En un arranque de osadía, regresó a Madrid mes y medio antes de lo previsto. En un arranque de desprendimiento raro en él, compró la novela póstuma de Roberto Bolaño por la estratosférica cantidad de 35 euros. Es el libro más caro que ha comprado nunca, y la quinta o sexta cosa más cara que ha comprado en su vida. En una explosión de optimismo casi inmoral, se bebió no uno, sino dos cafés con leche en su lugar preferido. En un ejercicio de osada temeridad, pasó dos veces junto a la nena que le gusta, para preguntarle cuanto cobra, pero no se atrevió. No hay que tentar al destino, piensa, pero luego piensa que si de tentar se trata, habría que tentar algo. Pero no se atrevió a nada por algo que podríamos llamar miedo, y a lo que no pocos se atreverían a llamar amor. Esa noche, mientras disfrutaba de una infusión de poleo menta con la mujer de sus sueños, y definitivamente la mujer más hermosa que conoció jamás, y sin asomo de dudas la más llena de cualidades, aquella a la que los novelistas podrían llamar "la mujer ideal", pensaba decirle cuando su amor ya fuera una costumbre algo asi como:
Amor mio, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de cumbres borrascosas, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de los años maravillosos, hubo por quienes hubiera dado mi pie izquierdo para ser juntos la bella y la bestia, hubo aquellas tan dulces y castañas por quienes me hubiera convertido en un perro, en concreto en el perro golfo, de la dama y el vagabundo, siempre que ella se hubiera convertido en reina, esa adorable cocker spaniel. Ya más adulto paré las cejas muchas veces mientras me reñían las más disímiles Marias Felix, y muchas veces me arrojé con los ojos cerrados y con el corazón en la mano a las aventuras de los Wherteres, los Florentinos, y los Tomases. Hubo aquella esplendorosa alemana, de la cual vivo todavía flechado, pero sin consecuencias malignas. Hubo aquella mesera, por quien de no haber aparecido tú, aún lo daría todo. Hubo aquella otra de ancestros teutones, con quien conocí los prólogos de la felicidad. Estuvo también la dueña de mis poemas, reminiscencias de otras vidas, o tal vez semillas de unas futuras, pero por ahora situada en lejanas parcelas. Hubo la francesa, optimismo contagioso hecho carne; hubo una primera española, tropezón, tropezón, y hubo la italiana, sufrimiento garantizado de por vida, pero por cuyos besos y ojos brujos "yo habría dado siempre más".
Y pensó que entonces también le darían ganas de decirle: Pero Amor mío, estoy aqui contigo, como un perro romántico, y aqui me voy a quedar.
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