No basta nunca
para esta criatura
casi nada
las arenas de su mundo tienen un estigma
del que huye hacia un lugar oscuro
clamando por un emerger
de palabras
entre esa sombra
semejante a dos abismos
y hay un oscuro comienzo en cada olvido
un descifrar en silencio
un ahogo que fascina
un vértigo que se injerta nuestro nombre
entre dolores titanes
hay una acabada fuga
una vasija labrada sin palabras
en la mayoria de las horas del mundo
hay una fractura en cada encrucijada
astillas que aparecen
y que no finalizan
alli donde pensamos
hay el humo de una hoguera abandonada
allá donde hemos estado
hay el humo de una hoguera abandonada
allá donde no hemos estado
hay el humo de una hoguera abandonada
allí donde nunca habrá nadie
pero esto no se sabrá nunca tampoco
hay un límite que aguarda por nosotros
voraz y tímido
para que lo engendremos
arrogantes
con nuestros vastos
tentaculares miedos
pero una suave presencia
asoma sobre las aguas
y lo que era un olor desconocido en el mundo
fragua canciones
que alguien
a lo lejos
cuidadosamente aprende
Monday, October 22, 2007
Wednesday, October 10, 2007
que no perduren los ríos
de alaridos cobrizos
ni el paso sigiloso
ni las tormentas de miedo
que no dan lugar a nada
que no quede nadie fascinado
por los pedazos
aún humeantes
de quien pensó posibles frases dichas
por lengua hermana
por lengua de hombre
que no fueran afluentes tributarias
vertientes
del horror
que nunca más sea necesario
llamar en llanto a las raíces
que no sucumbamos de nuevo
que no seamos seducidos
por ese inmenso
por ese viejísimo
hedor.
de alaridos cobrizos
ni el paso sigiloso
ni las tormentas de miedo
que no dan lugar a nada
que no quede nadie fascinado
por los pedazos
aún humeantes
de quien pensó posibles frases dichas
por lengua hermana
por lengua de hombre
que no fueran afluentes tributarias
vertientes
del horror
que nunca más sea necesario
llamar en llanto a las raíces
que no sucumbamos de nuevo
que no seamos seducidos
por ese inmenso
por ese viejísimo
hedor.
Wednesday, September 26, 2007
te miro ser amable
y te miro amablemente
y ese mirar
es parecido a un asombro
que no acaba de acostumbrarse al mundo
mirarte es imaginar
a la vida desgranándose
por las tardes
cuando estamos juntos y yo te miro
y te digo ansiedades tibias
al oido
mirarte es no dudar
del calor de la carne y la palabra
ni del deseo de que no acabes nunca
es balbucirte en silencio
que por ver siempre el mar
y el sol y los acantilados
reflejados en tus ojos
me nacerán desde el misterio
cantos interminables
murmullos vacíos
temblores que no te diré nunca
para que no te asustes
de tu propio tamaño
en mi universo
mirarte en silencio
sin que te des cuenta
es sentirme reflejado
en la estampa fugaz
de un deseo puro
mirarte transformada
en breve luz
es olvidarme para siempre
anidado en tu hermosura
en tu beldad gigantesca
de los horrores del miedo
y es decantarme ya sin fuerzas
por el abismo en que se sume el mundo
cuando tu rostro ahoga todo devenir
en el silencio
en ese tremor sin origen
que clama desde el fondo
de las aguas de nadie
mirarte es saber
que no me alcanzará la vida
para acabarme esta felicidad
que es el mundo cuando apareces
cuando a pesar de tantos tiempos y lugares
estás aqui
solar
e inconfundible.
y te miro amablemente
y ese mirar
es parecido a un asombro
que no acaba de acostumbrarse al mundo
mirarte es imaginar
a la vida desgranándose
por las tardes
cuando estamos juntos y yo te miro
y te digo ansiedades tibias
al oido
mirarte es no dudar
del calor de la carne y la palabra
ni del deseo de que no acabes nunca
es balbucirte en silencio
que por ver siempre el mar
y el sol y los acantilados
reflejados en tus ojos
me nacerán desde el misterio
cantos interminables
murmullos vacíos
temblores que no te diré nunca
para que no te asustes
de tu propio tamaño
en mi universo
mirarte en silencio
sin que te des cuenta
es sentirme reflejado
en la estampa fugaz
de un deseo puro
mirarte transformada
en breve luz
es olvidarme para siempre
anidado en tu hermosura
en tu beldad gigantesca
de los horrores del miedo
y es decantarme ya sin fuerzas
por el abismo en que se sume el mundo
cuando tu rostro ahoga todo devenir
en el silencio
en ese tremor sin origen
que clama desde el fondo
de las aguas de nadie
mirarte es saber
que no me alcanzará la vida
para acabarme esta felicidad
que es el mundo cuando apareces
cuando a pesar de tantos tiempos y lugares
estás aqui
solar
e inconfundible.
Monday, September 10, 2007
Bien, pues por donde empezar?...ella tiene el cabello rubio, pero se me hace que se lo pinta. Nunca he sido muy bueno para diferenciar estas cosas, aunque siempre que alguien me las aclara me siento muy idiota. Era obvio. Asi que casi puedo asegurártelo: Rubia oxigenada. Dices que parece muy agradable y abierta pero no eh?, para nada. Es casi casi misántropa, rehuye del contacto de la gente. Yo estoy dentro de su selecto grupo de "amistades", o personas con las que se siente bien charlando o simplemente estando juntos, y basta un momento para darse cuenta de ello. Mi amigo David que la conoció en el retiro de hace dos semanas asi me lo aseguró: "No mames pinche toño, la diferencia con la que te trata a ti y al resto de los mortales es sencillamente abismal". Carajo, esa vez estuvo super bien. Poco después de la comida me acerqué a ella, y le dije con ojillos de complicidad si ya había fumado (es fumadora), y me dijo que no y yo le dije pues vamos, con mi pinche sonrisota de conquistador. Por supuesto no se pudo resistir y le dije lava tu plato y te espero tras ese árbol. Y ya, nos pusimos a fumar y descubrí que me encanta sentir ese mareito del cigarro mientras platico con ella, no sé, todo el ambiente se pone mucho más cachondo. En eso le dije que le quería invitar a cenar, como despedida formal ya que como sabes, está en Irlanda desde el pasado sábado. Bueno, lo de la cena fué idea de ella, pues yo le había propuesto comer después de la conferencia del maestro, pero ella me dijo que no, que no importaba que la conferencia terminara tarde, que mejor fuéramos a cenar pues no había que levantarnos temprano al otro dia. Uta no manches, no sabes que bien estuvo eso, me sentí muy seguro de mis avances, y se me hizo claro que ella también tenía su plan. Luego me dijo que qué iba yo a hacer y yo le dije que no sabía, que tenía que estar pendiente para lo que se ofreciera y me dijo que lo averiguara y que nos fuéramos a dar un paseo por la montaña. Como comprenderás no averigüe nada y le dije de inmediato vamos a donde quieras mi reina preciosa (lo de reina preciosa nada más lo pensé), y nos salimos de la propiedad y comenzamos a subir la colina o loma o cerro, inventando nuestro propio camino. Ella trastabilló una vez y yo, como el gran imbécil que soy, no le tomé la mano cuando ella me la extendió para sostenerse de algo, sólo alcancé a decir tímidamente cuidado (que wey). Platicamos sobre todo de su infancia, de su relación con sus padres, de que a veces le ganaban unas tristezas inmensas y al final terminamos sentados en una piedrota que yo le señalé y a la que ella se subió con toda naturalidad, como si yo le hubiera dicho tal cosa, asi que armado de natularidad (ja ja), me subí yo también y quedé sobre una grieta que tenia la piedra, llena de musgo y hierbas en donde bien pudieron atacarme todo tipo de alimañas detestables, desde tarántulas, pasando por grillos gigantes hasta esos mega cienpiés, chonchos y feroces. Pero para que te cuento, dentro de tanta incomodidad estaba yo feliz. Hablamos de peliculas y cuentos, de libros y de lo que nos faltaba de ver y visitar juntos, museos, cafeterías, restoranes etc. Me di cuenta del cuadro romántico que formábamos cuando una excursión semejante a la nuestra nos vió de lejos. Eran mi amigo David, otro David amigo mio, Daniel y Marc. Ya después me contó el pinche David que nos vieron y que comenzaron a chingarme "miren, ahi está el Toño, con su vieja". Y yo muerto de la risa. Fue antes de eso, cuando acabábamos de fumar cuando nos tomaron las fotos que te mandé. Nos las tomó mi cuate J. y si, para que te digo que no si si, estoy un poco más delgado. Respecto a la sonrisa era más bien de nervios, creo. Era la primera foto que nos tomaban juntos y además no me la esperaba. Llegó J. como si nada (aunque a mi se me hace que mi vieja le gusta al cabrón, y que tomó las fotos para tener una imagen de ella, que pinche casualidad que no le tomó fotos a nadie más), y nos dijo foto foto, y yo que me empiezo a reir y pues ¿que hice?, pues nada, la tomé de un hombro (si notas, en la foto se notan mis regordetes dedos en su hombro derecho...carajo!, a la nena con la que quieres la tomas de la cintura, no del hombro derecho ¿no?). Asi que en la primera foto ella puso sus brazos detrás y en las siguientes tres ella fue la que me agarró a mi de la cintura, lo malo es que no se ve esa manita deliciosa en las imágenes, pero casi casi no me he lavado esa parte desde hace casi tres semanas.
Puede que tengas razón y que yo tampoco sea muy claro en mis intenciones. Según yo no pongo cara de tribilín cuando estoy con ella, al contrario, conservo todavía poder total sobre la situación, poder de decisión, de conversación etc. Poder de todo. He de confesarte que es una situación poco emocionante para mi naturaleza sufrida y tribilina por naturaleza, pero no deja de ser bella. Y es que si la vieras te enamorarias de ella, caerías a sus pies como pájara herida y comprenderías de golpe cosas que ahora no entiendes... No, ya en serio, ¿conoces a la actriz de Hollywood Michelle Pfiffer?, bueno pues es asi de hermosa, solo que con la cara menos ovalada, ¿sabes?, menos de gato. Pero como esos ojos te juro que he visto pocos más hermosos en toda mi vida. Repito que es la mujer más hermosa que he conocido en persona. No manches, ¡que nariz!, admirarías su naricita; perfectamente recta y con pequeño huesecillo del tabique que le da un no sé qué que qué se yo que me enloquece. Además ¡qué manos!, son de esas que yo sólo le conozco a Paloma, una chava de la Uni que siempre me ha tenido loco por ella, o como las de la modelo que viene en la portada del libro que te dije, "diablo guardían", de Xavier Velasco. Caray, manos como para enamorarse perdidamente y para siempre. Como verás, todo esto bien vale mi próximo e insensato viaje a Irlanda. ¿Ese viaje le aclarará mis intenciones?, ¿tu qué piensas?
Puede que tengas razón y que yo tampoco sea muy claro en mis intenciones. Según yo no pongo cara de tribilín cuando estoy con ella, al contrario, conservo todavía poder total sobre la situación, poder de decisión, de conversación etc. Poder de todo. He de confesarte que es una situación poco emocionante para mi naturaleza sufrida y tribilina por naturaleza, pero no deja de ser bella. Y es que si la vieras te enamorarias de ella, caerías a sus pies como pájara herida y comprenderías de golpe cosas que ahora no entiendes... No, ya en serio, ¿conoces a la actriz de Hollywood Michelle Pfiffer?, bueno pues es asi de hermosa, solo que con la cara menos ovalada, ¿sabes?, menos de gato. Pero como esos ojos te juro que he visto pocos más hermosos en toda mi vida. Repito que es la mujer más hermosa que he conocido en persona. No manches, ¡que nariz!, admirarías su naricita; perfectamente recta y con pequeño huesecillo del tabique que le da un no sé qué que qué se yo que me enloquece. Además ¡qué manos!, son de esas que yo sólo le conozco a Paloma, una chava de la Uni que siempre me ha tenido loco por ella, o como las de la modelo que viene en la portada del libro que te dije, "diablo guardían", de Xavier Velasco. Caray, manos como para enamorarse perdidamente y para siempre. Como verás, todo esto bien vale mi próximo e insensato viaje a Irlanda. ¿Ese viaje le aclarará mis intenciones?, ¿tu qué piensas?
Sunday, September 02, 2007
Mi corazón es una pradera
un árbol que dice en lo oscuro
su silueta olorosa
Mi corazón es un viento fuerte
un acantilado en llamas
Mi corazón es una noche magnífica
Mi corazón es una risa
venida al mundo sin un motivo
Mi corazón es una pena inmensa
un paisaje en llanto
Mi corazón es el eco remoto
de una selva al acecho
de la hermosura
Mi corazón es el único misterio
en quien confío.
un árbol que dice en lo oscuro
su silueta olorosa
Mi corazón es un viento fuerte
un acantilado en llamas
Mi corazón es una noche magnífica
Mi corazón es una risa
venida al mundo sin un motivo
Mi corazón es una pena inmensa
un paisaje en llanto
Mi corazón es el eco remoto
de una selva al acecho
de la hermosura
Mi corazón es el único misterio
en quien confío.
Sunday, August 19, 2007
CRÓNICAS DEL ACANTILADO ROJO
El título de este texto fué escogido por dos razones. La primera y más simple es porque resulta agradable al oido, resulta poético. Aunque decir que una frase resulta poética anula todo logro en ese sentido para ella misma, tal vez esa sea la intención de decirla. Un poco de escepticismo aqui no está fuera de lugar ni resulta inconveniente. La segunda razón es aún más extraña: Existe una colección de koanes del Budismo Zen titulada Herikanroku, o traducido, Las crónicas del acantilado azul.
Historias de amor y koanes no son algo que de primera vista sean demasiado compatibles. Un maestro Zen diría sin embargo, que desde determinada posición nada, absolutamente nada resulta incompatible con un koan, cúanto menos algo como el amor y el enamoramiento, que como todo el mundo sabe es algo que sucede en todas partes, o casi todas. Además en estas cuestiones casi nadie habla de oidas. Casi todo el mundo ha experimentado el aguijón del amor, la angustía de algunos momentos, la inquietud por las noches, el infierno de los celos, la imposibilidad del control, la propensión a la violencia y por qué no, los destellos de felicidad que trae consigo este evento que a falta de una mejor palabra, o tal vez por un inmenso cansancio y para evitar mayores problemas llamamos asi, simplemente amor.
Asi pues estas historias están contadas sin una finalidad específica, pero tal vez sí con una antifinalidad; la de mostrar con cuánta facilidad somos presa, somos carne y alma de un sin fin de lugares comunes, y que muy probablemente nuestra condición de entes mortales y llenos de miedo, siga dando material para muchas novelas, tragedias, obras de teatro, películas y hasta para óperas, por mucho tiempo más, o al menos por el tiempo que el calentamiento global lo permita. Asi que amor, el fin del mundo -y de misteriosa manera los koanes, que no por nada son koanes- se mezclan en estas historias que no hacen más que decirnos -y aqui viene el primer lugar común- : que en esto de amor, en verdad como supongo alguien ya habrá dicho en algún momento; no hay todavía nada escrito.
La rueda de la fortuna
La situación es esta: el niño llega al paseo bravo, un parque grande con árboles muy antiguos, inmensas fuentes, payasos, organillos, dulces típicos y familias humildes que llegan alli a pasar un rato mientras los niños pequeños juegan en el pasto y en los juegos mecánicos. Todos los juegos mecanicos son para niños. Bueno, casi todos, pues hay dos o tres que son para adolescentes y adultos, como el travan o el martillo. El niño quiere hot cakes y los obtiene. Es un niño mimado, consentido, le tiene miedo a lo oscuro, le tiene miedo a la soledad, le tiene miedo a las arañas y le tiene miedo al abandono. Por las noches cuando su madre trabaja se queda dormido apretándole la mano, asi que alguien tiene que suplirla para que el niño no despierte y llore, y para que no se llene de nostalgia al ver la luz del foco de 60 watts. Pero esta tarde es feliz. Lleva un pequeño abrigo, y sus padres están juntos y contentos, platican de algunas cosas que el niño no entiende pero siente y sabe que sus padres están bien, y esto le gusta, le gusta mucho, porque no siempre es asi. Hot Cakes con cajeta, siempre con cajeta. No le gusta experimentar una vez que ya ha decidido lo que le gusta, y en general este proceso es muy rápido. Probó alguna vez los Hot Cakes con miel de maple y con leche nestlé, pero cuando probó la cajeta supo que eso era lo que queria en la vida para sus hot cakes de siempre. Y nunca derramaba una gota de cajeta sobre sus ropas. El niño termina sus Hot cakes y entonces decide aprovechar la felicidad y quiere subir a una pequeña rueda de la fortuna que atiende un viejo con aspecto sucio. La rueda de la fortuna está vacía, y aunque le tiene miedo a la soledad también le gustan los lugares solos, o tal vez para decirlo de otra forma, no le teme a la soledad del cuerpo, sino a la otra soledad, a la soledad total, a la que no tiene nombre. En esos momentos si hubiera podido pensarlo no hubiera podido encontrar mejor definición de la dicha. Los padres acceden con gusto y con igual entusiasmo. El viejo le abre uno de los pequeños vagones para que suba y en eso sucede. Del otro lado del pequeño vagón, una señora con aspecto antiguo pero elegante, llevando de la mano a una niña de la misma edad que el niño solicita también el servicio que la niña también deseaba con fervor. El niño la ve y algo comienza a dolerle. Le gusta: vestido blanco, cabello negro, piel clara, ojos grandes y mirada triste, nariz pequeña. Perfecta para acompañarlo en esa sensación que el niño vive cuando por las tardes su madre duerme, su padre trabaja, y el deambula solo por el patio, alzando el ser al cielo mirando las nubes de lluvia y sintiendo algo que luego sabrá que llaman "inmensidad". Pero la niña aparentemente no siente lo mismo. Pero en ese entonces el niño no conoce el significado de la palabra "aparentemente", ni sabe distinguir entre apariencia y realidad. Observa que la niña al verlo a él, se arrepiente y toda la alegría de subirse a la máquina se esfuma y deja tras de si una mueca de disgusto. El niño queda herido en su orgullo e intenta hacer la misma mueca. Años después, si la niña hubiera podido recordar esa mueca hubiera dicho pobre hombre. Los padres, insensibles ante esas sutilezas tempranas de la niñez, sutilezas poderosas, en estado bruto, obligan a ambos niños a subirse a la máquina y no sólo eso, sino que los obligan a subirse en el mismo carrito. El más fuerte recuerdo que el niño guardará de todo el asunto es estar frente a una niña roja de la rabia, sentada frente a él, con la mirada puesta absolutamente en otro lado. El enojo que el niño sintió fue tal vez su primera emoción violenta. La herida tardaría mucho en sanar completamente. También él miraba hacia otro lado.
El título de este texto fué escogido por dos razones. La primera y más simple es porque resulta agradable al oido, resulta poético. Aunque decir que una frase resulta poética anula todo logro en ese sentido para ella misma, tal vez esa sea la intención de decirla. Un poco de escepticismo aqui no está fuera de lugar ni resulta inconveniente. La segunda razón es aún más extraña: Existe una colección de koanes del Budismo Zen titulada Herikanroku, o traducido, Las crónicas del acantilado azul.
Historias de amor y koanes no son algo que de primera vista sean demasiado compatibles. Un maestro Zen diría sin embargo, que desde determinada posición nada, absolutamente nada resulta incompatible con un koan, cúanto menos algo como el amor y el enamoramiento, que como todo el mundo sabe es algo que sucede en todas partes, o casi todas. Además en estas cuestiones casi nadie habla de oidas. Casi todo el mundo ha experimentado el aguijón del amor, la angustía de algunos momentos, la inquietud por las noches, el infierno de los celos, la imposibilidad del control, la propensión a la violencia y por qué no, los destellos de felicidad que trae consigo este evento que a falta de una mejor palabra, o tal vez por un inmenso cansancio y para evitar mayores problemas llamamos asi, simplemente amor.
Asi pues estas historias están contadas sin una finalidad específica, pero tal vez sí con una antifinalidad; la de mostrar con cuánta facilidad somos presa, somos carne y alma de un sin fin de lugares comunes, y que muy probablemente nuestra condición de entes mortales y llenos de miedo, siga dando material para muchas novelas, tragedias, obras de teatro, películas y hasta para óperas, por mucho tiempo más, o al menos por el tiempo que el calentamiento global lo permita. Asi que amor, el fin del mundo -y de misteriosa manera los koanes, que no por nada son koanes- se mezclan en estas historias que no hacen más que decirnos -y aqui viene el primer lugar común- : que en esto de amor, en verdad como supongo alguien ya habrá dicho en algún momento; no hay todavía nada escrito.
La rueda de la fortuna
La situación es esta: el niño llega al paseo bravo, un parque grande con árboles muy antiguos, inmensas fuentes, payasos, organillos, dulces típicos y familias humildes que llegan alli a pasar un rato mientras los niños pequeños juegan en el pasto y en los juegos mecánicos. Todos los juegos mecanicos son para niños. Bueno, casi todos, pues hay dos o tres que son para adolescentes y adultos, como el travan o el martillo. El niño quiere hot cakes y los obtiene. Es un niño mimado, consentido, le tiene miedo a lo oscuro, le tiene miedo a la soledad, le tiene miedo a las arañas y le tiene miedo al abandono. Por las noches cuando su madre trabaja se queda dormido apretándole la mano, asi que alguien tiene que suplirla para que el niño no despierte y llore, y para que no se llene de nostalgia al ver la luz del foco de 60 watts. Pero esta tarde es feliz. Lleva un pequeño abrigo, y sus padres están juntos y contentos, platican de algunas cosas que el niño no entiende pero siente y sabe que sus padres están bien, y esto le gusta, le gusta mucho, porque no siempre es asi. Hot Cakes con cajeta, siempre con cajeta. No le gusta experimentar una vez que ya ha decidido lo que le gusta, y en general este proceso es muy rápido. Probó alguna vez los Hot Cakes con miel de maple y con leche nestlé, pero cuando probó la cajeta supo que eso era lo que queria en la vida para sus hot cakes de siempre. Y nunca derramaba una gota de cajeta sobre sus ropas. El niño termina sus Hot cakes y entonces decide aprovechar la felicidad y quiere subir a una pequeña rueda de la fortuna que atiende un viejo con aspecto sucio. La rueda de la fortuna está vacía, y aunque le tiene miedo a la soledad también le gustan los lugares solos, o tal vez para decirlo de otra forma, no le teme a la soledad del cuerpo, sino a la otra soledad, a la soledad total, a la que no tiene nombre. En esos momentos si hubiera podido pensarlo no hubiera podido encontrar mejor definición de la dicha. Los padres acceden con gusto y con igual entusiasmo. El viejo le abre uno de los pequeños vagones para que suba y en eso sucede. Del otro lado del pequeño vagón, una señora con aspecto antiguo pero elegante, llevando de la mano a una niña de la misma edad que el niño solicita también el servicio que la niña también deseaba con fervor. El niño la ve y algo comienza a dolerle. Le gusta: vestido blanco, cabello negro, piel clara, ojos grandes y mirada triste, nariz pequeña. Perfecta para acompañarlo en esa sensación que el niño vive cuando por las tardes su madre duerme, su padre trabaja, y el deambula solo por el patio, alzando el ser al cielo mirando las nubes de lluvia y sintiendo algo que luego sabrá que llaman "inmensidad". Pero la niña aparentemente no siente lo mismo. Pero en ese entonces el niño no conoce el significado de la palabra "aparentemente", ni sabe distinguir entre apariencia y realidad. Observa que la niña al verlo a él, se arrepiente y toda la alegría de subirse a la máquina se esfuma y deja tras de si una mueca de disgusto. El niño queda herido en su orgullo e intenta hacer la misma mueca. Años después, si la niña hubiera podido recordar esa mueca hubiera dicho pobre hombre. Los padres, insensibles ante esas sutilezas tempranas de la niñez, sutilezas poderosas, en estado bruto, obligan a ambos niños a subirse a la máquina y no sólo eso, sino que los obligan a subirse en el mismo carrito. El más fuerte recuerdo que el niño guardará de todo el asunto es estar frente a una niña roja de la rabia, sentada frente a él, con la mirada puesta absolutamente en otro lado. El enojo que el niño sintió fue tal vez su primera emoción violenta. La herida tardaría mucho en sanar completamente. También él miraba hacia otro lado.
Friday, August 17, 2007
fulgor que no termina
mujer acabada en los páramos
de lo improbable
ausencia de mal
venido a perder
a tus pupilas
tu dolor es mi dolor
-te digo-
y que esa confusión
fecunde el mundo
la angustia termina allí
donde tus dedos trazan
mi silueta en las sombras
una cascada de algo enorme
planea esta noche
sobre esa respiración tuya
que me enmudece
que me conduce
a un pasmo
en el que no acabas nunca
mujer acabada en los páramos
de lo improbable
ausencia de mal
venido a perder
a tus pupilas
tu dolor es mi dolor
-te digo-
y que esa confusión
fecunde el mundo
la angustia termina allí
donde tus dedos trazan
mi silueta en las sombras
una cascada de algo enorme
planea esta noche
sobre esa respiración tuya
que me enmudece
que me conduce
a un pasmo
en el que no acabas nunca
Wednesday, August 15, 2007
Hoy terminé de leer la novela póstuma de Roberto Bolaño: 2666. He leido en diez meses, cuatro veces Los Detectives Salvajes. He leído ya varios de sus cuentos. Bueno, algunos , no todos. La verdad es que ahora que hago memoria, sólo he leído completo uno de sus cuentos, El Ojo Silva. Para que quiere uno más. He leído Estrella Distante. He leído Nocturno de Chile. Ya me puedo retirar a una Isla Desierta.
Bolaño es un extraterrestre. O bueno, era, porque murió en 2003. Concuerdo plenamente con los críticos cuando exclamaron después de leer 2666: ¡¿ Cómo le hizo!?. Aunque fue sólo un crítico el que lo exclamó, el que lo dijo, el que lo pensó y luego lo escribió y luego yo lo leí. O tal vez se lo oí decir a alguien. O tal vez lo soñé nomás. En 2666 Bolaño escribe de noche siempre, uno tiene permanentemente esa impresión, que Bolaño escribió esa novela de noche, contra el tiempo, contra reloj, y tal y como era Bolaño, siempre llorando ( o como nos ha hecho creer que era, o como uno deduce que era, que tal vez sean la misma cosa).
Bien podría uno suponer o imaginar, que una tarde cualquiera, estando en la playa Bolaño conjuró a la muerte, la llamó y la pinche muerte le obedeció y se presentó ante él, dulce y dominante, como una buena mujer y le dijo qué quieres, y Bolaño le dijo, mientras un cigarro, su eterno cigarro le colgaba por la boca, por el alma, por el recuerdo; que cuánto tiempo le quedada. Te quedan 4 años. Que sean 5, dame uno más, tengo que escribir una novelota, tengo que asegurarme que Lautaro no pase nunca hambre. Lautaro es su hijo, y una vez en una entrevista Bolaño recordó un poema de su amigo Mario que decía más o menos asi: Si he de vivir, que sea sin timón, y en el delirio. Y después dijo que tenía un hijo, habló del tiempo y habló del cuerpo; y dijo que era una frase muy bonita y que asi vivió Mario, pero que no quería que su hijo leyera esa frase, quería que esa frase se enterrara para que nunca la leyera Lautaro porque dijo que nadie quiere ver sufrir a un ser querido. Asi que uno se imagina que la muerte le dijo a Bolaño órale ya vas, tienes 5 años pero ni uno más. En realidad el cabrón de Bolaño había calculado que el finalizar la novela no le llevaría más de 3, pero pidió ese tiempo extra para escribir otra novela, una novela del estilo de los Detectives Salvajes, corta, cotorra, profunda, que hablara de la pureza y que hablara de la amistad, y de las tormentas en el DF, y que hablara del DF, y de la juventud y de los hombres inmaduros, hombres que se anclan en la juventud -cosa que todo el mundo quisiera- pero que luego son criticados por eso, y mueren sin haber conocido las mieles de la angustia y de la amargura, los terribles paraísos de la responsabilidad, de la seriedad, de la mamonería y del sabio arte -ya lo dice el bolero, o el tango- de fingir para vivir decentemente y que mueren tristes por eso, sin saber que han sido de los pocos hombres dichosos sobre esta tierra, sobre este valle, meseta, desierto seguramente, naufragio interminable en todo caso. Haría pasar esa novela como obra de su amigo Mario, la regalaría a su memoria y la publicaría y lo haría famoso y de paso haría la vida más llevadera para su viuda, punketa a quien nunca conoció y con la que pensándolo bien no tenía ninguna obligación.
Pero ahora bien, hablando de obligaciones cabe preguntarse por qué Bolaño haría algo asi. Por venganza, dirían algunos. Por amor, dirían otros. Venganza por esa amistad tan grande que le dió fuerzas para vivir 25 años más, para luego morir de abandono, de tristeza, derrotado, siempre derrotado por el tiempo que no se deja siquiera cortejar, y que es ciego y enorme, y que hace un estruendo de pesadilla y que permite que descansemos un poco por las noches, durmiendo y soñando, pero sobre todo eso, soñando. Por amor dirán algunos, en recuerdo de esa amistad enorme y atronadora, pero también susurrante, pública y velada, secreta. ¿quién sabe a donde están ahora tantas y tantas palabras que ambos se pronunciaron en voz baja, mirándose a los ojos, pensando en lejanías y en el amor?. Mario y su voz que se convertía en ciertas palabras, y que eran a veces para Bolaño, motivo suficiente para pensar en abolir el dolor del mundo, todo el dolor del mundo. O al menos para imaginarlo. Entonces Bolaño sonreía y decía pinche Mario. Y luego Bolaño hablaba de poesía y entonces sus palabras venían desde sitios remotísimos y habían pasado por Chile y que entonces estaban en México atrapados, o tal vez dando vida a un alma que no creía en nada, -la suya- salvo en la belleza, en cualquier tipo de belleza. Un alma que creía que todo puede ser bello, siempre y cuando sea bien dicho, bien escrito, bien mirado, bien sufrido.
Bolaño era un santo, un santo de esos laicos, un hombre avatar del dolor, una tripa que se negó a arrepentirse, un pellejo con huevos. Pero Bolaño estaba triste. Bolaño quería tal vez la fama. Si, posiblemente sea como la mayoría de nosotros, tan solo un impulso vulgar, alguien que no quería más redenciones que las que están al alcance de todos, es decir, del vulgo y de los miserables: el sexo, el amor, la belleza o peor aún, el poder y la fama. O tal vez no. Tal vez Bolaño era un alma de Gigante (¿pero en qué consistirán las redenciones de los Gigantes?) y tal vez había leído mucho los evangelios, tal vez por las noches, cuando escribía su novela, -que la escribía de noche para que su esposa no la viera, pues le daba vergüenza-, leía los evangelios canónicos y los apócrifos, y últimamente hasta los gnósticos, y haya decidido bajar a degustar esas redenciones del hombre común por puro amor, no se sabe, nadie lo sabe, si a los hombres, a Lautaro, a Mario, a su hígado, o a Lisa. Tal vez todo haya sido simplemente por Lisa. En todo caso podría uno especular que Bolaño murió antes de publicar 2666 porque sabía que a partir de entonces la gente lo adoraría como a un Dios con cirrosis, y se venderían más los cigarros que fumaba, y la gente comenzaría a hablar con más frecuencia sobre la felicidad y quién sabe, puede que hasta algunos chilenos organizados en batallones o en hordas, da lo mismo, quisieran irse de pronto a vivir a México, a ver sus atardeceres, y a saber hasta la saciedad todo lo que se puede saber de sus peores poetas, a conocer la calle de las putas, aprender a alburear, remojar sus conchas en café con leche y a quién sabe cuántas cosas más. Todo el mundo se lanzaría a escribir sus biografías, y mejor no decir aqui lo que opinaba Bolaño de las autobiografias.
Bolaño era un tipo sin imaginación, pero era un gran observador y su vida y su escritura y su visión del mundo estan aqui:
El señor Bubis respondió que si, que era la cifra correcta, o incorrecta, qué más daba, una cifra, pensó cuando volvió a quedarse solo, siempre es aproximativa, no existe la cifra correcta, sólo los nazis creían en la cifra correcta y los profesores de matemática elemental, sólo los sectarios, y los locos de las pirámides, los recaudadores de impuestos (Dios acabe con ellos), los numerólogos que leían el destino por cuatro perras creían en las cifra correcta. Los científicos, por el contrario, sabían que toda cifra es sólo aproximativa. Los grandes físicos, los grandes matemáticos, los grandes químicos y los editores sabían que uno siempre transita por la oscuridad.
Este párrafo de 2666 nos dice o nos susurra (pero fuerte), algo: Bolaño sirve en todo caso, para no importando el régimen político en el que uno viva, la situación sentimental, nuestros gustos en cine o en música, o la frecuencia de nuestros enamoramientos; si uno es nazi o no, si uno tiene madera de nazi o no, (sospecha que puede matar o dar vida, depende), si uno es o cree en la cifra correcta, o si nos gustaría soñar al menos, con ella.
Bolaño es un extraterrestre. O bueno, era, porque murió en 2003. Concuerdo plenamente con los críticos cuando exclamaron después de leer 2666: ¡¿ Cómo le hizo!?. Aunque fue sólo un crítico el que lo exclamó, el que lo dijo, el que lo pensó y luego lo escribió y luego yo lo leí. O tal vez se lo oí decir a alguien. O tal vez lo soñé nomás. En 2666 Bolaño escribe de noche siempre, uno tiene permanentemente esa impresión, que Bolaño escribió esa novela de noche, contra el tiempo, contra reloj, y tal y como era Bolaño, siempre llorando ( o como nos ha hecho creer que era, o como uno deduce que era, que tal vez sean la misma cosa).
Bien podría uno suponer o imaginar, que una tarde cualquiera, estando en la playa Bolaño conjuró a la muerte, la llamó y la pinche muerte le obedeció y se presentó ante él, dulce y dominante, como una buena mujer y le dijo qué quieres, y Bolaño le dijo, mientras un cigarro, su eterno cigarro le colgaba por la boca, por el alma, por el recuerdo; que cuánto tiempo le quedada. Te quedan 4 años. Que sean 5, dame uno más, tengo que escribir una novelota, tengo que asegurarme que Lautaro no pase nunca hambre. Lautaro es su hijo, y una vez en una entrevista Bolaño recordó un poema de su amigo Mario que decía más o menos asi: Si he de vivir, que sea sin timón, y en el delirio. Y después dijo que tenía un hijo, habló del tiempo y habló del cuerpo; y dijo que era una frase muy bonita y que asi vivió Mario, pero que no quería que su hijo leyera esa frase, quería que esa frase se enterrara para que nunca la leyera Lautaro porque dijo que nadie quiere ver sufrir a un ser querido. Asi que uno se imagina que la muerte le dijo a Bolaño órale ya vas, tienes 5 años pero ni uno más. En realidad el cabrón de Bolaño había calculado que el finalizar la novela no le llevaría más de 3, pero pidió ese tiempo extra para escribir otra novela, una novela del estilo de los Detectives Salvajes, corta, cotorra, profunda, que hablara de la pureza y que hablara de la amistad, y de las tormentas en el DF, y que hablara del DF, y de la juventud y de los hombres inmaduros, hombres que se anclan en la juventud -cosa que todo el mundo quisiera- pero que luego son criticados por eso, y mueren sin haber conocido las mieles de la angustia y de la amargura, los terribles paraísos de la responsabilidad, de la seriedad, de la mamonería y del sabio arte -ya lo dice el bolero, o el tango- de fingir para vivir decentemente y que mueren tristes por eso, sin saber que han sido de los pocos hombres dichosos sobre esta tierra, sobre este valle, meseta, desierto seguramente, naufragio interminable en todo caso. Haría pasar esa novela como obra de su amigo Mario, la regalaría a su memoria y la publicaría y lo haría famoso y de paso haría la vida más llevadera para su viuda, punketa a quien nunca conoció y con la que pensándolo bien no tenía ninguna obligación.
Pero ahora bien, hablando de obligaciones cabe preguntarse por qué Bolaño haría algo asi. Por venganza, dirían algunos. Por amor, dirían otros. Venganza por esa amistad tan grande que le dió fuerzas para vivir 25 años más, para luego morir de abandono, de tristeza, derrotado, siempre derrotado por el tiempo que no se deja siquiera cortejar, y que es ciego y enorme, y que hace un estruendo de pesadilla y que permite que descansemos un poco por las noches, durmiendo y soñando, pero sobre todo eso, soñando. Por amor dirán algunos, en recuerdo de esa amistad enorme y atronadora, pero también susurrante, pública y velada, secreta. ¿quién sabe a donde están ahora tantas y tantas palabras que ambos se pronunciaron en voz baja, mirándose a los ojos, pensando en lejanías y en el amor?. Mario y su voz que se convertía en ciertas palabras, y que eran a veces para Bolaño, motivo suficiente para pensar en abolir el dolor del mundo, todo el dolor del mundo. O al menos para imaginarlo. Entonces Bolaño sonreía y decía pinche Mario. Y luego Bolaño hablaba de poesía y entonces sus palabras venían desde sitios remotísimos y habían pasado por Chile y que entonces estaban en México atrapados, o tal vez dando vida a un alma que no creía en nada, -la suya- salvo en la belleza, en cualquier tipo de belleza. Un alma que creía que todo puede ser bello, siempre y cuando sea bien dicho, bien escrito, bien mirado, bien sufrido.
Bolaño era un santo, un santo de esos laicos, un hombre avatar del dolor, una tripa que se negó a arrepentirse, un pellejo con huevos. Pero Bolaño estaba triste. Bolaño quería tal vez la fama. Si, posiblemente sea como la mayoría de nosotros, tan solo un impulso vulgar, alguien que no quería más redenciones que las que están al alcance de todos, es decir, del vulgo y de los miserables: el sexo, el amor, la belleza o peor aún, el poder y la fama. O tal vez no. Tal vez Bolaño era un alma de Gigante (¿pero en qué consistirán las redenciones de los Gigantes?) y tal vez había leído mucho los evangelios, tal vez por las noches, cuando escribía su novela, -que la escribía de noche para que su esposa no la viera, pues le daba vergüenza-, leía los evangelios canónicos y los apócrifos, y últimamente hasta los gnósticos, y haya decidido bajar a degustar esas redenciones del hombre común por puro amor, no se sabe, nadie lo sabe, si a los hombres, a Lautaro, a Mario, a su hígado, o a Lisa. Tal vez todo haya sido simplemente por Lisa. En todo caso podría uno especular que Bolaño murió antes de publicar 2666 porque sabía que a partir de entonces la gente lo adoraría como a un Dios con cirrosis, y se venderían más los cigarros que fumaba, y la gente comenzaría a hablar con más frecuencia sobre la felicidad y quién sabe, puede que hasta algunos chilenos organizados en batallones o en hordas, da lo mismo, quisieran irse de pronto a vivir a México, a ver sus atardeceres, y a saber hasta la saciedad todo lo que se puede saber de sus peores poetas, a conocer la calle de las putas, aprender a alburear, remojar sus conchas en café con leche y a quién sabe cuántas cosas más. Todo el mundo se lanzaría a escribir sus biografías, y mejor no decir aqui lo que opinaba Bolaño de las autobiografias.
Bolaño era un tipo sin imaginación, pero era un gran observador y su vida y su escritura y su visión del mundo estan aqui:
El señor Bubis respondió que si, que era la cifra correcta, o incorrecta, qué más daba, una cifra, pensó cuando volvió a quedarse solo, siempre es aproximativa, no existe la cifra correcta, sólo los nazis creían en la cifra correcta y los profesores de matemática elemental, sólo los sectarios, y los locos de las pirámides, los recaudadores de impuestos (Dios acabe con ellos), los numerólogos que leían el destino por cuatro perras creían en las cifra correcta. Los científicos, por el contrario, sabían que toda cifra es sólo aproximativa. Los grandes físicos, los grandes matemáticos, los grandes químicos y los editores sabían que uno siempre transita por la oscuridad.
Este párrafo de 2666 nos dice o nos susurra (pero fuerte), algo: Bolaño sirve en todo caso, para no importando el régimen político en el que uno viva, la situación sentimental, nuestros gustos en cine o en música, o la frecuencia de nuestros enamoramientos; si uno es nazi o no, si uno tiene madera de nazi o no, (sospecha que puede matar o dar vida, depende), si uno es o cree en la cifra correcta, o si nos gustaría soñar al menos, con ella.
Monday, August 13, 2007
Ocho y media de la mañana es un crimen, pensé después; son horas casi de madrugada para el español promedio aún en días laborables. Pero no me dijiste que no, ni sugeriste cambio alguno de lugar. Yo cogí el metro con más prudencia de lo habitual y el resultado fué que llegué media hora temprano. Vi movimiento en el café Van Gogh y me acerqué: "No estamos abiertos, favor de ver el horario". Carajo, abren a las nueve. Yo sé que tu también eres muy puntual y no fue la excepción ese día. Mientras estaba sentado cruzando la calle, en la única banca disponible por ese sitio, una que habia sido usada para fines poco decorosos por algún borrachito esa misma noche, te vi llegar poco después. Chingados, mi corazón latió, dio un salto y pensé, este latir no me conviene para nada. ¿Te he dicho que eres la mujer más hermosa que he conocido en persona?. Llegaste con los ojitos un poco hinchados y yo, fiel a mi diplomacia y romanticismo legendarios, estuve a punto de hacértelo notar. Afortunadamente un ángel, o el destino, o, ya que estamos en España, tal vez un duende, me hicieron callar. Te dí un beso, dos besos, te olí, reímos. No sé todavía descifrar desde dónde viene tu risa. Gusto y alegria hay, por supuesto. Simpatía, diríamos en el peor de los casos, pero ¿en el mejor?. No me atrevo a asegurar nada. Con ustedes las españolas nunca se sabe. Cuando me dijiste que te encantaba desayunar tu café con leche y un croissant a la plancha en ese café me reí sinceramente. Te dije que los primeros dias de mi llegada a España había pasado varias veces por allí y siempre había querido entrar, pero nunca lo hice, siempre iba a otra cosa, llevaba prisa, o había quedado de llegar a un sitio distinto, la terraza del intercambiador de Moncloa, la plaza de los cubos, la OEX, etc. Asi que te lo propuse de inmediato, vamos a desayunar un día de estos, un domingo, el domingo después de que vuelva de Alcossebre, y de alli nos venimos a mi casa para el zazén de las 10:30. Y tu dijiste que si de inmediato. Pero carajo, estaba cerrado y aún no eran ni las 8:30, asi que comenzamos a caminar por la calle princesa, a esas horas casi vacía, y te conté lo de mi viaje, te hablé de la amistad y del mediterráneo, te hablé de la alegría y de la nostalgia, te dije que no había estado asi de negro, asi de quemado por el sol desde el 2001, en Casitas Veracrúz, a donde llegué un 15 de abril a pasar un fin de semana con mis amigos. Tu me escuchabas y luego me veías y te reías con la lengua entre los dientes y yo pensaba cómo es que los hombres no caen de inmediato a tus órdenes cuando caminas asi por la calle, con tu blusa azul y tus pantalones de mezclilla y tus tenis marca Van y tu cabello recogido; tan rubia, azules tus ojos, tu nariz tan recta y tu risa tan franca. Chingaos, me da por estar de cursi. Caminamos por unas calles y yo comencé a sentirme responsable de arrastarte a un café que todavía no abría y a una caminata sin sentido, pero entonces al fin encontramos una cafetería abierta y nos sentamos, y pediste un vaso con agua mientras yo miraba de cerca tu perfil, mientras notabas que yo te estaba mirando. No dijiste ni hiciste nada. Dos cafés con leche y dos croissants a la plancha, le dije al camarero, un chico que nos sonrió, como se sonríe a los enamorados cuando uno amanece con ganas de celebrar el amor ajeno. Yo no pedí vaso con agua y nos sentamos en una pequeña mesa circular, sacaste tus cigarros, me ofreciste uno, lo tomé, me lo prendiste y comenzaste a contarme que habías pasado unos días malos, un fin de semana triste, con angustia en el pecho. Hacías gestos con la cara que denotaban un gran esfuerzo, un gran dolor, uno de esos dolores que ya conozco, que vienen de otras vidas y que están enterrados bien profundo, o tal vez enterrados o mejor aún, que están aferrados a su propia vida en nuestro cerebro o tal vez en el alma si es que existe. Dolores parásitos. Mientras hablabas yo te queria abrazar, como te abracé en ese sueño que tuve anoche contigo. Ibamos caminando por el Mediterraneo, en un pueblo como el que yo había visitado. Era de mañana y la calle principal estaba quieta y estaba vacía. Caminábamos mirándonos nuestros dedos de los pies, esquivando plantas que crecían en los bordes de la acera. En eso tu te paraste y me dijiste Toño, tengo miedo, estoy triste, y yo, inflado de amor te abracé tan fuerte como pude, te acaricié tu cabello, tu cuello, quise que me sintieras y yo también te sentí, y en eso desperté. Me ofreciste entonces otro cigarro, -fumo demasiado cuando estoy contigo, pero, ¿cómo negarte nada?- y en tus ojos azules vi claramente tu dolor y te tomé de la mano, o al menos quise tomarte de la mano y decirte no tengas miedo hermosa, no tengas miedo bonita, no tengas miedo mujer. Te conté entonces historias de otros dolores, historias que sirven, a veces para mucho, y a veces para nada, pero te las conté de todos modos. Creo que te hice bien. Tu me escuchabas y en eso te paraste con entusiasmo y me pediste otro café con leche, -para que te lo tomes mientras me sigues contando-. Yo me puse feliz, pero no te lo dije, y no lo demostré. Y luego nos fuimos, y en el metro, mientras hablábamos tan juntitos en los pequeños asientos te di mi libro de historias de viejos maestros para que leyeras un párrafo, y cuando basaste la mirada vi nuestro reflejo en el vidrio del vagón vacío y vi a dos personas que no tenían ningún motivo para no estar juntos.
Saturday, August 11, 2007
Llegamos a la playa a eso de las cuatro de la tarde y de inmediato nos fuimos a meter al mar. Sin protector solar, sin toallas, con total inocencia, como si fuéramos niños. Terminamos ese día sentados en la arena con tres botellas de cava. Sus efectos sólo fueron vistos con claridad al día siguiente. Cada uno de nosotros contó chistes que habían sido escuchados hacía décadas. Nos acostamos en la arena a contar las estrellas, y a poner en las estrellas fugaces nuestros destinos en el amor. Si veo una estrella, entonces me quiere, decía uno. Y entonces Gabriel decía si señor. Y yo entonces decía que si pasa otra entonces ella también me quiere, pero David decia no, que no pase, por que entonces yo valgo madres. Y yo decía no mames, y David decía chale pinche Toño, y Gabriel decía si señor, el amor, cómo no. Gabriel entonces pensaba lo mismo que yo y entonces eramos dos contra uno. Pero no volvió a pasar ninguna estrella. La conciencia es una anomalía en el cosmos, en un cosmos que es cosmos por la emergencia abrupta e inesperada de esta anomalía, como si hubiera sido una falla de la matrix, dijo David. Y dije no pinche David, no es asi, al contrario; verás, según yo, la conciencia es algo tan total que de hecho no deja lugar a clasificarla ni como destino ni como anomalía. Gabriel volvió a decir si señor, y yo continué: esta anomalía que mencionas es de hecho tan anómala, por asi decirlo, que es como un pinche hoyo negro que no deja posibilidad de que no haya sido asi. Y en eso David recordó la historia de algún matemático que no se bien cómo ni cuando ni dónde, había demostrado que de un universo salido de una singularidad esquiva, se desarrollaría tarde o temprano -y en el tiempo, por supuesto- un ser tan complejo cuya propia complejidad lo compelería a su vez, a crear el mismo universo donde él mismo nació, vivió y se extinguirá eventualmente. Que cosas, dije yo. Si, dijo Gabriel, está cabrón. No mames pinche Toño, ¿te imaginas? dijo David. Dije yo que si me imaginaba, pues no me era posible imaginar que alguien pudiera pensar que algo sea imposible, si estaba a la vista todas las noches el espéctaculo cabronsísimo del Universo y sus millones de estrellas lejanísimas. Gabriel pensó en la palabra lejanísimas y se rió. Pero se rió pensando en lo pinche lejanísimo que estaba la mujer que quería y que -pensó- he querido desde que ese tal ser hizo el universo en el que ya estaba viviendo y siendo y tal vez, hasta pensando. Y entonces los tres, mirando el cielo estrellado se pusieron a pensar en variadas cosas. A uno le salieron los versos de Neruda: "y titilan azules, los astros a lo lejos", y se rió en silencio. Otro pensó en si la sustancia última de los cangrejos y las sabrosas sepias sería al fin y al cabo la misma de la que están hechas las estrellas. Otro derramó una lágrima sin pensar en nada en concreto, y por supuesto no dijo nada. Al cabo de unos momentos todos comenzaron a pensar en su niñez, en sus padres, en lejanos atardeceres nublados y en las mujeres, y entonces comenzó a hacer frio. Toño recordó la primera vez que conoció el mar, Gabriel pensó en el amor y David se acordó de un chiste sobre los caracoles que Gabriel había contado esa tarde. Sin que viniera a cuento de pronto Gabriel volvió a decir sí señor y los tres se revolcaron de las carcajadas.
Se fueron a dormir con el alma en paz, Gabriel en la cama de su padre, Toño en la cama de Gabriel, y David en el sillón. Las paredes son demasiado estrechas, pensó Toño, cuando oyó a alguien discutir a gritos por teléfono en una lengua que tardó en descifrar como el Valenciá, por supuesto, que pendejo, es lo más lógico, pensó, y entonces pensó en los viajes que había hecho hasta entonces en España. Recordó con risa y con horror ese viaje desde Barcelona hasta la localidad vecina de Sitges. Fue con David y con su casera en un pequeño auto que sorteó las curvas con gran dificultad por parte de su conductora. Toño dijo después, -sin medir las consecuencias- que a esas curvas había entrado siendo Budista y habia salido convertido en un fervoroso Guadalupano. David se rió pero a su casera no le hizo demasiada gracia, pero no pasó nada. También pensó en los 3 dias en casa de Polo, durmiendo tres personas en dos colchones, soportando mutuos ronquidos y volteretas. Pensó en el 24 de diciembre del año pasado, cuando en casa de un amigo se había enamorado de una de sus sobrinas, ¡ah, que vértigo de ganas!, qué sin fin de novelas condensadas en una mirada, en su olor que lo llamaba a un hogar eterno. Chaparrita cuerpo de uva, pensó, mientras intentaba verla en el otro extremo de la ruidosa mesa llena de españoles, pues había quedado en la peor posición para observarla. No obstante en algún momento ella lo miró cuando la veía literalmente con la boca abierta y el corazón -ah, ese pinche corazón- en suspenso. Nunca la volvió a ver, pero es de esas mujeres que uno recuerda secretamente hasta el dia en que moriremos. Pénsó en algunas cosas más, pero no muchas, y luego se dedicó a no pensar en nada durante unos minutos, oyendo su respiración acostado boca abajo, sintiendo su pecho inflarse y desinflarse como su fuera un mecanismo ajeno a él. Y luego se quedó dormido.
David, convencido de la inminencia del fin del mundo, pensó en las señales que lo acompañaban y que él era capaz de descifrar, junto con una reducida camarilla de videntes o elegidos, de locos o de seres auténticos. La primera y enorme señal era la existencia de la mujer más hermosa del mundo, existente en alguna parte de europa, pero de ancestros asiáticos. Lo había soñado, un ángel se lo había susurrado en sueños, aunque eso de que fuera un ángel era una suposición que él, a fuerza de tanto repetir ya no dudaba. Lo cierto es que una voz se lo susurró, y no recuerda bien si era de hombre o de mujer, o de ángel, pero asi fué. Y la voz también le mostró en brumas la silueta de esa mujer, y le dijo que no la conocería nunca. Se la mostró mientras acomodaba mercancía subida a una escalera, en una ferretería, en la sección de menajes para el hogar. Belleza, silencio, potencia. Tenía el cabello negro y un poco rizado, un poco largo. De lejos uno podría pensar que bien podría ser catalana, pero lo mismo china o japonesa. En todo caso la vió envuelta en una bruma y con el tiempo dejado a un lado, es decir, la contempló en la eternidad, y eso lo asustó. En ese momento dentro de su propio sueño suspiró y ese suspiro de anhelo inacabable lo despertó. De esa hacía ya unos meses, y acostado en el sillón, pensando en ello, le dieron de repente ganas de fumar, lo cual le extraño muchísimo, pues no fuma, asi que lo interpretó como una señal más del fin de los tiempos. También estaba convencido de que Roberto Bolaño era la última encarnación de un ánonimo ser divino, que bajó y vivió una vida triste, y que no se proclamó profeta ni nada por el estilo, sino poeta tan solo -lo cual es algo que si es del estilo-, y que engendró dos o tres libros que bien mirados, contenían una sola palabra, o un solo sentimiento y ese sentimiento era que el mundo esta vivo, y que todo lo que está vivo no tiene remedio. Creía, como los sikhs, que su libro 2666, era una de sus emanaciones y que sería lo único que sobreviviría después de la aniquilación -que él llamaba purificación por fuego- sucediera, un día de diciembre dentro de muy poco tiempo. Luego pensó en el mal de ojo, en los brujos de Catemaco, en la laguna de Chacagua, en el gobernador de Oaxaca, en el peso de su propio cerebro. Últimamente estaba convencido de la absoluta inutilidad del amor y de que la compañía de una mujer no lleva a nadie a ninguna parte más que al sufrimiento, pero casi de inmediato descartó esa idea y luego también se quedó dormido.
Gabriel se sintió de pronto el único habitante de un lugar llamado "la soledad interminable" y tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Se sintió dueño de ese lugar, y hubo incluso un momento en que él era ese lugar, esa sensación. Recordó su niñez y recordó Nueva York, recordó los años de estudio y las enciclopedias que tuvo que leerse de principio a fin y de las cuales hoy recuerda poca cosa, y le dió risa el comprobar cuán lejos estamos de nosotros mismos. Le dió por pensar en Buda y en el Hinduismo, en la Ilusión que nos atrapa y nos cobija y a la que estamos tan acostumbrados y a la que evidentemente y dolorosamente ama tanto. A la que amo tanto, pensó. Amo. Conjugó el verbo amar y comprobó que no decía nada, que no le decía nada a nadie pero que ese no decir era inmenso e incontenible; patrimonio del mundo. Entonces quiso llorar pero no pudo. Quiso ver el cielo y la noche pero no pudo. Quería dormir y no podía y en eso vió o sintió venir desde muy lejos en su interior un alarido al final del cual estaba también un silencio interminable. Y en el silencio estaba él. Pero el alarido no llegó y al fin logró soñar algo que no recordó al dia siguiente.
Se fueron a dormir con el alma en paz, Gabriel en la cama de su padre, Toño en la cama de Gabriel, y David en el sillón. Las paredes son demasiado estrechas, pensó Toño, cuando oyó a alguien discutir a gritos por teléfono en una lengua que tardó en descifrar como el Valenciá, por supuesto, que pendejo, es lo más lógico, pensó, y entonces pensó en los viajes que había hecho hasta entonces en España. Recordó con risa y con horror ese viaje desde Barcelona hasta la localidad vecina de Sitges. Fue con David y con su casera en un pequeño auto que sorteó las curvas con gran dificultad por parte de su conductora. Toño dijo después, -sin medir las consecuencias- que a esas curvas había entrado siendo Budista y habia salido convertido en un fervoroso Guadalupano. David se rió pero a su casera no le hizo demasiada gracia, pero no pasó nada. También pensó en los 3 dias en casa de Polo, durmiendo tres personas en dos colchones, soportando mutuos ronquidos y volteretas. Pensó en el 24 de diciembre del año pasado, cuando en casa de un amigo se había enamorado de una de sus sobrinas, ¡ah, que vértigo de ganas!, qué sin fin de novelas condensadas en una mirada, en su olor que lo llamaba a un hogar eterno. Chaparrita cuerpo de uva, pensó, mientras intentaba verla en el otro extremo de la ruidosa mesa llena de españoles, pues había quedado en la peor posición para observarla. No obstante en algún momento ella lo miró cuando la veía literalmente con la boca abierta y el corazón -ah, ese pinche corazón- en suspenso. Nunca la volvió a ver, pero es de esas mujeres que uno recuerda secretamente hasta el dia en que moriremos. Pénsó en algunas cosas más, pero no muchas, y luego se dedicó a no pensar en nada durante unos minutos, oyendo su respiración acostado boca abajo, sintiendo su pecho inflarse y desinflarse como su fuera un mecanismo ajeno a él. Y luego se quedó dormido.
David, convencido de la inminencia del fin del mundo, pensó en las señales que lo acompañaban y que él era capaz de descifrar, junto con una reducida camarilla de videntes o elegidos, de locos o de seres auténticos. La primera y enorme señal era la existencia de la mujer más hermosa del mundo, existente en alguna parte de europa, pero de ancestros asiáticos. Lo había soñado, un ángel se lo había susurrado en sueños, aunque eso de que fuera un ángel era una suposición que él, a fuerza de tanto repetir ya no dudaba. Lo cierto es que una voz se lo susurró, y no recuerda bien si era de hombre o de mujer, o de ángel, pero asi fué. Y la voz también le mostró en brumas la silueta de esa mujer, y le dijo que no la conocería nunca. Se la mostró mientras acomodaba mercancía subida a una escalera, en una ferretería, en la sección de menajes para el hogar. Belleza, silencio, potencia. Tenía el cabello negro y un poco rizado, un poco largo. De lejos uno podría pensar que bien podría ser catalana, pero lo mismo china o japonesa. En todo caso la vió envuelta en una bruma y con el tiempo dejado a un lado, es decir, la contempló en la eternidad, y eso lo asustó. En ese momento dentro de su propio sueño suspiró y ese suspiro de anhelo inacabable lo despertó. De esa hacía ya unos meses, y acostado en el sillón, pensando en ello, le dieron de repente ganas de fumar, lo cual le extraño muchísimo, pues no fuma, asi que lo interpretó como una señal más del fin de los tiempos. También estaba convencido de que Roberto Bolaño era la última encarnación de un ánonimo ser divino, que bajó y vivió una vida triste, y que no se proclamó profeta ni nada por el estilo, sino poeta tan solo -lo cual es algo que si es del estilo-, y que engendró dos o tres libros que bien mirados, contenían una sola palabra, o un solo sentimiento y ese sentimiento era que el mundo esta vivo, y que todo lo que está vivo no tiene remedio. Creía, como los sikhs, que su libro 2666, era una de sus emanaciones y que sería lo único que sobreviviría después de la aniquilación -que él llamaba purificación por fuego- sucediera, un día de diciembre dentro de muy poco tiempo. Luego pensó en el mal de ojo, en los brujos de Catemaco, en la laguna de Chacagua, en el gobernador de Oaxaca, en el peso de su propio cerebro. Últimamente estaba convencido de la absoluta inutilidad del amor y de que la compañía de una mujer no lleva a nadie a ninguna parte más que al sufrimiento, pero casi de inmediato descartó esa idea y luego también se quedó dormido.
Gabriel se sintió de pronto el único habitante de un lugar llamado "la soledad interminable" y tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Se sintió dueño de ese lugar, y hubo incluso un momento en que él era ese lugar, esa sensación. Recordó su niñez y recordó Nueva York, recordó los años de estudio y las enciclopedias que tuvo que leerse de principio a fin y de las cuales hoy recuerda poca cosa, y le dió risa el comprobar cuán lejos estamos de nosotros mismos. Le dió por pensar en Buda y en el Hinduismo, en la Ilusión que nos atrapa y nos cobija y a la que estamos tan acostumbrados y a la que evidentemente y dolorosamente ama tanto. A la que amo tanto, pensó. Amo. Conjugó el verbo amar y comprobó que no decía nada, que no le decía nada a nadie pero que ese no decir era inmenso e incontenible; patrimonio del mundo. Entonces quiso llorar pero no pudo. Quiso ver el cielo y la noche pero no pudo. Quería dormir y no podía y en eso vió o sintió venir desde muy lejos en su interior un alarido al final del cual estaba también un silencio interminable. Y en el silencio estaba él. Pero el alarido no llegó y al fin logró soñar algo que no recordó al dia siguiente.
Thursday, August 02, 2007
Estuvo muchas horas sentado en aquella terraza. La mesera que lo atendió, una uruguaya nada bonita, terminó contándole su vida, una vida como de estropajo. Asi se le figuró. En las mesas de los lados y por alguna extraña casualidad, se sentaron siempre parejas de franceses. Unos jóvenes, otros viejos, unos homosexuales. También intentaron sentarse dos gitanas con sus hijos, pero no se les permitió. La mesera uruguaya, por órdenes de su jefa española, las corrió amablemente, con la promesa de llamar a los policias, algo que ni siquiera con los más pobres y hambrientos subsaharianos pasa nunca, o casi nunca.
Cuando pidió la segunda infusión de poleo menta con leche, cuando se la sirvieron y que pagó de inmediato llevaba ya bastantes hojas leídas de su novela, un enorme ladrillo de más de 1200 páginas que hablaban de una sola cosa que podríamos traducir asi: "Como ha dicho siempre la buena parca, a todo se lo está llevando la chingada". Vació el sobre de azúcar en la jarra de la infusión, la revolvió con la cuchara, y luego comenzó a vaciar el líquido a cucharaditas dentro del vaso con la leche, de manera pausada, ceremonial, hasta sentir la mirada de extrañeza de una mujer francesa y su hija, que lo miraban como si estuvieran viendo un documental del un hombre que acostumbraba hacer eso en las terrazas, para luego desaparecer como quien es visto desde lejos adentrarse en un bosque de matorrales, para ya no ser visto nunca más, por nadie.
O, pensando en la mujer de sus sueños, que había conocido hacía poco, algo asi:
"Nunca quedamos en nada concreto. Si queremos, alguno le habla al otro y nos vemos ese día o al siguiente, aunque en ocasiones nos vemos hasta pasados tres o cuatro. A veces nos vemos de inmediato. Le marco, le digo que quiero pasar la noche con ella y en menos de una hora estoy en su departamento, con vino y bocadillos. Ella me recibe bañada, en shorts, todavía la piel humeante, y con esa mirada que sin decirlo dice: "gracias, estoy feliz, qué bueno que viniste, te quiero dentro de mi, nos haremos viejos juntos, poquito a poco". Hacemos el amor y luego nos ponemos a cenar, platicando en la terraza en esta época de calores, a veces tomados de la mano a veces abrazados, a veces separados, pero siempre con el corazón henchido. Platicamos de todo, pero también nos quedamos callados, no intentando saber del otro más que lo indispensable. Nos queremos, y asi fué desde un principio. Podríamos mantener esta forma de querernos hasta la muerte, pero no nos imaginamos contruyendo juntos esas grandes historias de amor de los libros y las leyendas. Aunque esto que hacemos juntos puede ser todavía más grande, pero más incomprensible. Desde un principio me costó reconocer qué es lo que teníamos entre nosotros. Durante mucho tiempo la mayor parte de la mente y la vida del otro fue un misterio. Las primeras veces me enteré de lo indispensable, su edad, cuántos hermanos tiene, sus padres. Nunca quisé saber más de lo que me decía su rostro, -ese rostro que es mi medicina definitiva contra el abismo, contra la vorágine, contra la total desesperanza-, y esto me llenó de asombro, pues aunque todo iba de lo mejor, nunca me preocupó saber mucho más de su pasado. La primera vez que nos vimos supongo, ambos supimos que eso podría ser interesante. Apenas nos metimos en el elevador, reímos al vernos a los ojos y sin saber por qué, y de inmediato comenzamos a caminar tan cómodos como si fueramos pareja de mucho tiempo. Desde entonces no hemos dejado de mirarnos a los ojos, y esto tampoco deja de asombrarnos, ya lo hemos hablado. Es como sentirnos, cómo decirlo, verdaderos, cuando estamos juntos..."
Pero la verdad era una y simple, visitaba a diario esa terraza para poder ver a su dark lady, una prostituta de europa del este que lo condenó a sufrir por ella desde que la vió. Nunca ha tenido amigas con las que no haya deseado con fiereza irse a la cama. Nunca. Ninguna. Esta situación, platicada con amigos de vario cuño, a veces lo hace sentirse como un canalla, y otras veces como un iluminado, uno de aquellos que no tienen miedo a la felicidad y a los que no les importa limpiarse el culo con una o dos de esas virtudes que tanto destestaba Nietszche. Pero no podía decirse que esta dark lady fuera su amiga, de hecho nunca le había hablado, ni la conocía pues, más que de vista. El hecho era simple: iba a la terraza, se sentaba siempre en la misma mesa, -a esas horas vacia-, pedía "lo de siempre" a la uruguaya, con la que había comenzado a simpatizar; todo, por tener la posibilidad de verla pasar con su minivestido azul de verano, con sus cabellos color zanahoria, lacios y contundentes. No iba a verla a donde sabía que se paraba a cazar a sus clientes, no; su valor todavía no alcanzaba para tanto. Se sentaba porque por ese lugar pasaba de vez en cuando, y porque estaba juntando valor para acercársele y sentido común para pagar por ella, como cualquier mortal, para no sucumbir a los deseos de cortejarla como si fuera la más codiciada de las princesas del mundo; con lentitud y respeto, con temor reverencial. Sus amigos le hubieran dicho "te gusta que te digan pendejo".
No era su amiga pues, pero según su nada mala memoria, nunca había experimentado un deseo tan intenso por nadie. Ella lo había buscado con la mirada en tres ocasiones, las primeras veces que pasaba por alli, cuando la descubrió. Fue un miercoles por la tarde, en compañia de un amigo catalán, quien también se dió cuenta de su manera extraordinaria de invitar al sexo. Te regaló una mirada, le dijo. Desde entonces su corazón se ha ido carcomiendo por este nuevo deseo, deseo que lo coloca en una cuerda floja y que lo lleva a lugares inexplorados y de plano indeseables.
Pudieramos ser sólo amigos, pensaba. Pudiera acercarme un día de poco tráfico sólo a charlar con ella. Un día la vi platicar con unos policias, y su español es bastante aceptable. Pudiera un día caluroso, ponerme mi mejor ropa, y acercarme a ella con el pretexto del calor. Ella olería de inmediato mi miedo pero se compadecería de mi. Olería y se compadecería de mi condición de extranjero, y asi honraría la razón por las que todos los poetas han adorado siempre a las de su clase. La invitaría, no, mejor aún, le llevaría un cono doble de helado stracciatella. O una botella de agua. Le hablaría de mi país y le haría preguntas del suyo. La miraría con ternura y con deseo, y sería imposible que ella no se sintiera halagada por mi trato. La visitaría en los mismos términos dos o tres veces más y luego la invitaría a desayunar. No quiero que se espante haciendo demasiado obvio que quiero acostarme con ella, asi que un desayuno es mejor que una cena. Es casi inofensivo. Ella comienza a trabajar a eso de las once de la mañana, asi que la citaría en este mismo café, a eso de las nueve, y le pediría que trajera su minivestido superentallado color azul. Iría a la barra y le llevaría a la mesa como si yo fuera el mesero, su café con leche, sus churros, y un croissant, y para mi lo mismo. A estas alturas ya sería muy dificil y muy intenso el contenerme las ganas de decirle que quisiera ser su primer, no, su único cliente de ese día, y que después de eso, seguramente estaría seguro de querer ser su último cliente de toda la vida, secuestrarla, robármela, llevármela a una montaña en mi país, a cazar, a sembrar, a salir de madrugada a pescar y que ella me esperase con ese mismo vestido, agradecida del secuestro, limpia y perfumada pero sudorosa, meterme a la ducha, sentir que ella entra, tirarnos al piso, explorar por enésima vez su cuerpo, el territorio propio, pasar mis dedos por sus muslos y ser juntos una sola marea de carne en un planeta privado.
Claro que a esas alturas sería muy probable también que la clientela habitual se molestara por estar presenciando el espectáculo bochornoso de ver a un "sudaca" cortejando a una rumana, y para colmo, puta. Pero toda esta escena tendría lugar después de haberme decidido acercarme a ella. La escena se desarrollaría asi: Ella estaría parada en su lugar o en su árbol de siempre, junto a sus amigas de oficio y yo me acercaría a inquirir sobre el costo del servicio. Esta pregunta saldría después de mucho pensar en la mejor manera de hacerla. Preguntarle ¿cuanto?, me parecia insultante a su dignidad de cortesana bellísima, asi que buscaría la mejor manera de hacerlo y mientras lo pensaba también me estaría riendo de mi mismo, de mi barroquismo y solemnidad incurable contrastada con la sencillez del hombre normal que simplemente le diría cuánto cobras, mamacita. Yo pensaría en frases como ¿"cuál es el precio de tu amor" o "cuánto por amarme"?. Lo deseable sería una frase que fuera firme, respetuosa y decidida, pero sobre todo que fuera una que no dejara adivinar mi amor, pues a estas alturas, después de tantas veces de arrepentirme cuando estaba a punto de hablarle supe que en verdad sentía algo por ella, algo semejante al amor y al miedo. Estaría lleno de fantasias que contra el sentido común imaginaba posibles: me presentaría ante ella y después de hacerle la pregunta ella notaría el nerviosismo en mi cara, me miraría de arriba a abajo con desdén, masticando su chicle con atrevimiento y violencia, miraría a sus amigas con lo que a mi me parecería una de esas miradas entre mujeres llenas de significados inconcebibles para uno, y al fin me diría: "sigueme de lejos". Caminaría con vergüenza y emoción a plena luz del día por calles en donde más de uno me conoce de vista. Tal vez yo sonreiría con complicidad con uno o dos meseros y me sentiría orgulloso de despertar su envidia, ya luego me haría amigo de ellos para platicarles los detalles. Las mujeres en cambio, al verme pasar rumbo al matadero o al paraíso, pensarían lo usual.
Ella caminaría orgullosa y feliz, clavando en nosotros la visión de sus piernas como una chincheta en un pizarrón de corcho, sospechando apenas lo que sucita su andar, lo que acontece en el cuerpo de los mortales que la vemos ondearse, como si fuera un posible exorcismo que nos diera paz a cambio de nuestros deseos. Yo estaría muerto de miedo, henchido de amor y de orgullo por esta rumana o tal vez rusa cuyo nombre ni siquiera conocía, pero a la que yo había apodado Vania, en recuerdo de la primera mujer de nariz de manguito que me gustó en la vida, una niña como de 7 años cuando yo tenía 8 tal vez, o tal vez también tenía 7, como ella.
Por supuesto les había ya contado a mis amigos de ella más o menos en los términos acostumbrados: No mamen conocí a la mujer más bella y buena del mundo (secretamente yo deseaba poder decirles que era también la más alta y la más noble de las que pisan hoy la tierra, pero tal despropósito era evidente incluso para mi. Era Puta), es una prostituta que simple y sencillamente es inenarrable, es una escultura, una estatua, bellísima; qué ojos, dios mío, qué piernas y ese culo, ¡ese culo!; su cintura, su talle. etc. Me había deshecho en esas salivales expresiones ante todos mis amigos de confianza y ya cuatro de ellos la conocen, pues hemos ido expresamente a buscarla y a encontrarla. En todos los casos mis amigos me animaron a irme con ella y conocer si lo que habla el Corán acerca de las Uríes del paraíso es cierto, pero nunca me atreví y entonces me decían, como si se hubieran puesto de acuerdo que me gustaba que me dijeran pendejo. Asi pues, iría con estos pensamientos detrás de ella, unos metros tan sólo, para no perderla de vista, procurando no verle con demasiada intensidad esas nalgas que se irían meneando caprichosas, sueltas al viento delante de mi, dueñas de un secreto que todo el mundo intuye pero que nadie puede creer, firmes,apetitosas, vivas. Al fin llegaríamos a su departamento, tomaríamos el elevador y mi estado de exitación estaría al máximo. Ya alguna vez me dió una taquicardia después de hacer el amor con otra mujer de mis sueños, pero esta mujer estaba demasiado buena, tal vez mi corazón explotaría. Ella me preguntaría mi nombre: ¿Como te llamas?. Silencio, Majestad, Rito de paso. Yo estaría en estado de shock, embriagado para empezar por su cercanía, embriagado por su cuerpo húmedo en verano, por oler su perfume, por sentir su respiración cerca, por mirar de cerca su boca, intuir con mis sentidos sus dientes, convencerme de la existencia de ese par de ojos inconcebibles (y tiernos, por extraño que pueda resultar, tristones), y de la posibilidad real de tocar esos senos, de estrujar esos muslos y esas piernas, de besar ese cuello, de rozar con los dedos de la mano derecha el inicio de sus axilas, sus hombros, su espalda; cerrar los ojos y perderme en el olor de sus manos, hombros, cabellos; probar la sal de su cuello, su espalda sinuosa y su talle respingón. Los elevadores son muy calientes en esta época del año, y la caminata no había sido corta y no había sido lenta. Unas gotitas de sudor brillarían en su pecho, abríendose paso hacia esos senos que apretados, pugnaban por salir y ser pródigos con los hijos de los dioses, conmigo; ¡oh suerte! que me has regalado algo que no merezco. Mi camisa de lino estaría de plano mojada de sudor en varias secciones y no obstante todo ese nerviosismo, -pues para eso hay algo que se llama evolución de las especies, superviviencia del más fuerte-; yo evitaría desmayarme y mirándola con todo el deseo concentrado durante tanto tiempo y liberado al fin, o comenzado a liberar en ese elevador, le diría con acento y entonación claras mi verdadero nombre: Vania, Diosa Vania, soy yo, ¿no me reconoces?, soy yo, soy Toño. Pero no, tal vez lo mejor es que pusiera mis manos en su cintura y le dijera soy Toño ¿y tú?. Ella me respondería con un nombre que a mis oídos desde ya suena a sagrado y que prefiero no osar adivinar.
No diré nada de lo que pasó cuando entramos a su cuarto, todo eso me lo reservo para mi. temo de que esto haya sido un sueño y que al contarlo se desvanezca del mundo ese olor suyo que todávía llevó impregnado en todas las partes de mi cuerpo. Sólo diré que a partir de ese momento mis visitas para adorarla se hicieron muy frecuentes, llegando a un ritmo de una por semana, lo cual por otra parte dismunuía considerablemente mis finanzas pues sin duda era la que más caro cobraba sus servicios. Yo era ya conocido tanto por prostitutas como por policias en esa céntrica calle, y para evitar esperas y en lo que fue una linda consideración, ella me esperaba sentada en una terraza con una o dos de sus compañeras y al ver que yo llegaba se levantaba y tomaba su bolso mientras yo pagaba dos copas de vino. Era un corderito en sus manos y no me apena decir que a esas alturas estaba perdidamente enamorado de ella. Se lo dije por primerva vez un domingo en que había habido poca clientela para ella, y en el que por ser ya un poco tarde, nos quedamos en su cuarto viendo una pelicula que había rentado el día anterior. Me dijo no jodas y me pidió que sacara del refrigerador una botella de jugo de naranja (le encanta). Pedimos una pizza y llamó a su hermano menor, un chico que debía andar por los 12 años y que no tardaría en pisar por primera vez una cárcel. Cuando llegó me dijo si yo era el novio de su hermana, y sin esperar a mi respuesta le dijo a ella en ruso (después ella me lo dijo) que me sacara todo el dinero que pudiera porque tenía muchas ganas de comprarse una moto. Asi pues, comenzó una rutina de sexo y peliculas, a veces en casa y a veces en el cine. Cuando no estaba de servicio, vestía con mucha decencia, aunque era imposible que los hombres no adivinaran el escultural cuerpo que poseía, ni era posible ocultar la belleza de sus ojos y de su rostro en general. Cuando salíamos al cine lo hacíamos a uno muy cercano a su casa, por lo que muchas de las personas se fueron familiarizando conmigo y aunque no ibamos ni abrazados ni besándonos ni tomados de la mano, para muchos de ellos, asi como para el observador casual era muy lógico suponer que no éramos sólo amigos.
Cuando pidió la segunda infusión de poleo menta con leche, cuando se la sirvieron y que pagó de inmediato llevaba ya bastantes hojas leídas de su novela, un enorme ladrillo de más de 1200 páginas que hablaban de una sola cosa que podríamos traducir asi: "Como ha dicho siempre la buena parca, a todo se lo está llevando la chingada". Vació el sobre de azúcar en la jarra de la infusión, la revolvió con la cuchara, y luego comenzó a vaciar el líquido a cucharaditas dentro del vaso con la leche, de manera pausada, ceremonial, hasta sentir la mirada de extrañeza de una mujer francesa y su hija, que lo miraban como si estuvieran viendo un documental del un hombre que acostumbraba hacer eso en las terrazas, para luego desaparecer como quien es visto desde lejos adentrarse en un bosque de matorrales, para ya no ser visto nunca más, por nadie.
Llevaba su libreta para escribir cuentos y estaba puliendo algunos textos sueltos, textos que por lo general desecha casi de inmediato, textos como estos
O, pensando en la mujer de sus sueños, que había conocido hacía poco, algo asi:
"Nunca quedamos en nada concreto. Si queremos, alguno le habla al otro y nos vemos ese día o al siguiente, aunque en ocasiones nos vemos hasta pasados tres o cuatro. A veces nos vemos de inmediato. Le marco, le digo que quiero pasar la noche con ella y en menos de una hora estoy en su departamento, con vino y bocadillos. Ella me recibe bañada, en shorts, todavía la piel humeante, y con esa mirada que sin decirlo dice: "gracias, estoy feliz, qué bueno que viniste, te quiero dentro de mi, nos haremos viejos juntos, poquito a poco". Hacemos el amor y luego nos ponemos a cenar, platicando en la terraza en esta época de calores, a veces tomados de la mano a veces abrazados, a veces separados, pero siempre con el corazón henchido. Platicamos de todo, pero también nos quedamos callados, no intentando saber del otro más que lo indispensable. Nos queremos, y asi fué desde un principio. Podríamos mantener esta forma de querernos hasta la muerte, pero no nos imaginamos contruyendo juntos esas grandes historias de amor de los libros y las leyendas. Aunque esto que hacemos juntos puede ser todavía más grande, pero más incomprensible. Desde un principio me costó reconocer qué es lo que teníamos entre nosotros. Durante mucho tiempo la mayor parte de la mente y la vida del otro fue un misterio. Las primeras veces me enteré de lo indispensable, su edad, cuántos hermanos tiene, sus padres. Nunca quisé saber más de lo que me decía su rostro, -ese rostro que es mi medicina definitiva contra el abismo, contra la vorágine, contra la total desesperanza-, y esto me llenó de asombro, pues aunque todo iba de lo mejor, nunca me preocupó saber mucho más de su pasado. La primera vez que nos vimos supongo, ambos supimos que eso podría ser interesante. Apenas nos metimos en el elevador, reímos al vernos a los ojos y sin saber por qué, y de inmediato comenzamos a caminar tan cómodos como si fueramos pareja de mucho tiempo. Desde entonces no hemos dejado de mirarnos a los ojos, y esto tampoco deja de asombrarnos, ya lo hemos hablado. Es como sentirnos, cómo decirlo, verdaderos, cuando estamos juntos..."
Pero la verdad era una y simple, visitaba a diario esa terraza para poder ver a su dark lady, una prostituta de europa del este que lo condenó a sufrir por ella desde que la vió. Nunca ha tenido amigas con las que no haya deseado con fiereza irse a la cama. Nunca. Ninguna. Esta situación, platicada con amigos de vario cuño, a veces lo hace sentirse como un canalla, y otras veces como un iluminado, uno de aquellos que no tienen miedo a la felicidad y a los que no les importa limpiarse el culo con una o dos de esas virtudes que tanto destestaba Nietszche. Pero no podía decirse que esta dark lady fuera su amiga, de hecho nunca le había hablado, ni la conocía pues, más que de vista. El hecho era simple: iba a la terraza, se sentaba siempre en la misma mesa, -a esas horas vacia-, pedía "lo de siempre" a la uruguaya, con la que había comenzado a simpatizar; todo, por tener la posibilidad de verla pasar con su minivestido azul de verano, con sus cabellos color zanahoria, lacios y contundentes. No iba a verla a donde sabía que se paraba a cazar a sus clientes, no; su valor todavía no alcanzaba para tanto. Se sentaba porque por ese lugar pasaba de vez en cuando, y porque estaba juntando valor para acercársele y sentido común para pagar por ella, como cualquier mortal, para no sucumbir a los deseos de cortejarla como si fuera la más codiciada de las princesas del mundo; con lentitud y respeto, con temor reverencial. Sus amigos le hubieran dicho "te gusta que te digan pendejo".
No era su amiga pues, pero según su nada mala memoria, nunca había experimentado un deseo tan intenso por nadie. Ella lo había buscado con la mirada en tres ocasiones, las primeras veces que pasaba por alli, cuando la descubrió. Fue un miercoles por la tarde, en compañia de un amigo catalán, quien también se dió cuenta de su manera extraordinaria de invitar al sexo. Te regaló una mirada, le dijo. Desde entonces su corazón se ha ido carcomiendo por este nuevo deseo, deseo que lo coloca en una cuerda floja y que lo lleva a lugares inexplorados y de plano indeseables.
Pudieramos ser sólo amigos, pensaba. Pudiera acercarme un día de poco tráfico sólo a charlar con ella. Un día la vi platicar con unos policias, y su español es bastante aceptable. Pudiera un día caluroso, ponerme mi mejor ropa, y acercarme a ella con el pretexto del calor. Ella olería de inmediato mi miedo pero se compadecería de mi. Olería y se compadecería de mi condición de extranjero, y asi honraría la razón por las que todos los poetas han adorado siempre a las de su clase. La invitaría, no, mejor aún, le llevaría un cono doble de helado stracciatella. O una botella de agua. Le hablaría de mi país y le haría preguntas del suyo. La miraría con ternura y con deseo, y sería imposible que ella no se sintiera halagada por mi trato. La visitaría en los mismos términos dos o tres veces más y luego la invitaría a desayunar. No quiero que se espante haciendo demasiado obvio que quiero acostarme con ella, asi que un desayuno es mejor que una cena. Es casi inofensivo. Ella comienza a trabajar a eso de las once de la mañana, asi que la citaría en este mismo café, a eso de las nueve, y le pediría que trajera su minivestido superentallado color azul. Iría a la barra y le llevaría a la mesa como si yo fuera el mesero, su café con leche, sus churros, y un croissant, y para mi lo mismo. A estas alturas ya sería muy dificil y muy intenso el contenerme las ganas de decirle que quisiera ser su primer, no, su único cliente de ese día, y que después de eso, seguramente estaría seguro de querer ser su último cliente de toda la vida, secuestrarla, robármela, llevármela a una montaña en mi país, a cazar, a sembrar, a salir de madrugada a pescar y que ella me esperase con ese mismo vestido, agradecida del secuestro, limpia y perfumada pero sudorosa, meterme a la ducha, sentir que ella entra, tirarnos al piso, explorar por enésima vez su cuerpo, el territorio propio, pasar mis dedos por sus muslos y ser juntos una sola marea de carne en un planeta privado.
Claro que a esas alturas sería muy probable también que la clientela habitual se molestara por estar presenciando el espectáculo bochornoso de ver a un "sudaca" cortejando a una rumana, y para colmo, puta. Pero toda esta escena tendría lugar después de haberme decidido acercarme a ella. La escena se desarrollaría asi: Ella estaría parada en su lugar o en su árbol de siempre, junto a sus amigas de oficio y yo me acercaría a inquirir sobre el costo del servicio. Esta pregunta saldría después de mucho pensar en la mejor manera de hacerla. Preguntarle ¿cuanto?, me parecia insultante a su dignidad de cortesana bellísima, asi que buscaría la mejor manera de hacerlo y mientras lo pensaba también me estaría riendo de mi mismo, de mi barroquismo y solemnidad incurable contrastada con la sencillez del hombre normal que simplemente le diría cuánto cobras, mamacita. Yo pensaría en frases como ¿"cuál es el precio de tu amor" o "cuánto por amarme"?. Lo deseable sería una frase que fuera firme, respetuosa y decidida, pero sobre todo que fuera una que no dejara adivinar mi amor, pues a estas alturas, después de tantas veces de arrepentirme cuando estaba a punto de hablarle supe que en verdad sentía algo por ella, algo semejante al amor y al miedo. Estaría lleno de fantasias que contra el sentido común imaginaba posibles: me presentaría ante ella y después de hacerle la pregunta ella notaría el nerviosismo en mi cara, me miraría de arriba a abajo con desdén, masticando su chicle con atrevimiento y violencia, miraría a sus amigas con lo que a mi me parecería una de esas miradas entre mujeres llenas de significados inconcebibles para uno, y al fin me diría: "sigueme de lejos". Caminaría con vergüenza y emoción a plena luz del día por calles en donde más de uno me conoce de vista. Tal vez yo sonreiría con complicidad con uno o dos meseros y me sentiría orgulloso de despertar su envidia, ya luego me haría amigo de ellos para platicarles los detalles. Las mujeres en cambio, al verme pasar rumbo al matadero o al paraíso, pensarían lo usual.
Ella caminaría orgullosa y feliz, clavando en nosotros la visión de sus piernas como una chincheta en un pizarrón de corcho, sospechando apenas lo que sucita su andar, lo que acontece en el cuerpo de los mortales que la vemos ondearse, como si fuera un posible exorcismo que nos diera paz a cambio de nuestros deseos. Yo estaría muerto de miedo, henchido de amor y de orgullo por esta rumana o tal vez rusa cuyo nombre ni siquiera conocía, pero a la que yo había apodado Vania, en recuerdo de la primera mujer de nariz de manguito que me gustó en la vida, una niña como de 7 años cuando yo tenía 8 tal vez, o tal vez también tenía 7, como ella.
Por supuesto les había ya contado a mis amigos de ella más o menos en los términos acostumbrados: No mamen conocí a la mujer más bella y buena del mundo (secretamente yo deseaba poder decirles que era también la más alta y la más noble de las que pisan hoy la tierra, pero tal despropósito era evidente incluso para mi. Era Puta), es una prostituta que simple y sencillamente es inenarrable, es una escultura, una estatua, bellísima; qué ojos, dios mío, qué piernas y ese culo, ¡ese culo!; su cintura, su talle. etc. Me había deshecho en esas salivales expresiones ante todos mis amigos de confianza y ya cuatro de ellos la conocen, pues hemos ido expresamente a buscarla y a encontrarla. En todos los casos mis amigos me animaron a irme con ella y conocer si lo que habla el Corán acerca de las Uríes del paraíso es cierto, pero nunca me atreví y entonces me decían, como si se hubieran puesto de acuerdo que me gustaba que me dijeran pendejo. Asi pues, iría con estos pensamientos detrás de ella, unos metros tan sólo, para no perderla de vista, procurando no verle con demasiada intensidad esas nalgas que se irían meneando caprichosas, sueltas al viento delante de mi, dueñas de un secreto que todo el mundo intuye pero que nadie puede creer, firmes,apetitosas, vivas. Al fin llegaríamos a su departamento, tomaríamos el elevador y mi estado de exitación estaría al máximo. Ya alguna vez me dió una taquicardia después de hacer el amor con otra mujer de mis sueños, pero esta mujer estaba demasiado buena, tal vez mi corazón explotaría. Ella me preguntaría mi nombre: ¿Como te llamas?. Silencio, Majestad, Rito de paso. Yo estaría en estado de shock, embriagado para empezar por su cercanía, embriagado por su cuerpo húmedo en verano, por oler su perfume, por sentir su respiración cerca, por mirar de cerca su boca, intuir con mis sentidos sus dientes, convencerme de la existencia de ese par de ojos inconcebibles (y tiernos, por extraño que pueda resultar, tristones), y de la posibilidad real de tocar esos senos, de estrujar esos muslos y esas piernas, de besar ese cuello, de rozar con los dedos de la mano derecha el inicio de sus axilas, sus hombros, su espalda; cerrar los ojos y perderme en el olor de sus manos, hombros, cabellos; probar la sal de su cuello, su espalda sinuosa y su talle respingón. Los elevadores son muy calientes en esta época del año, y la caminata no había sido corta y no había sido lenta. Unas gotitas de sudor brillarían en su pecho, abríendose paso hacia esos senos que apretados, pugnaban por salir y ser pródigos con los hijos de los dioses, conmigo; ¡oh suerte! que me has regalado algo que no merezco. Mi camisa de lino estaría de plano mojada de sudor en varias secciones y no obstante todo ese nerviosismo, -pues para eso hay algo que se llama evolución de las especies, superviviencia del más fuerte-; yo evitaría desmayarme y mirándola con todo el deseo concentrado durante tanto tiempo y liberado al fin, o comenzado a liberar en ese elevador, le diría con acento y entonación claras mi verdadero nombre: Vania, Diosa Vania, soy yo, ¿no me reconoces?, soy yo, soy Toño. Pero no, tal vez lo mejor es que pusiera mis manos en su cintura y le dijera soy Toño ¿y tú?. Ella me respondería con un nombre que a mis oídos desde ya suena a sagrado y que prefiero no osar adivinar.
No diré nada de lo que pasó cuando entramos a su cuarto, todo eso me lo reservo para mi. temo de que esto haya sido un sueño y que al contarlo se desvanezca del mundo ese olor suyo que todávía llevó impregnado en todas las partes de mi cuerpo. Sólo diré que a partir de ese momento mis visitas para adorarla se hicieron muy frecuentes, llegando a un ritmo de una por semana, lo cual por otra parte dismunuía considerablemente mis finanzas pues sin duda era la que más caro cobraba sus servicios. Yo era ya conocido tanto por prostitutas como por policias en esa céntrica calle, y para evitar esperas y en lo que fue una linda consideración, ella me esperaba sentada en una terraza con una o dos de sus compañeras y al ver que yo llegaba se levantaba y tomaba su bolso mientras yo pagaba dos copas de vino. Era un corderito en sus manos y no me apena decir que a esas alturas estaba perdidamente enamorado de ella. Se lo dije por primerva vez un domingo en que había habido poca clientela para ella, y en el que por ser ya un poco tarde, nos quedamos en su cuarto viendo una pelicula que había rentado el día anterior. Me dijo no jodas y me pidió que sacara del refrigerador una botella de jugo de naranja (le encanta). Pedimos una pizza y llamó a su hermano menor, un chico que debía andar por los 12 años y que no tardaría en pisar por primera vez una cárcel. Cuando llegó me dijo si yo era el novio de su hermana, y sin esperar a mi respuesta le dijo a ella en ruso (después ella me lo dijo) que me sacara todo el dinero que pudiera porque tenía muchas ganas de comprarse una moto. Asi pues, comenzó una rutina de sexo y peliculas, a veces en casa y a veces en el cine. Cuando no estaba de servicio, vestía con mucha decencia, aunque era imposible que los hombres no adivinaran el escultural cuerpo que poseía, ni era posible ocultar la belleza de sus ojos y de su rostro en general. Cuando salíamos al cine lo hacíamos a uno muy cercano a su casa, por lo que muchas de las personas se fueron familiarizando conmigo y aunque no ibamos ni abrazados ni besándonos ni tomados de la mano, para muchos de ellos, asi como para el observador casual era muy lógico suponer que no éramos sólo amigos.
Wednesday, August 01, 2007
En un arranque de osadía, regresó a Madrid mes y medio antes de lo previsto. En un arranque de desprendimiento raro en él, compró la novela póstuma de Roberto Bolaño por la estratosférica cantidad de 35 euros. Es el libro más caro que ha comprado nunca, y la quinta o sexta cosa más cara que ha comprado en su vida. En una explosión de optimismo casi inmoral, se bebió no uno, sino dos cafés con leche en su lugar preferido. En un ejercicio de osada temeridad, pasó dos veces junto a la nena que le gusta, para preguntarle cuanto cobra, pero no se atrevió. No hay que tentar al destino, piensa, pero luego piensa que si de tentar se trata, habría que tentar algo. Pero no se atrevió a nada por algo que podríamos llamar miedo, y a lo que no pocos se atreverían a llamar amor. Esa noche, mientras disfrutaba de una infusión de poleo menta con la mujer de sus sueños, y definitivamente la mujer más hermosa que conoció jamás, y sin asomo de dudas la más llena de cualidades, aquella a la que los novelistas podrían llamar "la mujer ideal", pensaba decirle cuando su amor ya fuera una costumbre algo asi como:
Amor mio, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de cumbres borrascosas, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de los años maravillosos, hubo por quienes hubiera dado mi pie izquierdo para ser juntos la bella y la bestia, hubo aquellas tan dulces y castañas por quienes me hubiera convertido en un perro, en concreto en el perro golfo, de la dama y el vagabundo, siempre que ella se hubiera convertido en reina, esa adorable cocker spaniel. Ya más adulto paré las cejas muchas veces mientras me reñían las más disímiles Marias Felix, y muchas veces me arrojé con los ojos cerrados y con el corazón en la mano a las aventuras de los Wherteres, los Florentinos, y los Tomases. Hubo aquella esplendorosa alemana, de la cual vivo todavía flechado, pero sin consecuencias malignas. Hubo aquella mesera, por quien de no haber aparecido tú, aún lo daría todo. Hubo aquella otra de ancestros teutones, con quien conocí los prólogos de la felicidad. Estuvo también la dueña de mis poemas, reminiscencias de otras vidas, o tal vez semillas de unas futuras, pero por ahora situada en lejanas parcelas. Hubo la francesa, optimismo contagioso hecho carne; hubo una primera española, tropezón, tropezón, y hubo la italiana, sufrimiento garantizado de por vida, pero por cuyos besos y ojos brujos "yo habría dado siempre más".
Y pensó que entonces también le darían ganas de decirle: Pero Amor mío, estoy aqui contigo, como un perro romántico, y aqui me voy a quedar.
Amor mio, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de cumbres borrascosas, hubo mujeres por las que me hubiera gustado ser el protagonista de los años maravillosos, hubo por quienes hubiera dado mi pie izquierdo para ser juntos la bella y la bestia, hubo aquellas tan dulces y castañas por quienes me hubiera convertido en un perro, en concreto en el perro golfo, de la dama y el vagabundo, siempre que ella se hubiera convertido en reina, esa adorable cocker spaniel. Ya más adulto paré las cejas muchas veces mientras me reñían las más disímiles Marias Felix, y muchas veces me arrojé con los ojos cerrados y con el corazón en la mano a las aventuras de los Wherteres, los Florentinos, y los Tomases. Hubo aquella esplendorosa alemana, de la cual vivo todavía flechado, pero sin consecuencias malignas. Hubo aquella mesera, por quien de no haber aparecido tú, aún lo daría todo. Hubo aquella otra de ancestros teutones, con quien conocí los prólogos de la felicidad. Estuvo también la dueña de mis poemas, reminiscencias de otras vidas, o tal vez semillas de unas futuras, pero por ahora situada en lejanas parcelas. Hubo la francesa, optimismo contagioso hecho carne; hubo una primera española, tropezón, tropezón, y hubo la italiana, sufrimiento garantizado de por vida, pero por cuyos besos y ojos brujos "yo habría dado siempre más".
Y pensó que entonces también le darían ganas de decirle: Pero Amor mío, estoy aqui contigo, como un perro romántico, y aqui me voy a quedar.
Sunday, July 29, 2007
Nos vimos esa mañana que yo me regresaba a España, ¿lo recuerdas?, tu llegabas a tu vez de Francia y por poco no nos vemos. Te marqué a tu nextel la noche anterior y oí una voz de mujer fatal, comedora de tímidos como yo, que me hacía el fuerte, el distante, para no ser devorado demasiado pronto. En el sanborns del triángulo, me dijiste, y yo claro, nos vemos, llegaré antes, asi que me buscas ya dentro del restorán. Llegué 25 minutos antes, me puse a ver libros, a hojear revistas, a secarme el sudor de las manos. Al fin me senté en una posición de manera que me vieras fácilmente cuando llegaras. No te recordaba tan bonita, es decir, tan deseable, tus pantalones contenían dunas de piel y de sexo. Claramente vi cómo un mesero se quedó mirándote con la boca abierta. También vi cómo las meseras, reunidas en manada, estuvieron a punto de atacarte. Traías pantalón de mezclilla, entallado por supuesto,una blusa ligera, gafas enormes, zapatillas con tacón y un chal magnífico: Breathtaking, como dicen los gringos. Me llené de ti, me llené de tu perfume, y todo fué como lo habíamos imaginado tantas veces. Nos miramos a los ojos y comenzamos a platicar de la lejanía y de la angustia, de la lejanía y del amor. Ninguno de los dos creemos en las amistades entre hombres y mujeres; me dijiste, sin pedirme permiso para decirlo en mi nombre, y sin siquiera averiguar si eso pensaba yo. Pero no te contradije, y mientras platicábamos yo sólo pensaba en llevarte a la cama, en emborracharme de ese perfume inquietante, en quitarte a zarpazos tus pantalones nuevos (estás un poco más rellenita). Me hablaste de tus galanes y de que ya no crees en el amor. A mi me hubiera gustado decirte que creyeras en mi, que alli estaba, a tu alcance. Yo te hablé de mis ex novias y de las españolas que tengo en la mira, sólo para mantenerme seguro y no exponerme a tus poderes demasiado tiempo. El pronóstico de nuestro futuro amoroso como siempre fue negativo y pesimista. Moriremos con nuestros gatos, dijimos mientras nos reíamos y mientras tu rodilla fue a toparse con la mia. No la retiraste ni yo tampoco, asi que quedamos en que en unos años rentariamos entre los dos una casa para hacernos compañía. Luego dijiste que las personas que viven juntos tarde o temprano terminan juntos como pareja, y yo dije claro, si hasta los pandas se aparean cuando los juntan, y te dije que podrías hacer de cualquier hombre lo que se te antojara. No me creíste pero te lo repetí bien claro: tienes poder absoluto, pero para usarlo habrías de tener el corazón negro, y no lo tienes ni lo tendrás. Te reíste y tu aliento era tan irresistible que hasta ahora llevo esa herida abierta. En eso te di el abanico que te compré en Madrid, y temiste mostrarte demasiado efusiva, temiste abrazarme y mirarme agradecida a los ojos. La tensión era deliciosa. Yo te dije que no tenías que agradecerme nada. Me servirá ahora que hace calor, dijiste, y comenzaste a abanicarte con alegria, mientras me mirabas, juguetona. A los 40 serás una mujer hermosísima, te dije, y te expliqué que te estaba vacunando, haciendo un rito de paso para cuando tengas esa edad y te sientas insegura de esa belleza que ahora te arrebata y me abisma. Paraste los labios como haces cuando algo te gusta, cuando te muestro algo que no conoces todavía. ¿Crees en Dios?, me preguntaste, y te contesté no me acuerdo que cosa, pero lo que yo quería decirte era que creía en ti, en tus gafas enormes, en tu rodilla puesta sobre la mia, y en que te dieras cuenta como yo, que en esos momentos ninguno de los dos necesitaba nada más, ni del mundo, ni de las personas, ni de los dioses. Cuando ambos tenemos parejas, te hice notar, ambos hablamos de las ventajas de tener a alguien a nuestro lado, de sentirnos acompañados en esta vida, pero también de las ganas de irnos, del aburrimiento que nos producen más temprano que tarde, y que de manera irremediable nos cansaremos, nos heriremos y nos diremos adiós. Y cuando estamos solos, tu y yo, rumiando juntos nuestras búsquedas fallidas, nos dedicamos a hacer una apología de la soledad, de la independencia y de la libertad. Tu te vas de compras, de fiesta y mirando a las parejas aparentemente felices te compadeces de ellas, imaginando el tedio de todos los dias, el horror de despertar junto a la misma persona para siempre. Yo entonces hablo de las pampas y de las selvas, y de los inconvenientes del deseo, y de lo bonito que es sentarse en una terraza en el verano de Madrid, a sufrir en carne propia la inconcebibilidad de ver juntas a las mujeres más hermosas del mundo. Y luego te gusta que te platique de las habilidades del Perro Aguayo, y del hijo del Perro Aguayo. Luego la soledad nos invade y nos encuentra juntos, y se ríe de nosotros, solos en medio de de un universo de carne y de miradas, de olores y de otras soledades. Luego nos fuimos, pero tu no querias, y eso me hizo feliz, y luego te dije que yo te invitaba, y eso nos hizo felices. Pagué la cuenta y te dije que me esperaras en las revistas mientras pasaba al baño y cuando regresé te miré sin que me vieras, te miré y te olí detenidamente y entonces te tuve todas las ganas del mundo. Tu mirabas un tv notas y me preguntaste qué de malo había hecho Paris Hilton, y yo pensé: nacer, pero te dije otra cosa. Te fui a dejar al estacionamiento, a tu coche, y mientras te adelantabas te miré por detrás y supe que tu podrías ser mi felicidad. Nos abrazamos y me dijiste me la pasé muy bien, mirándome a los ojos, dueña del poder de tu cuerpo y de tu perfume, y dueña absoluta de mi, sin remedio y sin esperanza. Quedamos de vernos en París el próximo verano, y me dejaste con una ansiedad en el cuerpo que no quiero que se evapore. Te subiste a tu coche y te fuiste mientras yo vagaba perdido en el estacionamiento en busqueda del mío. Un lavacoches me indicó con su dedo donde estaba y yo le agradecí, pero estaba pensando en otra cosa, no sé en qué; tal vez en tu pregunta sobre Dios, tal vez en ti. Tal vez en ambas cosas, que tal vez sean lo mismo.
Luego me fui y al poco tiempo me dijiste por mail que ibas a casar con un tipo al que acababas de conocer. Para no sucumbir a la tristeza y a los celos mejor me dió por enojarme. Pero ni siquiera eso te dije. No me he sentido casi nunca con el derecho a poner en peligro la amistad que nos une, aunque a veces he pensado que en realidad esa amistad no me importa tanto como yo digo, y a lo que le tengo miedo es a decirte que te quiero y que entonces tu te alejes. Tal vez nunca te había dicho que te quiero para que no te alejaras de mi. En fin, viví a través de tus correos todos los preparativos y tus dudas, las dudas de tu mamá y todo sin que se formara en mi mente más que una borrosa figura del hombre en cuestión, un tipo con suerte, con toda y más de la suerte que yo he querido para mi vida, durante toda mi vida. Recuerdo que dos semanas antes de la boda ya me habías dicho que no era lo que esperabas, y que tu felicidad había disminuido ya varías décimas. Cuando te casaste dejé de escribirte, hubiera sido demasiado doloroso escribirte con la esperanza de que me contestaras que había sido un error y que me contestaras lo contrario, que estabas muy feliz, que no conocías esos niveles de dicha y que ibas a tener un hijo. Pero los dioses se han empeñado en mantener vivo este querer, pues yo regresé a México en el mes de diciembre y pocos días después recibí el mail que tanto anhelaba: Toño, hay que vernos. Me dijiste, en pocas palabras. Y yo fui feliz. Te hablé por teléfono a tu nextel y nos vimos en la 43 pte, en la terraza de un viejo café. Llegaste como siempre, partiendo plaza, provocando la ira y la envidia de las mujeres y el salivar de los hombres -clientes y meseros- alli presentes. Y mi orgullo, llegaste provocando mi orgullo. Una mujer tan bella, tan hermosa y luminosa, tan atractiva, tan sensual y erótica, tan segura de sí misma, una Cécile llegando junto a mi, diciéndome Tooooññño, abrazándome, besándome y sentándose a mi mesa. No sabes cómo sufro cuando me abrazas, cuando me dejas poner mi mano en tu cintura mientras te huelo el cuello, tu perfume magnífico, cuando siento tus muslos en mis muslos. No sabes cómo sufro y cómo soy feliz cuando nos sentamos a la mesa y pedimos los cafés y luego le echas la crema o la leche al tuyo, con ese desdén que te caracteriza y que me mata, y cómo soy feliz cuando en una muestra de lo alegre que te sientes en mi compañía sacas tus cigarros y te los fumas con elegancia, toda dueña de tu vicio, y yo, con la voluntad aniquilada, pidiéndote uno para disimular mi nerviosismo, o simplemente para hacer algo en este mundo que tu estés haciendo al mismo tiempo, para sentir que hay algo que nos une, algo más que la amistad. El tono de nuestra charla fué el de siempre, es decir, hablamos de la soledad, del amor, de la felicidad duradera, y concluimos como siempre que todo eso es imposible de alcanzar en este mundo. "Todo erotómano es un místico que se ignora", cuando eso pasa recuerdo siempre esa frase que hace muchos años un amigo me dijo, diagnósticando dulcemente el mal que me aqueja desde siempre, el mas que nos aqueja. La belleza. Luego nos fuimos y quedaste de invitarme a cenar a tu casa, te dije que la idea no me gustaba, no me hacia feliz la idea de pensar en conocer en su casa al tipo con el que duermes todas las noches y el que es capaz de ir por el mundo diciendo, mira, te presento a Cécile, mi esposa. No, asi que amablemente decline la invitación y entonces tu prometiste pedirle permiso al energúmeno para salir conmigo a tomar otro café. Y asi fué, una mañana que estaba en mi cuarto pensando en ti me hablaste por teléfono y te dije que nos veríamos donde quieras y a la hora que quieras. ¿Te das cuenta que en cada palabra que te digo te estoy diciendo que te quiero, que te quiero a la manera en que los personajes de las novelas del Gabo quieren a las mujeres más hermosas del mundo? ¿Te das cuenta que este texto es mi manera de pedirte "con lágrimas en los ojos" que te cases conmigo?. Y entonces nos veíamos y platicábamos y caminábamos. A veces nos vimos en una extraña heladería italiana, y a veces me marcabas y me dabas órdenes: estoy en la uni, salgo a la una, ¿nos vemos en la cafetería?, y yo dejaba todo lo que tenía que hacer por verte aunque sea 15 minutos, por ser feliz contándote algunas de las cosas que me hacen feliz, mientras tu te comías tus golosinas, unos fritos, unos platanitos fritos, galletas y no me acuerdo que cosas más. A veces llegaban junto a nosotros otros tipos atraidos por tu belleza como moscas a la miel y te pedían un cigarro, a veces nos encontrábamos a amigos y exalumnos míos y yo te decía vente, vamos a saludarlos, pero a mi ellos no me importaban, lo que yo quería era presumirte ante el resto de los mortales y yo te presentaba como Cécile, sin decir nada más, dejando que especularan sobre nosotros juntos, sobre la bonita pareja que hacemos. Una mañana nos vimos en el sanborns del triángulo, y en un momento me dijiste que cuando una mujer busca la mano del hombre, éste de inmediato debe agarrársela. Todo esto seguro salió por una de las mujeres que me gustan y de las que yo te cuento sólo para conjurar tu poder sobre mi, y de algún modo para que pienses que en realidad no estoy tan enamorado de ti si es que te hablo de otras mujeres. Pero Cécile, ponte un poco en mi lugar, imagina por un momento tu tamaño en mi corazón, tu magnitud en mi vida; ¡es enorme!. Si yo me descuidara tan solo un momento, si me dejara llevar (como estoy haciendo ahora), estaría irremediablemente perdido y a tu merced. ¿Te das cuenta que siempre corro el riesgo de perderte, de que me digas no toño, no confundas nuestra amistad?. Ahora que te veo lejos, eso ya no me importa, me bastará con que me digas que tengo un chance de entrar en tu corazón, y si ni siquiera eso, bueno pues ni hablar, tal vez en otra vida. Hablábamos de cosas asi, y en eso tu mano comenzó a rozar la mia!, yo no lo podía creer, fue un momento delicioso en el que sin embargo la cobardía me ganó y no hice nada. Noté cierta decepción de tu parte. Ese día era domingo, y tal vez fue por eso que se quedó truncado que me propusiste que fuéramos a comer el martes siguiente al restorán árabe.
Y llegó el martes, y fui feliz de que fueras puntual y de que te pusieras más hermosa de lo que te había visto nunca. Cuando entré al restorán tu ya estabas alli, y te levantaste y me abrazaste. Luego comimos, charlamos mucho y al fin vino la dueña a leerme el café y nos dijo si eramos pareja o cortejo...¡carajo que momento! Bueno ni modo de decirle pues si, fíjese que desde hace mucho estoy enamoradísimo de esta mujer aqui sentada, y fíjese que creo que es la más hermosa del mundo y que si me dieran a escoger entre 100 mujeres bellisimas de todo el mundo sin dudarlo la escogería a ella. Pero no verdad?, no podía decirle eso. Y sin embargo sabiendo eso, aún sentí feísimo cuando tu le dijiste que no, que no eramos pareja ni cortejo. Y cuando digo feísimo es por que sentí feísimo. Y bueno, salió lo que salió, tu te has de acordar. Y esa persona eras evidentemente tu. Yo te quiero y tu no. Yo te miro pero tu ves a otra parte. Yo quiero pero tu juegas. Ah, que dolor comprobar lo que de algún modo era probable.
Luego fui al baño y cuando regresé estabas sentada junto a mi, y eso fue delicioso. Luego comenzamos a hablar de no sé que cosa y yo te miraba con una mezcla de amor y de ganas, pero también de tristeza y decepción, pero era una mirada intensa, y estoy seguro que tu la sentías. Cécile, ahora no me cabe la menor duda, tu y yo seríamos felices, lo más felices que podremos ser jamás. Con cualquier otra persona nos aburriríamos demasiado. Pasó el tiempo y los cigarros y yo entonces recordé que en esas ocasiones es mejor decir el sentimiento que nos carcome, por que a veces uno piensa que será mejor decirlo en otra oportunidad, pero en realidad esa oportunidad nunca llega, asi que estuve a punto de decírtelo en 5 o 6 ocasiones hasta que al fin, cuando ya no venía al caso te lo dije: Cécile, tu eres la mujer del café; y tu, dueña absoluta del universo, sin inmutarte me dijiste viéndome provocativamente a los ojos: ¿Quien?, la del café, la maldita?. Y te reiste, y yo en lugar de hacer cualquier otra cosa, en lugar de sentir cualquier otra cosa, te quise todavía más, me sentí todavía más orgulloso de ti, te deseé más que nunca y te quise abrazar y besar más que nunca. Entonces supe sin el menor asomo de duda que eras eterna en mi, y que con respecto a ti yo estaría siempre perdido.
Nos vimos al otro día en la uni y luego nos vimos en mismo día que yo me regresaba a España, y te di una carta en la que te decía más o menos lo que te estoy diciendo ahora, y me dijiste que te había gustado. Cuando nos despedímos me sentí muy frustrado de no haberme atrevido a darte un beso, y ese beso no dado lo traigo todavía pendiente aqui en mis sentidos, en mis entrañas, en mi piel y en mi mente.
Luego me vine a España, pasó lo que pasó, me dejaste de escribir. Pero ahora estoy aqui de nuevo, como siempre, y como va a ser siempre (lo sé). Frente a ti, diciéndote lo mejor que puedo que me gustas, que te quiero, que quiero casarme contigo, que te quiero hacer feliz y que quiero morirme ya muy viejito, a tu lado.
Aqui estoy, lo demás no está en mis manos.
Feliz cumpleaños preciosa.
Luego me fui y al poco tiempo me dijiste por mail que ibas a casar con un tipo al que acababas de conocer. Para no sucumbir a la tristeza y a los celos mejor me dió por enojarme. Pero ni siquiera eso te dije. No me he sentido casi nunca con el derecho a poner en peligro la amistad que nos une, aunque a veces he pensado que en realidad esa amistad no me importa tanto como yo digo, y a lo que le tengo miedo es a decirte que te quiero y que entonces tu te alejes. Tal vez nunca te había dicho que te quiero para que no te alejaras de mi. En fin, viví a través de tus correos todos los preparativos y tus dudas, las dudas de tu mamá y todo sin que se formara en mi mente más que una borrosa figura del hombre en cuestión, un tipo con suerte, con toda y más de la suerte que yo he querido para mi vida, durante toda mi vida. Recuerdo que dos semanas antes de la boda ya me habías dicho que no era lo que esperabas, y que tu felicidad había disminuido ya varías décimas. Cuando te casaste dejé de escribirte, hubiera sido demasiado doloroso escribirte con la esperanza de que me contestaras que había sido un error y que me contestaras lo contrario, que estabas muy feliz, que no conocías esos niveles de dicha y que ibas a tener un hijo. Pero los dioses se han empeñado en mantener vivo este querer, pues yo regresé a México en el mes de diciembre y pocos días después recibí el mail que tanto anhelaba: Toño, hay que vernos. Me dijiste, en pocas palabras. Y yo fui feliz. Te hablé por teléfono a tu nextel y nos vimos en la 43 pte, en la terraza de un viejo café. Llegaste como siempre, partiendo plaza, provocando la ira y la envidia de las mujeres y el salivar de los hombres -clientes y meseros- alli presentes. Y mi orgullo, llegaste provocando mi orgullo. Una mujer tan bella, tan hermosa y luminosa, tan atractiva, tan sensual y erótica, tan segura de sí misma, una Cécile llegando junto a mi, diciéndome Tooooññño, abrazándome, besándome y sentándose a mi mesa. No sabes cómo sufro cuando me abrazas, cuando me dejas poner mi mano en tu cintura mientras te huelo el cuello, tu perfume magnífico, cuando siento tus muslos en mis muslos. No sabes cómo sufro y cómo soy feliz cuando nos sentamos a la mesa y pedimos los cafés y luego le echas la crema o la leche al tuyo, con ese desdén que te caracteriza y que me mata, y cómo soy feliz cuando en una muestra de lo alegre que te sientes en mi compañía sacas tus cigarros y te los fumas con elegancia, toda dueña de tu vicio, y yo, con la voluntad aniquilada, pidiéndote uno para disimular mi nerviosismo, o simplemente para hacer algo en este mundo que tu estés haciendo al mismo tiempo, para sentir que hay algo que nos une, algo más que la amistad. El tono de nuestra charla fué el de siempre, es decir, hablamos de la soledad, del amor, de la felicidad duradera, y concluimos como siempre que todo eso es imposible de alcanzar en este mundo. "Todo erotómano es un místico que se ignora", cuando eso pasa recuerdo siempre esa frase que hace muchos años un amigo me dijo, diagnósticando dulcemente el mal que me aqueja desde siempre, el mas que nos aqueja. La belleza. Luego nos fuimos y quedaste de invitarme a cenar a tu casa, te dije que la idea no me gustaba, no me hacia feliz la idea de pensar en conocer en su casa al tipo con el que duermes todas las noches y el que es capaz de ir por el mundo diciendo, mira, te presento a Cécile, mi esposa. No, asi que amablemente decline la invitación y entonces tu prometiste pedirle permiso al energúmeno para salir conmigo a tomar otro café. Y asi fué, una mañana que estaba en mi cuarto pensando en ti me hablaste por teléfono y te dije que nos veríamos donde quieras y a la hora que quieras. ¿Te das cuenta que en cada palabra que te digo te estoy diciendo que te quiero, que te quiero a la manera en que los personajes de las novelas del Gabo quieren a las mujeres más hermosas del mundo? ¿Te das cuenta que este texto es mi manera de pedirte "con lágrimas en los ojos" que te cases conmigo?. Y entonces nos veíamos y platicábamos y caminábamos. A veces nos vimos en una extraña heladería italiana, y a veces me marcabas y me dabas órdenes: estoy en la uni, salgo a la una, ¿nos vemos en la cafetería?, y yo dejaba todo lo que tenía que hacer por verte aunque sea 15 minutos, por ser feliz contándote algunas de las cosas que me hacen feliz, mientras tu te comías tus golosinas, unos fritos, unos platanitos fritos, galletas y no me acuerdo que cosas más. A veces llegaban junto a nosotros otros tipos atraidos por tu belleza como moscas a la miel y te pedían un cigarro, a veces nos encontrábamos a amigos y exalumnos míos y yo te decía vente, vamos a saludarlos, pero a mi ellos no me importaban, lo que yo quería era presumirte ante el resto de los mortales y yo te presentaba como Cécile, sin decir nada más, dejando que especularan sobre nosotros juntos, sobre la bonita pareja que hacemos. Una mañana nos vimos en el sanborns del triángulo, y en un momento me dijiste que cuando una mujer busca la mano del hombre, éste de inmediato debe agarrársela. Todo esto seguro salió por una de las mujeres que me gustan y de las que yo te cuento sólo para conjurar tu poder sobre mi, y de algún modo para que pienses que en realidad no estoy tan enamorado de ti si es que te hablo de otras mujeres. Pero Cécile, ponte un poco en mi lugar, imagina por un momento tu tamaño en mi corazón, tu magnitud en mi vida; ¡es enorme!. Si yo me descuidara tan solo un momento, si me dejara llevar (como estoy haciendo ahora), estaría irremediablemente perdido y a tu merced. ¿Te das cuenta que siempre corro el riesgo de perderte, de que me digas no toño, no confundas nuestra amistad?. Ahora que te veo lejos, eso ya no me importa, me bastará con que me digas que tengo un chance de entrar en tu corazón, y si ni siquiera eso, bueno pues ni hablar, tal vez en otra vida. Hablábamos de cosas asi, y en eso tu mano comenzó a rozar la mia!, yo no lo podía creer, fue un momento delicioso en el que sin embargo la cobardía me ganó y no hice nada. Noté cierta decepción de tu parte. Ese día era domingo, y tal vez fue por eso que se quedó truncado que me propusiste que fuéramos a comer el martes siguiente al restorán árabe.
Y llegó el martes, y fui feliz de que fueras puntual y de que te pusieras más hermosa de lo que te había visto nunca. Cuando entré al restorán tu ya estabas alli, y te levantaste y me abrazaste. Luego comimos, charlamos mucho y al fin vino la dueña a leerme el café y nos dijo si eramos pareja o cortejo...¡carajo que momento! Bueno ni modo de decirle pues si, fíjese que desde hace mucho estoy enamoradísimo de esta mujer aqui sentada, y fíjese que creo que es la más hermosa del mundo y que si me dieran a escoger entre 100 mujeres bellisimas de todo el mundo sin dudarlo la escogería a ella. Pero no verdad?, no podía decirle eso. Y sin embargo sabiendo eso, aún sentí feísimo cuando tu le dijiste que no, que no eramos pareja ni cortejo. Y cuando digo feísimo es por que sentí feísimo. Y bueno, salió lo que salió, tu te has de acordar. Y esa persona eras evidentemente tu. Yo te quiero y tu no. Yo te miro pero tu ves a otra parte. Yo quiero pero tu juegas. Ah, que dolor comprobar lo que de algún modo era probable.
Luego fui al baño y cuando regresé estabas sentada junto a mi, y eso fue delicioso. Luego comenzamos a hablar de no sé que cosa y yo te miraba con una mezcla de amor y de ganas, pero también de tristeza y decepción, pero era una mirada intensa, y estoy seguro que tu la sentías. Cécile, ahora no me cabe la menor duda, tu y yo seríamos felices, lo más felices que podremos ser jamás. Con cualquier otra persona nos aburriríamos demasiado. Pasó el tiempo y los cigarros y yo entonces recordé que en esas ocasiones es mejor decir el sentimiento que nos carcome, por que a veces uno piensa que será mejor decirlo en otra oportunidad, pero en realidad esa oportunidad nunca llega, asi que estuve a punto de decírtelo en 5 o 6 ocasiones hasta que al fin, cuando ya no venía al caso te lo dije: Cécile, tu eres la mujer del café; y tu, dueña absoluta del universo, sin inmutarte me dijiste viéndome provocativamente a los ojos: ¿Quien?, la del café, la maldita?. Y te reiste, y yo en lugar de hacer cualquier otra cosa, en lugar de sentir cualquier otra cosa, te quise todavía más, me sentí todavía más orgulloso de ti, te deseé más que nunca y te quise abrazar y besar más que nunca. Entonces supe sin el menor asomo de duda que eras eterna en mi, y que con respecto a ti yo estaría siempre perdido.
Nos vimos al otro día en la uni y luego nos vimos en mismo día que yo me regresaba a España, y te di una carta en la que te decía más o menos lo que te estoy diciendo ahora, y me dijiste que te había gustado. Cuando nos despedímos me sentí muy frustrado de no haberme atrevido a darte un beso, y ese beso no dado lo traigo todavía pendiente aqui en mis sentidos, en mis entrañas, en mi piel y en mi mente.
Luego me vine a España, pasó lo que pasó, me dejaste de escribir. Pero ahora estoy aqui de nuevo, como siempre, y como va a ser siempre (lo sé). Frente a ti, diciéndote lo mejor que puedo que me gustas, que te quiero, que quiero casarme contigo, que te quiero hacer feliz y que quiero morirme ya muy viejito, a tu lado.
Aqui estoy, lo demás no está en mis manos.
Feliz cumpleaños preciosa.
Sunday, July 01, 2007
cuando un árbol se mueve
¿desde dónde viene
-no el viento por supuesto-
desde dónde viene
que alguien me diga
nuestra mirada?
¿desde qué pelicula de antaño?
¿desde qué llanto que nadie oyó
porque estábamos solos
sin saber lo que era el mundo
ni las palabras de los hombres?
Bastantes ecos como alfileres caídos
huérfanos los ecos de mis nombres
los de afuera
los que se deshacen en una turbia voz
los que nunca han pensado
en su sepultura
ni se detienen nunca
-insensatos-
a mirar a las hormigas
desde algún lago
al que nadie va nunca
me vienen estos sonidos
pergaminos de mercurio
vestidos con el polvo de siglos
sin otra esperanza que una sangre ya seca
que pudo
-no lo sabemos-
fecundar algo en el pasado
un árbol por ejemplo
en el que alguien haya grabado
sus iniciales
o contaminar un manantial
o saciar la sed
de una mosca
da lo mismo
Con un dedo señalo a Dios
y en estatua me veo ser para siempre
un acusador
un indignado
un amante secreto también
de todo error
de la locura que nos ha dado sus detalles
y que hace del mundo un espacio noble
Y digo esto desde un desierto
que un hombre cualquiera soñará mañana
pero que no recordará nunca.
¿desde dónde viene
-no el viento por supuesto-
desde dónde viene
que alguien me diga
nuestra mirada?
¿desde qué pelicula de antaño?
¿desde qué llanto que nadie oyó
porque estábamos solos
sin saber lo que era el mundo
ni las palabras de los hombres?
Bastantes ecos como alfileres caídos
huérfanos los ecos de mis nombres
los de afuera
los que se deshacen en una turbia voz
los que nunca han pensado
en su sepultura
ni se detienen nunca
-insensatos-
a mirar a las hormigas
desde algún lago
al que nadie va nunca
me vienen estos sonidos
pergaminos de mercurio
vestidos con el polvo de siglos
sin otra esperanza que una sangre ya seca
que pudo
-no lo sabemos-
fecundar algo en el pasado
un árbol por ejemplo
en el que alguien haya grabado
sus iniciales
o contaminar un manantial
o saciar la sed
de una mosca
da lo mismo
Con un dedo señalo a Dios
y en estatua me veo ser para siempre
un acusador
un indignado
un amante secreto también
de todo error
de la locura que nos ha dado sus detalles
y que hace del mundo un espacio noble
Y digo esto desde un desierto
que un hombre cualquiera soñará mañana
pero que no recordará nunca.
Wednesday, June 27, 2007
No sé si llamar a esto un poema
habla de calzones y calcetines
de tiros desmoronados
y de postales
De 3 calzones que me quedan
y que distribuyo en el tiempo
todopoderoso
como si fuera un demiurgo
que lavo a mano
que pongo a secar en el radiador
en lugar especial
en asiento o trono
en homenaje al servicio sublime
que desde antaño han prestado al hombre
a mi hermano el hombre
y no junto a la demás ropa
ropa impura
de lavadora
de mundo apocalíptico
ropa vil
de tendedero
De mi habilidad lo juro
misteriosa
de hacer desaparecer calcetines
si comienzo el año con varios pares
inexplicablemente termino con dos
o tres
¿a donde van?
¿espías de qué potencia?
¿heraldos de qué novedad
indescifrable?
tengo teorías:
un cuervo ladrón
abducciones extraterrestres
para experimentos inenarrables
espíritus chocarreros
amnesia (poco probable)
desintegración
pero la que más me gustaría
comprobar algún día
(supongo que una noche
y por sorpresa)
es la de un vitalismo espontáneo
y alado
que no viendo obstaculo
ni razón en contrario
después de breve concilíabulo
decidieran
-los buenos calcetines-
tener alas y escapar
por una ventana hacia el cielo
un batir oscuro de alas
en hermanada misión
para vengar la sangre de un tal Dédalo
cuya historia inexplicablemente
deben conocer
Lo del tiro que se desmorona
es igualmente inverosímil
fenómeno fisico común y vergonzoso
para el burgués medio
y que va más o menos asi
he aqui un pantalon de pana
comprado en invierno
de tal hechura magnífica
de tantas virtudes
que rara vez se dejaba quitar
para ser limpio
purificado
pudieron incluso conocerme
como el señor del pantalon de pana
-tanto así lo usaba-
pero un día aciago
vi en él la marca de una profecía
el tiro
alguna vez sano y robusto
era ahora solo una película delgada
de hilos huérfanos
que no duró siquiera
para el viaje a Barcelona
y que tuve que dejar abandonado
sin ceremonia y sin esquela
sin mirar atrás
antes que se desmoronara
por completo
vestirá mendigos ahora
tal vez en el norte
tal vez junto al mar tan querido
ese mediterraneo donde fué tan feliz
me consuela pensar
que pueda encontrar alli
donde quiera que esté
un nuevo amor
quedan las postales de anuncios viejos
cuatro postales
cuatro mujeres bellísimas
españolas por supuesto
dibujadas con maestría
que compré a una anciana catalana
y que ahora viven en mi cuarto
en esa celda pequeña donde se concentran
maletas ajenas
computadoras ajenas
mesas ajenas
camas ajenas
y libros
que iba a decir propios pero que viéndolo bien
también son
pues asi es este universo
irremediablemente ajenos
y en la cual vivo y muero
Por eso no sé si llamar a esto un poema
pero por el bien de todos
ojalá se cumpla una cosa
que una vez llegado
el fin del mundo
y para la salvación de todos los hombres
los poemas
los tiros
los calzones
las postales
y para que vuelvan
los calcetines extraviados
que nada de esto
-y que nadie se asuste-
sobreviva
habla de calzones y calcetines
de tiros desmoronados
y de postales
De 3 calzones que me quedan
y que distribuyo en el tiempo
todopoderoso
como si fuera un demiurgo
que lavo a mano
que pongo a secar en el radiador
en lugar especial
en asiento o trono
en homenaje al servicio sublime
que desde antaño han prestado al hombre
a mi hermano el hombre
y no junto a la demás ropa
ropa impura
de lavadora
de mundo apocalíptico
ropa vil
de tendedero
De mi habilidad lo juro
misteriosa
de hacer desaparecer calcetines
si comienzo el año con varios pares
inexplicablemente termino con dos
o tres
¿a donde van?
¿espías de qué potencia?
¿heraldos de qué novedad
indescifrable?
tengo teorías:
un cuervo ladrón
abducciones extraterrestres
para experimentos inenarrables
espíritus chocarreros
amnesia (poco probable)
desintegración
pero la que más me gustaría
comprobar algún día
(supongo que una noche
y por sorpresa)
es la de un vitalismo espontáneo
y alado
que no viendo obstaculo
ni razón en contrario
después de breve concilíabulo
decidieran
-los buenos calcetines-
tener alas y escapar
por una ventana hacia el cielo
un batir oscuro de alas
en hermanada misión
para vengar la sangre de un tal Dédalo
cuya historia inexplicablemente
deben conocer
Lo del tiro que se desmorona
es igualmente inverosímil
fenómeno fisico común y vergonzoso
para el burgués medio
y que va más o menos asi
he aqui un pantalon de pana
comprado en invierno
de tal hechura magnífica
de tantas virtudes
que rara vez se dejaba quitar
para ser limpio
purificado
pudieron incluso conocerme
como el señor del pantalon de pana
-tanto así lo usaba-
pero un día aciago
vi en él la marca de una profecía
el tiro
alguna vez sano y robusto
era ahora solo una película delgada
de hilos huérfanos
que no duró siquiera
para el viaje a Barcelona
y que tuve que dejar abandonado
sin ceremonia y sin esquela
sin mirar atrás
antes que se desmoronara
por completo
vestirá mendigos ahora
tal vez en el norte
tal vez junto al mar tan querido
ese mediterraneo donde fué tan feliz
me consuela pensar
que pueda encontrar alli
donde quiera que esté
un nuevo amor
quedan las postales de anuncios viejos
cuatro postales
cuatro mujeres bellísimas
españolas por supuesto
dibujadas con maestría
que compré a una anciana catalana
y que ahora viven en mi cuarto
en esa celda pequeña donde se concentran
maletas ajenas
computadoras ajenas
mesas ajenas
camas ajenas
y libros
que iba a decir propios pero que viéndolo bien
también son
pues asi es este universo
irremediablemente ajenos
y en la cual vivo y muero
Por eso no sé si llamar a esto un poema
pero por el bien de todos
ojalá se cumpla una cosa
que una vez llegado
el fin del mundo
y para la salvación de todos los hombres
los poemas
los tiros
los calzones
las postales
y para que vuelvan
los calcetines extraviados
que nada de esto
-y que nadie se asuste-
sobreviva
Tuesday, June 26, 2007
UNA CARTA DE AMOR LARGUÍSIMA
Había estado viviendo ya tres meses en Madrid cuando un amigo catalán me recomendó la obra de Bolaño. Yo había leído ya uno de sus libros en México, "Literatura nazi en América", y no me pareció extraordinario, aunque pese a la prisa con que lo leí, si pude notar un sabor totalmente propio, una voz auténtica. Poco después me volví a topar con Bolaño en una foto pegada en los menús de una cafetería, junto con un extraordinario poema. Esta vez si que fue algo especial. La foto es muy famosa. Se puede ver a Bolaño recargado en una pared, con el sol dándole en la cara, fumando y con los brazos cruzados. Tiene el cabello más corto que en otras imágenes, pero la mirada es la misma, es una mirada que nos ve desde la muerte, desde ese otro lado. Es la mirada de un hombre triste que no tiene un hogar verdadero, ni una patria a dónde llegar a morir, que se siente solo pero que es tremendamente inteligente. Es la mirada de un hombre que se sabe enfermo y que no se arrepiente de haber estado triste tanto tiempo. Es la mirada de un hombre que no sabe ni gusta de famas ni de reflectores, al que el reconocimiento le llegó demasiado tarde, cuando menos pensaba en él, y cuando menos lo quería. Es la mirada horrible de un hombre escéptico. El poema, cabe mencionar, era abismalmente hermoso. Yo iba en ese momento acompañado por una novia que no gustaba de asomarse a las profundidades del alma de nadie, y menos aún a la de desconocidos. Pero a mi simplemente me cautivó: "En aquel tiempo yo tenía 20 años, y estaba loco". Estas líneas me atraparon irremediablemente. He vivido siempre fascinado por la locura, no sé bien de que forma, cómo ni por qué, pero los locos me han sucitado siempre, -ahora lo sé- una pregunta atroz (me gusta usar estas palabras que tanto usaba Borges): ¿Seré yo ese loco?. Ya después supe que Bolaño era una especie de loco, un hombre que era ya mayor desde que tenía 15 años, un fantasma, alguien para el que la poesía era lo único en este mundo. Habló siempre de su vida en sus poemas y en sus novelas, pero lo hizo no desde la vanidad, sino desde la sospecha de si mismo. Un escéptico de verdad que puso su vida en bocas de otros, aún con el riesgo de que estos no quisieran contar nada de ella, no pudieran hacerlo, no quisieran, o no se acordaran de nada. Hice mío el poema desde un principio, y luego la mayor parte de sus líneas me confirmaron este amor inicial. "Había perdido un país pero había ganado un sueño". Este hombre en realidad, se dedicó toda su vida a perderlo todo. Supongo que en vista de que nadie es imposible, fué en esta tierra un ejemplo no sé bien si de un hombre tonto o de un hombre libre. El caso es que este hombre perdió tanto de sí mismo que cuando hemos querido reconstruir lo que le pasó no hemos podido, nos arrepentimos antes de culminar la investigación, nos cansamos o nos da tanto horror que lo dejamos todo para irnos por ahi a ser felices. Supongo que algunos, los menos afortunados, van dejando partes de si mismos en los vestigios improbables de la biografía de Bolaño, y alli se pierden a su vez, incapaces de hallar su propio rastro.
Bolaño era un hombre con fé. No sabemos cuál fué el sueño que ganó, pero en verdad lo que vino después no le importó mucho. "Si tenía ese sueño todo lo demás no importaba". Se vino a Barcelona y trabajó de vigilante nocturno en un camping. Asi debían empezar todas sus biografias. Estas palabras que él mismo acuñó son ahora todo un clásico. En esa biografía hay casi una década que no se atrevió a contarnos. Pudo haberse hecho drogadicto, pudo haberse hecho alcohólico, pudo haber ido a Ganímedes y haber vuelto con el hígado deshecho por la ausencia de gravedad. No lo sabemos bien, pero las dos primeras hipótesis son bastante probables y lo de su hígado es verdad, sea cual sea la causa. Luego tuvo un hijo y una esposa, y luego la esposa lo abandonó pero luego regresó. Luego le llegó el éxito. Aunque era poeta decidió escribir prosa para poder mantener a su hijo, pues eso de la poesía como todo el mundo sabe puede ser oficio sólo de santos, de ascetas, de renunciantes, de locos o de vanidosos, pero no de padres de familia. Y lo hizo bien, escribió varias de las mejores novelas escritas en castellano de todos los tiempos. "Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu/una habitación de madera/en penumbras/en uno de los pulmones del trópico". Carajo qué poema. Es verdad esto del trópico, y de la habitación de madera. Es verdad sobre todo la parte de las penumbras, pues este era un hombre murmullo, un hombre vestigio, un rastro casi invisible, un hombre que tuvo un amigo al que quiso mucho, y una mujer que fue el amor de su vida, y otra mujer que le dió dos hijos, y sobre todo, fue un hombre que tuvo a la poesía. Hasta aqui pudo haber sido ya una vida admirable, de hecho lo era, pero luego se le ocurrió contárnosla y luego todo el mundo comenzó a ir tras sus rastros. Pero yo lo encontré. No encontré su rastro, lo encontré a él.
Hace algún tiempo fui a visitar a mi amigo catalán y me pasé 6 hermosos días en toda esa región: La ciudad de Barcelona, que me cautivó para siempre, Sitges y Tarragona. Tarragona me gustó tanto que decidí quedarme todo un fin de semana alli. Era semana santa y para evitar las aglomeraciones busqué pequeños espacios -abundan- y allí me quedaba, sentado en un parque, en la sombra, y leyendo algo, leyendo a Bolaño. Junto a una estatua de San Pablo en donde se conmemoraba su vista a ese sitio y que le proclama como el hombre más influyente de la historia. Pensaba en muchas cosas cuando de repente tuve un presentimiento, un rumor creciente, algo que sabía que estaba allí pero que no sabía que era. Alcé la vista para todos lados pero no encontré nada. Presa del miedo, decidí irme cuanto antes, y cuando ya caminaba volví la mirada y vi que alguien se había sentado al pie de la estatua de San Pablo. Me sentí mal, doblé la esquina y me alejé rumbo a mi hotel y alli me quedé dormido hasta el dia siguiente. Amanecí con dolores, como si hubiera corrido un maratón. Bajé a la cafetería con mi libro y mientras me tomaba un café con leche me fui convenciendo que lo que me había pasado no había sido un sueño. Yo sabía que Bolaño había muerto hacía 4 años, en 2003, había visto y comprobado cómo se había transformado en una figura de culto a raíz de su muerte, estaba viendo el mal que le había hecho a la literatura al escribir tanto y tan brillantemente, pues sus imitadores eran ya una legión de insensatos. Lo sabía, ese era el universo en el que todo el mundo vivía, y en el que yo había decidido incluirme, un universo en el que Roberto Bolaño estaba muerto. Pero a cada trago que daba a mi café simplemente me convencía más de algo horrendo, algo abismal, y todo eso me dió miedo. Lo supe desde antes, me estremecí desde antes, es decir desde el día anterior junto a esa estatua y en esa precisa plaza de un lugar en el mediterráneo llamado Tarragona; y por eso me sentí mal y por eso ene se momento me dolía todo. Ese hombre que había visto sentado junto a San Pablo era Roberto Bolaño, bien vivo el muy cabrón, viviendo oculto allí, en Tarragona, leyendo y escribiendo. Y en ese momento todo me pareció muy injusto, pero también me pareció muy lógico.
En los detectives salvajes, Bolaño tiene un relato sobre Octavio Paz y su amigo Mario Santiago, o mejor dicho, en el que se encuentran en el parque hundido del DF, el poeta Octavio Paz, y el alter ego de Mario, un personaje llamado Ulises Lima. Es un relato extraordinario, de esos muchos que hay en esa novela que por separado le habrían ganado un lugar eterno en la literatura, aunque él no cree en esas eternidades. Para decirlo mejor, él no cree en ningún tipo de eternidad. En ese relato, contado por la secretaria de Paz (nuestro gran enemigo), por un impulso de origen desconocido (por eso uno sabe reconocer a los poetas verdaderos, se supone), el poeta Paz comienza a ir por las mañanas a ese parque. La secretaria no entiende nada de nada, cándida, atribuye esos viajes misteriosos a uno de los muchos otros misterios del poeta Paz, al que ella está acostumbrada y por los que lo quiere tanto. El poeta Paz se sienta en un banco, y de repente se levanta y comienza a caminar en círculos, en un camino que está trazado vagamente sobre el suelo. En determinado momento la secretaria ve con horror que otro hombre viene caminando también en círculos, haciendo el mismo recorrido que el poeta Paz, pero en sentido contrario. Ve con horror que inevitablemente se encontrarán de frente. El tipo no tiene buena pinta, y no le parece raro, porque el parque está lleno de teporochos y malvivientes. Pero no pasa nada, los dos hombres se cruzan y se miran de reojo y el otro hombre parece reconocer al poeta Paz y una leve sonrisa se dibuja en su rostro, o la secretaria parece reconocer que una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Ese hombre es otro poeta, el poeta Lima, Ulises Lima. Casi de inmediato el poeta Paz decide que es hora de irse y le encarga a la secretaria que haga una lista de poetas nacidos en la década de los 50´s. La rutina se repite durante varios dias y en una ocasión el poeta Paz se sienta en una banca y manda a la secretaria a que se tope con ese hombre, el poeta Lima, y le diga que el poeta Paz quiere platicar con él. Todo se resuelve cuando la secretaria los presenta, poeta Paz y poeta Lima se sientan juntos y hablan cosas que no se dicen en la novela, pero que uno supone. Hablan de las épocas pasadas, del México de los 70´s, del estridentismo, del terrorismo, hablan del tiempo, del alma, del DF, de Europa, de París y de Viena y hablan de la poesía: Ulises Lima había leído toda la poesía del mundo. Se supone que el poeta Paz también, o algo asi. Después el poeta Lima se va y el poeta Paz se va también y este es el último relato o uno de los últimos relatos en los que el poeta Lima aparece en esa novela. Asi me sentí, como si toda mi vida hubiera sido un caminar en círculos con la cabeza baja, sin saber bien con qué motivo, pero sentí que esos círculos terminaron el dia anterior en esa plaza, junto a esa estatua de un judío que había estado en Tarragona hacía dos mil años, en donde me topé de frente y sin quererlo con Roberto Bolaño.
Decidí salir a su encuentro. Pensé que todo era ya tan inverosímil, que seguramente me lo encontraría a la misma hora del día anterior, sentado en el mismo lugar. Faltaban todavía algunas horas, asi que me compré una toalla en los puestos ambulantes de la rambla y me fui a la playa, busqué una sombra y me tendí allí a mirar el mar como si fuera mi último deseo, como si fuera un condenado al que nunca se le hizo saber la razón de su muerte. Sin sentirlo y sin querer averiguar por qué, comencé a reirme bajito, mirando la arena que tenia entre los dedos; pero en medio de esa risa asomaron las lágrimas, y en eso comencé a reir muy fuerte. Nada parecía lógico y eso al contrario de provocarme angustia me llenaba de felicidad. Luego me quedé en silencio y creo que miré el mar por primera vez. Mirarlo de verdad, sin decir nada, sin querer decir nada. Eso fué lo que pasó. Luego comencé a pensar en el escultor de la estatua, y sobre todo, en el que encargó la estatua. Europa esta llena de paganos, y en antiguos emplazamientos romanos como lo es Tarragona deben abundar cofradías secretas. Imaginé que una de ellas, desconocida para la historia, veneraba como al verdadero Dios a Saulo de Tarso y proclamaba como un impostor, marioneta atractiva, fenómeno de masas al susodicho Jesús de Nazaret. Imaginé que ese era su centro de culto, su altar mayor, el lugar donde cada 100 años un personaje misterioso, el gran sacerdote de la orden, llegaba a media noche, calzando sandalias de cuero y ofrecía una rosa a la estatua, una simple rosa color púrpura obtenida por procesos misteriosos en invernaderos improbables. No sé por qué a partir de entonces no me importó nada de lo que pudiera pasar. Me dirigí al sitio dueño de una resignación que rayaba en la virtud y en eso lo ví. Bolaño estaba sentado en el mismo lugar que yo ocupaba el día anterior. Tenia una chamarra anticuada, de los 80´s, color gris. Tenía en su mano derecha el típico cigarro que nunca se agota, y que parece siempre un protagonista más de cualquier historia, tal vez el principal de todos. Imaginé un culto secreto, en Provenza, a esos cigarros pilares del mundo, cigarros sin embargo heróicos, anónimos. La plaza estaba vacía, como si se tratara de un duelo de película western en el que sólo cabíamos dos. Me acerqué a él, me senté a su lado. Le pedí fuego para mi pipa (uso pipa, licencia de pensador). Olía a humedad, olía a biblioteca húmeda, pero era él, sin duda. Tenía el pelo muy largo, y se había dejado crecer el bigote, pero era él. Existe circulando en internet una foto de él en una azotea de una gran ciudad. Posiblemente sea el DF, aunque Bolaño se vé un poco mayor, como si no tuviera los 23 o 24 años que tenía cuando se fué de México. Se vé un hombre triste, aunque el cielo está despejado. Lo que inevitablemente se pregunta uno al mirar esa foto, -en medio de un estremecimiento- es sobre su autor: ¿qué genio pudo tomar una foto tan triste, y permanecer desconocido? En esa foto Roberto Bolaño tiene bigote y el pelo muy largo, justo como ese día en que lo reconocí de inmediato. Me acomodé junto a él y vino sobre nosotros un silencio. Procuré dejarle a la vista el libro que llevaba en la mano: "entre paréntesis", una colección de ensayos y artículos publicados por él en diversos periódicos.
Sé que eres tú, le dije.
Silencio. La arena que no me había sacudido comenzó a picarme las nalgas, pero no hice el menor movimiento. El tampoco se movió. Siguió fumando como si no me hubiera escuchado, como si estuviera solo. No se iría nadie de ese lugar hasta que sucediera algo estremecedor. Comencé a pensar sobre sus libros. Pensé en su amigo Mario Santiago, pensé en lo increíblemente solos que estos tipos habían estado toda su vida. A Mario lo atropelló un coche en una madrugada del DF y su cadáver se terminó de pudrir antes que alguien lo reclamara. En ese momento supe por una lucidez que ahora atribuyo no sé bien a qué, -al mediterraneo, a Bolaño, a San Pablo, prefiero no averiguarlo- que ese libro era una carta de amor a Mario. Los detectives salvajes es una larguísima carta de amor a su amigo Mario que nunca le contestó ninguna carta, ni una sola. Su viuda asegura que cuando llegaba carta de Roberto, Mario se la leía una y otra vez, y la llevaba guardada en su cartera hasta que materialmente se desintegraba de vieja. ¡El hombre se ponía feliz!, ¡como si fuera un niño!. Ese hombre que habia boicoteado los recitales de Octavio Paz, ese hombre que era una bomba de tiempo, que había viajado a Israel para encontrarse con una mujer que no lo quería, que se había perdido en Nicaragua a propósito y que había sido deportado de Austria como el peor de los maleantes. A ese hombre al que nunca nadie le hizo caso y que nunca nadie le quiso publicar sus poemas lo ponían feliz las cartas de un amigo al que no había visto en 15 años. Pero nunca le contestaba. Cuando se despidieron por última vez, en una estación de tren en Francia, en 1978 o 1979, lo hicieron como si se fueran a ver al día siguiente, aunque supongo que ambos sabían que era la última vez que se verían en su vida, y ni un abrazo se dieron, ni una sonrisa, ni una muestra de dolor. Hombres oscuros, de pelo largo, de olor extraño, con la expresión de quien no sabe ya si gritar o si acostumbrarse a vivir entre los gusanos.
Se que eres tu, le repetí, esta vez más fuerte.
Y en eso lo vi como un Gigante, como el Gigante que era, y me dieron ganas de partirle la madre, y decirle de lo que se iba a morir de a deveras. Recordé esa herejía cristiana cuyo nombre no recuerdo, que asegura que el que murió en la Cruz no era Jesús, sino alguien más, y que asegura que Jesús vió como crucificaban a otro en su lugar. Me imaginé a Jesús viendo la escena, y riéndose bajito, como si tuviera arena de playa entre sus dedos y la estuviera viendo con mucha atención. Alguien llamado Roberto Bolaño había muerto en lugar de ese chileno de 54 años que tenía sentado junto a mi y que también se llamaba Roberto Bolaño, en una plaza de Tarragona, al lado de una estatua que dice que San Pablo es el hombre más influyente de la historia humana. Y este hombre a mi lado había presenciado su propia muerte, y ahora tenia un cigarro entre las manos, no arena, y se quedaba en silencio en lugar de reirse, mirando la plaza vacía como si fuera el espéctaculo más grande del mundo. La situación era insoportable, no podía más. "En ese entonces crecer hubiera sido un crimen". Pensé en preguntarle por qué lo había hecho. Pensé en sus repuestas posibles: pudo haber estado agobiado por la fama, pudo haber querido tiempo para escribir, para leer, para completar novelas sucesivas de dos mil páginas, y luego una de tres mil páginas y asi, hasta su verdadera muerte. Luego pensé en la posibilidad de que este acto sea su acto supremo de madurez. Ha crecido al fin, me decía ese pensamiento, ha crecido y nos ha abandonado, dejándonos su piel muerta, un larguísimo pellejo que nos dice pocas cosas, del que poco puede adivinarse. Nos habló del mal, nos habló del miedo, de la locura, del amor y de las lágrimas que es necesario que nadie vea nunca, nos dejó autopistas que llevan lejísimos y no le importó un carajo si alguien se perdía en ellas para no volver. Me pareció un absoluto canalla y también me pareció inmortal. En ese momento pude comenzar a hablarle de Lisa, su único y verdadero amor, pude hablarle de sus hijos, de lo mucho que sufrían. Pero en eso me dí cuenta que sus hijos lo sabían, y que su esposa lo sabía, y que muy probablemente Ignacio Echevarría y el editor Herralde lo sabían también. Todos ellos, pero nadie más, sabían que Roberto Bolaño estaba viviendo en Tarragona, y que sí tuvo una crisis hepática en 2003, pero que se recuperó, que consiguió un transplante de hígado que salió muy bien y que desde entonces vive oculto, como siempre quiso vivir, con su cigarros y con su computadora vieja donde escribe las mejores novelas del castellano, y desde donde renueva su juramento de no volver a México, pues allí está su inspiración y teme decepcionarse, romperla como si fuera un artilugio de cristal robado al aire.
Decidí largarme de allí de inmediato, me sentí derrotado por ese hombre silencioso, pero también me sentí muy feliz. Me iba de allí con un secreto valioso y lo que me hizo sentir mejor fue que supe que él sabía que no lo revelaría a nadie. "Estoy aqui, con los perros románticos, y aqui me voy a quedar". Me volví para decirle adiós con la mano a ese hombre que seguía sentado viendo fijamente una plaza infinita en un lugar infinito. Pero me arrepentí. Luego me arrepentí de eso y me volví para decirle adios con palabras -esas palabras con las que todos estamos escribiendo el mismo libro- y asi se lo dije con la voz muy fuerte: ¡Adiós Roberto!, pero no me contestó.
Había estado viviendo ya tres meses en Madrid cuando un amigo catalán me recomendó la obra de Bolaño. Yo había leído ya uno de sus libros en México, "Literatura nazi en América", y no me pareció extraordinario, aunque pese a la prisa con que lo leí, si pude notar un sabor totalmente propio, una voz auténtica. Poco después me volví a topar con Bolaño en una foto pegada en los menús de una cafetería, junto con un extraordinario poema. Esta vez si que fue algo especial. La foto es muy famosa. Se puede ver a Bolaño recargado en una pared, con el sol dándole en la cara, fumando y con los brazos cruzados. Tiene el cabello más corto que en otras imágenes, pero la mirada es la misma, es una mirada que nos ve desde la muerte, desde ese otro lado. Es la mirada de un hombre triste que no tiene un hogar verdadero, ni una patria a dónde llegar a morir, que se siente solo pero que es tremendamente inteligente. Es la mirada de un hombre que se sabe enfermo y que no se arrepiente de haber estado triste tanto tiempo. Es la mirada de un hombre que no sabe ni gusta de famas ni de reflectores, al que el reconocimiento le llegó demasiado tarde, cuando menos pensaba en él, y cuando menos lo quería. Es la mirada horrible de un hombre escéptico. El poema, cabe mencionar, era abismalmente hermoso. Yo iba en ese momento acompañado por una novia que no gustaba de asomarse a las profundidades del alma de nadie, y menos aún a la de desconocidos. Pero a mi simplemente me cautivó: "En aquel tiempo yo tenía 20 años, y estaba loco". Estas líneas me atraparon irremediablemente. He vivido siempre fascinado por la locura, no sé bien de que forma, cómo ni por qué, pero los locos me han sucitado siempre, -ahora lo sé- una pregunta atroz (me gusta usar estas palabras que tanto usaba Borges): ¿Seré yo ese loco?. Ya después supe que Bolaño era una especie de loco, un hombre que era ya mayor desde que tenía 15 años, un fantasma, alguien para el que la poesía era lo único en este mundo. Habló siempre de su vida en sus poemas y en sus novelas, pero lo hizo no desde la vanidad, sino desde la sospecha de si mismo. Un escéptico de verdad que puso su vida en bocas de otros, aún con el riesgo de que estos no quisieran contar nada de ella, no pudieran hacerlo, no quisieran, o no se acordaran de nada. Hice mío el poema desde un principio, y luego la mayor parte de sus líneas me confirmaron este amor inicial. "Había perdido un país pero había ganado un sueño". Este hombre en realidad, se dedicó toda su vida a perderlo todo. Supongo que en vista de que nadie es imposible, fué en esta tierra un ejemplo no sé bien si de un hombre tonto o de un hombre libre. El caso es que este hombre perdió tanto de sí mismo que cuando hemos querido reconstruir lo que le pasó no hemos podido, nos arrepentimos antes de culminar la investigación, nos cansamos o nos da tanto horror que lo dejamos todo para irnos por ahi a ser felices. Supongo que algunos, los menos afortunados, van dejando partes de si mismos en los vestigios improbables de la biografía de Bolaño, y alli se pierden a su vez, incapaces de hallar su propio rastro.
Bolaño era un hombre con fé. No sabemos cuál fué el sueño que ganó, pero en verdad lo que vino después no le importó mucho. "Si tenía ese sueño todo lo demás no importaba". Se vino a Barcelona y trabajó de vigilante nocturno en un camping. Asi debían empezar todas sus biografias. Estas palabras que él mismo acuñó son ahora todo un clásico. En esa biografía hay casi una década que no se atrevió a contarnos. Pudo haberse hecho drogadicto, pudo haberse hecho alcohólico, pudo haber ido a Ganímedes y haber vuelto con el hígado deshecho por la ausencia de gravedad. No lo sabemos bien, pero las dos primeras hipótesis son bastante probables y lo de su hígado es verdad, sea cual sea la causa. Luego tuvo un hijo y una esposa, y luego la esposa lo abandonó pero luego regresó. Luego le llegó el éxito. Aunque era poeta decidió escribir prosa para poder mantener a su hijo, pues eso de la poesía como todo el mundo sabe puede ser oficio sólo de santos, de ascetas, de renunciantes, de locos o de vanidosos, pero no de padres de familia. Y lo hizo bien, escribió varias de las mejores novelas escritas en castellano de todos los tiempos. "Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu/una habitación de madera/en penumbras/en uno de los pulmones del trópico". Carajo qué poema. Es verdad esto del trópico, y de la habitación de madera. Es verdad sobre todo la parte de las penumbras, pues este era un hombre murmullo, un hombre vestigio, un rastro casi invisible, un hombre que tuvo un amigo al que quiso mucho, y una mujer que fue el amor de su vida, y otra mujer que le dió dos hijos, y sobre todo, fue un hombre que tuvo a la poesía. Hasta aqui pudo haber sido ya una vida admirable, de hecho lo era, pero luego se le ocurrió contárnosla y luego todo el mundo comenzó a ir tras sus rastros. Pero yo lo encontré. No encontré su rastro, lo encontré a él.
Hace algún tiempo fui a visitar a mi amigo catalán y me pasé 6 hermosos días en toda esa región: La ciudad de Barcelona, que me cautivó para siempre, Sitges y Tarragona. Tarragona me gustó tanto que decidí quedarme todo un fin de semana alli. Era semana santa y para evitar las aglomeraciones busqué pequeños espacios -abundan- y allí me quedaba, sentado en un parque, en la sombra, y leyendo algo, leyendo a Bolaño. Junto a una estatua de San Pablo en donde se conmemoraba su vista a ese sitio y que le proclama como el hombre más influyente de la historia. Pensaba en muchas cosas cuando de repente tuve un presentimiento, un rumor creciente, algo que sabía que estaba allí pero que no sabía que era. Alcé la vista para todos lados pero no encontré nada. Presa del miedo, decidí irme cuanto antes, y cuando ya caminaba volví la mirada y vi que alguien se había sentado al pie de la estatua de San Pablo. Me sentí mal, doblé la esquina y me alejé rumbo a mi hotel y alli me quedé dormido hasta el dia siguiente. Amanecí con dolores, como si hubiera corrido un maratón. Bajé a la cafetería con mi libro y mientras me tomaba un café con leche me fui convenciendo que lo que me había pasado no había sido un sueño. Yo sabía que Bolaño había muerto hacía 4 años, en 2003, había visto y comprobado cómo se había transformado en una figura de culto a raíz de su muerte, estaba viendo el mal que le había hecho a la literatura al escribir tanto y tan brillantemente, pues sus imitadores eran ya una legión de insensatos. Lo sabía, ese era el universo en el que todo el mundo vivía, y en el que yo había decidido incluirme, un universo en el que Roberto Bolaño estaba muerto. Pero a cada trago que daba a mi café simplemente me convencía más de algo horrendo, algo abismal, y todo eso me dió miedo. Lo supe desde antes, me estremecí desde antes, es decir desde el día anterior junto a esa estatua y en esa precisa plaza de un lugar en el mediterráneo llamado Tarragona; y por eso me sentí mal y por eso ene se momento me dolía todo. Ese hombre que había visto sentado junto a San Pablo era Roberto Bolaño, bien vivo el muy cabrón, viviendo oculto allí, en Tarragona, leyendo y escribiendo. Y en ese momento todo me pareció muy injusto, pero también me pareció muy lógico.
En los detectives salvajes, Bolaño tiene un relato sobre Octavio Paz y su amigo Mario Santiago, o mejor dicho, en el que se encuentran en el parque hundido del DF, el poeta Octavio Paz, y el alter ego de Mario, un personaje llamado Ulises Lima. Es un relato extraordinario, de esos muchos que hay en esa novela que por separado le habrían ganado un lugar eterno en la literatura, aunque él no cree en esas eternidades. Para decirlo mejor, él no cree en ningún tipo de eternidad. En ese relato, contado por la secretaria de Paz (nuestro gran enemigo), por un impulso de origen desconocido (por eso uno sabe reconocer a los poetas verdaderos, se supone), el poeta Paz comienza a ir por las mañanas a ese parque. La secretaria no entiende nada de nada, cándida, atribuye esos viajes misteriosos a uno de los muchos otros misterios del poeta Paz, al que ella está acostumbrada y por los que lo quiere tanto. El poeta Paz se sienta en un banco, y de repente se levanta y comienza a caminar en círculos, en un camino que está trazado vagamente sobre el suelo. En determinado momento la secretaria ve con horror que otro hombre viene caminando también en círculos, haciendo el mismo recorrido que el poeta Paz, pero en sentido contrario. Ve con horror que inevitablemente se encontrarán de frente. El tipo no tiene buena pinta, y no le parece raro, porque el parque está lleno de teporochos y malvivientes. Pero no pasa nada, los dos hombres se cruzan y se miran de reojo y el otro hombre parece reconocer al poeta Paz y una leve sonrisa se dibuja en su rostro, o la secretaria parece reconocer que una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Ese hombre es otro poeta, el poeta Lima, Ulises Lima. Casi de inmediato el poeta Paz decide que es hora de irse y le encarga a la secretaria que haga una lista de poetas nacidos en la década de los 50´s. La rutina se repite durante varios dias y en una ocasión el poeta Paz se sienta en una banca y manda a la secretaria a que se tope con ese hombre, el poeta Lima, y le diga que el poeta Paz quiere platicar con él. Todo se resuelve cuando la secretaria los presenta, poeta Paz y poeta Lima se sientan juntos y hablan cosas que no se dicen en la novela, pero que uno supone. Hablan de las épocas pasadas, del México de los 70´s, del estridentismo, del terrorismo, hablan del tiempo, del alma, del DF, de Europa, de París y de Viena y hablan de la poesía: Ulises Lima había leído toda la poesía del mundo. Se supone que el poeta Paz también, o algo asi. Después el poeta Lima se va y el poeta Paz se va también y este es el último relato o uno de los últimos relatos en los que el poeta Lima aparece en esa novela. Asi me sentí, como si toda mi vida hubiera sido un caminar en círculos con la cabeza baja, sin saber bien con qué motivo, pero sentí que esos círculos terminaron el dia anterior en esa plaza, junto a esa estatua de un judío que había estado en Tarragona hacía dos mil años, en donde me topé de frente y sin quererlo con Roberto Bolaño.
Decidí salir a su encuentro. Pensé que todo era ya tan inverosímil, que seguramente me lo encontraría a la misma hora del día anterior, sentado en el mismo lugar. Faltaban todavía algunas horas, asi que me compré una toalla en los puestos ambulantes de la rambla y me fui a la playa, busqué una sombra y me tendí allí a mirar el mar como si fuera mi último deseo, como si fuera un condenado al que nunca se le hizo saber la razón de su muerte. Sin sentirlo y sin querer averiguar por qué, comencé a reirme bajito, mirando la arena que tenia entre los dedos; pero en medio de esa risa asomaron las lágrimas, y en eso comencé a reir muy fuerte. Nada parecía lógico y eso al contrario de provocarme angustia me llenaba de felicidad. Luego me quedé en silencio y creo que miré el mar por primera vez. Mirarlo de verdad, sin decir nada, sin querer decir nada. Eso fué lo que pasó. Luego comencé a pensar en el escultor de la estatua, y sobre todo, en el que encargó la estatua. Europa esta llena de paganos, y en antiguos emplazamientos romanos como lo es Tarragona deben abundar cofradías secretas. Imaginé que una de ellas, desconocida para la historia, veneraba como al verdadero Dios a Saulo de Tarso y proclamaba como un impostor, marioneta atractiva, fenómeno de masas al susodicho Jesús de Nazaret. Imaginé que ese era su centro de culto, su altar mayor, el lugar donde cada 100 años un personaje misterioso, el gran sacerdote de la orden, llegaba a media noche, calzando sandalias de cuero y ofrecía una rosa a la estatua, una simple rosa color púrpura obtenida por procesos misteriosos en invernaderos improbables. No sé por qué a partir de entonces no me importó nada de lo que pudiera pasar. Me dirigí al sitio dueño de una resignación que rayaba en la virtud y en eso lo ví. Bolaño estaba sentado en el mismo lugar que yo ocupaba el día anterior. Tenia una chamarra anticuada, de los 80´s, color gris. Tenía en su mano derecha el típico cigarro que nunca se agota, y que parece siempre un protagonista más de cualquier historia, tal vez el principal de todos. Imaginé un culto secreto, en Provenza, a esos cigarros pilares del mundo, cigarros sin embargo heróicos, anónimos. La plaza estaba vacía, como si se tratara de un duelo de película western en el que sólo cabíamos dos. Me acerqué a él, me senté a su lado. Le pedí fuego para mi pipa (uso pipa, licencia de pensador). Olía a humedad, olía a biblioteca húmeda, pero era él, sin duda. Tenía el pelo muy largo, y se había dejado crecer el bigote, pero era él. Existe circulando en internet una foto de él en una azotea de una gran ciudad. Posiblemente sea el DF, aunque Bolaño se vé un poco mayor, como si no tuviera los 23 o 24 años que tenía cuando se fué de México. Se vé un hombre triste, aunque el cielo está despejado. Lo que inevitablemente se pregunta uno al mirar esa foto, -en medio de un estremecimiento- es sobre su autor: ¿qué genio pudo tomar una foto tan triste, y permanecer desconocido? En esa foto Roberto Bolaño tiene bigote y el pelo muy largo, justo como ese día en que lo reconocí de inmediato. Me acomodé junto a él y vino sobre nosotros un silencio. Procuré dejarle a la vista el libro que llevaba en la mano: "entre paréntesis", una colección de ensayos y artículos publicados por él en diversos periódicos.
Sé que eres tú, le dije.
Silencio. La arena que no me había sacudido comenzó a picarme las nalgas, pero no hice el menor movimiento. El tampoco se movió. Siguió fumando como si no me hubiera escuchado, como si estuviera solo. No se iría nadie de ese lugar hasta que sucediera algo estremecedor. Comencé a pensar sobre sus libros. Pensé en su amigo Mario Santiago, pensé en lo increíblemente solos que estos tipos habían estado toda su vida. A Mario lo atropelló un coche en una madrugada del DF y su cadáver se terminó de pudrir antes que alguien lo reclamara. En ese momento supe por una lucidez que ahora atribuyo no sé bien a qué, -al mediterraneo, a Bolaño, a San Pablo, prefiero no averiguarlo- que ese libro era una carta de amor a Mario. Los detectives salvajes es una larguísima carta de amor a su amigo Mario que nunca le contestó ninguna carta, ni una sola. Su viuda asegura que cuando llegaba carta de Roberto, Mario se la leía una y otra vez, y la llevaba guardada en su cartera hasta que materialmente se desintegraba de vieja. ¡El hombre se ponía feliz!, ¡como si fuera un niño!. Ese hombre que habia boicoteado los recitales de Octavio Paz, ese hombre que era una bomba de tiempo, que había viajado a Israel para encontrarse con una mujer que no lo quería, que se había perdido en Nicaragua a propósito y que había sido deportado de Austria como el peor de los maleantes. A ese hombre al que nunca nadie le hizo caso y que nunca nadie le quiso publicar sus poemas lo ponían feliz las cartas de un amigo al que no había visto en 15 años. Pero nunca le contestaba. Cuando se despidieron por última vez, en una estación de tren en Francia, en 1978 o 1979, lo hicieron como si se fueran a ver al día siguiente, aunque supongo que ambos sabían que era la última vez que se verían en su vida, y ni un abrazo se dieron, ni una sonrisa, ni una muestra de dolor. Hombres oscuros, de pelo largo, de olor extraño, con la expresión de quien no sabe ya si gritar o si acostumbrarse a vivir entre los gusanos.
Se que eres tu, le repetí, esta vez más fuerte.
Y en eso lo vi como un Gigante, como el Gigante que era, y me dieron ganas de partirle la madre, y decirle de lo que se iba a morir de a deveras. Recordé esa herejía cristiana cuyo nombre no recuerdo, que asegura que el que murió en la Cruz no era Jesús, sino alguien más, y que asegura que Jesús vió como crucificaban a otro en su lugar. Me imaginé a Jesús viendo la escena, y riéndose bajito, como si tuviera arena de playa entre sus dedos y la estuviera viendo con mucha atención. Alguien llamado Roberto Bolaño había muerto en lugar de ese chileno de 54 años que tenía sentado junto a mi y que también se llamaba Roberto Bolaño, en una plaza de Tarragona, al lado de una estatua que dice que San Pablo es el hombre más influyente de la historia humana. Y este hombre a mi lado había presenciado su propia muerte, y ahora tenia un cigarro entre las manos, no arena, y se quedaba en silencio en lugar de reirse, mirando la plaza vacía como si fuera el espéctaculo más grande del mundo. La situación era insoportable, no podía más. "En ese entonces crecer hubiera sido un crimen". Pensé en preguntarle por qué lo había hecho. Pensé en sus repuestas posibles: pudo haber estado agobiado por la fama, pudo haber querido tiempo para escribir, para leer, para completar novelas sucesivas de dos mil páginas, y luego una de tres mil páginas y asi, hasta su verdadera muerte. Luego pensé en la posibilidad de que este acto sea su acto supremo de madurez. Ha crecido al fin, me decía ese pensamiento, ha crecido y nos ha abandonado, dejándonos su piel muerta, un larguísimo pellejo que nos dice pocas cosas, del que poco puede adivinarse. Nos habló del mal, nos habló del miedo, de la locura, del amor y de las lágrimas que es necesario que nadie vea nunca, nos dejó autopistas que llevan lejísimos y no le importó un carajo si alguien se perdía en ellas para no volver. Me pareció un absoluto canalla y también me pareció inmortal. En ese momento pude comenzar a hablarle de Lisa, su único y verdadero amor, pude hablarle de sus hijos, de lo mucho que sufrían. Pero en eso me dí cuenta que sus hijos lo sabían, y que su esposa lo sabía, y que muy probablemente Ignacio Echevarría y el editor Herralde lo sabían también. Todos ellos, pero nadie más, sabían que Roberto Bolaño estaba viviendo en Tarragona, y que sí tuvo una crisis hepática en 2003, pero que se recuperó, que consiguió un transplante de hígado que salió muy bien y que desde entonces vive oculto, como siempre quiso vivir, con su cigarros y con su computadora vieja donde escribe las mejores novelas del castellano, y desde donde renueva su juramento de no volver a México, pues allí está su inspiración y teme decepcionarse, romperla como si fuera un artilugio de cristal robado al aire.
Decidí largarme de allí de inmediato, me sentí derrotado por ese hombre silencioso, pero también me sentí muy feliz. Me iba de allí con un secreto valioso y lo que me hizo sentir mejor fue que supe que él sabía que no lo revelaría a nadie. "Estoy aqui, con los perros románticos, y aqui me voy a quedar". Me volví para decirle adiós con la mano a ese hombre que seguía sentado viendo fijamente una plaza infinita en un lugar infinito. Pero me arrepentí. Luego me arrepentí de eso y me volví para decirle adios con palabras -esas palabras con las que todos estamos escribiendo el mismo libro- y asi se lo dije con la voz muy fuerte: ¡Adiós Roberto!, pero no me contestó.
Monday, June 11, 2007
Estar feliz
es algo que aprecio
como todo el mundo
Me gusta hablar de la felicidad
y propiciarla cual si fuera un dios
o una caza
a veces incluso la señalo
y digo a quien va conmigo
si es que vemos caminar a una mujer de esas
que no admiten réplica
"mira alli está"
y cuando eso pasa
el que va a mi lado se pone contento
dice estar de acuerdo
y deja que esa mujer se lleve consigo
algo de nuestra propia vida
y sabemos que la felicidad entonces es de tres
y yo sonrío con la inocencia recobrada
pero si el que va a mi lado
no me hace caso
adivino que es de esos que sólo se preocupa
por el futuro y por lo inexistente
y entonces nada puede hacerse
Me ponen feliz también muchas otras cosas
el uno mismo
las personas
las peliculas
la música
y todos los lugares comunes que sirven para eso
y a todos gozo por igual
hasta el fondo
y lo hago por respeto y por instinto
por destino e inevitablemente
y como si fuera
-y esto tiene que ser un don-
la primera vez
si es el uno mismo pues en silencio
y sobre esto podríamos hablar hasta la muerte
pero resolveríamos menos que callando
y sobre esto cabe aclarar
es en lo único en lo que deseo ser
congruente
pues es el único campo
en la que esta virtud de dioses
se hace humana
si son las personas la ocasión de ser feliz
intento respetarlas por tan sana
y abismal locura
pues son todos pasajeros
de un vuelo infinito de disfraces
y pienso por eso que:
La ternura debía ser
nuestra única
nuestra definitiva
obligación
Con las películas soy democrático
y a menos que sea una infamia
agradezco esas dos horas
o tres
de maravilloso horizonte
universo de otro Dios
y si realmente es una buena pelicula
entonces no necesito
otra historia universal
y si es la música con decir esto basta:
hay piezas y momentos
que son como ángeles caídos victoriosos
mensajeros de una redención
que no necesitaba de una víctima
en suma
me pone feliz la realidad
y me han dicho que tal vez esto
sea signo de locura
yo no entiendo
y tal vez eso es el camino hacia la locura
o soy demasiado sencillo
y tal vez eso sea prueba suficiente
de ella
y aunque a veces es inevitable
ponerse triste
cuando eso sucede descubro con horror
que me gusta y que lo celebro
y entonces escribo historias de amores
desfasados e injustos
contrariados como dicen por allí
mujeres de peso y hombres leves
que hacen juntos
una reunión que vale la pena
e imagino finales como los quisiera uno
aunque sé que los corazones
no obedecen ni a magias ni a mecanismos
y que de abrirse lo hacen como una flor
pues no obedecen ni siquiera a su dueño
y esto es fuente de tragedias maravillosas
que a nadie parecen deseables
pero que yo
amoral nato
animal agradecido
observo como si fueran
una mota de polvo bañada por los rayos del sol
o una brizna
anónima
sola
llevada por el viento
no sé sabe desde dónde
hasta algún lugar que a nadie importa
y en esto consiste sobre todo
la ternura que desmorono en paz
sin culpa
sin ilusiones
y triunfal
sobre este mundo
es algo que aprecio
como todo el mundo
Me gusta hablar de la felicidad
y propiciarla cual si fuera un dios
o una caza
a veces incluso la señalo
y digo a quien va conmigo
si es que vemos caminar a una mujer de esas
que no admiten réplica
"mira alli está"
y cuando eso pasa
el que va a mi lado se pone contento
dice estar de acuerdo
y deja que esa mujer se lleve consigo
algo de nuestra propia vida
y sabemos que la felicidad entonces es de tres
y yo sonrío con la inocencia recobrada
pero si el que va a mi lado
no me hace caso
adivino que es de esos que sólo se preocupa
por el futuro y por lo inexistente
y entonces nada puede hacerse
Me ponen feliz también muchas otras cosas
el uno mismo
las personas
las peliculas
la música
y todos los lugares comunes que sirven para eso
y a todos gozo por igual
hasta el fondo
y lo hago por respeto y por instinto
por destino e inevitablemente
y como si fuera
-y esto tiene que ser un don-
la primera vez
si es el uno mismo pues en silencio
y sobre esto podríamos hablar hasta la muerte
pero resolveríamos menos que callando
y sobre esto cabe aclarar
es en lo único en lo que deseo ser
congruente
pues es el único campo
en la que esta virtud de dioses
se hace humana
si son las personas la ocasión de ser feliz
intento respetarlas por tan sana
y abismal locura
pues son todos pasajeros
de un vuelo infinito de disfraces
y pienso por eso que:
La ternura debía ser
nuestra única
nuestra definitiva
obligación
Con las películas soy democrático
y a menos que sea una infamia
agradezco esas dos horas
o tres
de maravilloso horizonte
universo de otro Dios
y si realmente es una buena pelicula
entonces no necesito
otra historia universal
y si es la música con decir esto basta:
hay piezas y momentos
que son como ángeles caídos victoriosos
mensajeros de una redención
que no necesitaba de una víctima
en suma
me pone feliz la realidad
y me han dicho que tal vez esto
sea signo de locura
yo no entiendo
y tal vez eso es el camino hacia la locura
o soy demasiado sencillo
y tal vez eso sea prueba suficiente
de ella
y aunque a veces es inevitable
ponerse triste
cuando eso sucede descubro con horror
que me gusta y que lo celebro
y entonces escribo historias de amores
desfasados e injustos
contrariados como dicen por allí
mujeres de peso y hombres leves
que hacen juntos
una reunión que vale la pena
e imagino finales como los quisiera uno
aunque sé que los corazones
no obedecen ni a magias ni a mecanismos
y que de abrirse lo hacen como una flor
pues no obedecen ni siquiera a su dueño
y esto es fuente de tragedias maravillosas
que a nadie parecen deseables
pero que yo
amoral nato
animal agradecido
observo como si fueran
una mota de polvo bañada por los rayos del sol
o una brizna
anónima
sola
llevada por el viento
no sé sabe desde dónde
hasta algún lugar que a nadie importa
y en esto consiste sobre todo
la ternura que desmorono en paz
sin culpa
sin ilusiones
y triunfal
sobre este mundo
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