Tuesday, August 02, 2011

Su resfriado era de proporciones épicas. Debe ser el cansancio, pensaba. Había hecho un viaje de diez días, primero por Barcelona y luego en Praga y Viena. Caminatas, mucho vino, cambios de temperatura, comidas irregulares. Todo eso había culminado en un catarro que había comenzado durante el viaje en autobús desde Praga a Viena, y que le perseguía hasta ahora, esperando a Chavo en el aeropuerto. No le dio tiempo de ir a su casa y darse una ducha. Los vuelos llegaron con apenas dos horas de diferencia, él suyo, desde Praga, y Chavo desde México.




Salvo el pequeño inconveniente del resfriado, el viaje -como siempre-, había sido fantástico. Se sentó con David en el primer salón que encontraron abierto en Praga, junto a la sinagoga vieja, y a sólo una calle del cementerio judío, y allí lo invadió una sensación de felicidad que últimamente había estado muy presente aparentemente sin motivo. Durmieron siempre en el hostal junto a tres “francesitas” de modos principescos. La que más cerca quedaba de su cama era un portento de dulzura joven, ojos amables, cabello rubio, piernas perfectas. Por las noches no hacía el menor ruido, y él se angustiaba un poco pensando en si sus ronquidos la dejarían dormir. -Debe pensar que soy una especie de monstruo-. Deseaba que al menos tras la primera noche, ella se hubiera comprado unos tapones para los oídos. Ese fue su primer amor de ese viaje. Por las noches, llegaban cansados, adoloridos de caminar todo el día, contentos por la música, el buen vino, el goulash. En lo oscuro, sintiéndola dormir, fantaseaba con ella, con un amor surgido entre ambos a partir de las circunstancias más improbables. Se imaginaba dentro de una historia apocalíptica de escenarios terribles:



“De repente el rumor de una guerra, agitación por las calles, la gente reunida en torno a los televisores. En un santiamén, los aeropuertos cerrados. Algo había pasado entre los estados Unidos y Rusia, o Irán, o China, no se sabía bien. Los rumores eran contradictorios. Todas las naciones en guardia. Embajadas rebasadas por las solicitudes de repatriación. Los vuelos de todo el orbe suspendidos por la locura de una nueva guerra. Miles de turistas parados en los hostales, hoteles, en casas de huéspedes. Colas enormes para intentar hablar a sus casas en los teléfonos colapsados. Racionamiento de comida. Los días pasan y los que habitamos el cuarto nos vamos acostumbrando a nosotros mismos viviendo esas angustias. Nos comunicamos en inglés con las francesitas, y entonces descubrimos que no son francesas sino canadienses, y que estaban de viaje de graduación por Europa. Ninguno de nosotros sabe si volveremos a ver a nuestras familias. Comienzan los racionamientos de comida a gran escala. La rapiña invade las calles por las noches. El hombre, ese lobo dormido despierta y mata, roba, asesina, viola. Conseguimos unos palos para defendernos. Nos proveemos de piedras, nos organizamos entre todos los huéspedes para defender el hostal en caso de una agresión. Por el día nos dividimos en grupos de exploradores y cazadores. Un grupo se queda defendiendo el hostal y a las mujeres. Pronto me hago el líder de uno de los grupos que salen a buscar comida. Los primeros días tenemos éxito. Regresamos con provisiones que nos permiten sobrevivir durante tres o cuatro días. Siempre regreso con algo especial para nosotros, los de la habitación, David, las tres nenas y yo. Invariablemente doy a Amy una golosina especial, chocolates, artículos de belleza, pasta de dientes. Me corresponde con sonrisas tímidas. Una mañana oigo cuchicheos. Ella y su dos amigas están sentadas en una sola cama, intercambiando chismes y riendo bajito para no despertarnos. Sin que ellas lo noten abro un ojo y descubro por la forma en que voltean hacía mi, que Amy les está contando algo sobre nosotros. Cuando nadie nos está viendo nos tomamos de la mano. Un día llega al cuarto un alemán preguntando por ella, quiere invitarla a tomar una infusión de manzanilla. Ella le dice algo que no entiendo, pero lo despide amablemente y entonces llega a mi lado y me toma de la mano por primera vez enfrente de los demás. David está sorprendido y emocionado, las amigas de Amy también. A partir de entonces este brote romántico en medio de los rumores del fin de los tiempos hace de nuestro encierro en el hostal algo distinto, mucho más llevadero y humano. Por las noches, basta con que le haga un gesto a David para que él y las otras chicas se vayan a la sala de televisión a ver una película, tiempo suficiente para estar con Amy a solas. Una noche sucede algo terrible. Comienzan los disturbios abajo en la puerta del hostal. David y yo nos asomamos a la ventana. El escenario es inquietante. Una turba enardecida de checos se enfrenta a una banda de rusos que salieron en busca de comida. Fuego por todas partes, palos, balazos. De repente los checos intentan asaltar el hostal, en parte para escapar de la furia de los rusos, superiores en número y fortaleza. Tenemos una guardia abajo, protegiendo la entrada, pero son demasiados y necesitan ayuda. Me pongo los zapatos y le grito a David, -¡vamos a defender la puerta!-. Cuando estamos a punto de salir del cuarto siento una manita que me toma del brazo. Es Amy, su carita desencajada por el terror me llena de ternura, de amor. -Be carefull, please, Toño-, me implora. Siento su olor de princesa tibia, veo en la penumbra el perfil de sus labios maravillosos. -Don´t worry babe, i´ll be fine-, le digo, para tranquilizarla, y ella, presintiendo tal vez una pesadilla aún mayor, me abraza y yo la beso. Ella llora y entonces bajamos David y yo. La defensa fue heroica. No lograron pasar los invasores, pero hubo muchos heridos de los nuestros, ninguno de gravedad, pero las brigadas no pueden cargar con acuchillados y fracturados. Me rompí el dedo gordo de la mano derecha. Amy me lo vendó. Hizo cursos de primeros auxilios en Montreal, hace algunos años. Al recordarlo me cuenta cosas de su familia, de su infancia, de sus ganas de viajar. Desde hace días no hay mucha agua para el aseo personal, las letrinas se llenan antes de que nos atrevamos a echar una cubetada de agua. No me he dado un buen baño en casi una semana. Mi olor debería bastar para alejar a cualquier invasor. Me sorprende la dulzura y la hermosa forma de ser mujer de Amy en esas circunstancias terribles. No huele mal, huele a ella, pero nada más. Su cabello se mantiene pulcro y alisado, y saber que tiene sin bañarse los mismos días que yo, no le resta en nada a la emoción y el deseo que me invade cuando le veo dormir mientras hago guardia. Las sábanas se le deslizan y le veo las bragas, la camiseta con la que duerme, los pechos redondos que reposan con soltura en medio de la penumbra. La noche está tranquila, me acerco a su cuerpo y la abrazo. Ella despierta y se pone a llorar mientras me echa los brazos y me besa. Hacemos el amor con furia y con tristeza, en medio de lágrimas”.



Esas fantasías terminaron cuando un buen día las “francesitas” se fueron y en su lugar aparecieron tres italianos que roncaban peor que yo, que llegaban tardísimo haciendo el mayor ruido posible y a los que descubrí mientras fingía dormir, husmeando en las maletas de unas españolas que habían llegado un día después de ellos. Nunca volveré a quedarme en un hostal.



Hubo mucho vino, buena música, dixieland, y un festival de jazz en donde vimos a un pianista y a un baterista que experimentaban raptos místicos mientras tocaban. Se miraban como si se dijeran palabras de amor, y la mirada del baterista veía en el infinito cosas que los mortales comunes ni siquiera sueñan. Pero además del río, los puentes y palacios, lo mejor del viaje fue Renata.



Vimos en una calle aledaña al centro un letrero de neón que decía las palabras mágicas: “table dance”, y entramos. El lugar era diminuto y estaba por completo vacío, salvo por el camarero. Eso si, el local estaba iluminado por una luz roja, como manda la ortodoxia. Le pregunté los precios de las bebidas, la hora a la que abrían y la calidad y precio de las chicas. Estamos abiertos, me dijo, pero preferí que nos fuéramos y regresar mas tarde, cuando hubiera más ambiente. Deseaba conocer, no sin sensatas reticencias, un lugar así en Praga. Mi ignorancia en cuestión de burdeles checos es enorme. Así que regresamos, ignorando los peligros de visitar esos lugares en sitios tan remotos. La recompensa fue grata, y mucho mayor a la esperada. Había cuatro chicas, una más bella que otra. De inmediato mi vista se apoderó de una de ellas, la que salió a bailar primero. Nos sentamos, pedimos dos cervezas, y observamos con los ojos cuadrados y agradecidos, a una de las mujeres más hermosas que había visto en toda mi vida. Sin duda está dentro del top 5. Rubia, cabello largo, ondulado, cuerpo perfecto, senos perfectos, culo perfecto desde cualquier ángulo, mirada dulce, y una sonrisa que hubiera hecho de Genghis Khan un pelele pusilánime. Un portento. Mi cara de estúpido debió ser de antología. Loba de mar, Renata debe haber dicho –ya chingué-, en su equivalente checo, -claro está- y se acercó a mi, enfundada sólo en su diminuta tanga negra. Me invadió el terror, pero haciendo acopio de fuerzas, logré serenarme, aquietar mi erección y lograr articular algunas palabras en inglés. Ella se mostraba un poco enternecida -me atrevo a decir-, por la magnitud de mi desamparo ante su belleza. ¿Cómo te llamas?, pregunté: Renata, ¿and you? Su voz era si se puede, más hermosa que su cuerpo. Quise que se quedara con mi verdadero nombre, y se lo dije: Antonio. Después de una breve cháchara, convenimos en el precio, y bajamos a los “privados”. Lo acontecido allí rebasa todo lo que se puede decir con palabras. Describir que fueron diez minutos eternos, sublimes, en los que fui dueño y señor del cuerpo y la sonrisa de una diosa, es completamente inútil. No tiene el menor caso intentar describir la perfección de sus curvas, mostrar a través de vanas palabras la tersura de su piel, lo bien que le quedaba su perfume; su aliento inenarrable. Solo diré que al otro día desperté con una sensación de felicidad honda y dolorosa. Su perfume se mantenía en mis manos, en mi ropa, en mis sentidos. Sentir su espalda humedecida por el sudor, mientras ella se meneaba sobre mi cuerpo azorado fue algo inolvidable. David, que había pasado a gozar con otra de las chicas, -una cuya maldad de ojos me hizo sospechar que se trataba de un súcubo en persona- salió como si acabara de presenciar un milagro, como si hubiera sido el primero en ver una zarza ardiente. –Ahora entiendo por qué se enamoran de ellas- comentó, todavía sumido en los reinos esclavizantes de la sensualidad. Al otro día, en la cama del hostal oyendo los ronquidos del italiano, sus esporádicos pedos y añorando la dulce presencia de “la francesita”, decidí incluir a Renata en mi fantasía apocalíptica.



“Los días pasaban en medio del caos general. Los que todavía tenían radios de pilas oían noticias que de tan terribles nadie se atrevía a creer del todo. Había habido un ataque nuclear fulminante en contra de los Estados Unidos. No hubo tiempo de responder con nada. Lo raro que es que el ataque no había sido identificado. Ni Rusia ni China se lo adjudicaban. Eran los dos únicos países con cierta capacidad de hacer algo así. Pero lo que se comentaba con mayor seguridad era que había sido un auto ataque, o la computadora de defensa se había vuelto loca o era un ataque masivo planeado con mucha antelación desde dentro, y llevado a cabo con la máxima eficacia. El resto de mundo estaba en espera de un reacomodo cuyo liderazgo no acababa de surgir todavía. Nada estaba claro. Desde el espacio, el mapa de lo que hasta entonces habían sido los Estados Unidos era ahora solo una enorme mancha negra. Las víctimas se calculan en varios cientos de millones. En menos de dos semanas, se había formado una confederación de países latinoamericanos, gobernados por una junta de presidentes. Todo el mundo se atrincheraba esperando que el famoso reacomodo fuera lo menos violento posible. África era toda una guerra civil resurgida de entre los restos de la colonia. Europa occidental se mantenía en una calma tensa, asegurada por el ejército en las calles. China, La india y Japón habían hecho su propia confederación. Con toda probabilidad de allí vendrían los cánones dominantes en adelante. Rusia se apoderaba de las antiguas repúblicas soviéticas, incluida la republica Checa. Y henos allí, en medio de los últimos capítulos del Apocalipsis, en medio de las peores pesadillas de Nostradamus. La Iglesia Católica mientras tanto, había colapsado. Benedicto XVI había muerto de un ataque cardiaco apenas oyó la noticia. El conclave posterior fue de una rapidez que batió todos los records. Se eligió como sucesor a un italiano que tomó como nombre Pedro, mismo que fue asesinado por un tirador anónimo apenas salió al balcón para presentarse ante la atemorizada grey. Desde entonces las iglesias de cada continente habían proclamado una especie de independencia. Los curas tomaron en sus manos las reglas de la iglesia, ajenas al Vaticano; se casaron con sus concubinas, un número enorme de monjas fueron ordenadas sacerdotisas por obispos no del todo convencidos. Comenzaron a propagarse como epidemias los mea culpas, los cilicios, los latigazos. Pronto hubo quienes comenzaron a ver visiones de los jinetes del Apocalipsis. En cada esquina se veía al demonio, y en los cementerios se podía ver a los muertos alegremente salir de sus tumbas, no se sabe bien para qué.

En uno de nuestras salidas en busca de comida la vimos desnuda y sin sentido, en mitad de una calle que parecía haber sido bombardeada. Era Renata. La subimos en el carrito que llevábamos y yo, junto con otros 4 hombres, abandonamos la búsqueda y regresamos con ella al hostal. Era bellísima, lo único que conservaba eran sus zapatillas de teibolera. Amy se había convertido para entonces en la enfermera oficial del hostal, y estaba embarazada de tres meses de un hijo mío. La enfermería estaba junto a nuestro cuarto. La situación de Renata no era grave. Unos rusos habían intentado violarla cuando una horda de polacos se enfrentó con ellos. Renata escapó corriendo y se dejó caer desmayada en esa calle abandonada sin poder hacer nada más y sin poder rescatar la ropa que le habían arrancado esos salvajes a base de zarpazos. Estaba tal y como la recordaba, inmensamente bella. Al despertar ella también me reconoció, y sin vacilar un momento, pero aún bajo la somnolencia del trauma, repitió mi nombre. -Toño, qué lástima que no pudiste regresar a tu país-. Amy me miró con furia y yo puse una sonrisa de pendejo.-Es una casualidad-, le dije en voz baja. Botó en el piso lo que traía en la mano y se fue de la enfermería dando un portazo.

-Perdona, no quise causarte problemas-

-No importa, está bien, no tenías por qué saber que espera un hijo mío-

-Veo que se han organizado bien en este lugar-

-Asi es, al parecer hicimos lo correcto, la información comienza a fluir y creo que la situación pueda normalizarse dentro de unas semanas. Tal vez pueda regresar a México con Amy en poco tiempo- Yo murmuraba las palabras sin saber cómo podía mantener la calma en medio de la agitación erótica que la diosa me provocaba.

Se acomodó en la cama de la enfermería y su bata que caía dejó ver parte de su espalda.

-¿dónde está mi ropa?-

-No tenías, estabas completamente desnuda-

Renata sonrió con coquetería

-Iba a sonrojarme, pero ya me conoces así-

Era absolutamente irresistible.

-Si, y me sorprende que hayas recordado mi nombre- tartamudeé

-Uno de mis ídolos del cine es Anthony Quinn, por eso lo recordé, además, no vienen muchos tipos mexicanos por el bar. Fuiste mi único cliente de esa noche-

-Si no estuviéramos en medio del fin del mundo, si no hubiera pasado nada, de todos modos yo nunca te habría olvidado- Me sorprendió mi osadía de charro de película de los 50´s

-exageras-

-en absoluto, a mi también se me hizo raro que siendo checa te llamaras Renata. Podría ser perfectamente un nombre de una mujer en cualquier pueblo de México-

-¿Me estas seduciendo?, recuerda que estás esperando un hijo-

-No sé si te estoy seduciendo, estas palabras salen sin remedio de mi boca. Inevitablemente le rindo culto a la belleza, a tu belleza, como hice esa noche. Además, esto es el fin del mundo, todo se vale.- ¡Estaba yo irreconocible!

Renata se incorporó en la cama, se puso unas bragas y una camiseta que Amy le había dejado para cuando despertara. Lo hizo sin vergüenza de que yo estuviera presente. Se apoyó con una mano sobre la cama, y con movimientos expertos deslizó una a una sus piernas en la diminuta prenda color de color azul y miró con alegría por la ventana. Praga seguía allí, hermosa como ella, oscura y dorada.

-creo que me quedan bien, ¿qué opinas?

Su crueldad y coquetería eran maravillosas.

-Te quedan perfectas-

Me acerqué a ella, rozándole la mano con la que seguía apoyándose en la cama. Su pierna derecha, flexionada hacia atrás, daba a su cuerpo la escultural e incontestable forma de mis deseos. Se quedó callada viendo con una expresión indescifrable su ciudad natal.

-Creo que nunca nadie me había visto con una expresión como la tuya esa noche, estabas con la boca abierta, llegué a pensar que eras un idiota-

-Bueno, poco me faltó para perder la razón en cuanto te vi. Eras la suma de la perfección de mis más osados arquetipos-

-Hablas como un poeta-

-Soy un poeta-

-A ver, recítame algo-



Y le recité sin vacilar poemas que hasta entonces supe que me sabía de memoria.



Descuidé a partir de entonces mis obligaciones como líder, como futuro padre, como enamorado esposo. Por mi liderazgo dentro del grupo, logré que una de las “francesitas” se cambiara de cuarto para que Renata fuera parte de nuestro grupo y pudiera dormir y vivir con nosotros. De entonces en adelante la cuidé como sólo una diosa se merece. Le procuraba todo lo necesario a Amy, incluyendo amor y ternura, pero a la divinidad checa le reservaba mis mejores presas, las mejores golosinas, las tajadas de carne más jugosas y mejor conservadas. Había olvidado que después de la noche que la conocí, cuando David y yo salimos del lugar, ni ella ni ninguna de sus compañeras voltearon a vernos. De ella esperaba al menos una mirada de compasión. Entonces pensé en que sabía muy bien su oficio, y ese gesto de ignorarme, en si mismo deleznable, me pareció la cumbre de su profesionalismo. Por eso no sospeché nada de la manera en que nos llevábamos después del rescate, en esos tiempos de penuria. Me preguntaba cosas de mi país, y al parecer se mostraba encantada por todo lo que yo le contaba. Todos los momentos de descanso la pasábamos juntos, hablando y cogiendo. Me trataba como a un rey, -mein König-, me decía, ayudándome a aprender alemán. Me alimentaba en la boca, se ponía delante de mi, apretaba sus nalgas contra mi y en un español casi sin acento me decía –cógeme-, mientras me ponía las manos en sus tetas y hacía que le mordiera la orejita. Al poco tiempo habíamos hecho planes para el futuro. Habíamos convenido que se vendría con Amy y conmigo a México, y que allí viajaríamos juntos. Amy tendría a mi hijo y luego volvería a Canadá si así lo deseaba, pero Renata y yo nos quedaríamos con el niño y tendríamos muchos más. Sería la envidia de todo México. Una tarde que regresaba de mis excursiones en busca de víveres, Amy, entre lágrimas, exigió respeto, para ella y para nuestro hijo. Me mostré inflexible a sus lágrimas. Llevaba ya varias noches durmiendo con Renata y cogiendo con ella ya sin el menor recato. Todos en el grupo me miraban con recelo. David nada más movía la cabeza de un lado para otro cuando se cansó de decirme que era yo un pendejo. Amy me aseguró que me amaba mucho, y que Renata era solo una puta aprovechada de la situación, y que escaparía apenas se asegurara de encontrar un mejor lugar, un mejor proveedor de alimentos, un mejor amante. En suma, ella estaba segura de que ahora que las cosas se estaban normalizando, Renata me dejaría sin vacilar ni un momento, sin pensar en todas las promesas que me había hecho y que no la vería nunca más, pero que ahora, por amor a nuestro hijo, me daba esta última oportunidad de recapacitar, de no hundirme de cabeza en el abismo que me esperaba. Me dijo que entendía el hechizo que me producía una mujer como Renata, que había visto como todos los demás hombres me miraban con envidia por haber sido yo el elegido, y que en más de una ocasión había temido que me asesinarían para quedarse con esa hembra (usó esa palabra). No la escuché y seguí con mis desenfrenos. Pero no me culpo, Renata era insaciable, juguetona, atrevida. Con ella supe el sabor de las cumbres de la sensualidad. Se encargó de que cogiéramos en todos los cuartos del hostal, prácticamente a la vista de los demás miembros de la tribu, que estaban demasiado cansados por el fin del mundo como para decirnos algo. Nunca perdió la sonrisa ni la disposición a coger. Comencé a adelgazar, a sentirme débil. Comenzaron a salirme unas ojeras espantosas. La comida no era abundante y mientras yo me marchitaba poco a poco Renata comenzó a ganar en lozanía y rubor. Sus curvas redoblaron sus perfecciones y desde algún lugar que nunca nadie averiguó, sacaba un perfume muy sutil con el que resaltaba de entre el hedor de los demás. –Es mi olor natural- me decía, y me besaba mientras me lo decía, y yo pensaba, -carajo, es cierto-. Era deliciosa, como el primer día.



Una mañana, al regresar de un patrullaje, noté todo tipo de expresiones en los rostros que me miraban. En los ojos de esos hombres sucios, cansados de conservar su humanidad dignamente, tentados a convertirse en licántropos había burla, sarcasmo, y en los de algunos, compasión verdadera. Nadie me dio la versión completa, su lástima hacia mi era demasiada, pero logré recomponer la escena a partir de retazos: Renata se había ido con una horda de alemanes con coches y autobuses que iban camino a Viena. Se había llevado todo lo que pudo. No me dejó una promesa, una explicación, ni una nota, ni un mensaje. Nada. Mi imbecilidad fue tan grande que no pude evitar admirarla y adorarla todavía más por lo que hizo. Cuánto profesionalismo.



Amy estaba tejiendo una chambrita en un rincón del cuarto, y cuando me vio entrar y dirigirme hacia ella con lágrimas en los ojos, bajó la mirada y en silencio me dejó sentarme a llorar entre la manta que arropaba sus rodillas”.



Un día antes de partir desde Praga hacía Viena, pensé en regresar a ver a la diosa Checa, implorarle a David que fuéramos de nuevo, e incluso pagar yo el consumo de ambos si era necesario, pero hubo demasiadas actividades en esos días. El festival de jazz, el hotel frente al reloj del ayuntamiento, y sobre todo, nuestro apresurado viaje a Viena. Compramos los boletos del autobús y reservamos en el hotel un día antes de partir. Al final valió la pena. Recorrimos la ciudad en bicicleta, visitamos la casa donde murió Mozart, vi una colección de obras de Egon Schiele que me dejaron sin habla, vimos en una pantalla gigante enfrente del palacio del ayuntamiento, a una gala de opera llevada a cabo en Berlín un año antes, donde aparecía como estrella principal el tenor Ramón Vargas. Fue curioso ver a cientos y cientos de vieneses convivir con absoluta urbanidad enfrente del espectáculo, sin dejar que la comida y cientos de litros de cerveza mermaran en nada el civilizado espectáculo de hordas de teutones admirando el gran arte. Para estos días ya estaba enfermo y cansado. Me esperaba todavía el viaje por Paris, Barcelona, Granada y Sevilla que iba a hacer con el Chavo. Cuando llegó al aeropuerto me sorprendió verlo tan delgado. Yo lo recordaba un poco más relleno de cuando lo había visto 7 meses antes. Siempre ha hecho mucho ejercicio, prácticamente desde que lo conozco va al gimnasio a hacer pesas, cuida su alimentación, en fin, cosas asi. Después de los saludos y abrazos correspondientes nos fuimos a la casa. Yo estaba en el clímax de mi catarro, pero aunque me ofreció quedarnos en casa para que pudiera descansar decidimos salir esa noche, y no lo lamentamos. Comenzamos caminando por algunas calles del centro. Yo había propuesto que fuéramos esa noche a un tablao flamenco que conocía y al que llevaba a todo aquel que se dejara, tan solo para ver a las bailarinas, en particular a dos de ellas: Erika y Amanda. No recuerdo ahora cuando fue la primera vez que las vi, ni con quien fui, pero el caso es que desde el primer momento me parecieron dos bellezas. Bebimos mucho vino, comimos dos raciones de jamón ibérico y tomamos fotos. Erika estaba espectacular, Amanda estaba como siempre, más allá de todas las descripciones. Al final nos fuimos tambaleándonos a tomar el autobús nocturno en donde hice esfuerzos supremos para no dormirme. Al otro día dormimos hasta bien entrada la mañana y esa tarde de domingo nos vimos con un amigo madrileño y visitamos el monumento a Agustín Lara que está en Lavapies, nos tomamos la foto de rigor y comimos en las fiestas del barrio un buffet de carnes que causó sensación por su olor y tamaño. Esa noche dormimos temprano. Había que estar en el aeropuerto a eso de las 6 am.



En París nos fuimos a tomar un vino apenas llegando en el café de Flore, lugar de reunión de intelectuales existencialistas y escritores latinoamericanos. Me arrepentí: 7 euros una pinche copita. El hotel estaba fenomenal, aunque una de las paredes estaba demasiado delgada, así que podíamos oír claramente a la familia de chilenos que estaba en el cuarto de al lado. Ya para entonces estábamos completamente acostumbrados el uno al otro: nuestros recuerdos de hacía 15 años se acoplaban perfectamente con nuestra manera de ser actualmente. Yo hice de la nostalgia un virtuosismo recordando con inmenso cariño a las que dominaron mis ilusiones en aquellos lejanos años. Maria Luisa por supuesto fue la principal de todas. La había conocido en primer año de la carrera y de inmediato me llamaron la atención sus piernas, su piel blanca y sus gafas puntiagudas. Que sexy. Yo tenía 17 y ella 18. Nunca he sido bueno interpretando las señales de las mujeres ni pasar de la amistad al amor, y en esos años mi infantilidad sentimental era de campeonato. Inevitablemente me enamoré de ella perdidamente. No me importaba que tuviera novio, pues como amigo suyo, me conformaba con verla y poder hablar con ella. Para colmo ella me quería mucho también, lo cual era mucho más de lo que yo en esos momentos pedía. Poco después sin embargo llegó a ser demasiado poco, y mi táctica para lograr hacerme de su amor merece estar entre las grandes estupideces cometidas alguna vez por el hombre: dejé de hablarle. Comencé a portarme bien mamón con ella, seco, esquivo, orgulloso. No sé que pensaba. Seguramente nada. Todas esas actitudes respondían más bien a vicios edípicos no resueltos, o que seguían aflorando tardíamente. Recuerdo un episodio horrendo de esta etapa. Estábamos en Tabasco, en un congreso nacional de Derecho del Trabajo, y por supuesto, nos dedicábamos después de las conferencias (a las que asistíamos crudísimos), a beber hasta reventar. Para ese entonces ya tenía tiempo de no hablarle, unos meses, tal vez. Por eso fue tan emocionante el viaje, pues inevitablemente nos teníamos que ver todos los días, cruzarnos por los pasillos del hotel, sentarnos en la misma mesa. Yo veía horrorizado cómo un tipo de nombre Esteban, que ni siquiera era de nuestra escuela se dedicaba a hacerle bromas y a poner cualquier pretexto para estar con ella. No siendo eso suficiente, debido a otro proceso estúpido de mi mente, canalicé esos celos a nuestro gran amigo Héctor, que no teniendo vela en el entierro, fue víctima de ellos simplemente por estar con ella una noche que nos habían ofrecido una cena en un pequeño yate. Mi borrachera fue de antología. Llevaba ya tres días de peda acumulada, y esa mañana habíamos empezado a las 11 de la mañana, así que para la hora de la cena mi aspecto era el de un hombre de las cavernas sediento de sangre y venganza. Lo recuerdo muy vagamente, de repente estaba de pie frente a la mesa en donde estaba ella, Héctor, y algunas otras personas, todos amigos míos, y entonces comencé. Les hablé de mi amor por ella, de la traición, de la eternidad, del corazón, de las gafas puntiagudas y no me acuerdo de que tantas cosas más. Culminé haciendo una pirueta o cabriola, o como se le quiera llamar, y una botella grande de coca cola rodó por el suelo. Me imagino que me la estaba llevando del barco a escondidas, imaginando que no era coca cola sino ron o tequila o brandy, o algo para seguir la peda en compañía del que quisiera estar conmigo, hablando del amor y de las mujeres, y cantando canciones rancheras. Lo peor fue cuando llegando hacia el final de mi discurso, entre la bruma de la peda, pude ver directamente los ojitos de Maria Luisa y entonces comencé a llorar. Bajé como pude una escalera completamente vertical, salté al muelle y me fui corriendo al hotel como en una escena de un melodrama bizarro: He allí a un tipo a sus 20 años, con un pedo al que los grandes teporochos de la historia hubieran envidiado, corriendo haciendo del equilibrio un milagro, en búsqueda de su hotel, -cuyo nombre no recuerda y de cuya ubicación no conserva sino señas difusas, fragmentarias- en medio de la densidad de la noche, llorando a lágrima viva y sintiendo la soledad más espantosa que se pueda imaginar. No sé cómo es que llegué a mi hotel, lo que si recuerdo es que ya me había pasado de largo varias calles. Imagino que le pregunté a alguien y que ese alguien se apiadó de mi pedo y de mis lágrimas y me dio media vuelta con instrucciones precisas que seguí lo mejor que pude. Llegué a mi cuarto y me acosté.



Si al otro día la cruda moral fue espantosa, la cruda física me hizo estar seguro que moriría de un momento a otro. Vomité muchas veces, la última de ellas un líquido verde fosforescente con la consistencia del mercurio. De nada valió la preocupación de verme en el mítico caso del crudo que vomita bilis verde, pues justo después de hacerlo comencé a sentirme mejor, al menos lo suficiente como para poder dormir. Por la tarde me reconcilié con Héctor, que me dejó escrita una carta que por la vergüenza todavía no he leído, aunque la conservo después de tantos años.



Esa y muchas otras divertidas y trágicas anécdotas recordamos el Chavo y yo durante ese viaje. A veces pienso que de escribirlas todas no cabrían en toda la tierra todos los libros que serían necesarios.



Uno de los mejores momentos fue la peda que nos pusimos con tres botellas de vino y varias cervezas en el Pont Neuf de París. Recuerdo bien una frase del Chavo: “Creéme mi master, en uno de esos días en que a huevo le tienes que quedar mal a un magistrado, recordaré con placer esa noche en que estábamos pedos en el puente nuevo”. Creo que habíamos andado en bicicleta gran parte del día y como vimos que ya medio Paris se había apoderado del puente, sentados en círculos con comida y bebida, quesos, vinos, baguettes, pues decidimos comprar una botella, hacer que nos la abrieran y sentarnos también en el primer hueco que encontramos. Fue fantástico ver a lo lejos la torre Eiffel iluminada en colores azul y verde. Hablamos de todo lo divino y lo humano, de Dios y del ateísmo, de la situación de México, de lo que tenemos que hacer para que el país salga adelante. Discutimos sobre los compañeros de clase, recordamos a muchos de ellos. Recordamos a la Loba, Mi gran amigo Jorge Castro Campos, oaxaqueño. ¡Cuántas veces nos empedamos juntos!. Recordamos bien aquella vez memorable en que el Melo se lo madreó y le dejó cerrado un ojo. Cuando al otro día despertó, alguien le había puesto un bistec en el ojo morado, cosa que Jorge no sintió o no recordó, así que cuando se tocó el ojo y sintió algo informe, suave, frío, exclamó: ¡Ya me vaciaron el ojo!.

La peda en la que sucedió esa pelea famosa había sido de las mejores de todos los años que convivimos juntos. Fue en Cholula, y todos los grupos de toda la escuela fueron a beber como cosacos. ¡Que tiempos!. La Libre tenía fama por sus borracheras épicas cada fin de semana. Esa ocasión fue inmejorable. Las planillas que se disputaban la jefatura de la sociedad de alumnos hacían una competencia por organizar la mejor fiesta, en la que hubiera la mayor cantidad posible de comida y bebida en el mejor de los lugares que se pudieran encontrar. El caso es que fue inolvidable. Hubo de todo, peleas de otros compañeros, declaraciones de amor, confesiones inesperadas, como la que me hizo La Loba en un momento en que salimos de la fiesta para comprar más alcohol. “mi master, tengo que decirte algo”, y yo, en el pedo, no sé que me imaginé, pero por su tono, conociéndolo bien, supe que era algo serio: ¿Qué pedo?, le contesté. Tengo una hija. ¡Qué, no mames!, ¿y por qué no me lo habías dicho?, le contesté indignado. Y cosas así.

A eso de las 7 u 8 de la noche, la fiesta prácticamente había terminado. Recuerdo haber terminado en la parte trasera de una camioneta pequeña, dormido, cuando me despertó el rumor de un tumulto a lo lejos. Sintiendo inquietud me levanté como pude y me dirigí a la bola de personas que se había formado. Lo que vi fue dantesco: En medio de todos, siendo pisoteados por algunos y defendidos por otros, vi a mis dos amigos, Carlos Olmos y Jorge Castro, la Loba, tirados por el piso, con sangre y polvo en la ropa y rostros. La pelea había terminado, la loba se fue a su casa, y Carlos y yo, de puro coraje, nos fuimos a un bar a seguir chupando.

Reconstruyendo los hechos pudimos armar lo sucedido al otro día. La Loba y el Melo habían tenido un pequeño altercado a media tarde, cuando la fiesta estaba en su punto máximo. El Melo, un hombrecillo despreciable, había esperado el momento de la venganza. Sabiendo que la Loba se pondría pedo hasta no saber ni su nombre, lo esperó hasta que la fiesta terminó, y ayudado por las sombras y por algún otro rufián, lo golpeó por detrás, lo tiró al piso y luego lo pateó hasta que se dio por satisfecho.



En esas estábamos cuando de repente, una de las chicas que estaba en el grupito que estaba frente a nosotros, se desmayó. Vimos un bulto caer por el piso, luego, el bulto vomitó. Tenía minifalda, y sus bragas, expuestas al calor del verano en la zona más concurrida de Paris a esas horas, fueron de inmediato cubiertas por su amiga. Nos levantamos a prestar ayuda. El Chavo se apuró a darle algunas indicaciones a la amiga de la desmayada. Se enteró por ejemplo que el tipo que estaba junto a ella era su novio, o algo que los franceses llaman novio y que cuando se enteró que el desmayo posiblemente había sido provocado por un posible embarazo, se le cayó el mundo. Poco faltó para que se llevara las manos a la cabeza y saliera corriendo o que se desmayara también. Entre otras cosas, ese padre desnaturalizado se había negado rotundamente a cubrir con su chamarra las piernas expuestas de la nena, las cuales estaban vomitadas, es cierto, pero esta situación no ameritaba su gesto de repudio cuando alguien se lo propuso. Después de que llegó la ambulancia y la chica se repuso un poco, seguimos hablando del pasado: del Olmos y su cruda animalidad, del Arellano y su aristocracia de terrateniente, del Gua y su vocecilla nasal, del Piojo y sus bromas acerca de sus “exsuegros” (hombres humildes, de aspecto sucio, goyesco), de Héctor y el tic de su pierna izquierda (¿o derecha?), que movía incesantemente en todas la clases, de Chucho Torreblanca y sus gafas de fondo de botella, de la Yeya y su locura gentil y amable (seguía en duelo después de muchos años por la muerte de su padre y por un novio que la había dejado), de Isis, inocente y triste, de Virginia Cerqueda!, cuyo recuerdo estaba absolutamente enterrado en mi memoria. Íbamos a una tienda a la vuelta de la escuela a desayunar o a tomar café. Doña Julia, la dueña, era bastante amiga de los que frecuentábamos el sitio. Incluso ella estuvo en ese recuento de personas, datos y hechos de hace 13 años.

Fueron en total 3 botellas de vino que íbamos a comprar a un bar cercano, para poder entrar al baño. Después del vino aparecieron, como si estuviéramos en un estadio de fútbol, hordas de marroquíes con hieleras vendiendo cervezas a un euro cada una, y por supuesto, dos manos, veloces y ansiosas se elevaron por sobre la multitud. Perdí la cuenta de las botellas, pero el caso es que a eso de las 2 am nos levantamos a buscar algo para cenar. Entre otras cosas nos encontramos de frente a una chica mexicana que había conocido muy superficialmente en España y que seguramente también me reconoció. O tal vez mi aspecto era tan extremo debido a los estragos del alcohol que solo sospechó que se trataba de mi. De camino al hotel, al pasar frente a una mujer hermosísima, algo en mi psique profunda se activó como un resorte y exclamé casi frente a ella, muy fino: “¡Mi reiiinnnaaaa!”. El Chavo casi se orina de la risa al comprobar que detrás de ella venia un tipo en condiciones igual de lamentables que nosotros, y que al oír mi grito con acento y desparpajo mexicano, se reconoció patriota en tierras extranjeras y levantó los brazos, emocionado, celebrando mi exabrupto como si hubiera sido suyo.



La cruda fue monumental, pero aún asi nos levantamos temprano a seguir recorriendo lo que pudiéramos de París, pues ya al otro dia nos tocaba volar a Granada. Ese día, entre otras cosas, fuimos testigos de una ceremonia que conmemoraba algo relacionado con la segunda guerra mundial, y vimos a varios viejecillos, casi treinta, ataviados con sus medallas al valor y envueltos tiernamente en trajes igual de viejos que ellos mismos. Cuando vimos llegar a personalidades cada vez más importantes y a miembros de lo que supusimos sería el servicio secreto francés, decidimos quedarnos todavía un poco más con la esperanza de ver al presidente francés y a su linda esposa, Carlita Bruni. Si ya unos mexicanos habían apagado con sus meados la flama eterna del arco del triunfo, no estaría nada mal que un grito anónimo saliera de entre la multitud cuando la Bruni hiciera su aparición. “¡Apachuuuurrrro!”



Llegamos a Granada al otro día a las 9 de la noche. Yo iba muy rozado de la ingle a causa de caminar tanto con unos calzones demasiado grandes que me había comprado expresamente para el viaje. Llegando al aeropuerto le pedí al Chavo unos calzones limpios y eso alivió mi ya para entonces atroz sufrimiento. En Granada nos recibiría en su casa mi amiga Sandra, una madrileña nacida en Sevilla y criada en Cáceres cuya belleza superaba cualquier imaginación. Es en verdad espléndida. Nos habíamos conocido en la última clase del programa de doctorado. Su belleza era sólo comparable con su timidez. De algún modo le resulté un tipo interesante y de confianza, y un dia me abordó y charlamos tranquilamente desde la facultad a la boca del metro, donde nos despedimos con la promesa de un café la semana siguiente. A partid de entonces nuestra amistad había crecido mucho, nos veíamos con regularidad y me tenía cada vez más confianza y afecto. No se dio cuenta nunca que yo por supuesto, estaba enamorado de ella y que sólo esperaba el momento adecuado –por entonces ella tenía novio- para declararle mi amor incondicional y para decirle que era la mujer más bella que había conocido en persona. Al final de cuentas ella dejó de tener novio y cuando –en medio de una borrachera- le propuse que lo intentáramos, ella me dijo amable y firmemente que no, que nuestra amistad era demasiado valiosa como para ponerla en riesgo con un amorío que seguramente sería breve.



El caso es que llegando a su casa, a eso de las once de la noche, ya nos tenía reservada su propia habitación a Chavo y a mi. Ella dormiría en la cama extra, en la salita. Todavía salimos esa misma noche a conocer un poco esa ciudad pequeña y hermosa. Teníamos por delante un viaje al corazón de Málaga a hacer una ofrenda, un acto psicomágico en honor al abuelo de la esposa del chavo, Don Eleuterio, pues habiendo salido en el exilio hacia México, nunca pudo regresar. Llevaríamos una foto suya y una carta para ser enterradas en las colinas de su pueblo natal: Arenas, muy cerca de Vélez, en Málaga. Hicimos lo que tuvimos que hacer, lo cual nos llevó prácticamente todo el día siguiente y aún cuando llegamos tarde y muy cansados, todavía salimos con Sandra a tomar unas copas de vino. Esa noche nos quedamos platicando Sandra y yo hasta eso de las tres de la mañana, lo cual fue un error de mi parte, pues aún cuando fue muy placentero platicar íntimamente con la chica de mis sueños, sentados en su cama, con cigarros y abrazos de por medio, al otro día nos levantamos a las siete para correr a conseguir boletos para entrar a la Alhambra, pues el tiempo que teníamos no era mucho y esa misma noche salíamos en autobús para Sevilla, en donde pasaríamos los últimos dos días de nuestra travesía antes de regresar a Madrid. Pese a que fue una mañana infernal en la que hicimos una cola de dos horas en la que casi me quedo dormido parado, conseguimos boletos para entrar a la alhambra a las 4:30 de la tarde. Y fue allí donde conocimos una chica franco-árabe que me dejó mudo. Tomábamos un descanso bajo una sombra antes de entrar a los palacios nazaríes cuando llegó rodeada de sus padres y su hermano. Nunca había visto unos ojos así. Justo lo que me faltaba para completar mis fantasías apocalípticas de verano. Se sentó junto a mi y pronto comenzó a sentirse incómoda de sentir una mirada –la mía- que era incapaz de ver a otro lado. Muy noble y dueña de si, quiso aligerar la situación dándome al mismo tiempo un regalo y un desplante, preguntándome la hora. Yo, sin dejar de mirarla extendí lentamente mi muñeca para ver la hora en mi reloj y después de responderle le pregunté algunas cosas. Contestó muy amablemente, en un castellano muy correcto y al fin, se levantó y se despidió deseándonos “una buena visita”. Su efecto en mi fue increíble y duradero. Todavía el Chavo alcanzó a sacarle algunas fotos de perfil cuando hacíamos la fila para entrar a los palacios. ¿Cómo entraría ella en la fantasía apocalíptica?



“La situación había mejorado en los últimos meses. Después de que Renata se marchó con los alemanes me había reconciliado con Amy, la cual estaba en su octavo mes de embarazo. Se había puesto muy bonita, su panza me inspiraba una ternura inmensa. En las excursiones en busca de víveres siempre intentaba conseguirle ropa para embarazada y juguetes para el niño en camino. Nos habíamos organizado ya para entonces con los restantes edificios de la cuadra y había conseguido un cuarto para nosotros dos. Su humor era cambiante y salvo algunos accesos de tristeza por la lejanía de su país y su familia, podía decirse que éramos una pareja sólida. Me costó mucho trabajo hacer que me perdonara, y cuando lo hizo me convencí de que me quería realmente. Fue entonces cuando apareció Aisha. Era la líder del hostal que teníamos enfrente, y me la topaba todas las mañanas cuando los líderes de las brigadas discutíamos la agenda del día. Era morena, una chica franco-árabe que, al igual que nosotros, estaba de turista cuando el fin del mundo se nos cayó encima a todos. Hasta el momento la situación se regulariza con lentitud. Al principio pensábamos que sería cosa de meses el poder regresar a nuestros respectivos países, pero erramos el cálculo. No era tan sencilla el arreglo de la situación internacional. Lo que hasta entones habían sido los Estados Unidos eran ahora un conjunto de tribus dispersas por el territorio, generalmente agrupadas racialmente. Las peleas y asesinatos entre los grupos de latinos, blancos y negros llegaban hasta nosotros en forma de rumores terribles. Las atrocidades de la historia se encarnaban de nuevo con bríos nuevos e insospechados. Los vuelos eran inexistentes. Se oían relatos inverosímiles de un grupo de piratas que podían transportar gente de Europa a América, pero siempre exigiendo un pago en monedas, joyas o lingotes de oro y con la consigna de poder disfrutar a las mujeres que quisiera cada pirata durante el trayecto. En caso contrario serían violadas y luego arrojadas a los tiburones. Aún con esto, eran ya bastantes los que aseguraban haber venido desde América en estas condiciones. Lo único que representaba una ventaja para mi, era que los barcos tenían su sede en el puerto de Veracruz. El viaje con Amy sin embargo, en esas condiciones era imposible. Por otra parte la comida escaseaba. Cada vez más era necesario ir más lejos, a veces en expediciones de varios días para conseguir víveres para los doscientos habitantes de la calle. Yo había sido herido más de una vez, a veces por guerreros de otros grupos y a veces por animales que se defendían literalmente hasta la muerte. En el pasado invierno llegamos a comernos incluso a los gatos que encontramos. Aisha se había revelado como la líder indiscutible de todos nosotros. Ella comandaba las expediciones, ordenaba la repartición de lo acumulado, dirigía la enfermería, daba cursos a las mujeres, -casi todas adolescentes que al principio no sabían ni cocinar un huevo-, y las había hecho expertas en el ahorro, los remiendos de ropa, y en el arte de hacer opíparas comidas de la nada, de los restos, de la basura. Todos le debíamos al menos un favor. Se imponía con firmeza pero al mismo tiempo con amabilidad y era dueña de un sentido de la urgencia que de modo paradójico nos daba calma a todos. Últimamente había estado dirigiendo una oración al “dios desconocido” antes de comenzar la reunión de la mañana, y pese a que mucho de nosotros tuvimos no poca resistencia al principio, con los días nos fuimos adaptando y aceptándola cada vez más como nuestra líder y sacerdotisa. Oficiaba los nacimientos y los entierros y para las viudas tenía creado un centro de acogida del que ya habían salido algunas otras lideresas.



Tenía 23 años y había nacido en Argelia, y emigrado a París con sus padres cuando apenas tenía dos meses de nacida. Fue campeona infantil de artes marciales y experta en mecánica y carpintería. Lideresa scout, había estado en Praga la semana del fin del mundo con motivo de una competición de Sambo a la que había sido invitada para dar una exhibición. Reunía en ella todas las cualidades que uno imagina de los grandes líderes del Magreb. Acostumbrada por sus ancestros a sobrevivir en el desierto, esa situación no dejaba de serle familiar. Se sentía cómoda siendo líder, sin parecer odiosa. Las mujeres la admiraban y los hombres la deseábamos, pero siendo tabú, nadie osaba ni siquiera aceptar sus pensamientos hacia ella salvo con sus más íntimos amigos. Pronto nos hicimos amigos y colegas. Yo me había convertido en el segundo al mando y si bien nunca salíamos juntos a las expediciones, para evitar que ambos fuéramos heridos o muertos, pasábamos mucho tiempo juntos en las mañanas, al planear las actividades del día, y por la noche, cuando nos quedábamos solos a discutir lo ocurrido durante la jornada. Era de una confianza en si misma que resultaba apabullante. Apenas me tuvo la mínima confianza como líder y como amigo u hombre, me confesó que era bastante escéptica respecto de lo que estaba ocurriendo. No pensaba que el fin del mundo fuera a revertir su proceso, y que eventualmente las cosas regresaran a la normalidad. No pensaba que las tribus hasta ahora formadas fueran a reunirse y a civilizarse. No pensaba que pudiéramos ser más egoístas como especie. No pensaba que ninguno de nosotros pudiera regresar alguna vez a su país de origen. Ella lo tenía claro y estaba resignada. Viviría no muchos años más, con suerte 3 o 4, pues eventualmente moriría a manos del guerrero de alguna otra tribu, o abatida por un jabalí o en un accidente. Pero por eso estaba haciendo todo lo posible para hacer de nuestra tribu un grupo fuerte y ejemplar. Era solidaria y generosa, sacrificada y audaz sin ser temeraria. Su cabello grueso y largo se mantenía sedoso y en buen estado. Sus ojos brillaban con la fuerza de quien tiene un objetivo claro. El suyo era sobrevivir lo más posible y tener un hijo. En estos tiempos oscuros, me dijo, la descendencia debe tener las mejores ventajas, debe ser planeada con cuidado. No podemos elegir mal. Yo asentía, abrumado por su seguridad y su belleza, y no pude resistirme cuando me propuso que fuéramos amantes en secreto. Ella respetaba y quería mucho a Amy, la había cuidado y había exigido que ningún explorador dejara pasar cualquier oportunidad de traer a la tribu algo que pudiera ser de ayuda para Amy en el embarazo, o durante el parto, o para el bebé cuando éste llegara al fin. Amy la quería y la respetaba también, le estaba muy agradecida por todo lo que había hecho, por darnos a todos la cohesión que necesitábamos, el liderazgo de una mujer intachable. Por eso y por muchas razones más no era conveniente que nadie supiera que yo intentaba inseminarla todas las noches. Fue inevitable enamorarnos.



A estas alturas debe quedar claro que puedo estar enamorado profundamente de dos mujeres al mismo tiempo (tal vez más), y contrario a lo que pasó con Renata, la cual en su divino egoísmo me tuvo controlado completamente, alejándome de mis obligaciones de futuro padre, Aisha constantemente me animaba a estar lo más pendiente del embarazo de Amy, que ya estaba llegando a su fin. El parto no nos dio ningún sobresalto y fuimos padres de un robusto niño de tez morena clara y con los ojos azules. Aisha fue la madrina, lo recibió, lo bautizó, le dio nombre, lo consagró a su diosa sin nombre y nos lo devolvió con lágrimas en los ojos. Poco después me confirmó que estaba embarazada y que por lo tanto mi labor como inseminador estaba concluida y que dejaríamos de ser amantes desde ese momento.



Me convencí que en verdad habíamos vivido y sobrevivido el fin del mundo.”





La visita a la alhambra terminó con que Aisha se había dado cuenta que la perseguíamos con la cámara en mano. No sólo ella, sino una nena de vestidito blanco y transparente fueron las víctimas de la cámara disimulada en el I-Phone del Chavo, que regresó a México con muchas anécdotas y con ganas de volver.



Poco después el mundo siguió acabándose cuando Obama ganó la presidencia, cuando una gripe peligrosa puso al mundo en jaque momentáneo y cuando un avión se desvaneció entre Brasil y Francia mientras el mundo se acostumbraba a todo esto a velocidades increíbles.

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