No sé si llamar a esto un poema
habla de calzones y calcetines
de tiros desmoronados
y de postales
De 3 calzones que me quedan
y que distribuyo en el tiempo
todopoderoso
como si fuera un demiurgo
que lavo a mano
que pongo a secar en el radiador
en lugar especial
en asiento o trono
en homenaje al servicio sublime
que desde antaño han prestado al hombre
a mi hermano el hombre
y no junto a la demás ropa
ropa impura
de lavadora
de mundo apocalíptico
ropa vil
de tendedero
De mi habilidad lo juro
misteriosa
de hacer desaparecer calcetines
si comienzo el año con varios pares
inexplicablemente termino con dos
o tres
¿a donde van?
¿espías de qué potencia?
¿heraldos de qué novedad
indescifrable?
tengo teorías:
un cuervo ladrón
abducciones extraterrestres
para experimentos inenarrables
espíritus chocarreros
amnesia (poco probable)
desintegración
pero la que más me gustaría
comprobar algún día
(supongo que una noche
y por sorpresa)
es la de un vitalismo espontáneo
y alado
que no viendo obstaculo
ni razón en contrario
después de breve concilíabulo
decidieran
-los buenos calcetines-
tener alas y escapar
por una ventana hacia el cielo
un batir oscuro de alas
en hermanada misión
para vengar la sangre de un tal Dédalo
cuya historia inexplicablemente
deben conocer
Lo del tiro que se desmorona
es igualmente inverosímil
fenómeno fisico común y vergonzoso
para el burgués medio
y que va más o menos asi
he aqui un pantalon de pana
comprado en invierno
de tal hechura magnífica
de tantas virtudes
que rara vez se dejaba quitar
para ser limpio
purificado
pudieron incluso conocerme
como el señor del pantalon de pana
-tanto así lo usaba-
pero un día aciago
vi en él la marca de una profecía
el tiro
alguna vez sano y robusto
era ahora solo una película delgada
de hilos huérfanos
que no duró siquiera
para el viaje a Barcelona
y que tuve que dejar abandonado
sin ceremonia y sin esquela
sin mirar atrás
antes que se desmoronara
por completo
vestirá mendigos ahora
tal vez en el norte
tal vez junto al mar tan querido
ese mediterraneo donde fué tan feliz
me consuela pensar
que pueda encontrar alli
donde quiera que esté
un nuevo amor
quedan las postales de anuncios viejos
cuatro postales
cuatro mujeres bellísimas
españolas por supuesto
dibujadas con maestría
que compré a una anciana catalana
y que ahora viven en mi cuarto
en esa celda pequeña donde se concentran
maletas ajenas
computadoras ajenas
mesas ajenas
camas ajenas
y libros
que iba a decir propios pero que viéndolo bien
también son
pues asi es este universo
irremediablemente ajenos
y en la cual vivo y muero
Por eso no sé si llamar a esto un poema
pero por el bien de todos
ojalá se cumpla una cosa
que una vez llegado
el fin del mundo
y para la salvación de todos los hombres
los poemas
los tiros
los calzones
las postales
y para que vuelvan
los calcetines extraviados
que nada de esto
-y que nadie se asuste-
sobreviva
Wednesday, June 27, 2007
Tuesday, June 26, 2007
UNA CARTA DE AMOR LARGUÍSIMA
Había estado viviendo ya tres meses en Madrid cuando un amigo catalán me recomendó la obra de Bolaño. Yo había leído ya uno de sus libros en México, "Literatura nazi en América", y no me pareció extraordinario, aunque pese a la prisa con que lo leí, si pude notar un sabor totalmente propio, una voz auténtica. Poco después me volví a topar con Bolaño en una foto pegada en los menús de una cafetería, junto con un extraordinario poema. Esta vez si que fue algo especial. La foto es muy famosa. Se puede ver a Bolaño recargado en una pared, con el sol dándole en la cara, fumando y con los brazos cruzados. Tiene el cabello más corto que en otras imágenes, pero la mirada es la misma, es una mirada que nos ve desde la muerte, desde ese otro lado. Es la mirada de un hombre triste que no tiene un hogar verdadero, ni una patria a dónde llegar a morir, que se siente solo pero que es tremendamente inteligente. Es la mirada de un hombre que se sabe enfermo y que no se arrepiente de haber estado triste tanto tiempo. Es la mirada de un hombre que no sabe ni gusta de famas ni de reflectores, al que el reconocimiento le llegó demasiado tarde, cuando menos pensaba en él, y cuando menos lo quería. Es la mirada horrible de un hombre escéptico. El poema, cabe mencionar, era abismalmente hermoso. Yo iba en ese momento acompañado por una novia que no gustaba de asomarse a las profundidades del alma de nadie, y menos aún a la de desconocidos. Pero a mi simplemente me cautivó: "En aquel tiempo yo tenía 20 años, y estaba loco". Estas líneas me atraparon irremediablemente. He vivido siempre fascinado por la locura, no sé bien de que forma, cómo ni por qué, pero los locos me han sucitado siempre, -ahora lo sé- una pregunta atroz (me gusta usar estas palabras que tanto usaba Borges): ¿Seré yo ese loco?. Ya después supe que Bolaño era una especie de loco, un hombre que era ya mayor desde que tenía 15 años, un fantasma, alguien para el que la poesía era lo único en este mundo. Habló siempre de su vida en sus poemas y en sus novelas, pero lo hizo no desde la vanidad, sino desde la sospecha de si mismo. Un escéptico de verdad que puso su vida en bocas de otros, aún con el riesgo de que estos no quisieran contar nada de ella, no pudieran hacerlo, no quisieran, o no se acordaran de nada. Hice mío el poema desde un principio, y luego la mayor parte de sus líneas me confirmaron este amor inicial. "Había perdido un país pero había ganado un sueño". Este hombre en realidad, se dedicó toda su vida a perderlo todo. Supongo que en vista de que nadie es imposible, fué en esta tierra un ejemplo no sé bien si de un hombre tonto o de un hombre libre. El caso es que este hombre perdió tanto de sí mismo que cuando hemos querido reconstruir lo que le pasó no hemos podido, nos arrepentimos antes de culminar la investigación, nos cansamos o nos da tanto horror que lo dejamos todo para irnos por ahi a ser felices. Supongo que algunos, los menos afortunados, van dejando partes de si mismos en los vestigios improbables de la biografía de Bolaño, y alli se pierden a su vez, incapaces de hallar su propio rastro.
Bolaño era un hombre con fé. No sabemos cuál fué el sueño que ganó, pero en verdad lo que vino después no le importó mucho. "Si tenía ese sueño todo lo demás no importaba". Se vino a Barcelona y trabajó de vigilante nocturno en un camping. Asi debían empezar todas sus biografias. Estas palabras que él mismo acuñó son ahora todo un clásico. En esa biografía hay casi una década que no se atrevió a contarnos. Pudo haberse hecho drogadicto, pudo haberse hecho alcohólico, pudo haber ido a Ganímedes y haber vuelto con el hígado deshecho por la ausencia de gravedad. No lo sabemos bien, pero las dos primeras hipótesis son bastante probables y lo de su hígado es verdad, sea cual sea la causa. Luego tuvo un hijo y una esposa, y luego la esposa lo abandonó pero luego regresó. Luego le llegó el éxito. Aunque era poeta decidió escribir prosa para poder mantener a su hijo, pues eso de la poesía como todo el mundo sabe puede ser oficio sólo de santos, de ascetas, de renunciantes, de locos o de vanidosos, pero no de padres de familia. Y lo hizo bien, escribió varias de las mejores novelas escritas en castellano de todos los tiempos. "Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu/una habitación de madera/en penumbras/en uno de los pulmones del trópico". Carajo qué poema. Es verdad esto del trópico, y de la habitación de madera. Es verdad sobre todo la parte de las penumbras, pues este era un hombre murmullo, un hombre vestigio, un rastro casi invisible, un hombre que tuvo un amigo al que quiso mucho, y una mujer que fue el amor de su vida, y otra mujer que le dió dos hijos, y sobre todo, fue un hombre que tuvo a la poesía. Hasta aqui pudo haber sido ya una vida admirable, de hecho lo era, pero luego se le ocurrió contárnosla y luego todo el mundo comenzó a ir tras sus rastros. Pero yo lo encontré. No encontré su rastro, lo encontré a él.
Hace algún tiempo fui a visitar a mi amigo catalán y me pasé 6 hermosos días en toda esa región: La ciudad de Barcelona, que me cautivó para siempre, Sitges y Tarragona. Tarragona me gustó tanto que decidí quedarme todo un fin de semana alli. Era semana santa y para evitar las aglomeraciones busqué pequeños espacios -abundan- y allí me quedaba, sentado en un parque, en la sombra, y leyendo algo, leyendo a Bolaño. Junto a una estatua de San Pablo en donde se conmemoraba su vista a ese sitio y que le proclama como el hombre más influyente de la historia. Pensaba en muchas cosas cuando de repente tuve un presentimiento, un rumor creciente, algo que sabía que estaba allí pero que no sabía que era. Alcé la vista para todos lados pero no encontré nada. Presa del miedo, decidí irme cuanto antes, y cuando ya caminaba volví la mirada y vi que alguien se había sentado al pie de la estatua de San Pablo. Me sentí mal, doblé la esquina y me alejé rumbo a mi hotel y alli me quedé dormido hasta el dia siguiente. Amanecí con dolores, como si hubiera corrido un maratón. Bajé a la cafetería con mi libro y mientras me tomaba un café con leche me fui convenciendo que lo que me había pasado no había sido un sueño. Yo sabía que Bolaño había muerto hacía 4 años, en 2003, había visto y comprobado cómo se había transformado en una figura de culto a raíz de su muerte, estaba viendo el mal que le había hecho a la literatura al escribir tanto y tan brillantemente, pues sus imitadores eran ya una legión de insensatos. Lo sabía, ese era el universo en el que todo el mundo vivía, y en el que yo había decidido incluirme, un universo en el que Roberto Bolaño estaba muerto. Pero a cada trago que daba a mi café simplemente me convencía más de algo horrendo, algo abismal, y todo eso me dió miedo. Lo supe desde antes, me estremecí desde antes, es decir desde el día anterior junto a esa estatua y en esa precisa plaza de un lugar en el mediterráneo llamado Tarragona; y por eso me sentí mal y por eso ene se momento me dolía todo. Ese hombre que había visto sentado junto a San Pablo era Roberto Bolaño, bien vivo el muy cabrón, viviendo oculto allí, en Tarragona, leyendo y escribiendo. Y en ese momento todo me pareció muy injusto, pero también me pareció muy lógico.
En los detectives salvajes, Bolaño tiene un relato sobre Octavio Paz y su amigo Mario Santiago, o mejor dicho, en el que se encuentran en el parque hundido del DF, el poeta Octavio Paz, y el alter ego de Mario, un personaje llamado Ulises Lima. Es un relato extraordinario, de esos muchos que hay en esa novela que por separado le habrían ganado un lugar eterno en la literatura, aunque él no cree en esas eternidades. Para decirlo mejor, él no cree en ningún tipo de eternidad. En ese relato, contado por la secretaria de Paz (nuestro gran enemigo), por un impulso de origen desconocido (por eso uno sabe reconocer a los poetas verdaderos, se supone), el poeta Paz comienza a ir por las mañanas a ese parque. La secretaria no entiende nada de nada, cándida, atribuye esos viajes misteriosos a uno de los muchos otros misterios del poeta Paz, al que ella está acostumbrada y por los que lo quiere tanto. El poeta Paz se sienta en un banco, y de repente se levanta y comienza a caminar en círculos, en un camino que está trazado vagamente sobre el suelo. En determinado momento la secretaria ve con horror que otro hombre viene caminando también en círculos, haciendo el mismo recorrido que el poeta Paz, pero en sentido contrario. Ve con horror que inevitablemente se encontrarán de frente. El tipo no tiene buena pinta, y no le parece raro, porque el parque está lleno de teporochos y malvivientes. Pero no pasa nada, los dos hombres se cruzan y se miran de reojo y el otro hombre parece reconocer al poeta Paz y una leve sonrisa se dibuja en su rostro, o la secretaria parece reconocer que una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Ese hombre es otro poeta, el poeta Lima, Ulises Lima. Casi de inmediato el poeta Paz decide que es hora de irse y le encarga a la secretaria que haga una lista de poetas nacidos en la década de los 50´s. La rutina se repite durante varios dias y en una ocasión el poeta Paz se sienta en una banca y manda a la secretaria a que se tope con ese hombre, el poeta Lima, y le diga que el poeta Paz quiere platicar con él. Todo se resuelve cuando la secretaria los presenta, poeta Paz y poeta Lima se sientan juntos y hablan cosas que no se dicen en la novela, pero que uno supone. Hablan de las épocas pasadas, del México de los 70´s, del estridentismo, del terrorismo, hablan del tiempo, del alma, del DF, de Europa, de París y de Viena y hablan de la poesía: Ulises Lima había leído toda la poesía del mundo. Se supone que el poeta Paz también, o algo asi. Después el poeta Lima se va y el poeta Paz se va también y este es el último relato o uno de los últimos relatos en los que el poeta Lima aparece en esa novela. Asi me sentí, como si toda mi vida hubiera sido un caminar en círculos con la cabeza baja, sin saber bien con qué motivo, pero sentí que esos círculos terminaron el dia anterior en esa plaza, junto a esa estatua de un judío que había estado en Tarragona hacía dos mil años, en donde me topé de frente y sin quererlo con Roberto Bolaño.
Decidí salir a su encuentro. Pensé que todo era ya tan inverosímil, que seguramente me lo encontraría a la misma hora del día anterior, sentado en el mismo lugar. Faltaban todavía algunas horas, asi que me compré una toalla en los puestos ambulantes de la rambla y me fui a la playa, busqué una sombra y me tendí allí a mirar el mar como si fuera mi último deseo, como si fuera un condenado al que nunca se le hizo saber la razón de su muerte. Sin sentirlo y sin querer averiguar por qué, comencé a reirme bajito, mirando la arena que tenia entre los dedos; pero en medio de esa risa asomaron las lágrimas, y en eso comencé a reir muy fuerte. Nada parecía lógico y eso al contrario de provocarme angustia me llenaba de felicidad. Luego me quedé en silencio y creo que miré el mar por primera vez. Mirarlo de verdad, sin decir nada, sin querer decir nada. Eso fué lo que pasó. Luego comencé a pensar en el escultor de la estatua, y sobre todo, en el que encargó la estatua. Europa esta llena de paganos, y en antiguos emplazamientos romanos como lo es Tarragona deben abundar cofradías secretas. Imaginé que una de ellas, desconocida para la historia, veneraba como al verdadero Dios a Saulo de Tarso y proclamaba como un impostor, marioneta atractiva, fenómeno de masas al susodicho Jesús de Nazaret. Imaginé que ese era su centro de culto, su altar mayor, el lugar donde cada 100 años un personaje misterioso, el gran sacerdote de la orden, llegaba a media noche, calzando sandalias de cuero y ofrecía una rosa a la estatua, una simple rosa color púrpura obtenida por procesos misteriosos en invernaderos improbables. No sé por qué a partir de entonces no me importó nada de lo que pudiera pasar. Me dirigí al sitio dueño de una resignación que rayaba en la virtud y en eso lo ví. Bolaño estaba sentado en el mismo lugar que yo ocupaba el día anterior. Tenia una chamarra anticuada, de los 80´s, color gris. Tenía en su mano derecha el típico cigarro que nunca se agota, y que parece siempre un protagonista más de cualquier historia, tal vez el principal de todos. Imaginé un culto secreto, en Provenza, a esos cigarros pilares del mundo, cigarros sin embargo heróicos, anónimos. La plaza estaba vacía, como si se tratara de un duelo de película western en el que sólo cabíamos dos. Me acerqué a él, me senté a su lado. Le pedí fuego para mi pipa (uso pipa, licencia de pensador). Olía a humedad, olía a biblioteca húmeda, pero era él, sin duda. Tenía el pelo muy largo, y se había dejado crecer el bigote, pero era él. Existe circulando en internet una foto de él en una azotea de una gran ciudad. Posiblemente sea el DF, aunque Bolaño se vé un poco mayor, como si no tuviera los 23 o 24 años que tenía cuando se fué de México. Se vé un hombre triste, aunque el cielo está despejado. Lo que inevitablemente se pregunta uno al mirar esa foto, -en medio de un estremecimiento- es sobre su autor: ¿qué genio pudo tomar una foto tan triste, y permanecer desconocido? En esa foto Roberto Bolaño tiene bigote y el pelo muy largo, justo como ese día en que lo reconocí de inmediato. Me acomodé junto a él y vino sobre nosotros un silencio. Procuré dejarle a la vista el libro que llevaba en la mano: "entre paréntesis", una colección de ensayos y artículos publicados por él en diversos periódicos.
Sé que eres tú, le dije.
Silencio. La arena que no me había sacudido comenzó a picarme las nalgas, pero no hice el menor movimiento. El tampoco se movió. Siguió fumando como si no me hubiera escuchado, como si estuviera solo. No se iría nadie de ese lugar hasta que sucediera algo estremecedor. Comencé a pensar sobre sus libros. Pensé en su amigo Mario Santiago, pensé en lo increíblemente solos que estos tipos habían estado toda su vida. A Mario lo atropelló un coche en una madrugada del DF y su cadáver se terminó de pudrir antes que alguien lo reclamara. En ese momento supe por una lucidez que ahora atribuyo no sé bien a qué, -al mediterraneo, a Bolaño, a San Pablo, prefiero no averiguarlo- que ese libro era una carta de amor a Mario. Los detectives salvajes es una larguísima carta de amor a su amigo Mario que nunca le contestó ninguna carta, ni una sola. Su viuda asegura que cuando llegaba carta de Roberto, Mario se la leía una y otra vez, y la llevaba guardada en su cartera hasta que materialmente se desintegraba de vieja. ¡El hombre se ponía feliz!, ¡como si fuera un niño!. Ese hombre que habia boicoteado los recitales de Octavio Paz, ese hombre que era una bomba de tiempo, que había viajado a Israel para encontrarse con una mujer que no lo quería, que se había perdido en Nicaragua a propósito y que había sido deportado de Austria como el peor de los maleantes. A ese hombre al que nunca nadie le hizo caso y que nunca nadie le quiso publicar sus poemas lo ponían feliz las cartas de un amigo al que no había visto en 15 años. Pero nunca le contestaba. Cuando se despidieron por última vez, en una estación de tren en Francia, en 1978 o 1979, lo hicieron como si se fueran a ver al día siguiente, aunque supongo que ambos sabían que era la última vez que se verían en su vida, y ni un abrazo se dieron, ni una sonrisa, ni una muestra de dolor. Hombres oscuros, de pelo largo, de olor extraño, con la expresión de quien no sabe ya si gritar o si acostumbrarse a vivir entre los gusanos.
Se que eres tu, le repetí, esta vez más fuerte.
Y en eso lo vi como un Gigante, como el Gigante que era, y me dieron ganas de partirle la madre, y decirle de lo que se iba a morir de a deveras. Recordé esa herejía cristiana cuyo nombre no recuerdo, que asegura que el que murió en la Cruz no era Jesús, sino alguien más, y que asegura que Jesús vió como crucificaban a otro en su lugar. Me imaginé a Jesús viendo la escena, y riéndose bajito, como si tuviera arena de playa entre sus dedos y la estuviera viendo con mucha atención. Alguien llamado Roberto Bolaño había muerto en lugar de ese chileno de 54 años que tenía sentado junto a mi y que también se llamaba Roberto Bolaño, en una plaza de Tarragona, al lado de una estatua que dice que San Pablo es el hombre más influyente de la historia humana. Y este hombre a mi lado había presenciado su propia muerte, y ahora tenia un cigarro entre las manos, no arena, y se quedaba en silencio en lugar de reirse, mirando la plaza vacía como si fuera el espéctaculo más grande del mundo. La situación era insoportable, no podía más. "En ese entonces crecer hubiera sido un crimen". Pensé en preguntarle por qué lo había hecho. Pensé en sus repuestas posibles: pudo haber estado agobiado por la fama, pudo haber querido tiempo para escribir, para leer, para completar novelas sucesivas de dos mil páginas, y luego una de tres mil páginas y asi, hasta su verdadera muerte. Luego pensé en la posibilidad de que este acto sea su acto supremo de madurez. Ha crecido al fin, me decía ese pensamiento, ha crecido y nos ha abandonado, dejándonos su piel muerta, un larguísimo pellejo que nos dice pocas cosas, del que poco puede adivinarse. Nos habló del mal, nos habló del miedo, de la locura, del amor y de las lágrimas que es necesario que nadie vea nunca, nos dejó autopistas que llevan lejísimos y no le importó un carajo si alguien se perdía en ellas para no volver. Me pareció un absoluto canalla y también me pareció inmortal. En ese momento pude comenzar a hablarle de Lisa, su único y verdadero amor, pude hablarle de sus hijos, de lo mucho que sufrían. Pero en eso me dí cuenta que sus hijos lo sabían, y que su esposa lo sabía, y que muy probablemente Ignacio Echevarría y el editor Herralde lo sabían también. Todos ellos, pero nadie más, sabían que Roberto Bolaño estaba viviendo en Tarragona, y que sí tuvo una crisis hepática en 2003, pero que se recuperó, que consiguió un transplante de hígado que salió muy bien y que desde entonces vive oculto, como siempre quiso vivir, con su cigarros y con su computadora vieja donde escribe las mejores novelas del castellano, y desde donde renueva su juramento de no volver a México, pues allí está su inspiración y teme decepcionarse, romperla como si fuera un artilugio de cristal robado al aire.
Decidí largarme de allí de inmediato, me sentí derrotado por ese hombre silencioso, pero también me sentí muy feliz. Me iba de allí con un secreto valioso y lo que me hizo sentir mejor fue que supe que él sabía que no lo revelaría a nadie. "Estoy aqui, con los perros románticos, y aqui me voy a quedar". Me volví para decirle adiós con la mano a ese hombre que seguía sentado viendo fijamente una plaza infinita en un lugar infinito. Pero me arrepentí. Luego me arrepentí de eso y me volví para decirle adios con palabras -esas palabras con las que todos estamos escribiendo el mismo libro- y asi se lo dije con la voz muy fuerte: ¡Adiós Roberto!, pero no me contestó.
Había estado viviendo ya tres meses en Madrid cuando un amigo catalán me recomendó la obra de Bolaño. Yo había leído ya uno de sus libros en México, "Literatura nazi en América", y no me pareció extraordinario, aunque pese a la prisa con que lo leí, si pude notar un sabor totalmente propio, una voz auténtica. Poco después me volví a topar con Bolaño en una foto pegada en los menús de una cafetería, junto con un extraordinario poema. Esta vez si que fue algo especial. La foto es muy famosa. Se puede ver a Bolaño recargado en una pared, con el sol dándole en la cara, fumando y con los brazos cruzados. Tiene el cabello más corto que en otras imágenes, pero la mirada es la misma, es una mirada que nos ve desde la muerte, desde ese otro lado. Es la mirada de un hombre triste que no tiene un hogar verdadero, ni una patria a dónde llegar a morir, que se siente solo pero que es tremendamente inteligente. Es la mirada de un hombre que se sabe enfermo y que no se arrepiente de haber estado triste tanto tiempo. Es la mirada de un hombre que no sabe ni gusta de famas ni de reflectores, al que el reconocimiento le llegó demasiado tarde, cuando menos pensaba en él, y cuando menos lo quería. Es la mirada horrible de un hombre escéptico. El poema, cabe mencionar, era abismalmente hermoso. Yo iba en ese momento acompañado por una novia que no gustaba de asomarse a las profundidades del alma de nadie, y menos aún a la de desconocidos. Pero a mi simplemente me cautivó: "En aquel tiempo yo tenía 20 años, y estaba loco". Estas líneas me atraparon irremediablemente. He vivido siempre fascinado por la locura, no sé bien de que forma, cómo ni por qué, pero los locos me han sucitado siempre, -ahora lo sé- una pregunta atroz (me gusta usar estas palabras que tanto usaba Borges): ¿Seré yo ese loco?. Ya después supe que Bolaño era una especie de loco, un hombre que era ya mayor desde que tenía 15 años, un fantasma, alguien para el que la poesía era lo único en este mundo. Habló siempre de su vida en sus poemas y en sus novelas, pero lo hizo no desde la vanidad, sino desde la sospecha de si mismo. Un escéptico de verdad que puso su vida en bocas de otros, aún con el riesgo de que estos no quisieran contar nada de ella, no pudieran hacerlo, no quisieran, o no se acordaran de nada. Hice mío el poema desde un principio, y luego la mayor parte de sus líneas me confirmaron este amor inicial. "Había perdido un país pero había ganado un sueño". Este hombre en realidad, se dedicó toda su vida a perderlo todo. Supongo que en vista de que nadie es imposible, fué en esta tierra un ejemplo no sé bien si de un hombre tonto o de un hombre libre. El caso es que este hombre perdió tanto de sí mismo que cuando hemos querido reconstruir lo que le pasó no hemos podido, nos arrepentimos antes de culminar la investigación, nos cansamos o nos da tanto horror que lo dejamos todo para irnos por ahi a ser felices. Supongo que algunos, los menos afortunados, van dejando partes de si mismos en los vestigios improbables de la biografía de Bolaño, y alli se pierden a su vez, incapaces de hallar su propio rastro.
Bolaño era un hombre con fé. No sabemos cuál fué el sueño que ganó, pero en verdad lo que vino después no le importó mucho. "Si tenía ese sueño todo lo demás no importaba". Se vino a Barcelona y trabajó de vigilante nocturno en un camping. Asi debían empezar todas sus biografias. Estas palabras que él mismo acuñó son ahora todo un clásico. En esa biografía hay casi una década que no se atrevió a contarnos. Pudo haberse hecho drogadicto, pudo haberse hecho alcohólico, pudo haber ido a Ganímedes y haber vuelto con el hígado deshecho por la ausencia de gravedad. No lo sabemos bien, pero las dos primeras hipótesis son bastante probables y lo de su hígado es verdad, sea cual sea la causa. Luego tuvo un hijo y una esposa, y luego la esposa lo abandonó pero luego regresó. Luego le llegó el éxito. Aunque era poeta decidió escribir prosa para poder mantener a su hijo, pues eso de la poesía como todo el mundo sabe puede ser oficio sólo de santos, de ascetas, de renunciantes, de locos o de vanidosos, pero no de padres de familia. Y lo hizo bien, escribió varias de las mejores novelas escritas en castellano de todos los tiempos. "Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu/una habitación de madera/en penumbras/en uno de los pulmones del trópico". Carajo qué poema. Es verdad esto del trópico, y de la habitación de madera. Es verdad sobre todo la parte de las penumbras, pues este era un hombre murmullo, un hombre vestigio, un rastro casi invisible, un hombre que tuvo un amigo al que quiso mucho, y una mujer que fue el amor de su vida, y otra mujer que le dió dos hijos, y sobre todo, fue un hombre que tuvo a la poesía. Hasta aqui pudo haber sido ya una vida admirable, de hecho lo era, pero luego se le ocurrió contárnosla y luego todo el mundo comenzó a ir tras sus rastros. Pero yo lo encontré. No encontré su rastro, lo encontré a él.
Hace algún tiempo fui a visitar a mi amigo catalán y me pasé 6 hermosos días en toda esa región: La ciudad de Barcelona, que me cautivó para siempre, Sitges y Tarragona. Tarragona me gustó tanto que decidí quedarme todo un fin de semana alli. Era semana santa y para evitar las aglomeraciones busqué pequeños espacios -abundan- y allí me quedaba, sentado en un parque, en la sombra, y leyendo algo, leyendo a Bolaño. Junto a una estatua de San Pablo en donde se conmemoraba su vista a ese sitio y que le proclama como el hombre más influyente de la historia. Pensaba en muchas cosas cuando de repente tuve un presentimiento, un rumor creciente, algo que sabía que estaba allí pero que no sabía que era. Alcé la vista para todos lados pero no encontré nada. Presa del miedo, decidí irme cuanto antes, y cuando ya caminaba volví la mirada y vi que alguien se había sentado al pie de la estatua de San Pablo. Me sentí mal, doblé la esquina y me alejé rumbo a mi hotel y alli me quedé dormido hasta el dia siguiente. Amanecí con dolores, como si hubiera corrido un maratón. Bajé a la cafetería con mi libro y mientras me tomaba un café con leche me fui convenciendo que lo que me había pasado no había sido un sueño. Yo sabía que Bolaño había muerto hacía 4 años, en 2003, había visto y comprobado cómo se había transformado en una figura de culto a raíz de su muerte, estaba viendo el mal que le había hecho a la literatura al escribir tanto y tan brillantemente, pues sus imitadores eran ya una legión de insensatos. Lo sabía, ese era el universo en el que todo el mundo vivía, y en el que yo había decidido incluirme, un universo en el que Roberto Bolaño estaba muerto. Pero a cada trago que daba a mi café simplemente me convencía más de algo horrendo, algo abismal, y todo eso me dió miedo. Lo supe desde antes, me estremecí desde antes, es decir desde el día anterior junto a esa estatua y en esa precisa plaza de un lugar en el mediterráneo llamado Tarragona; y por eso me sentí mal y por eso ene se momento me dolía todo. Ese hombre que había visto sentado junto a San Pablo era Roberto Bolaño, bien vivo el muy cabrón, viviendo oculto allí, en Tarragona, leyendo y escribiendo. Y en ese momento todo me pareció muy injusto, pero también me pareció muy lógico.
En los detectives salvajes, Bolaño tiene un relato sobre Octavio Paz y su amigo Mario Santiago, o mejor dicho, en el que se encuentran en el parque hundido del DF, el poeta Octavio Paz, y el alter ego de Mario, un personaje llamado Ulises Lima. Es un relato extraordinario, de esos muchos que hay en esa novela que por separado le habrían ganado un lugar eterno en la literatura, aunque él no cree en esas eternidades. Para decirlo mejor, él no cree en ningún tipo de eternidad. En ese relato, contado por la secretaria de Paz (nuestro gran enemigo), por un impulso de origen desconocido (por eso uno sabe reconocer a los poetas verdaderos, se supone), el poeta Paz comienza a ir por las mañanas a ese parque. La secretaria no entiende nada de nada, cándida, atribuye esos viajes misteriosos a uno de los muchos otros misterios del poeta Paz, al que ella está acostumbrada y por los que lo quiere tanto. El poeta Paz se sienta en un banco, y de repente se levanta y comienza a caminar en círculos, en un camino que está trazado vagamente sobre el suelo. En determinado momento la secretaria ve con horror que otro hombre viene caminando también en círculos, haciendo el mismo recorrido que el poeta Paz, pero en sentido contrario. Ve con horror que inevitablemente se encontrarán de frente. El tipo no tiene buena pinta, y no le parece raro, porque el parque está lleno de teporochos y malvivientes. Pero no pasa nada, los dos hombres se cruzan y se miran de reojo y el otro hombre parece reconocer al poeta Paz y una leve sonrisa se dibuja en su rostro, o la secretaria parece reconocer que una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Ese hombre es otro poeta, el poeta Lima, Ulises Lima. Casi de inmediato el poeta Paz decide que es hora de irse y le encarga a la secretaria que haga una lista de poetas nacidos en la década de los 50´s. La rutina se repite durante varios dias y en una ocasión el poeta Paz se sienta en una banca y manda a la secretaria a que se tope con ese hombre, el poeta Lima, y le diga que el poeta Paz quiere platicar con él. Todo se resuelve cuando la secretaria los presenta, poeta Paz y poeta Lima se sientan juntos y hablan cosas que no se dicen en la novela, pero que uno supone. Hablan de las épocas pasadas, del México de los 70´s, del estridentismo, del terrorismo, hablan del tiempo, del alma, del DF, de Europa, de París y de Viena y hablan de la poesía: Ulises Lima había leído toda la poesía del mundo. Se supone que el poeta Paz también, o algo asi. Después el poeta Lima se va y el poeta Paz se va también y este es el último relato o uno de los últimos relatos en los que el poeta Lima aparece en esa novela. Asi me sentí, como si toda mi vida hubiera sido un caminar en círculos con la cabeza baja, sin saber bien con qué motivo, pero sentí que esos círculos terminaron el dia anterior en esa plaza, junto a esa estatua de un judío que había estado en Tarragona hacía dos mil años, en donde me topé de frente y sin quererlo con Roberto Bolaño.
Decidí salir a su encuentro. Pensé que todo era ya tan inverosímil, que seguramente me lo encontraría a la misma hora del día anterior, sentado en el mismo lugar. Faltaban todavía algunas horas, asi que me compré una toalla en los puestos ambulantes de la rambla y me fui a la playa, busqué una sombra y me tendí allí a mirar el mar como si fuera mi último deseo, como si fuera un condenado al que nunca se le hizo saber la razón de su muerte. Sin sentirlo y sin querer averiguar por qué, comencé a reirme bajito, mirando la arena que tenia entre los dedos; pero en medio de esa risa asomaron las lágrimas, y en eso comencé a reir muy fuerte. Nada parecía lógico y eso al contrario de provocarme angustia me llenaba de felicidad. Luego me quedé en silencio y creo que miré el mar por primera vez. Mirarlo de verdad, sin decir nada, sin querer decir nada. Eso fué lo que pasó. Luego comencé a pensar en el escultor de la estatua, y sobre todo, en el que encargó la estatua. Europa esta llena de paganos, y en antiguos emplazamientos romanos como lo es Tarragona deben abundar cofradías secretas. Imaginé que una de ellas, desconocida para la historia, veneraba como al verdadero Dios a Saulo de Tarso y proclamaba como un impostor, marioneta atractiva, fenómeno de masas al susodicho Jesús de Nazaret. Imaginé que ese era su centro de culto, su altar mayor, el lugar donde cada 100 años un personaje misterioso, el gran sacerdote de la orden, llegaba a media noche, calzando sandalias de cuero y ofrecía una rosa a la estatua, una simple rosa color púrpura obtenida por procesos misteriosos en invernaderos improbables. No sé por qué a partir de entonces no me importó nada de lo que pudiera pasar. Me dirigí al sitio dueño de una resignación que rayaba en la virtud y en eso lo ví. Bolaño estaba sentado en el mismo lugar que yo ocupaba el día anterior. Tenia una chamarra anticuada, de los 80´s, color gris. Tenía en su mano derecha el típico cigarro que nunca se agota, y que parece siempre un protagonista más de cualquier historia, tal vez el principal de todos. Imaginé un culto secreto, en Provenza, a esos cigarros pilares del mundo, cigarros sin embargo heróicos, anónimos. La plaza estaba vacía, como si se tratara de un duelo de película western en el que sólo cabíamos dos. Me acerqué a él, me senté a su lado. Le pedí fuego para mi pipa (uso pipa, licencia de pensador). Olía a humedad, olía a biblioteca húmeda, pero era él, sin duda. Tenía el pelo muy largo, y se había dejado crecer el bigote, pero era él. Existe circulando en internet una foto de él en una azotea de una gran ciudad. Posiblemente sea el DF, aunque Bolaño se vé un poco mayor, como si no tuviera los 23 o 24 años que tenía cuando se fué de México. Se vé un hombre triste, aunque el cielo está despejado. Lo que inevitablemente se pregunta uno al mirar esa foto, -en medio de un estremecimiento- es sobre su autor: ¿qué genio pudo tomar una foto tan triste, y permanecer desconocido? En esa foto Roberto Bolaño tiene bigote y el pelo muy largo, justo como ese día en que lo reconocí de inmediato. Me acomodé junto a él y vino sobre nosotros un silencio. Procuré dejarle a la vista el libro que llevaba en la mano: "entre paréntesis", una colección de ensayos y artículos publicados por él en diversos periódicos.
Sé que eres tú, le dije.
Silencio. La arena que no me había sacudido comenzó a picarme las nalgas, pero no hice el menor movimiento. El tampoco se movió. Siguió fumando como si no me hubiera escuchado, como si estuviera solo. No se iría nadie de ese lugar hasta que sucediera algo estremecedor. Comencé a pensar sobre sus libros. Pensé en su amigo Mario Santiago, pensé en lo increíblemente solos que estos tipos habían estado toda su vida. A Mario lo atropelló un coche en una madrugada del DF y su cadáver se terminó de pudrir antes que alguien lo reclamara. En ese momento supe por una lucidez que ahora atribuyo no sé bien a qué, -al mediterraneo, a Bolaño, a San Pablo, prefiero no averiguarlo- que ese libro era una carta de amor a Mario. Los detectives salvajes es una larguísima carta de amor a su amigo Mario que nunca le contestó ninguna carta, ni una sola. Su viuda asegura que cuando llegaba carta de Roberto, Mario se la leía una y otra vez, y la llevaba guardada en su cartera hasta que materialmente se desintegraba de vieja. ¡El hombre se ponía feliz!, ¡como si fuera un niño!. Ese hombre que habia boicoteado los recitales de Octavio Paz, ese hombre que era una bomba de tiempo, que había viajado a Israel para encontrarse con una mujer que no lo quería, que se había perdido en Nicaragua a propósito y que había sido deportado de Austria como el peor de los maleantes. A ese hombre al que nunca nadie le hizo caso y que nunca nadie le quiso publicar sus poemas lo ponían feliz las cartas de un amigo al que no había visto en 15 años. Pero nunca le contestaba. Cuando se despidieron por última vez, en una estación de tren en Francia, en 1978 o 1979, lo hicieron como si se fueran a ver al día siguiente, aunque supongo que ambos sabían que era la última vez que se verían en su vida, y ni un abrazo se dieron, ni una sonrisa, ni una muestra de dolor. Hombres oscuros, de pelo largo, de olor extraño, con la expresión de quien no sabe ya si gritar o si acostumbrarse a vivir entre los gusanos.
Se que eres tu, le repetí, esta vez más fuerte.
Y en eso lo vi como un Gigante, como el Gigante que era, y me dieron ganas de partirle la madre, y decirle de lo que se iba a morir de a deveras. Recordé esa herejía cristiana cuyo nombre no recuerdo, que asegura que el que murió en la Cruz no era Jesús, sino alguien más, y que asegura que Jesús vió como crucificaban a otro en su lugar. Me imaginé a Jesús viendo la escena, y riéndose bajito, como si tuviera arena de playa entre sus dedos y la estuviera viendo con mucha atención. Alguien llamado Roberto Bolaño había muerto en lugar de ese chileno de 54 años que tenía sentado junto a mi y que también se llamaba Roberto Bolaño, en una plaza de Tarragona, al lado de una estatua que dice que San Pablo es el hombre más influyente de la historia humana. Y este hombre a mi lado había presenciado su propia muerte, y ahora tenia un cigarro entre las manos, no arena, y se quedaba en silencio en lugar de reirse, mirando la plaza vacía como si fuera el espéctaculo más grande del mundo. La situación era insoportable, no podía más. "En ese entonces crecer hubiera sido un crimen". Pensé en preguntarle por qué lo había hecho. Pensé en sus repuestas posibles: pudo haber estado agobiado por la fama, pudo haber querido tiempo para escribir, para leer, para completar novelas sucesivas de dos mil páginas, y luego una de tres mil páginas y asi, hasta su verdadera muerte. Luego pensé en la posibilidad de que este acto sea su acto supremo de madurez. Ha crecido al fin, me decía ese pensamiento, ha crecido y nos ha abandonado, dejándonos su piel muerta, un larguísimo pellejo que nos dice pocas cosas, del que poco puede adivinarse. Nos habló del mal, nos habló del miedo, de la locura, del amor y de las lágrimas que es necesario que nadie vea nunca, nos dejó autopistas que llevan lejísimos y no le importó un carajo si alguien se perdía en ellas para no volver. Me pareció un absoluto canalla y también me pareció inmortal. En ese momento pude comenzar a hablarle de Lisa, su único y verdadero amor, pude hablarle de sus hijos, de lo mucho que sufrían. Pero en eso me dí cuenta que sus hijos lo sabían, y que su esposa lo sabía, y que muy probablemente Ignacio Echevarría y el editor Herralde lo sabían también. Todos ellos, pero nadie más, sabían que Roberto Bolaño estaba viviendo en Tarragona, y que sí tuvo una crisis hepática en 2003, pero que se recuperó, que consiguió un transplante de hígado que salió muy bien y que desde entonces vive oculto, como siempre quiso vivir, con su cigarros y con su computadora vieja donde escribe las mejores novelas del castellano, y desde donde renueva su juramento de no volver a México, pues allí está su inspiración y teme decepcionarse, romperla como si fuera un artilugio de cristal robado al aire.
Decidí largarme de allí de inmediato, me sentí derrotado por ese hombre silencioso, pero también me sentí muy feliz. Me iba de allí con un secreto valioso y lo que me hizo sentir mejor fue que supe que él sabía que no lo revelaría a nadie. "Estoy aqui, con los perros románticos, y aqui me voy a quedar". Me volví para decirle adiós con la mano a ese hombre que seguía sentado viendo fijamente una plaza infinita en un lugar infinito. Pero me arrepentí. Luego me arrepentí de eso y me volví para decirle adios con palabras -esas palabras con las que todos estamos escribiendo el mismo libro- y asi se lo dije con la voz muy fuerte: ¡Adiós Roberto!, pero no me contestó.
Monday, June 11, 2007
Estar feliz
es algo que aprecio
como todo el mundo
Me gusta hablar de la felicidad
y propiciarla cual si fuera un dios
o una caza
a veces incluso la señalo
y digo a quien va conmigo
si es que vemos caminar a una mujer de esas
que no admiten réplica
"mira alli está"
y cuando eso pasa
el que va a mi lado se pone contento
dice estar de acuerdo
y deja que esa mujer se lleve consigo
algo de nuestra propia vida
y sabemos que la felicidad entonces es de tres
y yo sonrío con la inocencia recobrada
pero si el que va a mi lado
no me hace caso
adivino que es de esos que sólo se preocupa
por el futuro y por lo inexistente
y entonces nada puede hacerse
Me ponen feliz también muchas otras cosas
el uno mismo
las personas
las peliculas
la música
y todos los lugares comunes que sirven para eso
y a todos gozo por igual
hasta el fondo
y lo hago por respeto y por instinto
por destino e inevitablemente
y como si fuera
-y esto tiene que ser un don-
la primera vez
si es el uno mismo pues en silencio
y sobre esto podríamos hablar hasta la muerte
pero resolveríamos menos que callando
y sobre esto cabe aclarar
es en lo único en lo que deseo ser
congruente
pues es el único campo
en la que esta virtud de dioses
se hace humana
si son las personas la ocasión de ser feliz
intento respetarlas por tan sana
y abismal locura
pues son todos pasajeros
de un vuelo infinito de disfraces
y pienso por eso que:
La ternura debía ser
nuestra única
nuestra definitiva
obligación
Con las películas soy democrático
y a menos que sea una infamia
agradezco esas dos horas
o tres
de maravilloso horizonte
universo de otro Dios
y si realmente es una buena pelicula
entonces no necesito
otra historia universal
y si es la música con decir esto basta:
hay piezas y momentos
que son como ángeles caídos victoriosos
mensajeros de una redención
que no necesitaba de una víctima
en suma
me pone feliz la realidad
y me han dicho que tal vez esto
sea signo de locura
yo no entiendo
y tal vez eso es el camino hacia la locura
o soy demasiado sencillo
y tal vez eso sea prueba suficiente
de ella
y aunque a veces es inevitable
ponerse triste
cuando eso sucede descubro con horror
que me gusta y que lo celebro
y entonces escribo historias de amores
desfasados e injustos
contrariados como dicen por allí
mujeres de peso y hombres leves
que hacen juntos
una reunión que vale la pena
e imagino finales como los quisiera uno
aunque sé que los corazones
no obedecen ni a magias ni a mecanismos
y que de abrirse lo hacen como una flor
pues no obedecen ni siquiera a su dueño
y esto es fuente de tragedias maravillosas
que a nadie parecen deseables
pero que yo
amoral nato
animal agradecido
observo como si fueran
una mota de polvo bañada por los rayos del sol
o una brizna
anónima
sola
llevada por el viento
no sé sabe desde dónde
hasta algún lugar que a nadie importa
y en esto consiste sobre todo
la ternura que desmorono en paz
sin culpa
sin ilusiones
y triunfal
sobre este mundo
es algo que aprecio
como todo el mundo
Me gusta hablar de la felicidad
y propiciarla cual si fuera un dios
o una caza
a veces incluso la señalo
y digo a quien va conmigo
si es que vemos caminar a una mujer de esas
que no admiten réplica
"mira alli está"
y cuando eso pasa
el que va a mi lado se pone contento
dice estar de acuerdo
y deja que esa mujer se lleve consigo
algo de nuestra propia vida
y sabemos que la felicidad entonces es de tres
y yo sonrío con la inocencia recobrada
pero si el que va a mi lado
no me hace caso
adivino que es de esos que sólo se preocupa
por el futuro y por lo inexistente
y entonces nada puede hacerse
Me ponen feliz también muchas otras cosas
el uno mismo
las personas
las peliculas
la música
y todos los lugares comunes que sirven para eso
y a todos gozo por igual
hasta el fondo
y lo hago por respeto y por instinto
por destino e inevitablemente
y como si fuera
-y esto tiene que ser un don-
la primera vez
si es el uno mismo pues en silencio
y sobre esto podríamos hablar hasta la muerte
pero resolveríamos menos que callando
y sobre esto cabe aclarar
es en lo único en lo que deseo ser
congruente
pues es el único campo
en la que esta virtud de dioses
se hace humana
si son las personas la ocasión de ser feliz
intento respetarlas por tan sana
y abismal locura
pues son todos pasajeros
de un vuelo infinito de disfraces
y pienso por eso que:
La ternura debía ser
nuestra única
nuestra definitiva
obligación
Con las películas soy democrático
y a menos que sea una infamia
agradezco esas dos horas
o tres
de maravilloso horizonte
universo de otro Dios
y si realmente es una buena pelicula
entonces no necesito
otra historia universal
y si es la música con decir esto basta:
hay piezas y momentos
que son como ángeles caídos victoriosos
mensajeros de una redención
que no necesitaba de una víctima
en suma
me pone feliz la realidad
y me han dicho que tal vez esto
sea signo de locura
yo no entiendo
y tal vez eso es el camino hacia la locura
o soy demasiado sencillo
y tal vez eso sea prueba suficiente
de ella
y aunque a veces es inevitable
ponerse triste
cuando eso sucede descubro con horror
que me gusta y que lo celebro
y entonces escribo historias de amores
desfasados e injustos
contrariados como dicen por allí
mujeres de peso y hombres leves
que hacen juntos
una reunión que vale la pena
e imagino finales como los quisiera uno
aunque sé que los corazones
no obedecen ni a magias ni a mecanismos
y que de abrirse lo hacen como una flor
pues no obedecen ni siquiera a su dueño
y esto es fuente de tragedias maravillosas
que a nadie parecen deseables
pero que yo
amoral nato
animal agradecido
observo como si fueran
una mota de polvo bañada por los rayos del sol
o una brizna
anónima
sola
llevada por el viento
no sé sabe desde dónde
hasta algún lugar que a nadie importa
y en esto consiste sobre todo
la ternura que desmorono en paz
sin culpa
sin ilusiones
y triunfal
sobre este mundo
Sunday, June 10, 2007
1.- Una primera versión.
Hace tres semanas, en casa de mi amigo gabo, el filósofo, nos tiramos en sus sillones a reposar la comida mientras platicábamos de mujeres. Acababa de mudarse de piso, asi que la comida fue en ocasión de la inauguración de su nuevo hogar. Como buen español, se mostró espléndido con la comida: para picar, mariscos cuyos nombres no recuerdo, ensalada y de plato fuerte un guiso de pollo con curry que aprendió a cocinar durante su larga estancia en la India hace ya muchos años. En la sobremesa descubrí entre sus libros un fotografia de 30 centímetros de un exquisito perfil en blanco y negro que me dejó perplejo desde un primer momento, vaya, qué dulzura, todo un sueño plasmado en una imagen. Era un perfil que compelía sin la menor duda a cambiar la realidad por la fantasía. Es Alba, una amiga de hace muchos años, me dijo. Miré la foto con deleite, deteniéndome en los detalles. Estaba tomada de perfil, y sus grandes ojos sobresalían en armonia con su naricita de mango. Es mi tipo ideal de mujer, pensé para mis adentros. En esos momentos seguimos platicando pero de otras cosas, y al poco tiempo tuve que irme al recibir una inoportuna llamada.
El lunes pasado me hizo un comentario acerca de una mujer que recientemente vino a visitarlo, una amiga italiana y me dijo que hubiera estado bien que me la presentara, y asi como si nada, y realmente sin pensarlo, le dije que mejor me presentara a su amiga Alba. Después de pensarlo un momento, e ignorando que yo se lo había dicho más que nada en broma, me dijo que fuéramos este sábado a verla actuar -pues es actriz- al círculo de bellas artes, y que iba a decir que quería conocerla y le propondría que nos fueramos a tomar algo después de la función. Yo por supuesto acepté de inmediato, y nos vimos en el lugar una hora antes de la función, visitamos el edificio donde está el teatro,- una joya- y luego nos metimos al teatro discutiendo el libro "la sinagoga de los iconoclastas", de Rodolfo Wilcock, "uno de los más divertidos del siglo XX", en opinión de Roberto Bolaño, mi escritor favorito: Libro ameno y divertido, aunque tiene relatos de calidad muy desigual. Poco después comenzó la función, y cuando salió Alba de inmediato la reconocí. Ya luego ella nos dijo que como si fuera una aficionada, nos observaba tras las cortinas antes de la función, y observaba también a los demás: amigos, familiares, admiradores, críticos, amantes sinceros del teatro, etc. Gabo me había contado que sus padres le pusieron Alba por una doble razón: el concepto Hindú y la abeja. Dicen que de bebé era idéntica a la abeja maya, y eso es algo que uno se puede imaginar fácilmente, pues tiene unos rizos rubios hermosos que, siendo niña pudieron servir para la comparación, asi por la similitud fonética, le pusieron como le pusieron. La obra era una adaptación de Don Juan Tenorio, sólo que con el mensaje invertido, es decir, en esta obra, la inmoralidad está representada por los otros, menos por Don Juan, que es el único ser puro: "Estoy rodeado de demonios", dijo, refiriendose a las bajezas de que sus mujeres fueron capaces "por amor" a él. Lo mejor de todo -he de reconocerlo- fueron las danzas de Alba, quién salió desnuda salvo por un pequeño calzoncito color carne, a realizar todo tipo de evoluciones histriónicas por el escenario, ante el deleite de los machos y la envidia las hembras. De cuerpo frágil, semejante a una varita de nardo (los clichés existen y se revelan en todo su poder últimamente), piel blanquísima, pezoncitos rosados en senos como duraznos y dueña en general, de una anatomía exquisita, su cuerpo brillaba en un escenario a oscuras. Me hizo pensar que de vez en cuando Dios amanece de buenas.
Después de la función nos quedamos esperándola en el vestíbulo mientras el resto de los actores salian y saludaban y eran felicitados por amigos y familiares principalmente (dice Gabo que el teatro está en crisis desde un pequeño periodo de oro que tuvo en épocas de Sófocles, y un breve renacimiento en la españa del XVII). Al fin salió y yo me sentí como en esa película de Sophie Marceau del 93, titulada fan fan, pues la nena salió llevando consigo su bicicleta, con la cual va y viene en medio del caótico y peligroso tráfico madrileño. (De vez en cuando estos pensamientos me vienen a la mente, pensamientos como de estar viviendo un película europea de las épocas de mi adolescencia, pues recuerdo la sensación de novedad de estar en Madrid, ciudad hermosa, y de sentirse parte de algo ajeno si, pero hermoso. Tiende uno a acostumbrarse al prodigio y la maravilla, lamentablemente). Nos quedamos platicando un momento en el vestibulo, cruzamos unas primeras palabras entre los tres y me alivió, -pues estaba un poco nervioso-, comprobar que es alguien noble, abierta y amable. Cuando salimos a la calle comenzaron a pasar cosas extrañas. Primero que nada, de repente Alba se puso a platicar con alguien al que reconoció, un tal Octavio, creo, y mientras lo hacía Gabo y yo guardamos una prudente distancia. Bastaba una mirada para poder ver en ese tipo un cataclismo incontenible de amor por ella. Es su pretendiente, le dije a Gabo, pero el me dijo que no, que nada que ver, y yo le dije que no fuera ingenuo, que era obvio que si lo era. Por supuesto al final resultó que si, pero la palabra que ella utilizó no fue pretendiente, sino "acosador". Típicas cosas del amor. Y lo curioso fue que se le juntaron los admiradores, pues mientras platicaba con el tipo mencionado, un simpático teporocho español, con cara y aspecto de Vikingo recién llegado a América después de una larga travesía por alta mar, se puso a platicar con ellos, mejor dicho, se plantó frente a ellos, y se quedó viendo a Alba como un noble e inofensivo bruto, con la boca abierta. Supongo que lo que sentía era una mezcla de admiración, deseo, y maravilla ante tanta belleza, y creo, sobre todo estupor, pues lo único que acertaba a hacer después de contemplarla era reirse alegre y resignado a la vez. A Dios gracias que era inofensivo, pues de no haberlo sido, creo que apenas nos hubieramos bastado entre los tres para contenerlo, dado su aspecto y músculos de vikingo. Pobre Alba, tener que lidiar con dos hombres que la admiran, teniendo que ser amable con ambos, con el acosador, procurando no sucitarle un suicidio Wherteriano, y con el teporocho, no cediendo a la tentación de llamar a la policia. Para rematar, y después de que el acosador se fuera, no sin antes colmarla de regalitos, nos fuimos a un bar de Chueca, el barrio gay y nos metimos en un bar de título equívoco, llamado XXX. Y fue allí donde desplegó, como avatar de la amabilidad, y como influenciada a ello por la mirada compasiva de las diosas antiguas para con los sufridos seres vivientes, su absoluta belleza, su divina arquitectura, su voz tranquilizante y sus ojos alicinantes ante esta tierra rebosante de iniquidad. Los símiles para describir la experiencia no están al alcance de la mano. Lo único que se me ocurre como ejemplo es la reunión de suplicantes en torno a un lugar santo, y la repentina aparición ante ellos de una luz, de un frescor, de una presencia que si bien no se revela totalmente, aprovecha una tenue fisura en el mundo para poder acercarse a la humanidad y transformarlo todo, librándonos de las dudas y también del pasado. Una vez sentados, la Diosa miró hacia abajo y encontrándome entre sus criaturas me preguntó algunas cosas de mi, a lo cual contesté lo mejor que pude, pues sus ojos me hacían balbucear y mirar hacia otro lado, tímido, cómo si estuviera buscando algo de donde asirme para no sucumbir no sé de qué forma ante su hermosura, o como si estuviera mirando una zarza ardiente. Quitate el calzado, pensé, pues estás pisando tierra santa. También pensé en ir tras el acosador y ponernos borrachos cantando rancheras de amor en honor de Alba. Luego la plática giró en torno a temas varios: un amigo de ellos que recientemente se habia vuelto loco, la inminente boda de una amiga suya de la alta sociedad, con un ex actor con marcados tintes bohemios, matrimonio que según me contaron, promete ser de una brevedad que batirá records; y sobre todo, la plática fue sobre la historia del acosador, que Alba contó con lujo de detalles: Yo sólo atinaba a pensar: Pobre hombre. Intercalados con su relato, yo introducía uno o dos piropos a su hermosura, como diciéndole que comprendería a cualquier pobre hombre que se enamore de ella sin ser correspondido, pues quedará condenado inapelablemente a vagar hasta el fin de sus dias por el limbo del desamor, enamorado y triste, incapaz de dejar de sufrir. En resumen, nos dijo que el pobre tipo insiste en sus pretensiones románticas pese a que ella ya le dijo de la manera mas clara, pero eso si, mas educada posible, (la nena es un encanto, un derroche de sutilezas y delicias) que no quiere nada con él. Pero esa fue la mejor parte de la noche, al menos para mi, porque me puso la manita varias veces en mi hombro y en mi brazo, y acercó su rostro al mio haciéndome saborear su perfume y dejándome bien claro lo que yo ya sospechaba pero que aún ahora no puedo definir: Su absoluta humanidad. Todo esto lo hizo obedeciendo a su histrionismo al narrar una historia, pero de todos modos me cautivó y me enamoró para siempre de ella. Claro, este es un enamoramiento como el que siente uno por Diane Kruger o por Eva Green, actrices las tres al fin y al cabo, y además es de esos que no te cuesta dar ni hacer "crecer", pues Alba es en verdad, un ángel bajado a la tierra, bella hasta extremos dolorosos, amable, profunda, tierna. No creo haber conocido nunca personalmente, a mujer tan hermosa como ella; es decididamente de una belleza sobrenatural. Durante la charla, Gabo tuvo dos aciertos que le agradezco profundamente, aun cuando no estoy acostumbrado a ser delatado con tanta crudeza. Le dijo que según yo ella se parecia a Diane Kruger, cosa que yo le dije mientras ella no estaba, y que no pensé que se lo fuera a decir, o en todo caso, no en presencia mía. El lo mencionó como si fuera lo más normal del mundo, y me dijo que lo repitiera. Después de una fracción de segundo de titubeo y sorpresa, se lo dije, y su reacción fue, no sé como explicarlo, como para hacer otra novela con el mismo título de una que ya existe: Estrella distante; pero esta vez cuyo tema es el bien y no el mal absoluto, pues esta mujer, si bien lejanísima, se pone sin embargo al alcance de los halagos de un devoto sincero: Diosa humana, pensé, maravillado. El segundo y mejor acierto, fue que le mencionó la cena que daré aqui en el departamento, dentro de dos o tres semanas junto con otras amigas. La situación fué un poco confusa, no recuerdo con claridad si él la invitó, o si ella entendió automáticamente que la invitación se la estábamos haciendo en ese momento. De lo que estoy seguro es de que entonces yo la invité y ella aceptó. Cuando nos ibamos caminando los tres hacia metro Banco de España, donde nos despediríamos, comprobaba cómo los hombres de todos los credos, razas, edades, nacionalidades y demás fronteras, se hermanaban en silencio, mudos y arrodillados ante ella, sucumbiendo sin remedio ante tal epifanía: Tal vez la más grande e inexplicable de las que alcanzarán a ver en todas sus tristes vidas.
2.- Mi hijo Roberto es un teporocho.
Dió muestras desde muy pequeño de ser un niño muy especial. El parto duró dos días y yo casi me muero de los dolores y de la sangre que perdí. Cuando al fin lo tuve entre mis brazos le dije llorando y en voz bajita ¿por qué no querias salir mi niño?, ¿qué no querías verme?. Y durante muchos días no dejé que lo cargara nadie, ni siquiera su padre, que de todos modos creo que no le interesaba. Era ya mayor y me casaron con él para darle un poco de estabilidad económica a la familia. De hecho era de la edad de mis padres, y habían sido amigos toda la vida. Nunca se casó, y un día que nos vimos en la ruina familiar, mi madre me llamó y me dijo llorando que tenía que casarme con él. Yo no entendí lo que sucedía, y hoy que han pasado muchos años lo entiendo cada vez menos. Raúl era matemático y para cuando nació Roberto estaba enfrascado dia y noche en la solución de unos problemas que le quebraban la cabeza y le daban dolores muy fuertes. Por las noches se sentaba en una mecedora y pasaba el insomnio escuchando en el radio canciones viejas, con la ventana abierta, la ventana que da al mar. Asi que Roberto prácticamente creció sin padre, que además al poco tiempo se volvió loco, y un día lo vieron meterse al mar con la ropa puesta, y ya nunca más nadie lo volvió a ver. Cuando aprendió a hablar, Robertito, que siempre estaba pegado a mis faldas, me preguntó acerca del mal. Yo seguía enojada con Raúl por haberse muerto, y por habernos dejado asi a mis padres, a mi y a su hijo. No supe qué contestarle, y le mentí diciendo que si le hacía esa pregunta a Dios, en sueños le daría la respuesta. Roberto me preguntó si su padre era Dios, y yo le dije, algo asi, hijo, algo asi. Recibió la figura paterna de parte de mi propio padre, con el que salía a dar largas caminatas por la costa y por los parques. No puedo imaginar que no tuviera una infancia feliz. Fue un niño criado por su abuelo, pero se la pasaban muy bien los dos juntos. Mi padre ya no estaba muy fuerte que digamos, pero Robertito no era el típico niño molón y travieso, sino todo lo contrario, muy tranquilo y tierno, asi que se la pasaba bien escuchando las chocheces de mi papá. Aunque no sabré nunca si fueron chocheces o no, porque cuando le preguntaba que tanto platicaba con mi niño me decía cosas de hombre, hija, asuntos que un día tendrá que encarar.
Creo que fué un niño normal más o menos hasta la adolescencia. Era incluso deportista, pero también se encerraba durante horas en su cuarto, como si viviera con una familia que no fuera la suya, como si tuviera diez años más y fuera estudiante extranjero viviendo en una pensión en un país muy lejano. Lo que si se notaba era su obsesión por ciertas cosas. Un día que lo noté más pensativo que de costumbre le pregunté a mi padre que cosas le había dicho. En claro saqué que le había hablado de Dios y del Universo, y de la edad de la tierra y de las teorías sobre la extinción de los dinosaurios. Según mi padre se quedó callado cuando le explicó que Dios siempre ha existido, pues nunca habia tenido un principio. Eso es lo que recuerdo vagamente. Pero recuerdo muy bien que desde entonces Mi hijo único ya no fué el mismo. Cumplidos apenas los 13 años me dió a entender que quería hacerse cura. Yo por supuesto me horroricé. No somos una familia católica, bueno, tal vez católica si, pero no religiosa, asi que le dije que no dijera locuras. Si, le dije locuras. Roberto no insistió en su idea y por eso ya nunca sabré si eso hubiera sido mejor. Ahora tal vez sería un buen sacerdote, o algo, no sé, todo menos ese borrachito en el que se ha convertido. Pobre mijo. A veces pienso en estas cosas pero me canso mucho y mejor me duermo. A veces sueño con que vienen a darme la noticia que ya lo encontraron en un parque, o en la morgue. La última vez que lo vi estaba muy mal, casi ni me reconoció, pero cuando lo llamé por su nombre su mirada cambió. Cambió su mirada de estar ausente o de estar loco, por la de de estar triste; pero era él. También la voz le cambió y me dijo que no me preocupara por él, y yo le dije que cómo me pedía eso, que me mirara, que estaba sola y que a veces no tenía ni para comer. El me dijo que no me iba yo a morir de hambre nunca, que eso nunca lo permitiría, pero que ahora no podía verme, porque estaba realizando una investigación. Yo me puse a llorar y en ese momento el me dió un beso en la frente y se alejó por la calle dando grandes pasos. Cuando estaba por doblar la esquina volteó a mirarme y me dijo adiós con la mano y me mandó un beso. Esa noche soñé que mi hijo era un perrito que habiamos tenido cuando él era pequeño, y que se iba corriendo por la puerta del zaguán y que por más que corría no podía alcanzarlo. Al final pasó lo mismo: Mi hijo, convertido en perro se alejaba corriendo calle abajo. Pero esta vez no volteaba a mirarme cuando doblaba la esquina.
Yo sabía que era un chico raro, pero no tenía mayores preocupaciones por él. Era buen estudiante y nunca tuvo vicios. Pero poco a poco se fue aislando más y más, y ya no salía casi nunca y casi no tenía amigos. Un día que me levanté temprano oí musica en su cuarto y al entrar lo vi tendido en la cama cantando canciones tristes en boz bajita, casi dormido y borrachísimo. Cuando le pedi explicaciones el me miró con la mirada que tienen los que han bebido mucho tiempo y han estado muy tristes y en lugar de contestarme se puso a explicarme cómo debía hacer para dar con una dirección. Me habló de un almacén en las afueras de la ciudad, y que alli debia buscar a un señor muy viejito de nombre Victor y que ese señor tenía que darme un radio y un teléfono y que yo debía traérselos pues los necesitaba urgentemente: Es de vida o muerte, me dijo. Yo salí del cuarto llorando sin comprender nada y esa misma tarde cuando despertó me aseguró no acordarse de nada de lo que me había dicho. Poco después de eso realmente me preocupé, pues aún cuando lo había encontrado borracho algunas otras veces pensaba que eran cosas propias de la edad. Incluso andaba yo buscándole novia. Pero una tarde que regresó y se sentó a comer, mientras me contaba lo que había hecho durante el día, de repente sin decir nada se vació toda la olla de gazpacho en la cabeza. Yo me quedé muda y el se sorprendió un poco, pero después puso una sonrisita extraña y siguó comiendo mientras yo lloraba desconsolada y también al borde de la locura. Después de eso se encerró durante meses en su recámara, ya no se volvió a bañar y comía muy poco de lo que yo le preparaba. Escribía cosas en cuadernos con la letra muy dibujada, como si lo hiciera muy en calma. Lo único bueno es que ya no se emborrachaba, pero un día se bañó y se puso ropa limpia, cogió una pequeña maleta y me dijo adiós madre, voy a hacer una investigación muy importante. Y no me quiso decir nada más. Después revisé sus cuadernos y en todos ellos había puesto por escrito sus sueños. Unos sueños muy raros. A través de ellos supe que mijo Roberto no era en absoluto un hombre malo, pero que estaba loco, como su padre por las matemáticas, y como yo por su ausencia.
Cuaderno de sueños:
sueño 1.- Hay quienes piensan que la cordura es un abismo, hay quienes escuchan la palabra abismo y dicen bah, hay quienes alguna vez en sueños vieron el abismo y lo olvidaron, hay quienes vieron el abismo y no lo han olvidado, hay quienes en este momento están contemplando el abismo, hay quienes están enamorados del abismo, hay quienes -y estos son la mayoria- están aterrados por el abismo, hay quienes no creen en el abismo -y estos son los afortunados-, hay quienes creen tanto en el abismo que su vida se convierte en una mierda, hay quienes del abismo hacen una metáfora y se hacen ricos con ella, hay quienes predican el abismo y se hacen ricos con ello, hay quienes suavizan el abismo de otros, hay quienes hacen más grande el abismo de otros, hay quienes llevan el abismo a flor de piel, hay quienes esconden tanto el abismo que se sorprenden que la muerte exista, hay quienes se hacen adictos de los abismos, hay quienes toman el abismo a cuestas y lo presumen, hay quienes no lo hacemos y nos llaman locos, hay quienes ven el abismo pero no creen en él, hay quienes hacen del abismo un amigo o un enemigo, hay quienes enamoran al abismo como si fuera una mujer, hay quienes lloran junto al abismo pero no se tiran de bruces en él, hay quienes odian al abismo con toda su alma, hay quienes desconocen que existe el abismo y hay quienes lo vencen. Hay quienes sentados en un parque hablan sobre la felicidad, hay quienes cocinan con impecable infelicidad, hay quienes escriben libros tristísimos que son una carta de amor a un amigo que nunca contesta las llamadas, hay quienes escriben poesía pensando en una mujer, hay quienes escriben poesía pensando en la fama, hay quienes fuman y se ven bien, hay quienes fuman y se ven desamparados, hay aquellos para los que una lejana mañana es todas las mañanas de la tierra, hay quienes después de una noche de inconsciencia no tendrán nunca la seguridad de seguir vivos, hay quienes en la mirada llevan siempre la ley y las armas, hay quienes llevan en los ojos los bosques de antaño, hay quien lleva las cantinas en el alma, hay quienes llevan en los ojos dos arañas diminutas que vieron siendo niños, hay quienes están chimuelos y tienen hijos, hay quienes se suben en autobuses fantasma por las noches de algunas ciudades, hay quienes han estado borrachos a medio dia con un amigo en una cantina oscura, hay quienes nunca probarán el alcohol, hay curas y hay padrotes, hay padrotes santos y hay curas que son como diablos tristes, hay quienes se dedican a desaparecer dejando muy pocos rastros, hay quienes se dedican a dejar la mayor cantidad de rastros posibles para que haya un mariachi en su tumba, hay quienes sepultan por afición su felicidad de cada día, hay quienes invocan a la lluvía con solo abrir los ojos por la mañana, hay quienes de repente han decidido leer solamente un libro por el resto de sus vidas, el mismo libro, hay quienes lloran a lágrima viva por pura vanidad, hay quienes lloran sin que nadie los vea y estos son la luz de las noches, hay quienes han llorado ya demasiadas lágrimas, hay quienes se enamoran siempre y a todas horas y estos son los que más temen y aman a la muerte.
Soñé con una especie de bola, pero no sé decir si era increiblemente grande o increiblemente pequeña, o si estaba dentro o fuera de mi, o si me absorbía o me expulsaba. De hecho no sé decir si era una bola o si tenía otra forma. Lo más probable es que no tuviera forma alguna. Creo que la bola era infinitamente pequeña, pero parecía infinitamente grande porque yo la estaba viendo de cerca, pero algo es seguro: la bola estaba viva. Pero decir soñé es poco decir, pues he soñado con esa bola desde que era muy niño, sobre todo cuando pasaba fiebre. Me daba una corriente de aire y enfermaba de gravedad, los ojos se me ponían en blanco y casi ningún médico podía curarme. En el último momento casi por un milagro me recobraba y me encontraban el lugar de muerto, sentado muy quieto sobre la cama pidiendo con los brazos a alguien conocido. A veces también enfermaba del estómago y entonces las cosas se ponían peores.
Creo que el sueño de la bola es un sueño muy común en muchas personas. No lo sé.
3.- Octavio
Tengo las paredes de mi casa tapizadas con fotos de ella, con tres fotos de su rostro, ese rostro que llevo a todas partes desde hace casi tres años. Tres rostros aumentados, variados, extendidos, disminuidos, impresos en todo tipo de papel, pero quiero que me entiendan, esto es amor, no estoy loco ni soy peligroso. Ya sé que esto a ella puede no parecerle cierto pero es cierto. He dormido en su cama y no le hice nada ¿qué mayor prueba que esa? En ese tiempo yo había decidido abandonar mi carrera, es decir, mis estudios de violín. Se necesita verdadero talento para hacer eso, asi que estaba un poco a la deriva, y como era invierno pues los dias lluviosos me ponían melancólico en extremo y asi, se podía verme como un pendejo por las calles grises, buscando no sabía bien qué cosa, o a qué persona. Tenía eso si, muchos amigos -ahora conservo pocos- y vivía de noche. Casi todos estaban igual de perdidos que yo, siguen igual de perdidos ahora, pero con una diferencia: ellos se la pasaban bien, eran felices o simulaban serlo. No parecía importarles nada de la vida salvo el momento de estar con los amigos, riendo y fumando, emborrachándose o hablando entre risas de los temas más diversos, inventando bromas que de tan elaboradas se volvían inentendibles para cualquiera. Para casi cualquier persona vernos juntos era un espectaculo bien lamentable, o bien curioso, dependiendo del día y por supuesto, tonto es decirlo, de la persona.
Una vez me invitó un amigo de estos a pasar la noche en una terraza con los actores de la compañia para la que trabaja. Este amigo mio es violinista y actúa en vivo en las representaciones teatrales. Conozco a alguna gente del medio y por lo general son bastante simpáticos, asi que acepté su invitación de inmediato. Pasamos a comprar vino y aceitunas, llegamos temprano a la cita, y de inmediato nos pusimos a fumar mariguana. La gente comenzó a llegar al poco tiempo y entre ellos estaba ella, Alba. Fue un sacudimiento, un estremecimiento, un terremoto dentro de mi, en todo aquello que los libros llaman, un poco vagamente: las entrañas. Dios santo, pensé, -y eso que soy ateo- nunca he visto mujer tan hermosa. Fue como encontrar algo que se ha estado buscando sin saberlo, y no quisiera abundar aqui en descripciones intimas y detalladas, por temor a parecer mentiroso, pero la sacudida fue tan fuerte que fue incluso increible para mi: "caí rendido a sus pies como un pájaro herido, y comprendí de golpe cosas que antes no entendía". Algo asi dice en uno de sus libros un escritor que acaba de morir.
Siempre tuve una teoría: Uno vive más o menos lo que canta, uno vive más o menos progresivamente lo que lee, las peliculas que mira, los poemas que nos gustan. Creo que este fue el caso cumbre de mi vida, y creo que no volveré a tener otro igual. ¿cómo lo sé?. Porque desde que la conozco no he leído más, ni una novela, ni un solo poema, ni una sola revista, ni un sólo periodico. Del mismo modo nadie me ha visto entrar más en una sala de cine, ni escuchar en el radio ni en ninguna otra parte, música, canción o balada alguna. Quiero agotarme en ella, quiero terminar en ella, plantarme en ella, -aunque ella nunca me atienda, me lo ha dicho- morir en ese suelo, en esa selva, y ahora paro, porque aqui podría comenzar a escribir y no parar más, comenzar a temblar, enloquecer.
Cuando era niño mi grupo musical favorito era el grupo Parchis. Vi todas sus películas y compré todos sus discos. Me enamoré de Yolanda y del acento español. No me gusta predecir el pasado, pero ahora que estoy en España sé que vine aqui para que alguien me hablara con ese mismo acento. Motivos de niño lo sé, pero ¿no acaso son los más poderosos, los únicos insobornables?. Luego escuché tangos, tangos de Gardel, y entonces comenzaron a pasarme cosas muy tristes. Comencé a escuchar a Juan Gabriel y entonces me enamoraba de arpías y mujeres muy raras. Luego escuchaba tríos y rancheras de amor y me la viví en cantinas de mala muerte. Luego por último comencé a escuchar heavy metal y entonces toda la felicidad se marchó una noche sin dejar ni una nota de despedida. Por eso me pregunto ¿de qué canción habrá salido ella, de qué pelicula, de qué novela?. No lo sé todavia, pero ojalá no sea de Wherter, ni de las Travesuras de la niña mala, ni del amor en los tiempos del cólera, ni de la insoportable levedad del ser, ni de las novelas ilustradas de Yolanda Vargas Dulché que devoré en mi infancia, al menos no de Rubí, llevada ya varias veces al cine y a las telenovelas. Si viniera de una película ojalá no sea de Pide al tiempo que vuelva, con eso me conformo, y en este caso como es algo probado, lo mejor sería que se tratara de una película de Hugh Grant.
sueño 2.-
Soy un tipo aburrido, de eso no hay duda, pero me siento orgulloso del hombre, de todos los hombres y mujeres del mundo, de toda la humanidad; como si yo los hubiera hecho, como si los hubieran hecho para mi, como si fueran una sorpresa, un regalo que dejaron en mi puerta una noche cualquiera, como si todos fueran mios o como si yo fuera de ellos. Como si todos fuéramos a morir.
Me gusta sentarme por las mañanas en cualquier terraza de Madrid, a beber una infusión de poleo menta con leche y mirar a la gente, pero en silencio, mirarlas pero sin hablar, y a veces sin pensar. Y miro en ellas aquello que una vez leí en una frase, sin duda la frase más llena de sabiduría que alguien haya dicho o escrito jamás. Sabiduría grandísima, incomprensible, vertiginosa. La frase es esta: Los ojos son horizontales, la nariz es vertical.
Y todo este tiempo he querido volverme loco. Durante años me rehusaba a ello, pero cuando lo vi con claridad, fue cuestión de meses el convencerme de que ello no significaba en realidad nada especial, sólo la expresión verdadera de mi mismo, del mismo modo en que la mayoría de la gente decide volverse médicos o carpinteros. Todo se aclaró definitivamente cuando me enamoré de un escritor muerto y comencé a escribirle cartas y poemas. Alli todo cobró sentido. Alli supe que esas cartas llevaban dentro todo el amor de un hombre infinitamente solo. Pero estar infinitamente solo no es lo mismo que sentirse infinitamente solo. Mi caso es el primero y es una soledad como una pampa, en donde todo es infinito y en donde nunca dejan de pasar cosas de todo tipo. Mi soledad es la misma que la eternidad de otros.
Sueño con tortugas, tortugas que devoro, tortugas pequeñas y del tamaño de una mano extendida, que a veces pongo a salvo en un estanque sin peces, para que no se las coman, pero que la mayoria de las veces, yo mismo devoro con cierto asco, con cierta culpa. La mayor parte de las veces las tortugas están vivas, se mueven de dolor cuando les arranco con los dientes un pedazo de pata, o cuando les arranco con la mano el caparazón y las dejo en carne viva, palpitante y verde. En eso cierro los ojos y las muerdo generosamente. Lo que más asco me da es cuando debo comerme su cabeza, su pequeña cabeza aún consciente y con sus ojillos semicerrados en lo que supongo es la expresión tortuguil de un dolor atroz y fatal. Generalmente en ese momento despierto, o si no despierto al menos no recuerdo más. A veces simplemente paso a otro sueño. Una vez sin embrago soñé algo distino, esta vez mi dieta no consistía de tortugas, sino de carne humana. Yo llegaba a una casa en una colonia pobre. Sabía que la casa no era mia asi que entré sigilosamente, como si fuera un ladrón, pero sabiendo al mismo tiempo que si era descubierto sería bienvenido. Me asomé a un cuarto y vi a una mujer que sabía que era una especie de bruja, alguien malo, y en ese cuarto tenía colgado de un madero a un hombre desnudo que tenia la impresión de haber sido secuestrado y torturado toda la noche. La mujer estaba vestida elegantemente. La visión me angustió. Lo siguiente que recuerdo del sueño es estar enfrente de un gran perol hirviente, con grandes pedazos de carne maciza en su interior. Metí la mano y saqué y devoré un gran trozo de carne humana. Yo sabía que se trataba del hombre que había visto anteriormente. La bruja lo había cortado en trozos generosos, como si se tratara de grandes jamones o piernas de puerco. Me sabía bien, aunque me angustiaba un poco que no me fuera a hacer bien la digestión. Cuando me iba vi a un hombre junto a la señora-bruja, era un hombre delgado y parecia ser su marido. Una familia normal. Afuera me esperaba un mundo acusador, ignorante de todo, pero que podría enterarse de todo, y hacerme algo malo.
Gabo.
En Londres viví sucesivamente con tres personas: una actriz -la mujer más deliciosa que he conocido-, un stripper australiano, capaz de llevarse a la cama en tiempo récord, literalmente a cualquier mujer. Nunca vi a una que se le rehusara. Al final creo que el hombre terminó enamorado de mi. Cuando me fui de Londres, de madrugada y en la estación casi vacía, de repente lo ví llegar corriendo, descalzo y con lágrimas en los ojos, suplicándome que no me fuera, que era su único amigo. Era un bruto, un bárbaro. Una vez me invitó a cenar a un restaurante muy elegante, y se nos unió su hermano, otro bruto de concurso. Antes del postre hicieron una apuesta: Intentarían meterse toda la comida posible en una mano cerrada, ayudados por un dedo de la otra mano, y quien fuera capaz de meter mayor cantidad de tomate, carne y huesos de aceituna, ganaba. Cosas asi y aún peores se veían.
Me dijo muchas veces que no entendía cómo es que alguien podía dedicarse a la filosofía, pues soy profesor de filosofía. Su lema era "no love, no love, only sex, only sex". Pero claro está, estos brutos típicos son los que lloran en sueños por una mujer que los abandonó, y después de mucho convivir, me contó que una mujer escultural le había roto el corazón y se había puesto a vivir con un levantador de pesas. Cuando me iba me dijo que ahora entendía que la filosofía sí servía para algo: para ser feliz. Y se quedó callado y yo también, pues era la mejor definición de filosofía que alguien puede esbozar. Y esto asi ha sido siempre, aunque los alemanes discrepen siempre y con rigor.
La tercera persona con la que viví fue una francesa que me rompió el corazón.
Hace tres semanas, en casa de mi amigo gabo, el filósofo, nos tiramos en sus sillones a reposar la comida mientras platicábamos de mujeres. Acababa de mudarse de piso, asi que la comida fue en ocasión de la inauguración de su nuevo hogar. Como buen español, se mostró espléndido con la comida: para picar, mariscos cuyos nombres no recuerdo, ensalada y de plato fuerte un guiso de pollo con curry que aprendió a cocinar durante su larga estancia en la India hace ya muchos años. En la sobremesa descubrí entre sus libros un fotografia de 30 centímetros de un exquisito perfil en blanco y negro que me dejó perplejo desde un primer momento, vaya, qué dulzura, todo un sueño plasmado en una imagen. Era un perfil que compelía sin la menor duda a cambiar la realidad por la fantasía. Es Alba, una amiga de hace muchos años, me dijo. Miré la foto con deleite, deteniéndome en los detalles. Estaba tomada de perfil, y sus grandes ojos sobresalían en armonia con su naricita de mango. Es mi tipo ideal de mujer, pensé para mis adentros. En esos momentos seguimos platicando pero de otras cosas, y al poco tiempo tuve que irme al recibir una inoportuna llamada.
El lunes pasado me hizo un comentario acerca de una mujer que recientemente vino a visitarlo, una amiga italiana y me dijo que hubiera estado bien que me la presentara, y asi como si nada, y realmente sin pensarlo, le dije que mejor me presentara a su amiga Alba. Después de pensarlo un momento, e ignorando que yo se lo había dicho más que nada en broma, me dijo que fuéramos este sábado a verla actuar -pues es actriz- al círculo de bellas artes, y que iba a decir que quería conocerla y le propondría que nos fueramos a tomar algo después de la función. Yo por supuesto acepté de inmediato, y nos vimos en el lugar una hora antes de la función, visitamos el edificio donde está el teatro,- una joya- y luego nos metimos al teatro discutiendo el libro "la sinagoga de los iconoclastas", de Rodolfo Wilcock, "uno de los más divertidos del siglo XX", en opinión de Roberto Bolaño, mi escritor favorito: Libro ameno y divertido, aunque tiene relatos de calidad muy desigual. Poco después comenzó la función, y cuando salió Alba de inmediato la reconocí. Ya luego ella nos dijo que como si fuera una aficionada, nos observaba tras las cortinas antes de la función, y observaba también a los demás: amigos, familiares, admiradores, críticos, amantes sinceros del teatro, etc. Gabo me había contado que sus padres le pusieron Alba por una doble razón: el concepto Hindú y la abeja. Dicen que de bebé era idéntica a la abeja maya, y eso es algo que uno se puede imaginar fácilmente, pues tiene unos rizos rubios hermosos que, siendo niña pudieron servir para la comparación, asi por la similitud fonética, le pusieron como le pusieron. La obra era una adaptación de Don Juan Tenorio, sólo que con el mensaje invertido, es decir, en esta obra, la inmoralidad está representada por los otros, menos por Don Juan, que es el único ser puro: "Estoy rodeado de demonios", dijo, refiriendose a las bajezas de que sus mujeres fueron capaces "por amor" a él. Lo mejor de todo -he de reconocerlo- fueron las danzas de Alba, quién salió desnuda salvo por un pequeño calzoncito color carne, a realizar todo tipo de evoluciones histriónicas por el escenario, ante el deleite de los machos y la envidia las hembras. De cuerpo frágil, semejante a una varita de nardo (los clichés existen y se revelan en todo su poder últimamente), piel blanquísima, pezoncitos rosados en senos como duraznos y dueña en general, de una anatomía exquisita, su cuerpo brillaba en un escenario a oscuras. Me hizo pensar que de vez en cuando Dios amanece de buenas.
Después de la función nos quedamos esperándola en el vestíbulo mientras el resto de los actores salian y saludaban y eran felicitados por amigos y familiares principalmente (dice Gabo que el teatro está en crisis desde un pequeño periodo de oro que tuvo en épocas de Sófocles, y un breve renacimiento en la españa del XVII). Al fin salió y yo me sentí como en esa película de Sophie Marceau del 93, titulada fan fan, pues la nena salió llevando consigo su bicicleta, con la cual va y viene en medio del caótico y peligroso tráfico madrileño. (De vez en cuando estos pensamientos me vienen a la mente, pensamientos como de estar viviendo un película europea de las épocas de mi adolescencia, pues recuerdo la sensación de novedad de estar en Madrid, ciudad hermosa, y de sentirse parte de algo ajeno si, pero hermoso. Tiende uno a acostumbrarse al prodigio y la maravilla, lamentablemente). Nos quedamos platicando un momento en el vestibulo, cruzamos unas primeras palabras entre los tres y me alivió, -pues estaba un poco nervioso-, comprobar que es alguien noble, abierta y amable. Cuando salimos a la calle comenzaron a pasar cosas extrañas. Primero que nada, de repente Alba se puso a platicar con alguien al que reconoció, un tal Octavio, creo, y mientras lo hacía Gabo y yo guardamos una prudente distancia. Bastaba una mirada para poder ver en ese tipo un cataclismo incontenible de amor por ella. Es su pretendiente, le dije a Gabo, pero el me dijo que no, que nada que ver, y yo le dije que no fuera ingenuo, que era obvio que si lo era. Por supuesto al final resultó que si, pero la palabra que ella utilizó no fue pretendiente, sino "acosador". Típicas cosas del amor. Y lo curioso fue que se le juntaron los admiradores, pues mientras platicaba con el tipo mencionado, un simpático teporocho español, con cara y aspecto de Vikingo recién llegado a América después de una larga travesía por alta mar, se puso a platicar con ellos, mejor dicho, se plantó frente a ellos, y se quedó viendo a Alba como un noble e inofensivo bruto, con la boca abierta. Supongo que lo que sentía era una mezcla de admiración, deseo, y maravilla ante tanta belleza, y creo, sobre todo estupor, pues lo único que acertaba a hacer después de contemplarla era reirse alegre y resignado a la vez. A Dios gracias que era inofensivo, pues de no haberlo sido, creo que apenas nos hubieramos bastado entre los tres para contenerlo, dado su aspecto y músculos de vikingo. Pobre Alba, tener que lidiar con dos hombres que la admiran, teniendo que ser amable con ambos, con el acosador, procurando no sucitarle un suicidio Wherteriano, y con el teporocho, no cediendo a la tentación de llamar a la policia. Para rematar, y después de que el acosador se fuera, no sin antes colmarla de regalitos, nos fuimos a un bar de Chueca, el barrio gay y nos metimos en un bar de título equívoco, llamado XXX. Y fue allí donde desplegó, como avatar de la amabilidad, y como influenciada a ello por la mirada compasiva de las diosas antiguas para con los sufridos seres vivientes, su absoluta belleza, su divina arquitectura, su voz tranquilizante y sus ojos alicinantes ante esta tierra rebosante de iniquidad. Los símiles para describir la experiencia no están al alcance de la mano. Lo único que se me ocurre como ejemplo es la reunión de suplicantes en torno a un lugar santo, y la repentina aparición ante ellos de una luz, de un frescor, de una presencia que si bien no se revela totalmente, aprovecha una tenue fisura en el mundo para poder acercarse a la humanidad y transformarlo todo, librándonos de las dudas y también del pasado. Una vez sentados, la Diosa miró hacia abajo y encontrándome entre sus criaturas me preguntó algunas cosas de mi, a lo cual contesté lo mejor que pude, pues sus ojos me hacían balbucear y mirar hacia otro lado, tímido, cómo si estuviera buscando algo de donde asirme para no sucumbir no sé de qué forma ante su hermosura, o como si estuviera mirando una zarza ardiente. Quitate el calzado, pensé, pues estás pisando tierra santa. También pensé en ir tras el acosador y ponernos borrachos cantando rancheras de amor en honor de Alba. Luego la plática giró en torno a temas varios: un amigo de ellos que recientemente se habia vuelto loco, la inminente boda de una amiga suya de la alta sociedad, con un ex actor con marcados tintes bohemios, matrimonio que según me contaron, promete ser de una brevedad que batirá records; y sobre todo, la plática fue sobre la historia del acosador, que Alba contó con lujo de detalles: Yo sólo atinaba a pensar: Pobre hombre. Intercalados con su relato, yo introducía uno o dos piropos a su hermosura, como diciéndole que comprendería a cualquier pobre hombre que se enamore de ella sin ser correspondido, pues quedará condenado inapelablemente a vagar hasta el fin de sus dias por el limbo del desamor, enamorado y triste, incapaz de dejar de sufrir. En resumen, nos dijo que el pobre tipo insiste en sus pretensiones románticas pese a que ella ya le dijo de la manera mas clara, pero eso si, mas educada posible, (la nena es un encanto, un derroche de sutilezas y delicias) que no quiere nada con él. Pero esa fue la mejor parte de la noche, al menos para mi, porque me puso la manita varias veces en mi hombro y en mi brazo, y acercó su rostro al mio haciéndome saborear su perfume y dejándome bien claro lo que yo ya sospechaba pero que aún ahora no puedo definir: Su absoluta humanidad. Todo esto lo hizo obedeciendo a su histrionismo al narrar una historia, pero de todos modos me cautivó y me enamoró para siempre de ella. Claro, este es un enamoramiento como el que siente uno por Diane Kruger o por Eva Green, actrices las tres al fin y al cabo, y además es de esos que no te cuesta dar ni hacer "crecer", pues Alba es en verdad, un ángel bajado a la tierra, bella hasta extremos dolorosos, amable, profunda, tierna. No creo haber conocido nunca personalmente, a mujer tan hermosa como ella; es decididamente de una belleza sobrenatural. Durante la charla, Gabo tuvo dos aciertos que le agradezco profundamente, aun cuando no estoy acostumbrado a ser delatado con tanta crudeza. Le dijo que según yo ella se parecia a Diane Kruger, cosa que yo le dije mientras ella no estaba, y que no pensé que se lo fuera a decir, o en todo caso, no en presencia mía. El lo mencionó como si fuera lo más normal del mundo, y me dijo que lo repitiera. Después de una fracción de segundo de titubeo y sorpresa, se lo dije, y su reacción fue, no sé como explicarlo, como para hacer otra novela con el mismo título de una que ya existe: Estrella distante; pero esta vez cuyo tema es el bien y no el mal absoluto, pues esta mujer, si bien lejanísima, se pone sin embargo al alcance de los halagos de un devoto sincero: Diosa humana, pensé, maravillado. El segundo y mejor acierto, fue que le mencionó la cena que daré aqui en el departamento, dentro de dos o tres semanas junto con otras amigas. La situación fué un poco confusa, no recuerdo con claridad si él la invitó, o si ella entendió automáticamente que la invitación se la estábamos haciendo en ese momento. De lo que estoy seguro es de que entonces yo la invité y ella aceptó. Cuando nos ibamos caminando los tres hacia metro Banco de España, donde nos despediríamos, comprobaba cómo los hombres de todos los credos, razas, edades, nacionalidades y demás fronteras, se hermanaban en silencio, mudos y arrodillados ante ella, sucumbiendo sin remedio ante tal epifanía: Tal vez la más grande e inexplicable de las que alcanzarán a ver en todas sus tristes vidas.
2.- Mi hijo Roberto es un teporocho.
Dió muestras desde muy pequeño de ser un niño muy especial. El parto duró dos días y yo casi me muero de los dolores y de la sangre que perdí. Cuando al fin lo tuve entre mis brazos le dije llorando y en voz bajita ¿por qué no querias salir mi niño?, ¿qué no querías verme?. Y durante muchos días no dejé que lo cargara nadie, ni siquiera su padre, que de todos modos creo que no le interesaba. Era ya mayor y me casaron con él para darle un poco de estabilidad económica a la familia. De hecho era de la edad de mis padres, y habían sido amigos toda la vida. Nunca se casó, y un día que nos vimos en la ruina familiar, mi madre me llamó y me dijo llorando que tenía que casarme con él. Yo no entendí lo que sucedía, y hoy que han pasado muchos años lo entiendo cada vez menos. Raúl era matemático y para cuando nació Roberto estaba enfrascado dia y noche en la solución de unos problemas que le quebraban la cabeza y le daban dolores muy fuertes. Por las noches se sentaba en una mecedora y pasaba el insomnio escuchando en el radio canciones viejas, con la ventana abierta, la ventana que da al mar. Asi que Roberto prácticamente creció sin padre, que además al poco tiempo se volvió loco, y un día lo vieron meterse al mar con la ropa puesta, y ya nunca más nadie lo volvió a ver. Cuando aprendió a hablar, Robertito, que siempre estaba pegado a mis faldas, me preguntó acerca del mal. Yo seguía enojada con Raúl por haberse muerto, y por habernos dejado asi a mis padres, a mi y a su hijo. No supe qué contestarle, y le mentí diciendo que si le hacía esa pregunta a Dios, en sueños le daría la respuesta. Roberto me preguntó si su padre era Dios, y yo le dije, algo asi, hijo, algo asi. Recibió la figura paterna de parte de mi propio padre, con el que salía a dar largas caminatas por la costa y por los parques. No puedo imaginar que no tuviera una infancia feliz. Fue un niño criado por su abuelo, pero se la pasaban muy bien los dos juntos. Mi padre ya no estaba muy fuerte que digamos, pero Robertito no era el típico niño molón y travieso, sino todo lo contrario, muy tranquilo y tierno, asi que se la pasaba bien escuchando las chocheces de mi papá. Aunque no sabré nunca si fueron chocheces o no, porque cuando le preguntaba que tanto platicaba con mi niño me decía cosas de hombre, hija, asuntos que un día tendrá que encarar.
Creo que fué un niño normal más o menos hasta la adolescencia. Era incluso deportista, pero también se encerraba durante horas en su cuarto, como si viviera con una familia que no fuera la suya, como si tuviera diez años más y fuera estudiante extranjero viviendo en una pensión en un país muy lejano. Lo que si se notaba era su obsesión por ciertas cosas. Un día que lo noté más pensativo que de costumbre le pregunté a mi padre que cosas le había dicho. En claro saqué que le había hablado de Dios y del Universo, y de la edad de la tierra y de las teorías sobre la extinción de los dinosaurios. Según mi padre se quedó callado cuando le explicó que Dios siempre ha existido, pues nunca habia tenido un principio. Eso es lo que recuerdo vagamente. Pero recuerdo muy bien que desde entonces Mi hijo único ya no fué el mismo. Cumplidos apenas los 13 años me dió a entender que quería hacerse cura. Yo por supuesto me horroricé. No somos una familia católica, bueno, tal vez católica si, pero no religiosa, asi que le dije que no dijera locuras. Si, le dije locuras. Roberto no insistió en su idea y por eso ya nunca sabré si eso hubiera sido mejor. Ahora tal vez sería un buen sacerdote, o algo, no sé, todo menos ese borrachito en el que se ha convertido. Pobre mijo. A veces pienso en estas cosas pero me canso mucho y mejor me duermo. A veces sueño con que vienen a darme la noticia que ya lo encontraron en un parque, o en la morgue. La última vez que lo vi estaba muy mal, casi ni me reconoció, pero cuando lo llamé por su nombre su mirada cambió. Cambió su mirada de estar ausente o de estar loco, por la de de estar triste; pero era él. También la voz le cambió y me dijo que no me preocupara por él, y yo le dije que cómo me pedía eso, que me mirara, que estaba sola y que a veces no tenía ni para comer. El me dijo que no me iba yo a morir de hambre nunca, que eso nunca lo permitiría, pero que ahora no podía verme, porque estaba realizando una investigación. Yo me puse a llorar y en ese momento el me dió un beso en la frente y se alejó por la calle dando grandes pasos. Cuando estaba por doblar la esquina volteó a mirarme y me dijo adiós con la mano y me mandó un beso. Esa noche soñé que mi hijo era un perrito que habiamos tenido cuando él era pequeño, y que se iba corriendo por la puerta del zaguán y que por más que corría no podía alcanzarlo. Al final pasó lo mismo: Mi hijo, convertido en perro se alejaba corriendo calle abajo. Pero esta vez no volteaba a mirarme cuando doblaba la esquina.
Yo sabía que era un chico raro, pero no tenía mayores preocupaciones por él. Era buen estudiante y nunca tuvo vicios. Pero poco a poco se fue aislando más y más, y ya no salía casi nunca y casi no tenía amigos. Un día que me levanté temprano oí musica en su cuarto y al entrar lo vi tendido en la cama cantando canciones tristes en boz bajita, casi dormido y borrachísimo. Cuando le pedi explicaciones el me miró con la mirada que tienen los que han bebido mucho tiempo y han estado muy tristes y en lugar de contestarme se puso a explicarme cómo debía hacer para dar con una dirección. Me habló de un almacén en las afueras de la ciudad, y que alli debia buscar a un señor muy viejito de nombre Victor y que ese señor tenía que darme un radio y un teléfono y que yo debía traérselos pues los necesitaba urgentemente: Es de vida o muerte, me dijo. Yo salí del cuarto llorando sin comprender nada y esa misma tarde cuando despertó me aseguró no acordarse de nada de lo que me había dicho. Poco después de eso realmente me preocupé, pues aún cuando lo había encontrado borracho algunas otras veces pensaba que eran cosas propias de la edad. Incluso andaba yo buscándole novia. Pero una tarde que regresó y se sentó a comer, mientras me contaba lo que había hecho durante el día, de repente sin decir nada se vació toda la olla de gazpacho en la cabeza. Yo me quedé muda y el se sorprendió un poco, pero después puso una sonrisita extraña y siguó comiendo mientras yo lloraba desconsolada y también al borde de la locura. Después de eso se encerró durante meses en su recámara, ya no se volvió a bañar y comía muy poco de lo que yo le preparaba. Escribía cosas en cuadernos con la letra muy dibujada, como si lo hiciera muy en calma. Lo único bueno es que ya no se emborrachaba, pero un día se bañó y se puso ropa limpia, cogió una pequeña maleta y me dijo adiós madre, voy a hacer una investigación muy importante. Y no me quiso decir nada más. Después revisé sus cuadernos y en todos ellos había puesto por escrito sus sueños. Unos sueños muy raros. A través de ellos supe que mijo Roberto no era en absoluto un hombre malo, pero que estaba loco, como su padre por las matemáticas, y como yo por su ausencia.
Cuaderno de sueños:
sueño 1.- Hay quienes piensan que la cordura es un abismo, hay quienes escuchan la palabra abismo y dicen bah, hay quienes alguna vez en sueños vieron el abismo y lo olvidaron, hay quienes vieron el abismo y no lo han olvidado, hay quienes en este momento están contemplando el abismo, hay quienes están enamorados del abismo, hay quienes -y estos son la mayoria- están aterrados por el abismo, hay quienes no creen en el abismo -y estos son los afortunados-, hay quienes creen tanto en el abismo que su vida se convierte en una mierda, hay quienes del abismo hacen una metáfora y se hacen ricos con ella, hay quienes predican el abismo y se hacen ricos con ello, hay quienes suavizan el abismo de otros, hay quienes hacen más grande el abismo de otros, hay quienes llevan el abismo a flor de piel, hay quienes esconden tanto el abismo que se sorprenden que la muerte exista, hay quienes se hacen adictos de los abismos, hay quienes toman el abismo a cuestas y lo presumen, hay quienes no lo hacemos y nos llaman locos, hay quienes ven el abismo pero no creen en él, hay quienes hacen del abismo un amigo o un enemigo, hay quienes enamoran al abismo como si fuera una mujer, hay quienes lloran junto al abismo pero no se tiran de bruces en él, hay quienes odian al abismo con toda su alma, hay quienes desconocen que existe el abismo y hay quienes lo vencen. Hay quienes sentados en un parque hablan sobre la felicidad, hay quienes cocinan con impecable infelicidad, hay quienes escriben libros tristísimos que son una carta de amor a un amigo que nunca contesta las llamadas, hay quienes escriben poesía pensando en una mujer, hay quienes escriben poesía pensando en la fama, hay quienes fuman y se ven bien, hay quienes fuman y se ven desamparados, hay aquellos para los que una lejana mañana es todas las mañanas de la tierra, hay quienes después de una noche de inconsciencia no tendrán nunca la seguridad de seguir vivos, hay quienes en la mirada llevan siempre la ley y las armas, hay quienes llevan en los ojos los bosques de antaño, hay quien lleva las cantinas en el alma, hay quienes llevan en los ojos dos arañas diminutas que vieron siendo niños, hay quienes están chimuelos y tienen hijos, hay quienes se suben en autobuses fantasma por las noches de algunas ciudades, hay quienes han estado borrachos a medio dia con un amigo en una cantina oscura, hay quienes nunca probarán el alcohol, hay curas y hay padrotes, hay padrotes santos y hay curas que son como diablos tristes, hay quienes se dedican a desaparecer dejando muy pocos rastros, hay quienes se dedican a dejar la mayor cantidad de rastros posibles para que haya un mariachi en su tumba, hay quienes sepultan por afición su felicidad de cada día, hay quienes invocan a la lluvía con solo abrir los ojos por la mañana, hay quienes de repente han decidido leer solamente un libro por el resto de sus vidas, el mismo libro, hay quienes lloran a lágrima viva por pura vanidad, hay quienes lloran sin que nadie los vea y estos son la luz de las noches, hay quienes han llorado ya demasiadas lágrimas, hay quienes se enamoran siempre y a todas horas y estos son los que más temen y aman a la muerte.
Soñé con una especie de bola, pero no sé decir si era increiblemente grande o increiblemente pequeña, o si estaba dentro o fuera de mi, o si me absorbía o me expulsaba. De hecho no sé decir si era una bola o si tenía otra forma. Lo más probable es que no tuviera forma alguna. Creo que la bola era infinitamente pequeña, pero parecía infinitamente grande porque yo la estaba viendo de cerca, pero algo es seguro: la bola estaba viva. Pero decir soñé es poco decir, pues he soñado con esa bola desde que era muy niño, sobre todo cuando pasaba fiebre. Me daba una corriente de aire y enfermaba de gravedad, los ojos se me ponían en blanco y casi ningún médico podía curarme. En el último momento casi por un milagro me recobraba y me encontraban el lugar de muerto, sentado muy quieto sobre la cama pidiendo con los brazos a alguien conocido. A veces también enfermaba del estómago y entonces las cosas se ponían peores.
Creo que el sueño de la bola es un sueño muy común en muchas personas. No lo sé.
3.- Octavio
Tengo las paredes de mi casa tapizadas con fotos de ella, con tres fotos de su rostro, ese rostro que llevo a todas partes desde hace casi tres años. Tres rostros aumentados, variados, extendidos, disminuidos, impresos en todo tipo de papel, pero quiero que me entiendan, esto es amor, no estoy loco ni soy peligroso. Ya sé que esto a ella puede no parecerle cierto pero es cierto. He dormido en su cama y no le hice nada ¿qué mayor prueba que esa? En ese tiempo yo había decidido abandonar mi carrera, es decir, mis estudios de violín. Se necesita verdadero talento para hacer eso, asi que estaba un poco a la deriva, y como era invierno pues los dias lluviosos me ponían melancólico en extremo y asi, se podía verme como un pendejo por las calles grises, buscando no sabía bien qué cosa, o a qué persona. Tenía eso si, muchos amigos -ahora conservo pocos- y vivía de noche. Casi todos estaban igual de perdidos que yo, siguen igual de perdidos ahora, pero con una diferencia: ellos se la pasaban bien, eran felices o simulaban serlo. No parecía importarles nada de la vida salvo el momento de estar con los amigos, riendo y fumando, emborrachándose o hablando entre risas de los temas más diversos, inventando bromas que de tan elaboradas se volvían inentendibles para cualquiera. Para casi cualquier persona vernos juntos era un espectaculo bien lamentable, o bien curioso, dependiendo del día y por supuesto, tonto es decirlo, de la persona.
Una vez me invitó un amigo de estos a pasar la noche en una terraza con los actores de la compañia para la que trabaja. Este amigo mio es violinista y actúa en vivo en las representaciones teatrales. Conozco a alguna gente del medio y por lo general son bastante simpáticos, asi que acepté su invitación de inmediato. Pasamos a comprar vino y aceitunas, llegamos temprano a la cita, y de inmediato nos pusimos a fumar mariguana. La gente comenzó a llegar al poco tiempo y entre ellos estaba ella, Alba. Fue un sacudimiento, un estremecimiento, un terremoto dentro de mi, en todo aquello que los libros llaman, un poco vagamente: las entrañas. Dios santo, pensé, -y eso que soy ateo- nunca he visto mujer tan hermosa. Fue como encontrar algo que se ha estado buscando sin saberlo, y no quisiera abundar aqui en descripciones intimas y detalladas, por temor a parecer mentiroso, pero la sacudida fue tan fuerte que fue incluso increible para mi: "caí rendido a sus pies como un pájaro herido, y comprendí de golpe cosas que antes no entendía". Algo asi dice en uno de sus libros un escritor que acaba de morir.
Siempre tuve una teoría: Uno vive más o menos lo que canta, uno vive más o menos progresivamente lo que lee, las peliculas que mira, los poemas que nos gustan. Creo que este fue el caso cumbre de mi vida, y creo que no volveré a tener otro igual. ¿cómo lo sé?. Porque desde que la conozco no he leído más, ni una novela, ni un solo poema, ni una sola revista, ni un sólo periodico. Del mismo modo nadie me ha visto entrar más en una sala de cine, ni escuchar en el radio ni en ninguna otra parte, música, canción o balada alguna. Quiero agotarme en ella, quiero terminar en ella, plantarme en ella, -aunque ella nunca me atienda, me lo ha dicho- morir en ese suelo, en esa selva, y ahora paro, porque aqui podría comenzar a escribir y no parar más, comenzar a temblar, enloquecer.
Cuando era niño mi grupo musical favorito era el grupo Parchis. Vi todas sus películas y compré todos sus discos. Me enamoré de Yolanda y del acento español. No me gusta predecir el pasado, pero ahora que estoy en España sé que vine aqui para que alguien me hablara con ese mismo acento. Motivos de niño lo sé, pero ¿no acaso son los más poderosos, los únicos insobornables?. Luego escuché tangos, tangos de Gardel, y entonces comenzaron a pasarme cosas muy tristes. Comencé a escuchar a Juan Gabriel y entonces me enamoraba de arpías y mujeres muy raras. Luego escuchaba tríos y rancheras de amor y me la viví en cantinas de mala muerte. Luego por último comencé a escuchar heavy metal y entonces toda la felicidad se marchó una noche sin dejar ni una nota de despedida. Por eso me pregunto ¿de qué canción habrá salido ella, de qué pelicula, de qué novela?. No lo sé todavia, pero ojalá no sea de Wherter, ni de las Travesuras de la niña mala, ni del amor en los tiempos del cólera, ni de la insoportable levedad del ser, ni de las novelas ilustradas de Yolanda Vargas Dulché que devoré en mi infancia, al menos no de Rubí, llevada ya varias veces al cine y a las telenovelas. Si viniera de una película ojalá no sea de Pide al tiempo que vuelva, con eso me conformo, y en este caso como es algo probado, lo mejor sería que se tratara de una película de Hugh Grant.
sueño 2.-
Soy un tipo aburrido, de eso no hay duda, pero me siento orgulloso del hombre, de todos los hombres y mujeres del mundo, de toda la humanidad; como si yo los hubiera hecho, como si los hubieran hecho para mi, como si fueran una sorpresa, un regalo que dejaron en mi puerta una noche cualquiera, como si todos fueran mios o como si yo fuera de ellos. Como si todos fuéramos a morir.
Me gusta sentarme por las mañanas en cualquier terraza de Madrid, a beber una infusión de poleo menta con leche y mirar a la gente, pero en silencio, mirarlas pero sin hablar, y a veces sin pensar. Y miro en ellas aquello que una vez leí en una frase, sin duda la frase más llena de sabiduría que alguien haya dicho o escrito jamás. Sabiduría grandísima, incomprensible, vertiginosa. La frase es esta: Los ojos son horizontales, la nariz es vertical.
Y todo este tiempo he querido volverme loco. Durante años me rehusaba a ello, pero cuando lo vi con claridad, fue cuestión de meses el convencerme de que ello no significaba en realidad nada especial, sólo la expresión verdadera de mi mismo, del mismo modo en que la mayoría de la gente decide volverse médicos o carpinteros. Todo se aclaró definitivamente cuando me enamoré de un escritor muerto y comencé a escribirle cartas y poemas. Alli todo cobró sentido. Alli supe que esas cartas llevaban dentro todo el amor de un hombre infinitamente solo. Pero estar infinitamente solo no es lo mismo que sentirse infinitamente solo. Mi caso es el primero y es una soledad como una pampa, en donde todo es infinito y en donde nunca dejan de pasar cosas de todo tipo. Mi soledad es la misma que la eternidad de otros.
Sueño con tortugas, tortugas que devoro, tortugas pequeñas y del tamaño de una mano extendida, que a veces pongo a salvo en un estanque sin peces, para que no se las coman, pero que la mayoria de las veces, yo mismo devoro con cierto asco, con cierta culpa. La mayor parte de las veces las tortugas están vivas, se mueven de dolor cuando les arranco con los dientes un pedazo de pata, o cuando les arranco con la mano el caparazón y las dejo en carne viva, palpitante y verde. En eso cierro los ojos y las muerdo generosamente. Lo que más asco me da es cuando debo comerme su cabeza, su pequeña cabeza aún consciente y con sus ojillos semicerrados en lo que supongo es la expresión tortuguil de un dolor atroz y fatal. Generalmente en ese momento despierto, o si no despierto al menos no recuerdo más. A veces simplemente paso a otro sueño. Una vez sin embrago soñé algo distino, esta vez mi dieta no consistía de tortugas, sino de carne humana. Yo llegaba a una casa en una colonia pobre. Sabía que la casa no era mia asi que entré sigilosamente, como si fuera un ladrón, pero sabiendo al mismo tiempo que si era descubierto sería bienvenido. Me asomé a un cuarto y vi a una mujer que sabía que era una especie de bruja, alguien malo, y en ese cuarto tenía colgado de un madero a un hombre desnudo que tenia la impresión de haber sido secuestrado y torturado toda la noche. La mujer estaba vestida elegantemente. La visión me angustió. Lo siguiente que recuerdo del sueño es estar enfrente de un gran perol hirviente, con grandes pedazos de carne maciza en su interior. Metí la mano y saqué y devoré un gran trozo de carne humana. Yo sabía que se trataba del hombre que había visto anteriormente. La bruja lo había cortado en trozos generosos, como si se tratara de grandes jamones o piernas de puerco. Me sabía bien, aunque me angustiaba un poco que no me fuera a hacer bien la digestión. Cuando me iba vi a un hombre junto a la señora-bruja, era un hombre delgado y parecia ser su marido. Una familia normal. Afuera me esperaba un mundo acusador, ignorante de todo, pero que podría enterarse de todo, y hacerme algo malo.
Gabo.
En Londres viví sucesivamente con tres personas: una actriz -la mujer más deliciosa que he conocido-, un stripper australiano, capaz de llevarse a la cama en tiempo récord, literalmente a cualquier mujer. Nunca vi a una que se le rehusara. Al final creo que el hombre terminó enamorado de mi. Cuando me fui de Londres, de madrugada y en la estación casi vacía, de repente lo ví llegar corriendo, descalzo y con lágrimas en los ojos, suplicándome que no me fuera, que era su único amigo. Era un bruto, un bárbaro. Una vez me invitó a cenar a un restaurante muy elegante, y se nos unió su hermano, otro bruto de concurso. Antes del postre hicieron una apuesta: Intentarían meterse toda la comida posible en una mano cerrada, ayudados por un dedo de la otra mano, y quien fuera capaz de meter mayor cantidad de tomate, carne y huesos de aceituna, ganaba. Cosas asi y aún peores se veían.
Me dijo muchas veces que no entendía cómo es que alguien podía dedicarse a la filosofía, pues soy profesor de filosofía. Su lema era "no love, no love, only sex, only sex". Pero claro está, estos brutos típicos son los que lloran en sueños por una mujer que los abandonó, y después de mucho convivir, me contó que una mujer escultural le había roto el corazón y se había puesto a vivir con un levantador de pesas. Cuando me iba me dijo que ahora entendía que la filosofía sí servía para algo: para ser feliz. Y se quedó callado y yo también, pues era la mejor definición de filosofía que alguien puede esbozar. Y esto asi ha sido siempre, aunque los alemanes discrepen siempre y con rigor.
La tercera persona con la que viví fue una francesa que me rompió el corazón.
Friday, June 01, 2007
Los hombres tristes mueren jóvenes
cosas del corazón
pues se arruina
da saltos
pequeños y grandes
arritmias
cosas asi
soplos
angustias
debe ser algo imposible de probar
pero real
y tengo ejemplos de infinidad de hombres buenos
como mi padre
que murieron sin saberlo
por cosas del corazón
a veces pienso si el suspirar tanto sea un síntoma
pienso que si
pero no puedo evitar desear el mundo
y para calmarme
me convenzo que morir del corazón
puede ser una muerte romántica
muerte de hombre bueno
de hombre triste
como mi padre
que no era triste
pero era bueno
que me enseñó cosas invaluables
como la relatividad
cuando apenas era un niño
y no alcanzaba a ver
el bien que me había hecho
o como algunos secretos que guardaba para mi
como la forma idónea de comer una torta dura
"con café bien caliente, remojadas"
Un día
cuando era pequeño me llamó y me dijo
"algún día todo esto será tuyo"
y me mostró un baúl que guardaba en su ropero
y yo me asombré
y no lloré en ese entonces
porque no sabía que debía uno llorar
cuando tu padre te regala
la sabiduría de toda una vida
aprendí de él que el comunismo era el reino de dios
y que los rios más hermosos
son los que tienen nombre de mujer
un día me mostró una colina
y mientras comía un mango todavía no maduro
-yo no quise-
me contó que allí había aterrizado un ovni
y que él lo había visto todo
el pasto quemado
el pueblo que lo creyó loco
sus pulmones que se debilitaron
por la radiación
-el susto-
decía él
esa y muchas otras historias me contaba
y su preferida era la de su internado
de donde recordaba a sus amigos
a todos con su nombre y apellido
el pobre
el rico
el loco
el huérfano
-él era huérfano-
estuvo allí tres años
y luego salió y no aceptó una beca para hacerse maestro
y ese fue su gran dolor
pero estaba allí conmigo
y era mi padre
"te quiero un infinito de infinito de infinitos"
le decía cuando era niño
y era verdad
de entre todas las palabras que he dicho en mi vida
casi todas falsas
esas fueron verdad
y esto siempre lo he sabido
pero con el tiempo dejé de decirselo
y ya no sé si él lo sabía de todos modos
-supongo que sí-
estos fueron los días de mi adolescencia
arrogantes y esquivos
y él se mostraba en la cumbre de su sencillez
pero esto no lo sabía en esos tiempos
luego esos tiempos pasaron
y lo abracé de nuevo
lo cuidé
lo arropé
y sentía tanta ternura hacia él
que no se lo decía
por temor a asustarlo
o por temor a comenzar a llorar y no parar nunca
un día lo asaltaron
y ver a tu padre con los ojos llenos de angustia
es algo que prueba
que algo está mal en este universo
pero no pasó nada
se curó
y siguió haciendo las cosas que lo hacían feliz
jugar basquetbol
escuchar canciones de javier solís
ver el futbol los fines de semana
y enojarse mucho cuando perdía su equipo
sobre todo era feliz
cuando aceptabamos de él un regalo
una cena
una golosina
ir al cine
charlar de cualquier cosa
pero casi nunca lo hacíamos
y no sabemos todavía por qué
una mañana se pusó un sueter
mi madre le dijó adiós sin verlo a los ojos
y creo que lo ví bajar las escaleras
y nunca más lo volvímos a ver vivo
sólo su cadaver
y recuerdo que días antes
había notado algo en su mirada
una tristeza profunda
y un cansancio muy viejo
no sé si presentí algo en ese entonces
lo vi triste
pero no sabía
que la tristeza
se lleva a los hombres buenos
cuando todavía son jóvenes
no sabía lo que significa
que tu padre se marche
y ya no vuelva
ni de que su olor nunca se marcha
ni de que te visita en sueños
ni de que es inevitable
despertar llorando
cosas del corazón
pues se arruina
da saltos
pequeños y grandes
arritmias
cosas asi
soplos
angustias
debe ser algo imposible de probar
pero real
y tengo ejemplos de infinidad de hombres buenos
como mi padre
que murieron sin saberlo
por cosas del corazón
a veces pienso si el suspirar tanto sea un síntoma
pienso que si
pero no puedo evitar desear el mundo
y para calmarme
me convenzo que morir del corazón
puede ser una muerte romántica
muerte de hombre bueno
de hombre triste
como mi padre
que no era triste
pero era bueno
que me enseñó cosas invaluables
como la relatividad
cuando apenas era un niño
y no alcanzaba a ver
el bien que me había hecho
o como algunos secretos que guardaba para mi
como la forma idónea de comer una torta dura
"con café bien caliente, remojadas"
Un día
cuando era pequeño me llamó y me dijo
"algún día todo esto será tuyo"
y me mostró un baúl que guardaba en su ropero
y yo me asombré
y no lloré en ese entonces
porque no sabía que debía uno llorar
cuando tu padre te regala
la sabiduría de toda una vida
aprendí de él que el comunismo era el reino de dios
y que los rios más hermosos
son los que tienen nombre de mujer
un día me mostró una colina
y mientras comía un mango todavía no maduro
-yo no quise-
me contó que allí había aterrizado un ovni
y que él lo había visto todo
el pasto quemado
el pueblo que lo creyó loco
sus pulmones que se debilitaron
por la radiación
-el susto-
decía él
esa y muchas otras historias me contaba
y su preferida era la de su internado
de donde recordaba a sus amigos
a todos con su nombre y apellido
el pobre
el rico
el loco
el huérfano
-él era huérfano-
estuvo allí tres años
y luego salió y no aceptó una beca para hacerse maestro
y ese fue su gran dolor
pero estaba allí conmigo
y era mi padre
"te quiero un infinito de infinito de infinitos"
le decía cuando era niño
y era verdad
de entre todas las palabras que he dicho en mi vida
casi todas falsas
esas fueron verdad
y esto siempre lo he sabido
pero con el tiempo dejé de decirselo
y ya no sé si él lo sabía de todos modos
-supongo que sí-
estos fueron los días de mi adolescencia
arrogantes y esquivos
y él se mostraba en la cumbre de su sencillez
pero esto no lo sabía en esos tiempos
luego esos tiempos pasaron
y lo abracé de nuevo
lo cuidé
lo arropé
y sentía tanta ternura hacia él
que no se lo decía
por temor a asustarlo
o por temor a comenzar a llorar y no parar nunca
un día lo asaltaron
y ver a tu padre con los ojos llenos de angustia
es algo que prueba
que algo está mal en este universo
pero no pasó nada
se curó
y siguió haciendo las cosas que lo hacían feliz
jugar basquetbol
escuchar canciones de javier solís
ver el futbol los fines de semana
y enojarse mucho cuando perdía su equipo
sobre todo era feliz
cuando aceptabamos de él un regalo
una cena
una golosina
ir al cine
charlar de cualquier cosa
pero casi nunca lo hacíamos
y no sabemos todavía por qué
una mañana se pusó un sueter
mi madre le dijó adiós sin verlo a los ojos
y creo que lo ví bajar las escaleras
y nunca más lo volvímos a ver vivo
sólo su cadaver
y recuerdo que días antes
había notado algo en su mirada
una tristeza profunda
y un cansancio muy viejo
no sé si presentí algo en ese entonces
lo vi triste
pero no sabía
que la tristeza
se lleva a los hombres buenos
cuando todavía son jóvenes
no sabía lo que significa
que tu padre se marche
y ya no vuelva
ni de que su olor nunca se marcha
ni de que te visita en sueños
ni de que es inevitable
despertar llorando
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