. Y luego te gusta que te platique de las habilidades del Perro Aguayo, y del hijo del Perro Aguayo. Luego la soledad nos invade y nos encuentra juntos, y se ríe de nosotros, solos en medio de de un universo de carne y de miradas, de olores y de otras soledades. Luego nos fuimos, pero tu no querias, y eso me hizo feliz, y luego te dije que yo te invitaba, y eso nos hizo felices. Pagué la cuenta y te dije que me esperaras en las revistas mientras pasaba al baño y cuando regresé te miré sin que me vieras, te miré y te olí detenidamente y entonces te tuve todas las ganas del mundo. Tu mirabas un tv notas y me preguntaste qué de malo había hecho Paris Hilton, y yo pensé: nacer, pero te dije otra cosa. Te fui a dejar al estacionamiento, a tu coche, y mientras te adelantabas te miré por detrás y supe que tu podrías ser mi felicidad. Nos abrazamos y me dijiste me la pasé muy bien, mirándome a los ojos, dueña del poder de tu cuerpo y de tu perfume, y dueña absoluta de mi, sin remedio y sin esperanza. Quedamos de vernos en París el próximo verano, y me dejaste con una ansiedad en el cuerpo que no quiero que se evapore. Te subiste a tu coche y te fuiste mientras yo vagaba perdido en el estacionamiento en busqueda del mío. Un lavacoches me indicó con su dedo donde estaba y yo le agradecí, pero estaba pensando en otra cosa, no sé en qué; tal vez en tu pregunta sobre Dios, tal vez en ti. Tal vez en ambas cosas, que tal vez sean lo mismo.
Luego me fui y al poco tiempo me dijiste por mail que ibas a casar con un tipo al que acababas de conocer. Para no sucumbir a la tristeza y a los celos mejor me dió por enojarme. Pero ni siquiera eso te dije. No me he sentido casi nunca con el derecho a poner en peligro la amistad que nos une, aunque a veces he pensado que en realidad esa amistad no me importa tanto como yo digo, y a lo que le tengo miedo es a decirte que te quiero y que entonces tu te alejes. Tal vez nunca te había dicho que te quiero para que no te alejaras de mi. En fin, viví a través de tus correos todos los preparativos y tus dudas, las dudas de tu mamá y todo sin que se formara en mi mente más que una borrosa figura del hombre en cuestión, un tipo con suerte, con toda y más de la suerte que yo he querido para mi vida, durante toda mi vida. Recuerdo que dos semanas antes de la boda ya me habías dicho que no era lo que esperabas, y que tu felicidad había disminuido ya varías décimas. Cuando te casaste dejé de escribirte, hubiera sido demasiado doloroso escribirte con la esperanza de que me contestaras que había sido un error y que me contestaras lo contrario, que estabas muy feliz, que no conocías esos niveles de dicha y que ibas a tener un hijo. Pero los dioses se han empeñado en mantener vivo este querer, pues yo regresé a México en el mes de diciembre y pocos días después recibí el mail que tanto anhelaba: Toño, hay que vernos. Me dijiste, en pocas palabras. Y yo fui feliz. Te hablé por teléfono a tu nextel y nos vimos en la 43 pte, en la terraza de un viejo café. Llegaste como siempre, partiendo plaza, provocando la ira y la envidia de las mujeres y el salivar de los hombres -clientes y meseros- alli presentes. Y mi orgullo, llegaste provocando mi orgullo. Una mujer tan bella, tan hermosa y luminosa, tan atractiva, tan sensual y erótica, tan segura de sí misma, una Cécile llegando junto a mi, diciéndome Tooooññño, abrazándome, besándome y sentándose a mi mesa. No sabes cómo sufro cuando me abrazas, cuando me dejas poner mi mano en tu cintura mientras te huelo el cuello, tu perfume magnífico, cuando siento tus muslos en mis muslos. No sabes cómo sufro y cómo soy feliz cuando nos sentamos a la mesa y pedimos los cafés y luego le echas la crema o la leche al tuyo, con ese desdén que te caracteriza y que me mata, y cómo soy feliz cuando en una muestra de lo alegre que te sientes en mi compañía sacas tus cigarros y te los fumas con elegancia, toda dueña de tu vicio, y yo, con la voluntad aniquilada, pidiéndote uno para disimular mi nerviosismo, o simplemente para hacer algo en este mundo que tu estés haciendo al mismo tiempo, para sentir que hay algo que nos une, algo más que la amistad. El tono de nuestra charla fué el de siempre, es decir, hablamos de la soledad, del amor, de la felicidad duradera, y concluimos como siempre que todo eso es imposible de alcanzar en este mundo. "Todo erotómano es un místico que se ignora", cuando eso pasa recuerdo siempre esa frase que hace muchos años un amigo me dijo, diagnósticando dulcemente el mal que me aqueja desde siempre, el mas que nos aqueja. La belleza. Luego nos fuimos y quedaste de invitarme a cenar a tu casa, te dije que la idea no me gustaba, no me hacia feliz la idea de pensar en conocer en su casa al tipo con el que duermes todas las noches y el que es capaz de ir por el mundo diciendo, mira, te presento a Cécile, mi esposa. No, asi que amablemente decline la invitación y entonces tu prometiste pedirle permiso al energúmeno para salir conmigo a tomar otro café. Y asi fué, una mañana que estaba en mi cuarto pensando en ti me hablaste por teléfono y te dije que nos veríamos donde quieras y a la hora que quieras. ¿Te das cuenta que en cada palabra que te digo te estoy diciendo que te quiero, que te quiero a la manera en que los personajes de las novelas del Gabo quieren a las mujeres más hermosas del mundo? ¿Te das cuenta que este texto es mi manera de pedirte "con lágrimas en los ojos" que te cases conmigo?. Y entonces nos veíamos y platicábamos y caminábamos. A veces nos vimos en una extraña heladería italiana, y a veces me marcabas y me dabas órdenes: estoy en la uni, salgo a la una, ¿nos vemos en la cafetería?, y yo dejaba todo lo que tenía que hacer por verte aunque sea 15 minutos, por ser feliz contándote algunas de las cosas que me hacen feliz, mientras tu te comías tus golosinas, unos fritos, unos platanitos fritos, galletas y no me acuerdo que cosas más. A veces llegaban junto a nosotros otros tipos atraidos por tu belleza como moscas a la miel y te pedían un cigarro, a veces nos encontrábamos a amigos y exalumnos míos y yo te decía vente, vamos a saludarlos, pero a mi ellos no me importaban, lo que yo quería era presumirte ante el resto de los mortales y yo te presentaba como Cécile, sin decir nada más, dejando que especularan sobre nosotros juntos, sobre la bonita pareja que hacemos. Una mañana nos vimos en el sanborns del triángulo, y en un momento me dijiste que cuando una mujer busca la mano del hombre, éste de inmediato debe agarrársela. Todo esto seguro salió por una de las mujeres que me gustan y de las que yo te cuento sólo para conjurar tu poder sobre mi, y de algún modo para que pienses que en realidad no estoy tan enamorado de ti si es que te hablo de otras mujeres. Pero Cécile, ponte un poco en mi lugar, imagina por un momento tu tamaño en mi corazón, tu magnitud en mi vida; ¡es enorme!. Si yo me descuidara tan solo un momento, si me dejara llevar (como estoy haciendo ahora), estaría irremediablemente perdido y a tu merced. ¿Te das cuenta que siempre corro el riesgo de perderte, de que me digas no toño, no confundas nuestra amistad?. Ahora que te veo lejos, eso ya no me importa, me bastará con que me digas que tengo un chance de entrar en tu corazón, y si ni siquiera eso, bueno pues ni hablar, tal vez en otra vida. Hablábamos de cosas asi, y en eso tu mano comenzó a rozar la mia!, yo no lo podía creer, fue un momento delicioso en el que sin embargo la cobardía me ganó y no hice nada. Noté cierta decepción de tu parte. Ese día era domingo, y tal vez fue por eso que se quedó truncado que me propusiste que fuéramos a comer el martes siguiente al restorán árabe.
Y llegó el martes, y fui feliz de que fueras puntual y de que te pusieras más hermosa de lo que te había visto nunca. Cuando entré al restorán tu ya estabas alli, y te levantaste y me abrazaste. Luego comimos, charlamos mucho y al fin vino la dueña a leerme el café y nos dijo si eramos pareja o cortejo...¡carajo que momento! Bueno ni modo de decirle pues si, fíjese que desde hace mucho estoy enamoradísimo de esta mujer aqui sentada, y fíjese que creo que es la más hermosa del mundo y que si me dieran a escoger entre 100 mujeres bellisimas de todo el mundo sin dudarlo la escogería a ella. Pero no verdad?, no podía decirle eso. Y sin embargo sabiendo eso, aún sentí feísimo cuando tu le dijiste que no, que no eramos pareja ni cortejo. Y cuando digo feísimo es por que sentí feísimo. Y bueno, salió lo que salió, tu te has de acordar. Y esa persona eras evidentemente tu. Yo te quiero y tu no. Yo te miro pero tu ves a otra parte. Yo quiero pero tu juegas. Ah, que dolor comprobar lo que de algún modo era probable.
Luego fui al baño y cuando regresé estabas sentada junto a mi, y eso fue delicioso. Luego comenzamos a hablar de no sé que cosa y yo te miraba con una mezcla de amor y de ganas, pero también de tristeza y decepción, pero era una mirada intensa, y estoy seguro que tu la sentías. Cécile, ahora no me cabe la menor duda, tu y yo seríamos felices, lo más felices que podremos ser jamás. Con cualquier otra persona nos aburriríamos demasiado. Pasó el tiempo y los cigarros y yo entonces recordé que en esas ocasiones es mejor decir el sentimiento que nos carcome, por que a veces uno piensa que será mejor decirlo en otra oportunidad, pero en realidad esa oportunidad nunca llega, asi que estuve a punto de decírtelo en 5 o 6 ocasiones hasta que al fin, cuando ya no venía al caso te lo dije: Cécile, tu eres la mujer del café; y tu, dueña absoluta del universo, sin inmutarte me dijiste viéndome provocativamente a los ojos: ¿Quien?, la del café, la maldita?. Y te reiste, y yo en lugar de hacer cualquier otra cosa, en lugar de sentir cualquier otra cosa, te quise todavía más, me sentí todavía más orgulloso de ti, te deseé más que nunca y te quise abrazar y besar más que nunca. Entonces supe sin el menor asomo de duda que eras eterna en mi, y que con respecto a ti yo estaría siempre perdido.
Nos vimos al otro día en la uni y luego nos vimos en mismo día que yo me regresaba a España, y te di una carta en la que te decía más o menos lo que te estoy diciendo ahora, y me dijiste que te había gustado. Cuando nos despedímos me sentí muy frustrado de no haberme atrevido a darte un beso, y ese beso no dado lo traigo todavía pendiente aqui en mis sentidos, en mis entrañas, en mi piel y en mi mente.
Luego me vine a España, pasó lo que pasó, me dejaste de escribir. Pero ahora estoy aqui de nuevo, como siempre, y como va a ser siempre (lo sé). Frente a ti, diciéndote lo mejor que puedo que me gustas, que te quiero, que quiero casarme contigo, que te quiero hacer feliz y que quiero morirme ya muy viejito, a tu lado.
Aqui estoy, lo demás no está en mis manos.
Feliz cumpleaños preciosa.
No comments:
Post a Comment